Continúo con el tema del micro-desahogo anterior.
Reconozco que, a medida que envejezco, cada vez me resulta más complicado mantener una conversación que no termine convertida en combate, consultorio o campeonato de egos. No hablo, por descontado, de grandes debates ideológicos ni de profundas discusiones metafísicas, no.
Hablo de algo mucho más sencillo y, al parecer, por lo visto, bastante más difícil: hablar sin que todo derive en penosa saturación o en un conflicto.
La polarización, como bien sabemos todos, se ha convertido en el deporte oficial de nuestra época y ya no es que se discrepe: por lo visto, se traiciona.
Cualquier asunto, por nimio que parezca, se convierte en motivo de posibles desencuentros. Basta, por ejemplo, con decir que un programa de televisión te parece necio o aburrido para que alguien lo interprete como un ataque personal. Como si el hecho de criticar a un determinado presentador fuese cuestionar la identidad profunda de quien lo consume religiosamente cada noche. Uno menciona que determinado show le resulta banal y, de pronto, ha abierto una grieta emocional. El aire se enrarece. Los interlocutores se encrespan. Se activa el protocolo defensivo. Se despliega una bandera invisible que hay que defender como si la vida nos fuera en ello... Y lo que podría haber sido un simple intercambio de opiniones se transforma en un pulso absurdo.
¡Qué quieren que les diga! Discutir porque te gusta más Broncano que Pablo Motos o el Wyoming me parece y me parecerá siempre una verdadera sandez (y no te digo ya discutir por los "líderes" politicos).
Hay conversaciones que, con la edad, por lo que observo, se
convierten en un auténtico boletín médico por su detalle y su constancia reiterante. Uno entiende la preocupación, faltaría más (la salud nos preocupa prácticamente a todos). Uno entiende la necesidad del desahogo (¡ya ven ustedes que yo hasta tengo una sección especifica para ello!). Lo que ya me cuesta más es asistir, cada vez que coincido con determinadas personas de mi quinta, a la
repetición minuciosa, pormenorizada, del mismo parte clínico, como si la amistad fuese una
consulta ilimitada y gratuita y la necesidad de contar problemas de salud una pasión irrefrenable.
Me parece que, una vez contado el problema, compartida la
angustia y expresada la empatía, lo más civilizado sería cambiar de tercio y pasar a otros temas tanto o más vitales y, probablemente, más interesantes para la mayoría de los interlocutores. Es necesario permitir que el otro también exista. Porque -aunque a veces parezca olvidarse- la amistad no es un monólogo asistido. Es un toma y daca. Un equilibrio de reciprocidad. Un
intercambio equitativo.
Cuando alguien se apodera del "micrófono" y no lo suelta, monopolizándolo... la relación empieza a resentirse. Y no por falta de cariño o simpatía, sino por exceso de protagonismo, por una cansina apropiación del espacio.
Y luego está la fascinante manía contemporánea
de convertirse en experto en cualquier cosa en tiempo récord.
Un vino, dos anécdotas y ya tenemos cátedra. Les pongo un ejemplo. Hace
poco, en una conversación sobre prostitución -tema complejo donde los haya por sus multiples implicaciones- cuatro personas que no éramos especialistas en nada acabamos pontificando sobre el tema con una
seguridad digna de un tribunal académico.
Una porque había compartido edificio con una
prostituta (parece que la dama ejercía su profesión -o se retiró después de ello- a un piso en el mismo inmueble).
Otra porque en su juventud parece que había militado en una
asamblea de mujeres y conocido algún caso.
Y yo mismo, para no quedarme en posición subalterna,
terminé elevando el tono y alardeando de alguna experiencia pasada en mis tiempos mozos. (El cuarto optó por un prudente silencio).
Tres trayectorias -muy- tangenciales convertidas en
autoridad moral y causa de pulsos vehementes.
Lo que podría haber sido un intercambio prudente de matices acabó siendo un pequeño torneo de superioridades.
Nadie sabía
realmente de qué hablaba (al menos teniendo en cuenta la complejidad del asunto). Pero todos hablábamos como si lo supiéramos y nuestra opinión fuese la única relevante, y, por descontado, no complementaria de la de los demás sino LA MEJOR. Un ejemplo penoso de conversión de la experiencia personal en argumento.
Resultado: conversación embarrada y una ligera
resaca emocional al día siguiente.
Lo que me parece más inquietante de situaciones como la descrita es que, cuanto más complejo es el
asunto, más rápidamente se tiende hoy en día a simplificarlo, a convertir la experiencia personal en única fuente de valor despreciando todo lo demás.
Decir “no lo sé” o no tengo opinión al respecto parece humillante o se vive como una minusvaloración personal. Reconocer que el tema nos desborda suena a debilidad. Y así, entre inseguridades mal digeridas, orgullos inflados y la necesidad de hablar de lo que sea -más acuciante en algunos que en otros- , levantamos trincheras en donde podría haber simplemente preguntas u opiniones diferentes aceptadas con respeto.
Al final, desde mi punto de vista y tal y como le comentaba hace unos días a una persona muy cercana, todo se reduce a una cuestión de calibración, en encontrar el punto adecuado.
Me parece que conversar es, muchas veces, como manejar una radio.
Si el volumen está al máximo,
cansa e incluso hace daño. Se soporta durante muy poco tiempo. Si la emisora repite y repite lo mismo sin cesar, acaba aburriendo y uno termina por hacer oídos sordos. Y, si no hay sintonía de ningún tipo,
solo se oye ruido y más ruido.
Y el ruido constante -ese sí- termina por
erosionarlo todo. (Y reventando al que lo soporta).
Texto: Javier Nebot.
Fotos: IA
















































