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viernes, 31 de enero de 2014

Opinión personal (6): ¿Moral , hoy?

                                                                  ¿Moral, hoy?
Algunas personas (muchas entre mis círculos sociales) creen que la moralidad está pasada de moda; les produce bastante irritación pensar en un sistema de “prohibiciones” que -según ellos-  parecen confabularse para evitar el disfrute de la vida o para amargar las diversiones.
Algunas otras enarbolan la bandera de la moral tradicional y se erigen en defensoras de principios y normas “sagradas” cuando en realidad lo que están defendiendo es su particular código de valores (reconozco más mi posicionamiento -mal que me pese- en este segundo sector).
También nos podemos encontrar con un nutrido grupo de personas que piensa que la ética no es aplicable en un mundo tan complejo como en el que vivimos ya que normas simples del tipo “no mentir”, “no robar”, “no matar”, se quedan muy cortas ante las ambiguas y líquidas realidades actuales.
En un seminario de Ética realizado en la  Universidad de Deusto y
en el que he  tenido la oportunidad de participar como alumno hemos podido ver cómo los deontólogos, los que asumen la vida como un sistema de normas, tienen una tarea inmensa en su intento de adecuar normas y principios morales a las nuevas casuísticas a la vez que intentan minimizar los posibles conflictos entre ellas. 
También se nos ha mostrado las fragilidades de algunos principios al analizarlos desde prismas consecuencialistas o utilitaristas..

No hemos abordado los planteamientos religiosos, pero todos tenemos clara conciencia de cómo la religión -que hasta no hace tanto marcaba de forma predominante las pautas éticas- parece haber perdido terreno irremediablemente, al menos en las democracias occidentales (aunque sea absolutamente innegable el peso del cristianismo en los valores occidentales; el Islam es, realmente, otro mundo).

Es bastante común sostener que la ética es hoy en día tan relativa como relativa es la civilización en la que vivimos.
Es necesario reconocer que en pocos momentos históricos se ha producido tal efervescencia respecto a las cuestiones morales.
Desde mi punto de vista uno de los mejores análisis que he encontrado sobre la situación actual se encuentra en el libro de Gilles Lipovetsky, “ El crepúsculo del deber, la ética indolora en los nuevos tiempos democráticos"


Evidentemente no es el único que analiza la situación de la moral o de la ética (aquí podría asemejarse su significado) en la sociedad posmoderna pero en sus planteamientos encuentro puntos que considero claves para la comprensión de cómo se vive la moral/ética hoy.
Sus análisis de los cambios estéticos, económicos y sociales son brillantes y en concreto, en el libro mencionado, su diagnosis sobre la nueva moral en la sociedades individualistas ofrece pistas más que suficientes para despejar la situación.

No pretende decirnos lo que debe ser la moral sino que intenta explicar la manera en que, desde un punto de vista político y social (desde mi punto de vista su visión es más sociológica que filosófica), se funciona moralmente en nuestro días.
La idea de principio es que desde el siglo XVIII, es decir, desde la época de la Ilustración, se ha producido una profunda “laicización” de la moral. En esa época se materializó un cambio muy complejo respecto a otros siglos  puesto que por primera vez se desarrolló la idea de que la moral es posible sin Dios. Lipovetsky mantiene la tesis de que este cambio esencial vino acompañado de otra idea sobre la cual se reestructuró toda la sociedad y que él  llama el “culto al deber”.
Lo encuentra presente en el respeto a la nación, en la nueva voluntad revolucionaria o en el compromiso político pero también presente en las más sencillas reglas de la vida cotidiana, privada, ya se trate tanto de la educación de los críos como de la ordenación de las diversiones o, incluso, en los comportamientos sexuales.
Describe cómo entre ese fin del siglo XVIII y hasta más o menos los inicios de los años cincuenta del pasado siglo, se desarrolló un primer estadio de la secularización de la moral moderna pero constatando a su vez que tal secularización no conllevó el establecimiento de una sociedad más libre sino, más bien, todo lo contrario: el siglo XIX supuso la implantación de una moral muy estricta, cargada de normas y obligaciones respecto al trabajo, la patria, el sexo o la familia (paradigma de ello lo constituirá la tristemente famosa “moral victoriana”).
Sólo a partir de la década de los cincuenta del siglo XX, entrando ya en la sociedad de consumo y de comunicación de masas, se produjo la gran trasformación: ya no será el deber, la obligación moral, el sacrificio lo que se considere importante sino el placer, el bienestar, la libertad, el ocio, el derecho del individuo a vivir como le plazca, a “cortarse su traje a medida”.
Si en la fase anterior predominó una cultura que de alguna manera glorificaba la abnegación y la idea de que los seres humanos debían empeñarse en afanes diferentes a uno mismo, en la fase de la sociedad de consumo se pone en primer lugar la voluntad de ser libre y de gozar de la vida. “Es lo que vende”.
Este movimiento se fue desarrollando con fuerza especialmente en las décadas de los sesenta y setenta. La famosa “contracultura” tuvo su particular brillo (más en USA que en otros países) y se expandió por casi todo el planeta. Se atacaban las normas vigentes (aquella bobada de “se prohíbe prohibir”, síntesis de toda una falta de rumbo) y se cuestionaban todos los valores vigentes de la sociedad industrial.

Nuestro autor explica cómo el impulso transformador no se quedó ahí. De hecho estaba llamando ya a las puertas la posmodernidad con sus particulares cuestionamientos. En los años ochenta reapareció un comportamiento de corte altruista junto con unas exigencias morales de distintos grados. Ejemplo de ello podrían ser los macro conciertos musicales con figuras de renombre mundial que se convocaban con fines loables que pedían por la ecología o los hambrientos de Etiopía o por las victimas del terrorismo pero también el auge imparable de los movimientos de ONG (organizaciones no gubernamentales) y otras plataformas similares.
El hedonismo cuasi-narcisista deja paso también al compromiso, al menos en cierto grado.
En los años sesenta la sola mención del vocablo “moral” producía sarpullidos, se consideraba un defecto “burgués”; hoy en día se ha ampliado mucho el espectro y se ha vuelto a hablar de fidelidad en la pareja, se habla sin cortapisas a favor o en contra del aborto, se discute sobre biotecnología o sobre “muerte digna”, sobre ecología  o sobre comportamientos éticos en la política o en el trabajo. No hay asunto sobre el que no pueda arrojarse “luz” moral aunque ya no sea tan absoluta como en otras épocas.
Como bien señala  Lipovetsky
en la actualidad “es forzoso rehabilitar la inteligencia de la ética, que no prescribe la erradicación de los intereses personales sino su moderación, que no exige el heroísmo del desinterés sino la búsqueda de compromisos razonables, de “justas medidas” adaptadas a las circunstancias y a los hombres tal como son. Si el moralismo es intolerable por su insensibilidad hacia lo real individual y social, el neo-liberalismo económico fractura la comunidad, crea una sociedad de dos velocidades, asegura la ley del más rico, compromete el futuro. Más que nunca debemos rechazar la “ética de la convicción” tanto como el amoralismo de la “mano invisible”, el beneficio de una ética dialogada de la responsabilidad inclinada a la búsqueda de justos equilibrios entre eficacia y equidad, beneficio e interés de los asalariados, respeto del individuo y bien colectivo, presente y futuro, libertad y solidaridad”.
Es muy atinada su descripción de lo que sucede y su conclusión es clara: hay una rehabilitación de algunas pautas morales más que una vuelta a la moral “sacrificial”.
A nadie se lo ocurre hoy pedir al individuo que se “sacrifique” por algo (más bien te toman por tonto si aceptas algún “sacrificio”), mucho menos “morir por un ideal” (el “héroe” queda definitivamente relegado a las cavernas del inconsciente o a la exhibición cinematográfica). 
Se trata más bien de consumir “razonablemente”, de “cuidar” de manera “sostenible” el 
ambiente, de reciclar, de ser “comprensivo”, “tolerante”…. Todo “light”, of course, no vaya a ser que se indigeste. Todo en honor a una “ética sin dolor”, a una moralidad sin “sacrificio”.
Desde luego comparto la mayoría de sus tesis y su análisis, análisis que tienen un punto algo cínico pero que son sin duda acertados (igual es más cínica mi interpretación de lo que realmente  lo es su planteamiento).
Es verdad que el hipe-desarrollo del individualismo –que en algún momento pareció totalmente negativo- ha desembocado en algunas pautas interesantes; hoy en día se tiene más cuidado de uno mismo y tratamos de protegernos lo más posible de los continuos bombardeos de la sociedad (en un constante y omnipresente ataque “mediático”); ha decrecido también el consumo cuantitativo (que rozaba la compulsión) y parece que se potencia un consumo cualitativo, mucho más relacionado con la búsqueda de la auto-diferenciación y de la propia autonomía…… pero seguimos pautas de CONSUMO, de MERCADO. Hay pues una instrumentalización de lo humano. No parece que logremos plantearnos otros niveles (las palabras de Iñigo de Miguel en el mencionado seminario de Ética parecen corroborar esta opinión). Actuamos –en ocasiones- como hámsteres dando vueltas y vueltas en un sistema que criticamos pero, a la hora de la verdad, la crítica versa más sobre el tamaño y color de la jaula, o en la comparación con la jaula ajena (aquél la tiene más "grande", el de más haya más “chula”) que en un verdadero cuestionamiento del sistema.
Los grandes planteamientos éticos todavía parecen incordiar a pesar de la demanda de "neo-valores" detectada por Lipovetsky. Soy menos optimista que él en cuanto al panorama “moral” lo que no quita que comparta criterios y valores con muchas personas que sí aspiran a un cierto paradigma ético que, evidentemente, deberá adaptarse a la realidad humana a la que tiene que servir ya que no existe moralidad o ética sin seres humanos concretos, pero teniendo en cuenta que adaptarse no debería significar nunca una relativización constante  de su valor hasta el extremo de neutralizar su utilidad.
Autor: Javier Nebot, Enero 2014.

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