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sábado, 3 de enero de 2015

La obra provocadora (13): Arte y Obscenidad (2 de 4): De la mojigatería victoriana hacia la obscenidad abierta.

Casi todos los estudiosos del tema coinciden en que, a pesar de los siglos de sexofobia y misoginia occidental –derivada del triunfo de un determinado tipo de cristianismo-, el punto cumbre de la represión y de rechazo al cuerpo se alcanzó en la época victoriana. Erika Bornay (inteligente autora de Las hijas de Lilith) señala adecuadamente los pasos históricos hacia esta eclosión extrema de la pudibundez y la mojigatería.
Si en el Medievo encontramos “perlas” del tipo “¿cómo podemos desear besar a una mujer, una bolsa de estiércol?” proferida por el histérico Odón de Cluny y otras similares lanzadas por misóginos irredentos, también nos encontramos con el nacimiento del amor trovadoresco y el inicio de una percepción menos negativa de la mujer, y, por ende, de la sexualidad. Además, una cosa era lo que se intentaba inculcar y otra, muy diferente, lo que se vivía: la vida no era en esos tiempos tan “virtuosa como se pretendía en los textos y admoniciones que han llegado hasta nosotros. La miseria mayoritaria y la muerte siempre cercana (guerras, trifulcas, epidemias) constituían un cierto acicate para darle “alegrías” al cuerpo, un carpe diem cotidiano. Todo ello, naturalmente, en el contexto de la época y desde la bruma ideológica impuesta por la Iglesia (me refiero al contexto europeo, lógicamente), pero también sin olvidar que la imagen que muchas veces nos hacemos de la “oscuridad” de esos tiempos tiene más que ver con las conceptualizaciones históricas del siglo XIX que con lo que realmente fueron las vivencias medievales.
El siglo XIX fue, sin duda, un siglo excepcional. Su energía revolucionaria no solo cambió el mundo a muchísimos niveles sino que, atrincherados en un cientificismo que quería dar luz a todo, re-interpretó el pasado con ojos pretendidamente objetivos, pero inoculándole la visión propia de su época.
La “joya” de ese siglo fue -para sus coetáneos- el Imperio Británico. Este tenía un profundo sentido darwinista de su razón de ser y no dudó lo más mínimo en trasladar e imponer su “civilización a todos aquellos que se pusieron en medio de sus intereses (comercialismo camuflado de altruismo) o intentaron dudar de la conveniencia de su cosmovisión, cosmovisión que incluía una manera muy precisa de entender las relaciones y, por descontado, el sexo. Fue como si, a través del triunfo económico y militar –deslumbrante para su época-, el Imperio transfiriese a los demás su forma de entender la vida. Europa entera se vio impregnada de los valores victorianos. Más en unos países que en otros, desde luego, y sin duda mucho más en las clases burguesas que en las clases bajas, pero sus efectos –de forma similar a como pasó en la edad media con la influencia y peso de la Iglesia en la sociedad- impregnaban a amplías capas de población y marcaban tanto las formas de sentir como la moral social.
Fue una época extrema en ese sentido: todo lo que pudiera rezumar indecencia, aunque fuese solo como insinuación, se rechazaba. Se llegaba a comportamientos tan ridículos como cubrir las mesas con faldones para ocultar sus partes bajas. Lo impúdico quedaba relegado a la ocultación. El terreno de lo inapropiado se expandió tanto que acabó con amenazar al universo entero: todo podía ser obsceno.
Enseñar un tobillo implicaba generar un revuelo; atreverse con la pantorrilla podía producir miradas inyectadas de deseo y reacciones irreparables…¡para que hablar de otras partes del cuerpo!. Todas fueron anatemizadas por ir en contra de la decencia y, por tanto,
de la “buena civilización”. Menos mal que la naturaleza humana es contradictoria y expansiva y reclamó salidas. Tanta represión supuso la imperiosa necesidad de “fugas”: personas que quisieron romper, al principio con pequeñas señales luego más abiertamente, con tanto constreñimiento.
Todo paradigma tiene sus excluidos y sus opositores y, en la tensión por sustituir al vigente hasta el momento, surgieron las preguntas que todavía hoy se mantienen: ¿Dónde radica realmente la obscenidad? ¿En el que mira, en su reacción ante lo mirado, o en lo mostrado?
Parece evidente que la obscenidad no es más que un significado que se da –o se impone- ante un hecho o una cosa. Según el significado que le demos “veremos” de una forma u otra. En cualquier caso la perspectiva que lo obsceno abre sobre las cosas es suficientemente peligrosa para muchos como para sentir la necesidad de controlarla, incluso, si es necesario, demonizándola.
La definición de obscenidad implica generalmente epítetos negativos: impúdico, indecente, descontrol sexual, ofensivo al pudor, referido siempre a la prohibición o a la infracción de la ley. Establecer sus límites –al menos en el ámbito de la aplicabilidad social efectiva- es una tarea delicada y compleja ya que estos se modifican, aunque sea muy lentamente, según el tipo de cultura que evaluemos, o el momento histórico que acotemos. Además se dan avances y retrocesos en ese proceso de obturación de la mirada. En cualquier caso, la vinculación a la transgresión parece dar peso a la obscenidad y eso hace que la prohibición parezca ser una consecuencia cercana a pesar de lo lejos que queda ya el ambiente y la lógica victoriana.
Se excluyen determinados comportamientos o actitudes que se consideran perniciosas para el conjunto de la sociedad (siempre con las variaciones socio-históricas que se quiera) y no cabe duda de que el rechazo al cuerpo humano –o a su exhibición- es una de las constantes en cualquier comportamiento obsceno. Se le encorseta hasta el límite de considerar impropio nombrar algunas de sus partes y mucho más todavía se penaliza hablar de según qué actos que muchas veces quedan vetados o restringidos a ámbitos de la más estricta intimidad.
Es curioso: todos vemos y “sabemos”. Todos somos “cuerpo” pero tanto la prohibición social como la íntima y personal nos llevan a encadenarlo como si fuese portador de peligros inconfesables.
Hoy en día la “cuota de obscenidad” es, evidentemente, mucho más amplia de lo que fue en la época victoriana lo que no quita que todavía se den manifestaciones de pudor y rechazo ante hechos o circunstancias que, objetivamente considerados, no deberían ser estigmatizados como tales. Quizás más que nunca se vive en una especie de doble rasero que vuelve la crítica ante según qué cosas circunstancial y mediática (según qué cosas valen en función de su rentabilidad). Probablemente, uno de los problemas de una época y una sociedad tan democrática como la nuestra, es que se imponen los criterios de una mayoría moral que –si la analizamos a fondo- ni es realmente mayoritaria y ni siquiera es moral.
En su afán estadístico por imponerse, las mayorías no suelen respetar -muchas veces- los derechos reconocidos de otros grupos o colectivos con menos peso específico que
reclaman otras miradas, y estos, en su deseo de visibilidad, optan por agigantarse en demérito de su propia esencia, queriendo rivalizar de igual a igual y distorsionando la realidad a fin de cuentas.
Además, como apuntaba anteriormente, se da el fenómeno curioso en estos tiempos líquidos, de que no todas las obscenidades se juzgan con los mismos criterios. La publicidad ha servido de caballo de Troya para introducirnos dosis tolerables de obscenidad que, revestidas de una capa de “respetabilidad comercial” (ya se sabe: todo vale si da “puestos de trabajo” o “beneficios”) cumplen una función teóricamente benéfica en una sociedad de mercado y consumo. Ahora bien, sobre aquellas otras obscenidades no protegidas por semejante aureola pequeño-burguesa, se vierte una capa de sospecha teñida de perversidad: lo extremo desconcierta, hace tambalear los cimientos de lo construido hasta el momento, especialmente si toca directamente al sexo.
No pretendo discutir la conveniencia de una estrategia transgresora como revulsivo de una sociedad adormecida por el confort (¿sonámbula?), pero me llama la atención que esa tensión no acabe de encontrar un cierto equilibrio y que, todavía, en pleno siglo XXI, quede en manos de algunos creadores la “misión” de “escandalizar” (si es que quedan todavía intelectuales o creadores que reivindiquen ese papel, porque el siglo actual nada tiene que ver con el siglo XIX y poco con el cada vez más lejano siglo XX).
El afán de progreso del siglo XIX supuso que, en el ámbito artístico, eclosionasen figuras controvertidas y con claro afán de cuestionar su época, de cambiar la sociedad que les tocó vivir. Una de ellas fue Courbet. Desde luego es difícil de hacer un paralelismo entre este pintor y el fotógrafo Mapplethorpe (que analice hace unos dos meses, en la entrada anterior de esta misma sección) porque las distancias temporales y artísticas son enormes pero, desde mi punto de vista, las reacciones que produjeron las fotos de enormes penes o de sodomitas fetichistas tuvieron un impacto similar al que produjeron en su momento algunos de los cuadros de Courbet (y no precisamente el polémico –ahora- “El Origen del mundo”, pues su vida ha estado en la más absoluta privacidad durante muchos años, sino cuadros que, vistos hoy en día, sería casi imposible saber por qué escandalizaron tanto (salvo que uno se hubiese informado mucho al respecto)).
Fue el sexo, la exposición descarada de lo que muchos piensan que debería estar siempre oculto, lo que motivó el rechazo, lo que produjo escándalo.
La obscenidad de la violencia no produce tanto rechazo; la del sexo –por el motivo que sea- parece que irrita más. Nos bombardean constantemente con todo tipo de atrocidades, pero parece más natural asumirlas; en cambio el exhibicionismo de “vergüenzas ocultas” todavía produce sarpullidos a pesar de la ya mencionadas “dosis de tolerancia” que nos inoculan cuando la señorita de turno nos vende un coche, una moto, un perfume o lo que sea, con el mensaje subliminal de una pecaminosa accesibilidad si mordemos el anzuelo o convence a sus colegas de sexo con la magia de futuras –e imaginarias- seducciones. Es el erotismo descafeinado que, aun siendo ideología tóxica, asumimos como válido y simpático como si tuviese un puntito juguetón.
Ahora bien, el juego ya no es tan admisible cuando parámetros similares se aplican al hombre. No hace tanto hubo una exposición en Viena sobre hombres desnudos y se produjo el habitual revuelo y algo parecido pasó también en la organizada con temática similar
 por el Museo de Orsay de París (aunque personalmente tengo mis dudas sobre la legitimidad del “revuelo” y sobre si el verdadero eco de los mismos fue genuino o una interesada hinchazón propiciada por los medios de comunicación que saben que eso “vende”).
Tanto ayer como hoy cuesta cambiar el paradigma de considerar a la mujer como objeto de belleza. El hombre sería poco más que un corifeo -en este sentido- para resaltar la belleza y sensualidad de lo femenino y lo que suceda con la sexualidad (del tipo que sea) debe quedar para muchos bajo la insinuación delicada en nombre del decoro y la decencia.
Con todo, resulta evidente que hubo personas que quisieron cuestionar ese paradigma y
que procuraron –con sus obras- romperlo.
Mapplethorpe fue, como hemos visto, una de ellas: con sus fotografías irrumpió en las confusas fronteras entre lo sexual, lo erótico, lo perverso y lo obsceno.
Courbet fue, como vamos a ver en la próxima entrada, otro ariete contra las moralidades de corte victoriano y los puritanismos hipócritas.
Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.
Texto:  Javier Nebot

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