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jueves, 26 de febrero de 2026

Micro-desahogos (29): Interferencias (y otras formas de arruinar una conversación).

 Continúo con el tema del micro-desahogo anterior. 

Reconozco que, a medida que envejezco, cada vez me resulta más complicado mantener una conversación que no termine convertida en combate, consultorio o campeonato de egos. No hablo, por descontado, de grandes debates ideológicos ni de profundas discusiones metafísicas, no. 

Hablo de algo mucho más sencillo y, al parecer, por lo visto, bastante más difícil: hablar sin que todo derive en penosa saturación o en un conflicto.

La polarización, como bien sabemos todos, se ha convertido en el deporte oficial de nuestra época y ya no es que se discrepe: por lo visto, se traiciona. 

Cualquier asunto, por nimio que parezca, se convierte en motivo de posibles desencuentros. Basta, por ejemplo, con decir que un programa de televisión te parece necio o aburrido para que alguien lo interprete como un ataque personal. Como si el hecho de criticar a un determinado presentador fuese cuestionar la identidad profunda de quien lo consume religiosamente cada noche. Uno menciona que determinado show le resulta banal y, de pronto, ha abierto una grieta emocional. El aire se enrarece. Los interlocutores se encrespan. Se activa el protocolo defensivo. Se despliega una bandera invisible que hay que defender como si la vida nos fuera en ello... Y lo que podría haber sido un simple intercambio de opiniones se transforma en un pulso absurdo.

¡Qué quieren que les diga! Discutir porque te gusta más Broncano que Pablo Motos o el Wyoming me parece y me parecerá siempre una verdadera sandez (y no te digo ya discutir por los "líderes" politicos).

Hasta no hace tanto, al menos que yo recuerde, opinar sobre televisión no exigía ir provisto de un chaleco antibalas. Ahora conviene medir cada frase, no vaya a ser que uno pise una mina sentimental colocada estratégicamente entre el sofá y la mesa baja o en la barra del bar. 

Sí, la polarización cansa mucho, y la saturación temática, como decía en mi post anterior, también agota. 

Hay conversaciones que, con la edad, por lo que observo, se convierten en un auténtico boletín médico por su detalle y su constancia reiterante. Uno entiende la preocupación, faltaría más (la salud nos preocupa prácticamente a todos). Uno entiende la necesidad del desahogo (¡ya ven ustedes que yo hasta tengo una sección especifica para ello!). Lo que ya me cuesta más es asistir, cada vez que coincido con determinadas personas de mi quinta, a la repetición minuciosa, pormenorizada, del mismo parte clínico, como si la amistad fuese una consulta ilimitada y gratuita y la necesidad de contar problemas de salud una pasión irrefrenable.

Me parece que, una vez contado el problema, compartida la angustia y expresada la empatía, lo más civilizado sería cambiar de tercio y pasar a otros temas tanto o más vitales y, probablemente, más interesantes para la mayoría de los interlocutores. Es necesario permitir que el otro también exista. Porque -aunque a veces parezca olvidarse- la amistad no es un monólogo asistido. Es un toma y daca.  Un equilibrio de reciprocidad. Un intercambio equitativo.

Cuando alguien se apodera del "micrófono" y no lo suelta, monopolizándolo... la relación empieza a resentirse. Y no por falta de cariño o simpatía, sino por exceso de protagonismo, por una cansina apropiación del espacio.

Y luego está la fascinante manía contemporánea de convertirse en experto en cualquier cosa en tiempo récord.

Un vino, dos anécdotas y ya tenemos cátedra. Les pongo un ejemplo. Hace poco, en una conversación sobre prostitución -tema complejo donde los haya por sus multiples implicaciones- cuatro personas que no éramos especialistas en nada acabamos pontificando sobre el tema con una seguridad digna de un tribunal académico.

Una porque había compartido edificio con una prostituta (parece que la dama ejercía su profesión -o se retiró después de ello- a un piso en el mismo inmueble). 
Otra porque en su juventud parece que había militado en una asamblea de mujeres y conocido algún caso.
Y yo mismo, para no quedarme en posición subalterna, terminé elevando el tono y alardeando de alguna experiencia pasada en mis tiempos mozos. (El cuarto optó por un prudente silencio).

Tres trayectorias -muy- tangenciales convertidas en autoridad moral y causa de pulsos vehementes.

Lo que podría haber sido un intercambio prudente de matices acabó siendo un pequeño torneo de superioridades. 

Nadie sabía realmente de qué hablaba (al menos teniendo en cuenta la complejidad del asunto). Pero todos hablábamos como si lo supiéramos y nuestra opinión fuese la única relevante, y, por descontado, no complementaria de la de los demás sino LA MEJOR. Un ejemplo penoso de conversión de la experiencia personal en argumento.

Resultado: conversación embarrada y una ligera resaca emocional al día siguiente.

Lo que me parece más inquietante de situaciones como la descrita es que, cuanto más complejo es el asunto, más rápidamente se tiende hoy en día a simplificarlo, a convertir la experiencia personal en única fuente de valor despreciando todo lo demás.

Decir “no lo sé” o no tengo opinión al respecto parece humillante o se vive como una minusvaloración personal. Reconocer que el tema nos desborda suena a debilidad. Y así, entre inseguridades mal digeridas, orgullos inflados y la necesidad de hablar de lo que sea -más acuciante en algunos que en otros- , levantamos trincheras en donde podría haber simplemente preguntas u opiniones diferentes aceptadas con respeto.

Al final, desde mi punto de vista y tal y como le comentaba hace unos días a una persona muy cercana, todo se reduce a una cuestión de calibración, en encontrar el punto adecuado.

Me parece que conversar es, muchas veces, como manejar una radio. 

Si el volumen está al máximo, cansa e incluso hace daño. Se soporta durante muy poco tiempo. Si la emisora repite y repite lo mismo sin cesar, acaba aburriendo y uno termina por hacer oídos sordos. Y, si no hay sintonía de ningún tipo, solo se oye ruido y más ruido.

Y el ruido constante -ese sí- termina por erosionarlo todo. (Y reventando al que lo soporta).

No creo que se trate de convertir cada charla en una especie de simposio. Se trata, pienso, de algo mucho más modesto y, visto lo visto, revolucionario: saber medir el volumen, alternar el turno y aceptar que no siempre tenemos que ganar la frase o la conversación.

Pero quizá pedir mesura en tiempos de ego hipertrofiado sea como pedir silencio en una discoteca. Sé que soy un utópico, pero intento, siempre que puedo y aunque a veces no lo parezca, actuar con mesura.

Sin embargo, hay seguimos, entrando muchas veces al trapo: hablando mucho, escuchando poco y saturándolo todo. 

Texto: Javier Nebot.

Fotos: IA

martes, 17 de febrero de 2026

Micro-desahogos (28): Conversaciones y aburrimiento.

Para mantener el cuerpo físico comemos de forma sana, cuidadosa e incluso exigente.

Sabemos que para cuidar la salud hay que evitar excesos, renunciar a ciertos productos o, al menos, mantener un equilibrio. Sabemos que si nos alimentamos solo de comida basura, más tarde o más temprano enfermaremos.

Micro-desahogos (28): Conversaciones y aburrimiento.

Lo mismo exactamente pasa en otros ámbitos.
Por ejemplo, en el CHARLAR. En las conversaciones.

Si no nos nutrimos con buenas lecturas, ideas pensadas y algo de reflexión previa, difícilmente podremos sostener una charla mínimamente interesante. Se nota enseguida quién ha masticado algo y quién simplemente improvisa con lo primero que le pasa por la cabeza.

Micro-desahogos (28): Conversaciones y aburrimiento.

Recurrir en ciertos momentos o espacios a espontaneidades o vaguedades puede resolver la situación en ocasiones, aunque sea por breve tiempo.

Nadie espera profundidades metafísicas en un ascensor o en los espacios de tránsito en donde la ligereza es normal e incluso saludable.

El problema es cuando esa ligereza parece que se convierte en norma universal. 

Cuando se cree que todos los ámbitos son iguales. Cuando se extrapola la frase rápida, la ocurrencia y sobre todo el exabrupto o desfogue emocional a cualquier contexto.

Al suceder esto, lo que podría haber sido una conversación estimulante y grata suele acabar siendo un vulgar parloteo en el que prima más el arrebato emocional que la reflexión y eso, casi siempre -aunque sonriamos por cortesía puntual como en el ascensor- suele producir un cansancio emocional y psíquico notable. 

Y eso agota.

Agota a quien esperaba algo más que ruido.
Agota a quien todavía cree que conversar es compartir pensamiento y no simplemente ocupar el aire o intercambiar visceralidades.

Un agotamiento que solo puede compensar a aquellos que les interesa más el sonido de su voz que el verdadero intercambio de ideas.

¡Malos tiempos para la conversación! (1).

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(1). 
"En defensa de la conversación". Sherry Turkle.
"El arte de conversar". Friedemann Schulz  von Thun.

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Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.

lunes, 19 de enero de 2026

Micro-desahogos (27): Arte, "visibilidad" e intereses ideológicos.

 Desde que tengo memoria siempre me ha interesado, de una manera u otra, el arte y todo lo relacionado con él. 

Siendo yo muy pequeño mis padres ya procuraban imbuirme el gusto por la pintura, el interés por la música o la pasión por la historia. Cada seis de enero, los "Reyes" eran, en muchas ocasiones, muy tendenciosos y beligerantes en este sentido (¡cosa que agradezco a años vista!). 

A medida que iba creciendo, encontré en esas incipientes aficiones, junto con el cine y la televisión (a través de la cual me vi mogollón de cine clásico y series hoy muy "vintage" pero tan emblemáticas como Star Trek, por poner solo un ejemplo), un buen refugio para mis entretenimientos e imaginaciones.


Me creé, por así decirlo, una especie de "vat-cueva" personal en la que disfrutaba de todo aquello que me gustaba sin intromisiones de ningún tipo (al ser el único hijo varón tuve la suerte de tener siempre "una habitación propia").
Se mezcló allí mi fascinación por las cosas bellas, el entretenimiento -intenso- que me producía leer historias reales o ficticias y, también, mi particular sensibilidad para "evadirme" con todo ello y soñar mundos que, desde luego y como pasa lógicamente con la gran mayoría de los niños, estaban bastante lejos de la realidad cotidiana, pero que alimentaban mi deseo de conocer y aprender.

Todas esas aficiones, afortunadamente, han perdurado con el tiempo y son, hoy, una parte muy importante de mi forma de vivir, entender y valorar el mundo.


Muy probablemente, por todos los motivos antes mencionados, mantengo, ya con una edad provecta, este blog en el que estoy escribiendo estas líneas de reflexión y otros dedicados a la difusión artística: es una forma más actual (aunque empiece a quedar desfasada por los avances tan rápidos que se están produciendo) y asequible de crear mi particular "Gabinete de curiosidades", mis "Galerías" personales y mis reflexiones escritas (1).

Desde luego, para mantener y desarrollar ("cultivar" se decía antaño) estos intereses, he leído -mucho-, estudiado -bastante-, escuchado -a tope- y viajado -lo máximo que he podido permitirme-, porque si no, como todo lo que no se cuida, surge el cansancio, la herrumbre  en forma de pereza o desinterés y, finalmente, el abandono.

Parte de ese estudio, de ese afán de saber, ha implicado asistir a muchos cursos de extensión universitaria (algo, en general, recomendable) (2). 

En algunos de ellos he aprendido mucho, ciertamente; en otros he recordado aspectos y conocimientos que estaba olvidando y en otros, que se le va a hacer, he bostezado de puro aburrimiento. 
Y el aburrimiento, en mi caso, se ha producido tanto por lo general y básico de lo expuesto en ocasiones (el nivel universitario debería superar según qué mínimos para considerarse tal), como por los intentos de exponer la Historia del Arte, o la Historia en general, o el asunto a tratar, desde prismas ideológicos muy concretos y a veces, desde mi punto de vista, excesivamente miopes y muy intencionadamente dirigistas.

Uno, ingenuo, siempre ha pensado que el ámbito universitario, mucho más que el escolar por su propia idiosincrasia, es el espacio de la amplitud de miras, del cuestionamiento poliédrico, de la reflexión sin cortapisas...pero no, muchas veces no es así.

Responsabilidad, en parte, mía, claro, por asistir a estos cursos esperando un tipo de clases que al ser dirigidas a un público amplio y muy variopinto, no pueden plantearse siempre, por lo que se ve y salvo maravillosas excepciones, en los parámetros de indagación intelectual que he mencionado en el párrafo anterior. 

En cualquier caso, y al menos hasta hace muy poco, inasequible al desaliento, no pierdo la esperanza y sigo tanteando espacios y ámbitos, desando encontrar algún sitio en donde sus enseñanzas estén libres de clichés o de ideologizaciones extremas y anhelen un debate amplio, sin cortapisas ni castraciones mentales. 

Para eso seguiré indagando, pero por ahora, en este momento y en la experiencia concreta de las últimas clases a las que he asistido, el panorama es -insisto, siempre desde mi particular punto de vista- bastante desolador.

Y quiero "desahogarme" aquí sobre el porqué de ello (que para eso es esta sección).

Hace unos meses terminé un curso sobre "Mujeres en el arte" y ahora acabo de terminar otro sobre "Mujeres en el cine, una perspectiva feminista". 

Ambos me han puesto algo nervioso, alterado, no tanto por el tema tratado que a priori, como bien saben los que tienen la amabilidad de seguir  mis secciones de pintura de este blog o en el de "Desde el Renacimiento hasta nuestros días", me interesa mucho (3).   Ha sido más bien la perspectiva sesgada, parcial y constantemente victimista, la que me ha producido cierto malestar e irritación. 

Las profesoras de ambas asignaturas, ambas preparadas sin duda en muchos aspectos, optaron en sus clases por hacer una exposición desde la carencia, más que desde la realidad de muchas de las mujeres referenciadas en estos cursos y han expuesto, siempre desde mi punto de vista, una visión histórica lastrada por la visión de un feminismo bastante reduccionista. 

Personalmente, estoy seguro de que otra mirada es posible porque, a pesar de las posibles trabas sociales y de las dificultades estructurales existentes en otras épocas, muchas mujeres destacaron extraordinariamente en su época por méritos propios.

Ejemplos de "triunfos" femeninos hay muchos a pesar de las posibles circunstancias adversas: Sofonisba Anguissola (1532-1625), pintora de éxito en la corte de Felipe II; Artemisia Gentileschi (1593-1653), admitida con honores en la Accademia di Arte del Disegno de Florencia; Judith Leyster (1609-1660) primera mujer en ser admitida en el Gremio de San Lucas de Haarlem y que dirigió su propio taller con aprendices masculinos; Angelica Kauffman (1741-1807), una verdadera superestrella en su momento y que fue miembro fundador de la Royal Academy of Arts; Élizabeth Vigée Le Brun, retratista oficial de la reina María Antonieta y miembro de la Real Academia de Pintura y escultura de Francia...etc, etc. Y estos no son, desde luego, casos excepcionales o aislados, sino ejemplos de trayectorias reales y posibles dentro de contextos históricos concretos.

Guste o no a determinadas ideologías de hoy en día, la realidad, siempre ha sido y es compleja y muy diversa en los diferentes contextos. No fue, por descontado, ni tan unilateral ni mucho menos tan simple como algunas veces nos la cuentan y está lejos de ser un cómic de malos, muy malos y buenas, muy buenas. 

En cualquier caso, no quiero negar aquí que la  llamada "super-estructura" social que se impone muchas veces de forma sutil y poderosa a todos los individuos, hombres y mujeres, marcó y marca papeles, comportamientos, posibilidades...e imposibilidades. Aunque reconocerla no implica reducir o trastocar la realidad.

Todas las civilizaciones se han construido como respuesta a realidades diferentes y en contextos sociales, geográficos, anímicos y espirituales muy distintos. Todas han creado marcos de supervivencia y desarrollo que hoy pueden no gustar pero que fueron como fueron y es mejor saberlo y tenerlo en cuenta que hacer borrón y cuenta nueva o verter una mirada resentida y torpe hacia el pasado.

Releer todo el pasado con los prismas u "orejeras" vitales de los que hoy disponemos porque la historia ha evolucionado en un sentido concreto -en muchos aspectos, afortunadamente-, parece ciego y sobre todo "barato" (por no decir pueril), ya que se elude el necesario esfuerzo de comprensión y empatía. 

Se pasa del situacionismo lógico y necesario al adanismo absoluto y falso.

Mi crítica NO va, desde luego, dirigida a la recuperación de las figuras femeninas del cine y del arte, algunas de ellas de extraordinaria valía, sino al marco interpretativo único y lamentablemente estrecho desde el que se hace. 

Creo que cultivar el lamento constante por lo que pudo haber sido y no fue, por aquellas personas -hombres y mujeres-  que fueron ninguneadas por la memoria histórica y por las realidades de su momento, parece, aparte de aburrido, contraproducente ya que produce una reacción visceral de hastío, hartazgo y bostezo.

Ese -a veces ridículo- afán de visibilidad que hoy, en esta época de rampante narcisismo, parece tener todo el mundo y todo colectivo que se precie y que se alza sobre valores muy cuestionables, era absolutamente impensable en épocas no muy lejanas porque primaban otro tipo de anhelos, intereses y preocupaciones. 
Aplicarlo al pasado es un error y una distorsión.

Para mí, lo reconozco, ha sido una gran decepción escuchar en clases tesis, no muy argumentadas, en favor de interesados sesgos ideológicos, con cierta pretensión de reinventar la historia, de no de querer comprenderla o aprender de ella. Eso resulta, a estas alturas, algo pesado y, también, algo triste porque en vez de buscar ampliar la mirada se produce un severo empobrecimiento cognitivo.

Resumiendo:
El problema de fondo de esas clases (y de otras similares en el ámbito actual universitario) no es, evidentemente, la legítima y necesaria recuperación de figuras femeninas olvidadas ni el reconocimiento de las limitaciones estructurales que condicionaron sus trayectorias, sino la imposición de un marco interpretativo único que sustituye la comprensión histórica por un relato moral prefabricado (y asfixiante).

Leer el pasado desde las categorías emocionales, políticas del presente —exigiendo visibilidad, reparación simbólica o conciencia de género allí donde no podían existir como horizonte mental— no amplía el conocimiento, sino que lo empobrece. 

La historia, el arte y el cine pierden así su complejidad humana para convertirse en un repertorio de agravios retrospectivos, tan tranquilizador ideológicamente como intelectualmente estéril. 
Y cuando este empobrecimiento se presenta, además, como dogma incuestionable en el ámbito universitario, el problema deja de ser una cuestión de sensibilidad y pasa a ser una renuncia preocupante a la verdadera tarea del pensamiento: comprender antes que juzgar.

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Notas.




Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
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domingo, 14 de diciembre de 2025

Microdesahogos (26): Dificultades comunicativas...por enésima vez.

 Como bien saben los que tienen la amabilidad de seguir esta sección (a veces de arrebatados desahogos), el tema de la incomunicación o de las dificultades para comunicarse, es una de mis más constantes preocupaciones. 


He reflexionado aquí mismo varias veces sobre ello; personalmente he intentado aplicar muchos de los consejos o recomendaciones que hacen los expertos del asunto al respecto...pero, aun así, siempre me encuentro en demasiadas ocasiones patinando por terrenos resbaladizos y aplicándome aquello que con retintín nos decían en tiempos pasados: "calla que así estás más mono" (y, sobre todo, te ahorras problemas).

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Micro-desahogos (5): Incomunicación.

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Micro-desahogos (10): Parloteo.

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Micro-desahogos (12): Escuchar (1).

Estoy seguro -así lo he podido comprobar personalmente en muchas ocasiones- que hay personas que han nacido con un talento personal extraordinario para relacionarse y para saber comunicarse adecuadamente en función del tipo de situaciones y de las personas con las que tratan, aunque también estoy seguro -y así lo constato mucho últimamente- de que hay otras muchas que solo saben hacerlo si ellas asumen el protagonismo y acaparan sin limite la atención, olvidándose del tradicional y recomendable "toma y daca" (reciprocidad de tiempos y modos)



A veces me encuentro en tesituras incómodas porque, al haberse perdido las pautas tradiciones de la educación social (convenciones de urbanidad a veces rígidas, pero muchas veces convenientes), no sabe uno a qué atenerse y cómo preceder y hay que limitarse -cada vez en más ocasiones- a mirar al interlocutor con expresión de emoticono azorado ante la incertidumbre de no saber exactamente qué es lo que se espera de uno...o de saberlo, pero no poder actuar con naturalidad propia y espontánea para no generar conflicto (debido al virus de la ofensa).

Creo que he dejado claro en posts anteriores que, personalmente, aborrezco las vomitonas incontroladas de verborreas y los desahogos emocionales extremos que solucionan muy poco y contaminan mucho a quien las recibe (claro que siempre hay personas a las que, a pesar de todo, ese tipo de visceralidades les da vidilla, por lo visto). 
Todo tiene, desde luego, su punto, su lugar y su medida y con lo que aquí digo no pretendo limitar las relaciones a la mera cortesía (aunque yo lo haga cada vez más). Para todo hay niveles y entre amigos, evidentemente, hay muchos límites que se pueden superar y muchas cosas, por extremas que parezcan, que se pueden vivir y aguantar juntos.

Se trata, como en casi todo, de una cuestión de grado. 

De no imponer siempre al otro el modelo comunicativo personal y de ser consciente de las limitaciones propias y de las de los otros. A veces, se topa uno con personas muy ególatras, personas tan autorreferenciales que exigen a los demás que se les escuche de la manera y forma que ellas quieren y no, faltaría más, desde la personalidad y estilo del que escucha. 
Pero eso crea, necesariamente, cabreos, tiranteces, pulsos y, finalmente, por cansancio y desgaste, la ruptura de las relaciones.


Naturalmente, la frecuencia de esas dificultades o faltas de entendimiento hace que uno dude en cómo proceder ante según que personas o situaciones.

¿Preguntar o no preguntar? 
¿Interesarse o no interesarse? 
¿Esperar a que termine el soliloquio o interrumpir el discurso en según que momentos para aclarar posibles malos entendimientos o círculos reiterativos?

Uno, intentando actuar con un mínimo de habilidad social (antaño educación), escucha y, también, a veces, tiende a preguntar (con sosiego y atendiendo: no para impedir que el otro hable y cuente lo que desee). 
Incluso, en algunos casos, pocos, visto lo visto, llego a sugerir o medio aconsejar en función de lo que me van contando, pero cada vez me topo con más personas que viven eso, NO como una muestra de interés o cortesía sino como una especie de agresión intolerable a los estrechos límites de su relato (del que, realmente, no quieren oír ningún feedback ni que se cambie ni una sola coma).

Traduciendo: Cállate, no me interrumpas que estoy en fase de volcán en erupción y si no me dejas acabar te retiro el saludo de por vida y me doy por ofendido eternamente. O sea, una versión más chabacana e irascible -si cabe- del mencionado más arriba ¡Cállate que así estás más mono! .

A veces, aunque tenga esta sección de desahogos y no lo parezca, intento cultivar la paciencia: opto por poner cara de esponja, me trago todo lo que me dicen y asumo la situación: "si, si, cuéntame la novela de tu vida que tengo penitencias que purgar antes de irme al cielo de los escuchadores".

 Claro que en otras - cada vez más, tristemente, por saturación- me dan ganas de largarme en mitad del monólogo o decirle sin más a la interfecta o al interfecto que escupan su "relato" ante un terapeuta o, si no tienen posibles, en un confesionario (que además de gratis te absuelven de estupideces presentes y pasadas...si hay propósito de enmienda, por descontado). 
No las mando al Teléfono de la Esperanza -en donde colaboré durante tres años- porque hasta allí se ponen límites de tiempo y esas personas al no entender de eso se cabrearían de forma insana (más).

Una lástima que con tantas palabras "proactivas" que hoy en día se estilan y predican en nombre de millones de derechos y pretensiones, no estén algunas que eran esenciales hasta no hace tanto: educación, respeto, reciprocidad, tacto...

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Texto: Javier Nebot.

jueves, 31 de julio de 2025

Micro-desahogos (25): Izquierda ¿puritana?.

 Antaño, pero no un "antaño" excesivamente lejano puesto que yo lo recuerdo, la "izquierda",  la política, social e intelectual procuraba con ahínco y, a veces, incluso con talento, "ofender al burgués". Se trataba de ridiculizar sus valores, de escandalizarlo. "Burgués" se escupía con el mismo entusiasmo que hoy se hace con "fascista".


Muestras de ello miles y durante décadas. Se procuraba mostrar lo que, desde una perspectiva critico/revolucionaría, era un mundo vacío, ramplón, sin verdaderos "valores" y ensimismado en sus pequeñeces y miserias. Y desde luego, siempre desde su óptica, un mundo digno de ser pisoteado o demolido sin contemplaciones (como de hecho así se hizo en muchos lugares sembrándolos de horror, muerte y miseria) .

En aquellos países en donde los "adelantados" de la anti burguesía no pudieron imponerse, se optó, como ya he mencionado más arriba, por la ridiculización, por la crítica -a veces sabia, a veces simplemente estúpida- y por la provocación (también, en muchos países europeos con terrorismo, pero esa es otra historia). 
Había un interés y un afán por ofender que hoy resultaría inaudito a muchas almas cándidas predispuestas a molestarse/ofenderse por cualquier nimiedad que les incomode

Se recurría en muchas ocasiones a puestas en escena, hoy performances, que no sé si en estos tiempos neo-puritanos escandalizarían o no (probablemente hoy serían simplemente una carnaza más de la que viven y viven tantos medios de comunicación, con cierto punto naif), pero en aquellos años más de uno y una estuvieron a punto del soponcio o pensando que el mundo se hundiría bajo sus pies ante tanto ataque "al orden" o a las "buenas costumbres". 
La gama era variopinta: Desde practicar sexo en público y correr en pelotas por donde más se les pudiese ver (acuérdense del éxito que tuvo el streaking)



a mostrarse libre de prejuicios y restricciones de todo tipo en espectáculos o lugares de movedizas y, a veces, turbias y profundas pasiones. En las pantallas de cine directores como Pasolini, Buñuel, Fasbindder o Almodóvar criticaban, mostraban o se reían de los límites burgueses. En TVE una señora de armas tomar e inteligencia aguda como Paloma Chamorro hacia lo propio.
Ciertamente, y más en nuestro particular país, se "rasgarían las vestiduras" (supongo, es una especulación) los más rancios. Además, mejor  o olvidarlo, se prohibieron y censuraron demasiadas cosas...pero -creíamos- eran modos y actitudes propias de lo que ahora -de forma algo patética y ramplona- se denomina la "fachosfera".


Hoy, inimaginablemente, la izquierda, aburguesada hasta el tuétano e incapaz de ofrecer un verdadero modelo social y económico alternativo que resulte interesante, sugestivo e ilusionante a una mayoría de la ciudadanía, ha optado por abrazar extremos y excentricidades minoritarias imponiéndolas a una mayoría que ve atónita cambios impensables tanto solo hace quince o veinte años. 

Para ello no le ha importado lo más mínimo utilizar las mismas censuras (hoy cancelaciones o delitos de odio) y juicios sumarísimos que antes parecían ser comportamientos exclusivos de la "derechona".
Asombra ver que la mutación de la izquierda ha pasado por adoptar, a pesar de la fanfarria verbal de tolerancia y diversidad que esgrime siempre que puede, un puritanismo y unos aspavientos censores que dejan muy cortos a los que antes parecían ser comportamientos exclusivos de burgueses y "fachas". 

Viviendo como se vive hoy en Occidente -al menos por ahora- chocan según que gestos, tanto sentimiento ofendido, tanto hipersensibilidad enfermiza e inmadura, tanta criminalización de opiniones contrarias al paradigma que para mal o para bien, todavía hoy, triunfa por estos lares. 

Se ha instalado en determinada progresía (quiero pensar que quedan rescoldos de verdera izquierda en algún sitio) un tufillo rancio a hoguera de inquisición, un afán revanchista revestido de palabrerías empáticas, pero que destila un profundo odio a quienes ni piensan ni viven como ellos quieren pensar y vivir.


Se convierte en "delitos de odio"  algunas cosas que -sin duda- lo son, pero también se introducen en la misma tipificación otras que son poco más que sinsentidos, vulgaridades o desatinos mentales (todo ello cosas muy abundantes, por desgracia, en nuestro país). 

Se fuerza la polarización ideológica extrema y se convence al acólito de que debe considerar al adversario un enemigo a abatir...y luego, algunos y algunas, se escandalizan porque haya alguien que entre al trapo de tanto "calor" ideológico. 

Sinceramente, siempre había pensado encontrar en la izquierda -al menos en cierta izquierda- más capacidad de imaginar modelos nuevos, de ofrecer alternativas reales pensadas para la mayoría, de seducir por la justicia de los planteamientos y su deseo de mejorar al mundo, pero -lamentablemente- veo patrones viejos. 
En vez de análisis y pensamiento, eslóganes pesados, aburridos y reiterativos como si fuesen un anuncio del Lobato; resentimientos nunca superados y criminalizaciones lapidarias; cancelaciones y juicios sumarísimos muchas veces si motivo ni pruebas, en un "todo vale" por la causa. 

En fin, cosas veremos...y retrocesos experimentaremos (aunque ahora lo llamen "progreso").

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 Texto: Javier Nebot

viernes, 27 de junio de 2025

Micro-desahogos (24): ¡Tiempos!

 "Años de educación mediocre han creado un gran número de personas incapaces de realizar un argumento coherente. 

Solo expresan emociones, cuestionan los motivos de otros, hacen afirmaciones sin sentido y repiten eslóganes políticos. Usan cualquier cosa, excepto la razón"


✍Thomas Sowell


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Texto: Javier Nebot

viernes, 22 de noviembre de 2024

Micro-desahogos (23): Veneraciones laicas: psico-análisis (entre otras cosas).

 Conozco personas que por la devoción cuasi religiosa que profesan al psico-análisis deberían emprender una entregada peregrinación a Maresfield Gardens (Hampstead), la casa londinense en la que Freud vivió su ultimo año, y postrarse ante ella en reverente inclinación.


No cabe duda de que el psico-análisis, con todo su ritual (casi litúrgico), la perseverancia, la dedicación y el coste que supone, impone a sus acólitos un cierto carácter. 
Hay que asistir a sesiones dos o más veces por semana, durante años, mirando al techo para, a veces con mucho esfuerzo, verbalizar lo que se intuye pero no se sabe del todo a pesar de querer saberlo. 
Eso, sin la menor duda, es algo que deja una particular "huella" (en muchos sentidos) en quien se somete a tales menesteres. 
Lo que ya no sé es si tanta parafernalia garantiza el ansiado bienestar (mantra incuestionable que justifica todo hoy en día), porque -y hablo por experiencia- la toma de conciencia de según qué cosas no implica, por desgracia, la automática liberación de las mismas. 


Aficionado como soy a todo tipo de introspecciones y análisis personales no quiero escribir aquí -¡Dios me libre!- una diatriba contra el psicoanálisis ya que, de hecho, supuso un cambio de paradigma muy significativo e importante en su momento. 
Tampoco, desde luego, lo voy a hacer en contra de ningún otro tipo de terapias, ya que expertos para pros y contras de las mismas hay muchos y los que quieran posicionarse en un sentido u otro encontrarán fácilmente guías cualificados.  
Personalmente, he estudiado y he practicado en diferentes épocas de mi vida, psicoanálisis, terapia analítica, análisis transaccional, bioenergética, Gestalt y he llegado a la conclusión de que cada una de ellas pueden ser válidas para diferentes tipos de personas, situaciones o momentos vitales.

Lo que puede valerle a una persona en un determinado momento, puede resultarle inútil o estéril a otra.

Pero una conclusión, en principio tan elemental, resulta anatema para algunos adeptos de determinadas iglesias, perdón, escuelas psicológicas.
Sin embargo y sin excesivo ánimo de polemizar, no puedo por menos que sonreír -irónicamente, algunas veces; tristemente, otras- cuando observo a mi alrededor algunas almas, quiero pensar que cándidas o seráficas, que parecen haber descubierto en la terapias y más concretamente en el psicoanálisis poco menos que el sentido profundo de la (su) vida. 
Y ese descubrimiento, supongo que trascendental, cuando lo realiza alguien con mentalidad de converso o con propensión a fes fundamentalistas puede ser muy, muy pesado... especialmente para los demás.


En esos casos creo que es mejor, mucho mejor, visto lo visto en muchas ocasiones, evitar cualquier comentario o cuestionamiento sobre la "nueva fe" porque la reacción defensiva de quien se siente así cuestionado suele ser muchas veces estentórea, desproporcionada e -incluso- agresiva y eso, ciertamente, puede hacer peligrar la relación o la amistad.


Para mí es un fenómeno muy parecido a cuando se trata de hablar de política o religión: si, por lo que sea, la ideología y la "fe" es tan intensa que impide pensar, pronto se recurre a la visceralidad y al enconamiento más perverso. 

Sé que todos sin excepción tenemos temas "sensibles" (aquellos por los que con facilidad podemos sentirnos atacados en lo más profundo de nuestro ser), pero no deja de llamarme la atención tal polarización extrema cuando, se supone, hablamos de herramientas de mejora personal o social. 
Y cuando, en cualquier caso, solo se pretende intercambiar visiones o experiencias personales, no catequizar a machamartillo o entablar batallas (verbales/emocionales) para exterminar al que piensa diferente (al menos en la gran mayoría de los casos, porque cuando hay por medio dos o tres copas de vino todo puede suceder: lo de in vino veritas, suele ser demoledor).

Supongo, quiero pensar, que el temor o la inseguridad personal influyen en el hecho de experimentar como ataque lo que en muchas ocasiones no lo es en absoluto (prefiero pensar eso a creer que el otro es simplemente necio o ciego). También, lógicamente, el carácter y la educación de la persona.
Es lamentable, en cualquier caso, ver cómo por disentir de lo que para otro es válido, pero que, por lógica o emociones, no lo es para uno, se produzcan confrontaciones que en algunos casos no se limitan a gestos o mohines de desacuerdo o de desprecio, si no que llegan a  ser ataques inmisericordes o descalificaciones sin fin...solo para mantenerse en lo que en ese momento parece ser lo fundamental. 

Encontrar a alguien interesado en estos temas vitales (psicoanálisis/terapias, política, religión...¡fútbol!) que esté dispuesto a conversar razonablemente (argumentando) y que quiera entender las posiciones del discrepante parece ser, hoy en día, un imposible ontológico. 

Es como si instintivamente se tuviese un miedo interior, poderoso, a que el otro pudiese desmoronar nuestras ideas o a que nos contagiase alguna especie de peligroso virus mental que pudiese mermar nuestra fe o convencimiento. Ante esa brumosa posibilidad parece mejor gesticular, ofenderse, demonizar al otro, sentirse atacado y actuar como si se hubiese obrado con terrible mala fe.
Todo un cuadro.


Por descontado, NO se tiene por qué profundizar en esos temas (o en cualquier otro) si uno no quiere o no le apetece. 
Tampoco hay por qué aguantar "chapas" de verborreas sin fin, teorías conspiranóicas o demás diatribas sociales, pero el hecho de que dar una opinión discrepante cada vez sea mas un deporte de "riesgo" es algo que a todos nos debería preocupar. 


Los adanismos ideológicos, a veces demasiado en boga (parece que muchos y muchas creen haber descubierto la pólvora por si mismos), cansan mucho, lo reconozco. 

El tener que justificar cada dos por tres el porqué de las querencias propias o de los propios pensamientos, puede ser agotador (y la experiencia demuestra que solo es conveniente hacerlo con un reducido círculo de íntimos). 


 Pero me sigue resultando chocante que, en un ámbito más o menos amistoso o incluso en relaciones de cierta confianza, el tocar esos temas todavía pueda producir conflictos que parecen irresolubles y que estos, muchas veces, acaben de mala manera con un distanciamiento total o un "odio" inesperado al nuevo enemigo que piensa diferente (el desprecio al pensamiento ajeno tiene en general malas consecuencias y, emocionalmente, suele acabar en algo tan básico, bruto y fácil de alimentar como el odio) .


¿Será que vivimos en una sociedad con tendencias "flamígeras", deseosa de erradicar lo que nos cuestiona o desagrada? 
¿Será que la tendencia millennial a sentirse ofendido o atacado es contagiosa y se ha instalado incluso en personas de edad provecta? 
¿Será que la radicalidad de las redes sociales ha infectado también la realidad personal de muchos, incluidos boomers sensibles?

Supongo que, como en casi todos los asuntos de cierta trascendencia, la respuesta al enigma NO es unívoca, sino compleja y multifactorial, pero instintiva e intelectualmente, no puedo por menos que experimentar cierta alarma cuando observo que personas -que por lo demás considero inteligentes- se blindan de tal manera por un simple cuestionamiento o discrepancia.
Ese no saber pasar, aparte de poco amable o desconsiderado, creo que es psicológicamente muy perjudicial (y no voy de gurú, solo de observador).

Esas posturas maximalistas me hacen pensar en lo dañino y reductor que puede ser
 un planteamiento fundamentalista, sea cual sea el tema sobre el que verse (y todavía no se ha inventado vacuna para ello, aunque el respeto ayuda a minimizar consecuencias).



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