"Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer"
Libro de Judith 16:7
La presencia de mujeres valerosas (y muy predispuestas a cortar cabezas masculinas) es abundante en la Biblia. Entrar en detalle en tan sangriento y expeditivo asunto desborda con mucho nuestro objetivo en este momento, así que dejamos su análisis más pormenorizado para futuras entradas de este blog.
En cualquier caso, en la entrada anterior ya nos referimos a las sugerentes capacidades al respecto de Salomé, una dama que con arte y velos consiguió la cabeza que deseaba en una bonita bandeja de plata. Vimos también el gran éxito iconográfico y literario que tuvo su figura a finales del XIX y aunque es difícil competir con tal fascinación, tenemos que mencionar que otras mujeres bíblicas también consiguieron seducir a los pintores decimonónicos. Entre ellas destacan Judith y Dalila. La primera mostró su vigor y determinación separando la cabeza de Holofernes de su cuerpo, la segunda, más sibilina, cortó la raíz de su fuerza a Sansón, dejándole a merced de sus enemigos.
Libro de Judit - Wikipedia, la enciclopedia libre
Dalila - Wikipedia, la enciclopedia libre
Judith. Arthur Riedel. 1840.
Horace Vernet - Judith et Holopherne
Judith y Holofernes. John Rogers Herbert. 1863.
Judith. Fredrick Sandys. 1860
Judth y Holofernes. 1. Gustav Klimt.
Gustav Klimt. Judith y Holofernes. 2
Judith y Holofernes. Franz von Stuck. 1927.
Judith y Holofernes. Franz von Stuck.
Sansón y Dalila. Gustave Moreau. 1882.
Sansón y Dalila. Solomon J. Solomon. 1887.
En entradas anteriores hemos tenido oportunidad de ver ya algunos personajes literarios que tuvieron en el época que estamos estudiando una gran importancia en la creación de la imagen de la mujer (The lady of Shalott, Elaine, Ofelia, la Salomé de Wilde, la Lulú de Wedekind etc.), pero no podemos dejar de mencionar a la Salambó de Flaubert, que despertó la imaginación perversa y concupiscente de muchos gracias al coito ritual de la dama con una pitón, a la Lorelei del poeta alemán Clemens Brentano o la de Heine, o a Sidonia von Borke que muestra una seducción destructiva a veces a través de los cantos (como las sirenas), a veces con pócimas o hechizos.
Salambó. Gabriel Ferrier.
Salambó. Auguste Rodin.
Eduard Jakob von Steinle. The Lorelei. 1851.
Emil Krupa-Krupinski. Loreley. 1899
Edward Burne-Jones. Sidonia von Bork
Aparte de los personajes mitológicos y aquellos que fueron creados por la imaginación literaria, en las ultimas décadas del siglo XIX algunas personalidades femeninas históricas ofrecieron a los creadores del momento la oportunidad de transferirles, ya fuese por su azarosa vida o por la leyenda que crearon tras de sí, todas las características de "perversidad" que estamos viendo como santo y seña de la femmes fatales. Así abundaron cuadros de Cleopatra, Mesalina, Lucrecia Borgia...
Alexandre Cabanel. Cleopatra ensayando venenos con los condenados a muerte. 1887.
Cleopatra. Gustave Moreau. 1887.
La ejecución de Mesalina. 1874. Gustave Moreau.
La muerte de Mesalina. Victor Francois Eloi Blennoury. 1850. Museo de Grenoble.
Mesalina. Eugène Cyrille Brunet. 1884. Museo de Bellas Artes de Rennes.
Dante Gabriel Rossetti. Lucrecia Borgia. 1860.
Lucrecia Borgia reina en el Vaticano en ausencia del Papa. Frank Cadogan Cowper.1909.
En este itinerario iconográfico que estamos realizando no podía faltar tampoco el realismo crudo de las cortesanas, amantes o prostitutas.
En el último tercio del siglo XIX la expansión de la prostitución, especialmente en las grandes ciudades, fue asombrosamente enorme. Las cifras de prostitutas, por mencionar un caso concreto, en una ciudad como Londres resultan inimaginables para nuestros parámetros actuales. Desde luego, no es este el sitio para analizar un fenómeno tan complejo, pero sí lo es para mencionar que el impacto del mismo en el mundo artístico no fue para nada menor y tuvo su plasmación en algunas obras de arte que, como la Olympia de Manet, causaron un escándalo monumental, ya que se pasó de mostrar cuerpos femeninos, más o menos legitimados por la mitología o la historia, a hacerlo sin tapujos y de forma que casi parecía una oferta pública de venta.
Olympia. E. Manet.
Paul Cezanne. A Modern Olympia. 1873-74.
Henri Gervex. Rolla. 1878
Toulouse Lautrec. La inspección médica. 1894
Adrien Barrère. Cartel para el Folies Bergére.
El cliente. L. Forian. 1878.
La atenta. Jean Béraud.
Baile de máscaras. E. Manet. 1873.
La prostitución era un problema social importante y las consecuencias de la misma, a nivel sanitario, en una época que no existían antibióticos, fueron abrumadoramente desoladoras.
La sífilis y otras enfermedades venéreas hicieron estragos entre los clientes de la misma.
De esa triste manera se entremezcló el deseo carnal (no olvidemos que la era victoriana fue una época de profunda represión sexual y, por ende, se desarrollaron de "salidas alternativas" a la misma: ya que la diosa estaba en casa, la puta tenía que estar en la cama), con el miedo real al contagio de enfermedades devastadoras y sin posible cura.
Y ese miedo se mostró no solo en cuadros claros y directos sobre el asunto sino también en el simbolismo destructor que de nuevo se atribuyó a figuras a las que, con tan solo acercarse a ellas, ya producían la muerte o destrucción del hombre. Proliferaron las Esfinges, Medusas, Sirenas, Arpías y hasta aterradoras vampiras chupasangres.
Franz von Stuck. The Kiss of the Sphinx. 1895.
Esfinge. Franz von Stuck. 1904.
Edipo y la Esfinge. 1864. Gustave Moreau.
Las caricias de la Esfinge. 1896. Fernand Khnopff
Cabeza de Medusa. Franz von Stuck. 1892.
La sangre de Medusa. Fernand Khnopff.
Medusa. Arnold Böcklin. 1878.
Edward Burne-Jones. La muerte de Medusa I. 1882
Sirenas. Arnold Böcklin.
Waterhouse. Sirena
Ulises y las sirenas. Herbert James Draper. 1909.
Edvard Munch. Amor y dolor (Vampire). 1895.
La mujer vampiro. Albert Joseph Penot. 1890
La mujer murciélago. Albert-Joseph Penot. 1890.
Con esta entrada damos por finalizada la muestra artístico-literaria de la construcción decimonónica de la imagen de la mujer. En las siguientes veremos como buena parte de los arquetipos mostrados y su particular iconografía influyeron en la imagen de la mujer fatal/vampiresa en el cine, el nuevo arte del siglo XX.
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