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viernes, 23 de enero de 2015

La obra provocadora (15) : Arte y obscenidad (4 de 4): "El origen del mundo" de Courbet.

          "El origen del mundo"  de Courbet.
Inaugure esta sección hace exactamente un año con un post sobre este polémico cuadro y sobre su alter ego moderno, "El origen de la guerra" de Orlan
Hace unos meses el lienzo salió de su museo habitual para visitar distintos países y, aunque en general fue aplaudida tal iniciativa, también despertó polémica sobre la conveniencia  o no de "airear" una obra semejante.
Como ya señalé en el anterior post, "El origen del mundo"  nació con vocación privada y, hasta muy recientemente (1988 en USA y 1995 en el Museo de Orsay) no se expuso al público, siempre camuflado como trasera de otras obras o a buen recaudo de coleccionistas apasionados.
Courbet lo pintó entre 1865 y 1866, prácticamente a la vez que El sueño.
Como bien narra Octaví Marti en una breve reseña de revista (http://www.ignaciodarnaude.com/textos_diversos/Courbet%20Origen%20del%20Mundo,III.html) 
durante mucho tiempo no hubo imagen pública del cuadro ni tampoco un nombre específico para el mismo, víctima de la pudibundería del momento (y de la posterior), que consideraba que llamar sexo al sexo no solo era inapropiado sino, además, causa de malestar. Llama la atención, en sentido contrario, como la invención púdica de términos definitorios del sexo no tuvo -ni tiene- reparos imaginativos, más bien todo lo contrario, a la hora de buscar expresiones alternativas con las que denominar a “la cosa” (y no me refiero al monstruo de la famosa película de Carpenter
sino al que habita –según los decimonónicos- entre las entrepiernas femeninas), pero, a pesar del recato y de la in-nominación, han acabado predominado dos denominaciones para la tela de Courbet: la de "El origen del mundo" y la de "El coño de Courbet" (más ordinaria, ciertamente).
Martí refiere en su artículo cómo hacia finales de los noventa del pasado siglo XX se publicó una novela (La novela del origen, que no he podido encontrar) de un tal Vernard Teyssèdre en la que se narraba todo el periplo del cuadro utilizando como base los pocos datos certeros que se tienen al respecto. De su primer dueño, el embajador turco ya nombrado anteriormente y que obtuvo varias obras de Courbet, parece que pasó a manos de un barítono de la Ópera de París, Jean-Baptiste Faure  –gran coleccionista de arte- que lo escondió detrás de otro cuadro pintado por el propio Courbet y que solo lo mostraba a algunos de sus íntimos. El resto de la historia es de difícil contrastación aunque, después de un periodo de varios cambios de manos. El cuadro acabó en las manos del prestigioso psicoanalista francés Jacques Lacan.
Centrándonos en la obra en sí, ¿qué podemos decir de este lienzo?
El lienzo es de un realismo evidente y tiene una clara tendencia naturalista: no idealiza, muestra, con deseo de autenticidad, las partes íntimas de una mujer (probablemente la amante de Courbet: Joanna Hifferman). La gama cromática se limita a recalcar la carnalidad humana: no hay más contrastes que los que exigen una mirada detallada, escrutadora de la intimidad desvelada, y,sin duda, consigue que la atención se dirija a la frondosa mata de vello púbico que destaca sobre la claridad nacarada del cuerpo. El autor disecciona, despedaza el cuerpo, y centra nuestra atención en la parte baja del mismo: piernas abiertas, desafiantes, que exhiben sin ningún pudor ni vergüenza el sexo femenino. 
No hay rostro que identifique a la poseedora de tales encantos, no hay indicios de ningún tipo que sitúen temporalmente o geográficamente a la dama. 
Tampoco adornos u objetos que pudieran hablarnos de su condición o clase. Puramente carne, puramente sexo. Alberto Manguel describe brevemente el cuadro, en su interesante libro Leer imágenes, haciendo hincapié en ese anonimato que otorga al lienzo un plus de universalidad. “…pintó una mujer desnuda, tapada de los senos para arriba con una sábana, de modo que, acéfala, fuera tan sólo el paisaje de su cuerpo: las piernas separadas, el sexo coronado por un matorral de pelo rojo oscuro, abierto al espectador en la que los españoles llaman una “sonrisa vertical”. Para Courbet éste era el otro rostro, el rostro oscuro”.
Tampoco encontramos en el cuadro un uso simbólico del color que nos pueda dar pistas sobre algún otro dato o sobre alguna pretensión última del artista, aunque si se podríamos deducir, precisamente por falta de referencias, que se explicita un cierto deseo de universalidad, de retratar –a pesar de lo específico-, como bien señala Manguel, el sexo puro, el objeto del deseo masculino por excelencia, el rostro oscuro de la mujer.
Personalmente considero que Courbet no fue un pintor especialmente dado a referencias simbólicas (al menos si lo comparamos con otros de su misma época aunque, evidentemente, no las rehuye como hemos visto al hablar de El estudio del pintor). Su defensa del realismo le llevaba, más bien, a buscar la verosimilitud, a derribar falsas idealizaciones. En este sentido, el cuadro que nos ocupa destaca por la precisión casi médica, de forense, tanto en cuanto al dibujo y a su detalle como a la manera de aplicar la pintura: Courbet opta por pintar con mucha delicadeza,
sin trazos especialmente manifiestos, con pinceladas suaves, mimando el acabado aunque sin llegar a cotas de tipo hiperrealista.
Se desprende, al ver el cuadro, una sensación de cierto voyeurismo pues elige un encuadre, en un llamativo picado y totalmente centrado en la parte inferior del cuerpo, que posiciona necesariamente al espectador del mismo en una situación de “mirón” que observa y que no puede eludir la visión de lo mostrado porque no hay ningún otro elemento de distracción. 
Courbet sabe lo que nos quiere enseñar y consigue, con el escorzo elegido, que la evasión sea imposible.
Luego las interpretaciones subjetivas sobre lo mostrado son, lógicamente, personales y dependerán mucho del mundo interior del observador. 
El escándalo o el placer, la satisfacción y libertad de mostrar o el ataque provocador que descubre lo oculto. Mil historias y mil pareceres.
¿Impúdico? ¿Auténtico? ¿Pornográfico? ¿Real?
Son muchos los epítetos posibles para un cuadro que nació en su momento para ser disfrutado por unos pocos, hecho que no podemos ni deberíamos olvidar y que cambia radicalmente la perspectiva desde el momento en que ahora la obra se exhibe públicamente y para un inmensidad de espectadores. 
La aureola de que el cuadro era poco menos que la caja de Pandora se mantuvo porque hasta 1967 no fue fotografiado, hasta 1977 la pintura no fue reproducida en un libro de arte y hasta 1988 no fue colgado en un museo (The Brooklyn Museum of Art). Además, cuando en 1994 Jacques Henric publicó su novela Adorations perpétuelles, utilizando en la solapa la imagen del cuadro, se armó tal escándalo que hubo que proceder al secuestro del libro. 
¡Es de suponer que Courbet, de alma revolucionaria y de corazón anarquista, estaría encantado de ver como las masas mojigatas del siglo XX, escudadas en esa memez de lo políticamente correcto, se escandalizan por el hecho de ver un cuadro suyo!

Algunas conclusiones:
El cuadro que pintó Courbet hace más de ciento cincuenta años se ha convertido en un icono que remueve conciencias y cuestiona percepciones. Quien lo observa es difícil que no se posicione a favor o en contra. Pocos quedan inmunes a su influjo porque, al mostrar lo oculto por excelencia, algo se inquieta en el interior de cada espectador. Tampoco podemos olvidar el peso cultural (“peso”, ¡qué triste!): la manera en que la sociedad entiende las relaciones y la sexualidad influyen determinantemente en la cosmovisión que hará que estigmaticemos o valoremos El origen del mundo.
Una obra que nació, como hemos visto, con vocación de deleite privado ha adquirido un valor inusitado al hacerse pública. 
El debate entre arte y obscenidad será siempre un debate complejo y, muy probablemente, belicoso porque las consideraciones sobre lo público y lo privado, la libertad de expresión y la conveniencia, lo que debe mostrarse o lo que debe ocultarse, sobre lo “bueno” y lo “malo” nació con un “ADN” abocado al conflicto permanente. Tan viejo como el ser humano es el afán de este de valorar lo que es conveniente o no y ahí………… las posturas y los matices son infinitos.
Texto: Javier Nebot

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