Fanny Bullock Workman: una dama en
el Himalaya
Hay mujeres que, afortunadamente, parecen haber nacido para desmentir los tópicos de su época (muchas veces cansinos, repetitivos y limitadores).
Fanny
Bullock Workman fue, sin duda, una de ellas. Otra dama «poderosa» de las muchas que vivieron en el asombroso siglo XIX (algunas de ellas referenciadas en esta misma sección).
En su
caso la fama y el prestigio no le llegaron por presidir salones influyentes, o destacar en la política o en las artes, sino por
algo bastante más, digamos, incómodo: le vino por subir montañas, atravesar
glaciares y aventurarse por algunos de los lugares más inhóspitos del planeta.
Fanny Bullock nació en Worcester, Massachusetts, en 1859, en el seno de una familia
acomodada.
Se casó con William Hunter Workman, doce años mayor que ella, médico y
hombre de buena posición. William alegó durante bastante tiempo una salud delicada y eso le llevó a jubilarse muy prematuramente. Desde luego su salud sería muy delicada pero, sin embargo, no fue un obstáculo para que la pareja deicidiese recorrer medio
mundo durante las décadas siguientes.
¡Nada como tener posibilidades, tiempo...y ganas de recorrer mundo!.
Fanny Bullock Workman junto a su marido.
Los Workman convirtieron el viaje en una forma de vida.
España, África y Asia fueron
algunos de los escenarios de sus aventuras.
En 1895 los Workman estuvieron en nuestro país durante la primavera y el verano. Lo recorrieron en bicicleta y posteriormente recogieron sus impresiones en
Sketches Awheel in Modern Spain, un libro que fue publicado en 1897.
En ese libro se muestra una faceta bastante menos amable de lo que podría esperarse de nuestra protagonista. Es verdad que la mirada de los viajeros anglosajones sobre España, en general -y quizás con cierta razón- no ha sido precisamente lo que se diese benévola. Desde luego, a Fanny y su marido el
país les pareció atrasado, improvisado, desordenado y excesivamente relajado en sus
normas, costumbres y horarios. Aquello que para los españoles podía ser libertad o
espontaneidad, para los Workman se acercaba peligrosamente a la informalidad y la
desidia. ¿Típico tópico? ¡Vaya usted a saber en la España profunda de finales del XIX...pero resulta muy poco amable tal y como lo cuentan!.
Tampoco es que mostrasen demasiada piedad con nuestra historia. Al referirse a la conquista de
Cuenca por Alfonso VIII y a la leyenda sobre sus habitantes, escribieron una frase que demostraban no tener precisamente pelos en la lengua y que no brilla por su diplomacia:
«Se dice que de este rebaño de ovejas humanas, los castellanos, han descendido las
familias hidalgas». E fin, en ese sentido, no es fueran lo que se dice un encanto de gente.
Eso sí, hay que reconocer que también encontraron (¡oh, milagro!) algunas cualidades positivas en los
españoles, especialmente en lo referente a la hospitalidad y la galantería. Cuenca, por ejemplo, les
entusiasmó. Aunque, curiosamente no consiguieron llegar a la Ciudad Encantada porque,
cosa bastante insólita para unos viajeros que demostrarían pericia en escenarios bastante más complejos, se perdieron por el
camino. ¡Claro que hasta los grandes exploradores tienen derecho a equivocarse de camino!.
España fue, en cualquier caso, solamente una etapa de una trayectoria viajera mucho
más ambiciosa.
En 1898 los Workman llegaron a Cabo Comorín, en el extremo meridional de la India,
procedentes de Ceilán, la actual Sri Lanka.
Desde allí emprendieron una travesía en
bicicleta hacia el norte del subcontinente.
La bicicleta les llevó hasta las proximidades
del Himalaya.
Y allí decidieron cambiar de vehículo.
Se acabó la bicicleta y empezó el piolet.
El Himalaya se convirtió en el gran escenario de Fanny Bullock Workman.
Durante
años recorrió junto a su marido algunos de los lugares más difíciles de la cordillera y del Karakórum.
En 1906 ascendió al Pinnacle Peak, de 6.957 metros, alcanzando lo que entonces fue
considerado el récord femenino de altitud. Un que récord estuvo anteriormente en manos de
otra extraordinaria mujer, Annie Smith Peck.
Dos años después, en 1908, los Workman recorrieron los glaciares Biafo e Hispar, en el
Karakórum. En 1911 exploraron el glaciar Siachen y en 1912 atravesaron el paso Kaberi
en dirección a la región de Baltistán.
No estamos hablando, por lo tanto, ni mucho menos, de una señora que se puso unas botas de montaña para
hacerse unas fotografías pintorescas en plan influencer del momento.
Fanny estaba realizando auténticas expediciones de alta montaña en una época en la que
aquellas regiones apenas eran conocidas por los occidentales y en la que las
posibilidades de comunicación y transporte eran infinitamente más precarias que las
actuales.
Sus experiencias quedaron recogidas en nueve libros, que tuvieron una notable
aceptación entre el público de la época.
Sin embargo, su faceta como cartógrafa recibió
críticas. Sus mapas y datos geográficos contenían, al parecer, numerosos errores.
Y aquí encontramos otra de las contradicciones de esta mujer: podía ser una exploradora
extraordinariamente audaz y, al mismo tiempo, una cartógrafa no siempre demasiado
fiable.
Pero quizás, imprecisiones arriba o abajo, una de las cosas que más llamó la atención de sus contemporáneos no fueron solamente
sus hazañas (ciertamente notables), sino la peculiar apariencia de los protagonistas.
Porque los Workman podían estar atravesando los lugares más salvajes del
planeta pero, sin embargo, conservaban una apariencia que parecía sacada de un salón
victoriano.
William era un caballero maduro, supuestamente de salud delicada, y Fanny aparecía
habitualmente bien vestida, con una elegancia que no parecía demasiado compatible con
los glaciares, las grietas de hielo y las expediciones de varios meses.
Existe un dibujo de la época que resume perfectamente esta imagen.
Fanny aparece
siendo rescatada de una grieta de hielo. Lleva su largo vestido oscuro y permanece
aferrada a la cuerda con una dignidad imperturbable. No parece una mujer que acaba de
ser rescatada de una grieta en medio del Himalaya. Parece más bien una señora
esperando que le sirvan el té en un salón londinense.
Fanny Bullock Workman on the summit of Siegfriedhorn
Fanny no fue solamente una aventurera.
Fue también una firme defensora del sufragio
femenino y de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.
En sus escritos aparecen comentarios muy críticos sobre la situación de las mujeres en
las sociedades que visitó.
Su propia vida constituía, en cierto modo, una demostración
práctica de que las fronteras que la sociedad victoriana había impuesto a las mujeres
podían ser atravesadas.
Fue la primera mujer invitada a pronunciar una conferencia en la Sorbona de París y la
segunda en hacerlo ante la Royal Geographical Society de Londres, después de Isabella
Bird, otra viajera extraordinaria a la que ya hemos dedicado atención en este blog.
Fanny pertenecía, por tanto, a esa nueva generación de mujeres que empezaban a ocupar
espacios tradicionalmente reservados a los hombres.
Aunque, naturalmente, las cosas son siempre un poco más complicadas.
La viajera que defendía la emancipación femenina contemplaba también las sociedades
que visitaba desde una perspectiva inequívocamente occidental.
Su interés por los
lugares recorridos se concentraba fundamentalmente en el paisaje, la geografía y la
grandiosidad de la naturaleza.
No parece que los Workman sintieran una especial
necesidad de integrarse con las poblaciones locales ni de establecer con ellas una
relación demasiado profunda.
Les interesaba sobre todo la naturaleza en su dimensión más desmesurada.
Y pocas naturalezas podían ofrecer tanta desmesura como el Himalaya.
Hay algo especialmente interesante en los relatos de viajeros de aquella época: nos
hablan tanto del lugar visitado como de quien lo visita.
Cuando Fanny describe España como un país desordenado, atrasado e improvisado, está
describiendo España, sí, pero también está describiendo la mentalidad desde la que la
observa.
Cuando critica nuestras costumbres o la conservación de nuestros
monumentos, podemos encontrar observaciones acertadas (y algunas lo eran, muy probablemente), pero también aparece esa mezcla de superioridad y paternalismo tan
característica de buena parte de la literatura de viajes anglosajona del siglo XIX.
Lo mismo ocurre cuando observa otras sociedades asiáticas.
Fanny era una mujer avanzada en muchos sentidos, pero no dejó de ser una mujer de su
tiempo.
Y quizá esa contradicción sea mucho más interesante que convertirla en una heroína
perfecta.
Porque no necesitamos (afortunadamente y a pesar de algunos) que nuestros personajes históricos sean perfectos para reconocer sus puntos buenos.
Fanny Bullock Workman murió en Cannes en 1925.
William Hunter Workman, aquel hombre que había disfrutado de una «mala salud de
hierro» y que había abandonado pronto su profesión para dedicarse a recorrer el mundo,
todavía viviría doce años más.
Murió en 1937.
No deja de tener cierta ironía que aquella supuesta fragilidad que le había permitido
jubilarse prematuramente no le impidiera sobrevivir a su esposa, acompañarla durante
años por algunos de los territorios más difíciles del planeta y llegar a una edad
considerable.
Los Workman pertenecieron a una época en la que viajar todavía significaba, en muchas
ocasiones, enfrentarse a territorios prácticamente desconocidos para los europeos.
Fueron exploradores, escritores, fotógrafos y cartógrafos, aunque no siempre acertaran
en sus mapas. Desde luego, estaban en las antípodas de lo que hoy llamamos "viajeros" y mucho más todavía de los (cada vez criticados aunque todos pequemos) turistas.
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