miércoles, 12 de agosto de 2026

Opinión personal (115): Suicidas en el arte, la literatura y la música (3º de 9). Quiroga-Woolf-Akutagawa.

Horacio Quiroga (1878–1937)

Si uno mira la biografía de Horacio Quiroga da la sensación de que podría podría haber inspirado uno de sus propios cuentos: una sucesión de accidentes, muertes prematuras y obsesiones silenciosas avanzando bajo la apariencia de una existencia novelesca. 

Horacio Quiroga - Wikipedia, la enciclopedia libre

Nació en Salto, Uruguay, en 1878, pero muy pronto la muerte entró en escena en su vida de manera francamente brutal. Su padre murió accidentalmente de un disparo cuando él era todavía un bebé (tenía tan solo dos meses). Años después, cuando ya tenía dieciocho años, su padrastro se suicidó y él, por casualidad al entrar en su habitación, lo presenció. Pocos años después, el propio Quiroga mató involuntariamente a un amigo mientras manipulaba un arma con intención de dejarla limpia y lista para un duelo en el que se iba a batir su amigo por unas malas criticas literarias. Esa cadena de drásticas fatalidades quedó adherida, lógicamente, a su biografía como una sombra persistente.


Quiroga se instaló en Argentina y encontró en la selva de Misiones el territorio físico y simbólico de su literatura. Allí construyó una imagen casi legendaria: el hombre aislado entre ríos, insectos, enfermedades tropicales y animales amenazantes

Sus relatos —Cuentos de amor de locura y de muerte, Anaconda, Los desterrados— transformaron la naturaleza en una fuerza indiferente y feroz, muy alejada de las tópicas idealizaciones del paisaje romántico. En Quiroga, la selva no es exótica: es una maquinaria impersonal que desgasta lentamente al ser humano.


Su escritura, influida por Edgar Allan Poe y Rudyard Kipling, combinaba tensión narrativa, fatalismo y precisión casi quirúrgica. Fue uno de los grandes maestros del cuento en lengua española, admirado después por generaciones tan distintas como Julio Cortázar o Jorge Luis Borges. 

Sin embargo, detrás del prestigio literario existía un hombre marcado por el desgaste emocional y la repetición del dolor. Su esposa, Ana María Cires, se suicidó en 1915 tras una larga agonía psicológica. Quiroga quedó solo con dos hijos en plena selva misionera, experiencia que endureció aún más su carácter.

En los años treinta comenzó a sentirse desplazado del centro literario rioplatense. El auge de nuevas sensibilidades urbanas y vanguardistas dejó a Quiroga en una posición algo marginal: seguía siendo respetado, pero ya no ocupaba el centro del panorama cultural. A ello se sumaron problemas económicos, deterioro físico y una creciente sensación de agotamiento. En 1937 ingresó en un hospital de Buenos Aires y se le diagnosticó cáncer de próstata en estado avanzado. La noticia actuó en él como detonante final en una personalidad acostumbrada a convivir -malamente- con la muerte.


El 19 de febrero de 1937 bebió un vaso de cianuro en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires. Murió pocas horas después. Como en muchos de sus cuentos, la muerte aparece no como explosión romántica sino como desenlace inevitable de una tensión acumulada durante años.

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Virginia Woolf (1882-1941).

Opinión personal (115): Suicidas en el arte, la literatura y la música (3º de 9).

Muy probablemente, pocas figuras de la literatura del siglo XX han sido tan admiradas y, al mismo tiempo, tan mitificadas como Virginia Woolf. Novelista, ensayista, crítica literaria y una de las voces más influyentes del modernismo inglés, revolucionó la narrativa con su peculiar manera de escribir. Sin embargo, junto con sus capacidades como escritora, Virginia convivió durante toda su vida una profunda fragilidad psicológica que terminaría conduciéndola al suicidio en la primavera de 1941.

Opinión personal (115): Suicidas en el arte, la literatura y la música (3º de 9).

Adeline Virginia Stephen nació en Londres el 25 de enero de 1882 en el seno de una familia culta y acomodada. Su padre, Leslie Stephen, era un prestigioso historiador, crítico y editor; su madre, Julia Duckworth, destacaba por su belleza y por una intensa actividad filantrópica. La casa familiar era frecuentada por escritores, pintores e intelectuales, de modo que Virginia creció rodeada de libros y conversaciones de alto nivel, aunque, como era habitual para muchas mujeres de su época, no tuvo acceso a una educación universitaria formal.

Virginia Woolf, la escritora que defendió la independencia intelectual y económica de las mujeres

Opinión personal (115): Suicidas en el arte, la literatura y la música (3º de 9).

Aquella infancia privilegiada escondía, sin embargo, una sucesión de tragedias que dejaron una huella imborrable. La muerte de su madre en 1895, cuando Virginia apenas tenía trece años, desencadenó su primera gran crisis nerviosa. 
Poco después falleció una de sus hermanas y, en 1904, murió también su padre. 
A estas pérdidas se sumó otro trauma que ella misma evocaría años más tarde en sus escritos autobiográficos: los abusos sexuales sufridos durante la adolescencia por parte de sus hermanastros George y Gerald Duckworth. Hoy muchos especialistas consideran que esas experiencias contribuyeron, junto con una probable enfermedad afectiva recurrente, a la inestabilidad emocional que marcaría toda su existencia.

Tras la muerte de Leslie Stephen, Virginia y sus hermanos se instalaron en el barrio londinense de Bloomsbury. Alrededor de ellos fue surgiendo el célebre Grupo de Bloomsbury, integrado por escritores, economistas, pintores y pensadores como Lytton Strachey, John Maynard Keynes, Clive Bell o E. M. Forster. 

Círculo de Bloomsbury - Wikipedia, la enciclopedia libre


Aquel círculo defendía la libertad intelectual, el pacifismo, la independencia de las mujeres y una concepción poco convencional de las relaciones personales. En ese ambiente Virginia encontró un espacio de creación y debate que alimentó decisivamente su obra.

En 1912 contrajo matrimonio con Leonard Woolf, escritor, editor y antiguo funcionario colonial. 

La relación entre ambos fue extraordinariamente sólida y afectuosa. Leonard comprendió como pocos la vulnerabilidad psicológica de su esposa y dedicó buena parte de su vida a protegerla durante sus frecuentes recaídas. 

Juntos fundaron la Hogarth Press, una pequeña editorial que publicaría tanto las obras de Virginia como las de autores tan innovadores como T. S. Eliot, Katherine Mansfield o Sigmund Freud en traducción inglesa.

Hogarth Press - Wikipedia, la enciclopedia libre

Opinión personal (115): Suicidas en el arte, la literatura y la música (3º de 9).

Su carrera literaria alcanzó muy pronto una importancia excepcional. Novelas como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928) o Las olas (1931) rompieron con la narrativa tradicional al sustituir la acción externa por la exploración del tiempo interior, los recuerdos y las emociones. 

Paralelamente escribió ensayos fundamentales, entre ellos Una habitación propia (1929), convertido en uno de los textos fundacionales del pensamiento feminista contemporáneo por su defensa de la independencia económica e intelectual de las mujeres.



Pero mientras su prestigio literario crecía, la enfermedad nunca dejó de acompañarla
Desde muy joven sufrió episodios alternantes de intensa depresión, ansiedad, insomnio y periodos de gran excitación intelectual. 
Tras la publicación de algunos de sus libros padecía crisis especialmente severas que obligaban a largos periodos de reposo. 
En varias ocasiones fue hospitalizada y existieron intentos previos de suicidio
La psiquiatría de comienzos del siglo XX disponía de recursos muy limitados, y los tratamientos consistían sobre todo en aislamiento, reposo absoluto y restricciones intelectuales que para una escritora resultaban especialmente angustiosas.


Los últimos años agravaron todavía más su estado de ánimo. 
La Segunda Guerra Mundial alteró profundamente su frágil equilibrio. 
Su casa londinense fue destruida durante los bombardeos alemanes y tanto ella como Leonard contemplaban con auténtico temor la posibilidad de una invasión nazi

Leonard, además, era judío, circunstancia que aumentaba el riesgo para ambos. 
Aunque Virginia logró terminar Between the Acts (Entre actos), percibía que estaba entrando nuevamente en el territorio oscuro de las alucinaciones auditivas y la pérdida de concentración que había conocido en crisis anteriores.

El 28 de marzo de 1941 tomó una decisión definitiva. 
Después de escribir dos cartas de despedida, una para su hermana Vanessa Bell y otra para Leonard, salió de Monk's House, su residencia en Rodmell, caminó hasta el río Ouse y llenó los bolsillos de su abrigo con grandes piedras antes de adentrarse lentamente en el agua. Tenía cincuenta y nueve años. Su cuerpo no sería recuperado hasta el 18 de abril, varias semanas después. El forense concluyó que se trataba de un suicidio cometido "mientras el equilibrio de su mente estaba alterado".

La carta dirigida a Leonard constituye uno de los documentos más conmovedores de la historia de la literatura. 
En ella no aparece reproche alguno, sino un inmenso agradecimiento hacia el hombre que había compartido su vida durante casi treinta años. 
Woolf le confesaba que sentía que estaba "volviéndose loca otra vez", que comenzaba a oír voces y que ya no podía concentrarse en su trabajo. 
Añadía que nadie podría haber hecho más por salvarla y que no quería seguir arruinando su vida. 
Esa despedida refleja con claridad que el suicidio no nació de una falta de afecto ni de un impulso romántico, sino de la convicción, probablemente distorsionada por la enfermedad, de que ya no existía posibilidad de recuperación.

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Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927).

Cuando se habla de la literatura japonesa del siglo XX, pocos nombres poseen el prestigio de Ryūnosuke Akutagawa. Su obra, compuesta principalmente por relatos breves, supo tender un puente entre la tradición clásica de Japón y las inquietudes del hombre moderno. 

Dueño de un estilo refinado, de una extraordinaria capacidad para la observación psicológica y de una inteligencia crítica poco común, dejó una producción relativamente breve, pero suficiente para convertirlo en uno de los grandes renovadores de la narrativa japonesa. Su vida, sin embargo, fue tan intensa como corta y terminó trágicamente cuando apenas había cumplido treinta y cinco años.

Ryūnosuke Akutagawa - Wikipedia, la enciclopedia libre

Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927).

Ryūnosuke Akutagawa nació el 1 de marzo de 1892 en el barrio de Kyōbashi, en Tokio, en una familia dedicada al comercio de productos lácteos. 

Su llegada al mundo no estuvo marcada precisamente por la felicidad. Pocos meses después de su nacimiento, su madre, Fuku, sufrió un grave trastorno mental que acabaría convirtiéndose en una enfermedad irreversible. 
Incapaz de hacerse cargo del niño, fue ingresada en distintas instituciones hasta su muerte. Aquel episodio dejó una profunda huella en el pequeño Ryūnosuke, que crecería con el temor constante de haber heredado la enfermedad materna, una obsesión que lo acompañaría durante toda su vida.

Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927).

Fue adoptado por la familia Akutagawa, perteneciente a una rama de sus parientes maternos, de quienes tomó el apellido. La nueva familia pertenecía a un ambiente culto y tradicional, donde el joven encontró una educación mucho más rica de la que habría podido recibir en el negocio familiar de su padre. Desde muy pronto mostró una inteligencia excepcional y una insaciable curiosidad por la literatura japonesa y china, así como por los grandes escritores europeos que comenzaban a traducirse en Japón durante la era Meiji.

En 1913 ingresó en la Universidad Imperial de Tokio para estudiar Literatura Inglesa. Aquellos años resultaron decisivos para su formación intelectual. Descubrió a Shakespeare, Poe, Baudelaire, Anatole France, Strindberg, Ibsen y otros autores occidentales cuya influencia se dejaría sentir en su manera de entender la creación literaria. Al mismo tiempo, nunca abandonó el estudio de los clásicos japoneses, especialmente las antiguas colecciones de relatos medievales, que más tarde reinterpretaría con una sensibilidad completamente moderna.

Su talento comenzó a llamar la atención muy pronto. En 1915 publicó Rashōmon, un relato ambientado en el Japón medieval que planteaba, bajo la apariencia de una sencilla historia, profundas cuestiones morales acerca de la supervivencia, la culpa y la degradación humana. La obra impresionó al novelista Natsume Sōseki, considerado entonces la máxima autoridad literaria del país, quien animó al joven escritor a continuar por ese camino. Aquel respaldo abrió definitivamente las puertas de la vida literaria japonesa.



Durante la década siguiente Akutagawa escribió más de un centenar de relatos. Muchos de ellos recreaban leyendas, episodios históricos o cuentos tradicionales, pero lejos de limitarse a reproducirlos, los transformaba en complejos estudios sobre las pasiones humanas. En La nariz, El biombo del infierno, Kesa y Morito, El pañuelo, El hilo de la araña o En la espesura del bosque, el lector encuentra personajes enfrentados al egoísmo, la ambición, el miedo, la mentira o el remordimiento. Su extraordinaria capacidad para penetrar en los conflictos interiores convirtió cada relato en una pequeña obra maestra de concisión y profundidad psicológica.



Especialmente influyente fue En la espesura del bosque (1922), donde un mismo crimen aparece narrado desde varios testimonios contradictorios. 

Décadas más tarde, Akira Kurosawa combinaría este relato con Rashōmon para realizar la célebre película Rashōmon (1950), que dio a conocer internacionalmente la literatura de Akutagawa y popularizó el llamado "efecto Rashōmon": la dificultad para alcanzar una verdad objetiva cuando cada individuo interpreta los hechos desde su propia experiencia.

¿Qué es el "Efecto Rashomon"?|Resumen y review de 'Rashomon' (1950)

¿Puedes confiar en tu memoria? - Sheila Marie Orfano

Aunque su prestigio aumentaba año tras año, la vida cotidiana del escritor estaba lejos de ser serena. 
En 1918 contrajo matrimonio con Tsukamoto Fumi, con quien tendría tres hijos
Trabajó durante algún tiempo como profesor de inglés y colaboró activamente en periódicos y revistas. Publicó relatos, ensayos y críticas literarias. 
Sin embargo, las obligaciones familiares, el intenso ritmo de trabajo y la creciente presión derivada de su fama comenzaron a pasar factura a su delicado equilibrio emocional.

A partir de mediados de la década de 1920 su salud física y mental empezó a deteriorarse de forma visible. 

Sufría un persistente insomnio, agotamiento nervioso, ansiedad y frecuentes alucinaciones visuales. A ello se añadía un miedo cada vez más intenso a desarrollar la misma enfermedad mental que había destruido la vida de su madre. Ese temor, alimentado por una personalidad extremadamente sensible y autocrítica, se convirtió en una auténtica obsesión.

En 1921 realizó un viaje a China como corresponsal de prensa. 

La experiencia, lejos de aliviarlo, incrementó su sensación de cansancio físico y desorientación espiritual. En sus últimos escritos se aprecia una visión cada vez más sombría del mundo y de sí mismo. Obras como La vida de un idiota y Ruedas dentadas, ambas escritas poco antes de su muerte, poseen un marcado carácter autobiográfico. 

Opinión personal (115): Suicidas en el arte, la literatura y la música (3º de 9).
Libro Vida de un idiota

En ellas aparecen recuerdos fragmentarios, escenas oníricas y la constante percepción de una inteligencia que observa con absoluta lucidez el progresivo deterioro de su propia mente.

Durante aquellos meses finales Akutagawa continuó escribiendo con una intensidad casi febril. 

Quienes lo trataron entonces percibían en él una mezcla de extraordinaria claridad intelectual y profundo agotamiento psicológico. El escritor era plenamente consciente de que atravesaba una crisis de la que dudaba poder salir.

En la madrugada del 24 de julio de 1927 decidió poner fin a su vida ingiriendo una dosis letal de barbitúricos en su domicilio de Tokio. Tenía treinta y cinco años

Poco antes había dejado una breve carta en la que explicaba que actuaba movido por una vaga e insoportable inquietud sobre el porvenir, una frase que se haría célebre por condensar en muy pocas palabras el estado de ánimo que lo acompañaba desde hacía años. No culpaba a nadie de su decisión ni pretendía convertirla en un gesto dramático; más bien transmitía la impresión de un hombre exhausto que ya no encontraba fuerzas para seguir luchando contra sus propios fantasmas.

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-continuará-

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  Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
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jueves, 6 de agosto de 2026

Opinión personal (114): La construcción de la imagen de la mujer: Del arquetipo al cine.

 Hace varios años publiqué en esta misma sección varias entradas sobre la imagen de la mujer en el cine. Reflexioné en ese momento sobre la creación de la imagen (casi arquetipo) de la "vampiresa", de la "Femme fatale" que, desde luego, no tuvo su origen en el séptimo arte, pero que sin la menor duda sí alcanzó en él un eco y un éxito realmente notorio y digno de atención y reflexión. 

Algunas de las mejores películas de la historia de cine lo son porque tenían como protagonistas a mujeres memorables que mostraban en pantalla una sibilina voracidad depredadora hacia los hombres pero, también, porque dejaban claro un muy profundo y legítimo deseo de libertad, de vivir sin las cortapisas y sin los lastres de la sociedad en las que les había tocado nacer. Eran encarnaciones de figuras atávicas, demonizadas en el pasado, pero resucitadas para el cine con una  ambivalente aureola de atractivo y fascinación.

Retomo, pues, el tema para profundizar más en él y porque, muy probablemente, más adelante, pueda comprometerme a participar en unas sesiones de cine forum que versaran sobre cómo desde finales del siglo XIX y mediados del XX se fue gestando, de forma casi imperiosa, la imagen (influencia sin cortapisas de los medios audiovisuales) de la mala mujer (y de la buena, también).

En las entradas futuras estudiaré, claro, una serie de películas protagonizadas por mujeres, pero mi propósito es algo más amplio: quisiera analizar cómo se ha ido construyendo, difundiendo y transformando la imagen de la mujer en la cultura occidental desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, y cómo el cine heredó, amplificó y popularizó unos modelos de feminidad que ya estaban profundamente arraigados en el imaginario colectivo.

Aunque nuestro recorrido se centrará fundamentalmente en ese periodo histórico, conviene recordar que los grandes arquetipos femeninos son mucho más antiguos

Desde la Antigüedad y la tradición judeocristiana, la cultura occidental ha tendido a representar a la mujer mediante una oposición casi permanente entre dos polos simbólicos

Por un lado, la mujer protectora, esposa, madre y guardiana del hogar; la figura que preserva el orden moral y convierte la casa en un refugio frente a las incertidumbres del mundo exterior. Es la heredera de María, del ideal del «ángel del hogar», de Hera como garante del matrimonio y la familia.


Frente a ella aparece el otro gran arquetipo: la mujer seductora, tentadora y destructora, aquella cuya belleza y sensualidad representan una amenaza para el orden social y para el equilibrio del hombre. Es la Eva del pecado original, la Venus entendida como fuerza irresistible del deseo, la Circe que convierte en cerdos a los hombres, la Salomé, Judith o Dalila que cortan cabezas como si fuesen patatas, o la femme fatale que conducen al héroe hacia la ruina, la locura o la muerte.

Naturalmente, la realidad -a Dios gracias- nunca fue tan simple. 

No hay solo "santas" o "putas". Las mujeres reales vivieron existencias mucho más complejas y diversas que cualquiera de estos modelos prototípicos. Al igual que con los hombres -que no son de una sola pieza ni desde luego "todos iguales"-, en las mujeres de todos los tiempos se dieron un sinfín de matices, comportamientos y realidades. Sin embargo, parece innegable que la fuerza de los arquetipos reside precisamente en su capacidad para simplificar la realidad hasta convertirla en un relato fácilmente reconocible y socialmente eficaz. De ahí que perduren y todavía nos resuenen aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.


Fue precisamente durante la segunda mitad del siglo XIX, y especialmente en sus últimas décadas, cuando estos modelos adquirieron una extraordinaria intensidad. 

Diversos factores históricos, sociales, científicos, religiosos y culturales confluyeron para reforzar una visión dual de la feminidad. En un momento de profundas y rápidas transformaciones  (industrialización y urbanización galopante, aparición de los movimientos obreros, numerosos e increíbles avances científicos, primeras reivindicaciones feministas y paulatina incorporación de la mujer a diversos trabajos, cambios en la estructura familiar...) una parte importante de la sociedad respondió reafirmando unos modelos muy rígidos acerca de lo que una mujer debía ser y de lo que jamás debía llegar a ser.


Se consolidó así una dicotomía de enorme fuerza simbólica: la esposa virtuosa frente a la mujer caída; el ángel del hogar frente a la vampiresa; la madre sacrificada frente a la seductora; la protectora frente a la destructora. 

No fueron, desde luego, las únicas imágenes posibles de la mujer, pero sí las predominantes, las que alcanzaron mayor difusión y terminaron condicionando durante décadas la manera de entender la feminidad y las relaciones entre hombres y mujeres.

Muchos de esos estereotipos han perdido hoy buena parte de su vigencia social, aunque no han desaparecido por completo. Todavía sobreviven, a veces de forma casi inconsciente, en determinados relatos románticos, en algunos gestos ritualizados del amor (esas patéticas escenas de hombres arrodillándose para pedir en matrimonio), en ciertos modelos publicitarios de seducciones instintivas o en innumerables ficciones audiovisuales que siguen recurriendo todavía a princesas, héroes salvadores, mujeres idealizadas o seductoras irresistibles. Son vestigios de un imaginario colectivo construido durante generaciones y cuya influencia continúa siendo perceptible.

Pero ojo: La consolidación de esos modelos no fue obra de una única institución ni de un único discurso

Intervinieron la educación, las iglesias, la moral burguesa, la medicina, la ciencia positivista, la literatura, la prensa ilustrada, la publicidad y, por supuesto, las artes plásticas. Pintores, ilustradores, escritores y cartelistas tradujeron aquellas ideas en imágenes de enorme poder de seducción que terminaron formando parte de la cultura visual de millones de personas.

Cuando apareció el cine, en los últimos años del siglo XIX, a pesar de la inmensa novedad que suponía, no partió de una página en blanco. En seguida "copió" un repertorio iconográfico y narrativo ya perfectamente elaborado y lo convirtió en un fenómeno de masas sin precedentes. 

La pantalla no inventó aquellos modelos femeninos; los hizo universales. 


Hollywood, el cine europeo y, posteriormente, la publicidad del siglo XX multiplicaron su alcance hasta convertirlos en referencias culturales compartidas por varias generaciones.

En los próximos posts intentaré seguir ese proceso de transmisión. Ver cómo determinadas imágenes nacidas en la pintura simbolista, prerrafaelita o académica reaparecen después en el cine mudo, alcanzan una nueva dimensión durante el periodo pre-Code, sobreviven bajo formas distintas durante los años del Código Hays y continúan proyectando su sombra sobre muchas representaciones contemporáneas.

Para comprender este fenómeno resultan especialmente útiles algunos estudios ya clásicos. Entre ellos destacan: Ídolos de perversidad, de Bram Dijkstra, que analiza la construcción artística de la mujer fatal en el fin de siglo, y Las hijas de Lilith, de Erika Bornay, una obra fundamental para entender la iconografía de la mujer fatal en la pintura europea. Libros cuya lectura les recomiendo encarecidamente.

Ambos trabajos muestran cómo muchas de las imágenes que posteriormente asumieron el cine y la publicidad habían sido elaboradas décadas antes por artistas, escritores e ilustradores, convirtiéndose en auténticos modelos culturales capaces de influir profundamente en las mentalidades de su tiempo.

Ese será, precisamente, el punto de partida de nuestro recorrido: descubrir que, mucho antes de que las grandes estrellas aparecieran en la pantalla, el imaginario de la mujer ya había sido cuidadosamente dibujado por los pinceles, las novelas y las imágenes impresas de toda una época.

Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
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 TEXTO: Javier Nebot

lunes, 3 de agosto de 2026

Lugares (107): Rímini. Italia.

 Rímini: un día entre la piedra romana y la luz del Adriático

Hay ciudades que, sin la menor duda, uno visita con un objetivo muy determinado: ver una serie de monumentos o visitar algún museo en concreto, o quizás, incluso, para escuchar un determinado concierto o participar en algún evento puntual.  Otras, en cambio, aparecen en el camino casi como un pequeño paréntesis para descansar o porque están cerca de algún lugar ya visitado y a uno le pica la curiosidad de verlas. Rímini perteneció para nosotros a esta segunda categoría: Llegamos a ella, con la simple intención de "airearnos" un poco en sus playas después de haber pasado tres intensos días en Rávena explorando sus increíbles iglesias.

 Igual no hago justicia a la visita porque esta la realizamos en el ya lejano verano de 2018 y la memoria, mal que me pese, flojea. Pero, aun así, creo recordar perfectamente las cosas que más me llamaron la atención (¡hacer muchas fotos ayuda!) y que hacen de Rímini un lugar singular.

 Llegamos allí, como suele ser habitual en nuestros viajes, en tren desde Rávena, ciudad en la que, como pueden ver en los post anteriores de esta misma sección, habíamos pasado varios días dejándonos deslumbrar por el universo casi irreal de sus mosaicos bizantinos. 

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (103): Rávena. San Apolinar Nuevo

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (104): Mausoleo de Gala Placidia. Rávena.

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (105): Rávena. San Vitale. (Italia)

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (106): Rávena. Italia. San Apolinaire in Classe + Tumba de Teodorico.

Después de tanta contemplación artística nos apetecía cambiar de registro: caminar sin prisas, respirar el aire del mar y concedernos una jornada de descanso junto al Adriático. En ese sentido, Rímini nos pareció un destino sugerente.

Su fama como ciudad de playas larguísimas la conocíamos desde hacía tiempo, pero lo cierto es que, nada más salir de la estación, la primera sorpresa no tuvo nada que ver con el mar. Casi sin buscarlo nos encontramos frente al Tempio Malatestiano, el gran templo renacentista de la ciudad, conocido también como el Duomo.



Siempre agradezco la fortuna de encontrar un monumento casi vacío de visitantes (con la edad me estoy volviendo rarito y cada vez me incomodan más las masas). Personalmente, creo que hay edificios que necesitan silencio para dejarse descubrir, y aquel era uno de ellos. Pudimos recorrerlo con calma, observando detalles que probablemente habrían pasado inadvertidos entre grupos numerosos.

El edificio es uno de los grandes testimonios del Renacimiento italiano

Templo Malatestiano - Italia.it

San Francesco de Rímini. El Templo Malatestiano de Segismundo Malatesta

Sigismondo Pandolfo Malatesta quiso convertir la antigua iglesia franciscana en un monumento que inmortalizara el prestigio de su familia y para ello recurrió nada menos que a Leon Battista Alberti, uno de los grandes arquitectos y humanistas del Quattrocento. El resultado fue un templo singular, casi a medio camino entre la iglesia cristiana y el ideal clásico que comenzaba a recuperar la Italia renacentista.

El interior guarda auténticas sorpresas. Nos detuvimos especialmente en algunas de sus capillas laterales, donde la escultura adquiere un protagonismo extraordinario. Recuerdo con especial nitidez una de ellas en la que dos magníficos elefantes sirven de soporte a las columnas. Son piezas de una elegancia inesperada y, al mismo tiempo, profundamente simbólicas, pues el elefante era uno de los emblemas de la familia Malatesta. Contemplándolos resulta fácil imaginar el refinamiento intelectual que debió de alcanzar aquella corte, capaz de reunir a artistas, arquitectos y hombres de cultura en una época especialmente brillante de la historia italiana.







Después abandonamos el templo para recorrer sin rumbo fijo el casco antiguo. Es una ciudad que todavía conserva rincones donde resulta sencillo olvidar el bullicio turístico y dejarse llevar por calles tranquilas, pequeñas plazas y fachadas que parecen guardar el recuerdo de siglos muy distintos. Esa mezcla de vida cotidiana y patrimonio histórico siempre me resulta tranquilizadora, especialmente si la comparamos con "fórmulas" más agresivas -cada vez más comunes- en las que los núcleos antiguos de las ciudades se desnaturalizan y se convierten en penosos parques temáticos en los que no sobrevive en ellos ni una pizca de vida propia (como, de hecho, poco a poco va pasando en el Casco Antiguo de Bilbao, ciudad en la que vivo, por poner un ejemplo penoso y cercano).



Nuestro siguiente destino era uno de los grandes símbolos de Rímini: el puente de Tiberio

Pocas obras de ingeniería producen una impresión semejante. Comenzado bajo Augusto y concluido durante el reinado del emperador Tiberio, lleva cerca de dos mil años permitiendo el paso de viajeros, comerciantes y vecinos de la ciudad. Resulta difícil contemplarlo sin experimentar una cierta admiración. No deja de sorprender que una construcción romana siga cumpliendo hoy la misma función para la que fue concebida hace veinte siglos, soportando el paso del tiempo con una dignidad que muchas obras modernas difícilmente igualan.



Al cruzarlo apareció ante nosotros otra imagen distinta de la ciudad. El río estaba salpicado de pequeños puertos deportivos, los mástiles de las embarcaciones dibujaban líneas sobre el cielo y, al fondo, el faro anunciaba ya la proximidad del Adriático.

A partir de ese punto Rímini cambia de personalidad. El casco histórico va dejando paso poco a poco a la ciudad de vacaciones, esa que millones de italianos y visitantes extranjeros identifican inmediatamente con el verano, aunque entre calles a veces -claro- se vean claras muestras de vida "italiana".





Debo reconocer que esa parte me resultó bastante más convencional, incluso estereotipada en algunos aspectos, con largas hileras de establecimientos, playas perfectamente organizadas y todos los servicios propios de cualquier gran destino turístico (al final siempre hay un efecto contagio que hace que lugares muy lejanos acaben pareciéndose).

Sin embargo, bueno, reconozco que las playas de Rímini tienen cierto encanto.

Quizá sea porque el mar siempre termina imponiéndose a cualquier artificio si uno mira al horizonte o se deja llevar y escucha el rumor de las olas aunque, en seguida vendrá algún niño feliz y juguetón a sacarle de ensimismamientos (¡es verano!).

Qué ver en RIMINI?🇮🇹No todo es playa y fiesta🏖️🎉

Era pleno verano y el ambiente reflejaba perfectamente esa alegría despreocupada de las vacaciones. Familias enteras disfrutaban de la arena, los chiringuitos rebosaban actividad y una elegante noria dominaba el paseo marítimo aportando un inesperado aire norteamericano al paisaje. Confieso que aquella imagen me sorprendió y me pareció uno de los elementos más digamos pintorescos de toda la zona costera.

No permanecimos allí demasiado tiempo. 

Nuestro propósito no era otro que descansar unas horas, pasear junto al Adriático y dejar que la ciudad nos mostrara sus dos rostros: el de la antigua Ariminum romana y el de una de las capitales estivales de Italia.






TEXTO Y FOTOS: JAVIER NEBOT