lunes, 2 de marzo de 2026

Clásicos NO populares (13): Alfred Hill (Australia, 1869-1960)

Alfred Francis Hill está considerado como una de las figuras centrales de la vida musical de Australia y Nueva Zelanda, especialmente en el tránsito del siglo XIX al XX. 

Nació el 16 de diciembre de 1869 en Melbourne aunque su vida se desarrolló en Wellington (Nueva Zelanda) debido a que su familia se trasladó allí cuando él era todavía un niño. Esa doble pertenencia -australiana por nacimiento, neozelandesa por formación y  de nuevo australiana por desarrollo profesional- marcó toda su trayectoria.

En una zona en donde las instituciones musicales aún estaban en proceso de consolidación, Hill representó el puente entre la tradición académica europea y la naciente identidad musical del Pacífico Sur
Su carrera no fue la de un revolucionario sino, más bien, la de un constructor cultural: compositor, violinista, pedagogo, director, organizador y figura institucional.

Como tantos músicos de la periferia del Imperio británico, Hill viajó a Europa para formarse

En 1887 ingresó en el Conservatorio de Leipzig, uno de los centros con mayor renombre del momento. Allí estudió violín, composición y teoría musical dentro de la tradición germánica heredera de Mendelssohn y Schumann.

En Leipzig recibió una sólida formación contrapuntística y camerística. La influencia de la escuela alemana se mantendría siempre en su estilo: una gran claridad formal, perfecto dominio de la escritura para cuerda, preferencia por las estructuras clásicas (cuarteto, sonata, sinfonía), y un lirismo romántico contenido más que expansivo.

Regresó a Nueva Zelanda en 1891, convirtiéndose casi de inmediato en una figura clave del ambiente musical de Wellington.


Piano Concerto

En la década de 1890 Hill comenzó a destacar como violinista y compositor. 

Fundó y dirigió sociedades musicales, promovió la interpretación de repertorio europeo y defendió la necesidad de una producción propia.

Su primera obra de gran repercusión fue la cantata Hinemoa (1896), basada en una leyenda maorí. Con ella inauguró una línea de interés por el folclore indígena que, aunque no sistemática, sí tuvo importancia simbólica: fue uno de los primeros compositores académicos en integrar material temático maorí en una obra de concierto.


Durante estos años escribió también sus primeros cuartetos de cuerda, género en el que llegaría a ser extraordinariamente prolífico (más de una docena), consolidando su reputación.

En 1911 Hill se trasladó a Sídney, donde su influencia fue todavía mayor. 

Participó activamente en la vida musical australiana y desempeñó cargos en el recién creado Conservatorio de Sídney. Fue profesor de composición y teoría, formando a generaciones de músicos.

Durante las décadas de 1910 y 1920 su producción fue intensísima: sinfonías, conciertos, música de cámara, obras corales y óperas. No fue un modernista; permaneció fiel a un lenguaje romántico tardío, con ecos de Brahms, Dvořák y, en menor medida, Grieg.

En un contexto en que Europa vivía la ruptura vanguardista, Hill representaba la continuidad. Su música nunca adoptó el radicalismo armónico del siglo XX centroeuropeo; más bien buscó consolidar una tradición clásica en suelo austral.



Hill vivió hasta los 90 años, falleciendo en Sídney el 30 de octubre de 1960. Su longevidad le permitió atravesar dos guerras mundiales y presenciar profundas transformaciones estéticas que, sin embargo, apenas alteraron su lenguaje.

Compuso más de 500 obras (según algunos catálogos), entre ellas 13 sinfonías, 17 cuartetos de cuerda, numerosos conciertos y una vasta producción coral.

Su importancia histórica radica menos en la innovación que en su papel fundacional: fue uno de los arquitectos de la vida musical académica de Australia y Nueva Zelanda


Obras principales.

1. Hinemoa, cantata (1896).

Obra coral basada en una leyenda maorí. Se considera una obra fundamental tanto por su valor histórico como por la temprana integración de elementos locales en un marco romántico europeo y fue uno de los primeros éxitos de Hill. Ideal para entender su dimensión “nacional”. Duración aproximada, 45 minutos.

Hinemoa: una leyenda maorí: para solis, coro y orquesta | Récord | DigitalNZ

2. Sinfonía n.º 1 en si bemol mayor (1898), o Sinfonía Maorí.

Su primera gran obra orquestal. De factura sólida, estructura clásica en cuatro movimientos y clara influencia germánica. Muestra su dominio formal temprano. Duración aproximada, 35 minutos.

Sinfonía nº 1 (Hill) - Wikipedia

3. Sinfonía n.º 3 "Australia". en Sí menor (1951).

Una de sus obras más grabadas. Duración aproximada, 30 minutos.

Alfred Hill : Symphony No. 3 in B minor 'Australia' (1951)

4. Sinfonía n.º 5 “The Carnival”, en La menor (1955)

Más madura y expansiva. El subtítulo sugiere un carácter festivo, con ritmos vivos y brillantez orquestal. Representa su estilo tardío, seguro y luminoso. Su composición deriva de la orquestación del Cuarteto de cuerda nº 3 del mismo nombre, compuesto en 1912. Duración aproximada, 25 minutos.

Alfred Hill - Symphony No.5 "The Carnival"



"La "Sinfonía Nº 5 en la menor” (The Carnival) fue compuesta en 1955. La música proviene del "Cuarteto de cuerda Nº 3 en la menor" (The Carnival) escrito en 1912 cuando trabajaba como segundo violín del Austral Quartet. Cambia el orden de los movimientos internos situando el scherzo en segundo lugar. El primer movimiento, allegro di bravura, escrito en forma sonata, se inicia con un tema rítmico y caluroso abriendo la fiesta de carnaval. Seguidamente aparece la sección lírica. Después de un breve desarrollo la recapitulación termina con el tema lírico. El segundo movimiento, scherzo, allegro, continúa en el estilo enérgico del anterior movimiento con un tema rítmico en dos partes. La sección central correspondiente al trío es más calmada pero conservando el ritmo. Termina repitiendo en forma abreviada la primera sección.  El tercer movimiento, adagio con gravita, se inicia con una amplia melodía influenciada por sus estudios en Leipzig, una música de un pasado siglo de claro carácter melódico romántico. Su desarrolla nos conduce a momentos de gran belleza expresiva. El cuarto movimiento, finale, allegro risoluto, es de carácter rítmico, poseyendo texturas variadas de carácter ligero y amable. El primer tema es enérgico y festivo, continuando con la alegría carnavalesca, contrastando con el amplio lirismo del segundo. Los temas se alternan en forma de rondó".  HILL – HISTORIA DE LA SINFONIA

5. Concierto para violín en mi menor (1906. Versión definitiva, 1932.)  

Como violinista, Hill escribió con conocimiento técnico del instrumento. El concierto combina lirismo cantabile con pasajes virtuosísticos de gran elegancia. Duración aproximada, entre 25 y 30 minutos.

Alfred Hill : Concerto in E minor for violin and orchestra (1932)


6. Concierto para piano en la mayor (1941).

Romántico en concepción, con un segundo movimiento especialmente expresivo. Aquí se aprecia su afinidad con el modelo centroeuropeo. Se trata de una orquestación en cuatro movimientos de su propia Sonata para piano en la mayor compuesta veinte años antes. Duración aproximada, 28 minutos


7. Cuarteto de cuerda n.º 1 en Si bemol mayor (1893)

Obra juvenil pero ya sólida. Revela la huella de Leipzig y su inclinación por el equilibrio clásico.



8. Cuarteto de cuerda n.º 3 en La menor, "The carnival", (1912).

Germen de la Sinfonía nº 5. Duración aproximada, unos 25 minutos.



9. Cuarteto de cuerda n.º 5 “The Allies” en Mi bemol mayor. (1904)


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jueves, 26 de febrero de 2026

Micro-desahogos (29): Interferencias (y otras formas de arruinar una conversación).

 Continúo con el tema del micro-desahogo anterior. 

Reconozco que, a medida que envejezco, cada vez me resulta más complicado mantener una conversación que no termine convertida en combate, consultorio o campeonato de egos. No hablo, por descontado, de grandes debates ideológicos ni de profundas discusiones metafísicas, no. 

Hablo de algo mucho más sencillo y, al parecer, por lo visto, bastante más difícil: hablar sin que todo derive en penosa saturación o en un conflicto.

La polarización, como bien sabemos todos, se ha convertido en el deporte oficial de nuestra época y ya no es que se discrepe: por lo visto, se traiciona

Cualquier asunto, por nimio que parezca, se convierte en motivo de posibles desencuentros. Basta, por ejemplo, con decir que un programa de televisión te parece necio o aburrido para que alguien lo interprete como un ataque personal. Como si el hecho de criticar a un determinado presentador fuese cuestionar la identidad profunda de quien lo consume religiosamente cada noche. Uno menciona que determinado show le resulta banal y, de pronto, ha abierto una grieta emocional. El aire se enrarece. Los interlocutores se encrespan. Se activa el protocolo defensivo. Se despliega una bandera invisible que hay que defender como si la vida nos fuera en ello... Y lo que podría haber sido un simple intercambio de opiniones se transforma en un pulso absurdo.

¡Qué quieren que les diga! Discutir porque te gusta más Broncano que Pablo Motos o el Wyoming me parece y me parecerá siempre una verdadera sandez (y no te digo ya discutir por los "líderes" politicos).

Hasta no hace tanto, al menos que yo recuerde, opinar sobre televisión no exigía ir provisto de un chaleco antibalas. Ahora conviene medir cada frase, no vaya a ser que uno pise una mina sentimental colocada estratégicamente entre el sofá y la mesa baja o en la barra del bar. 

Sí, la polarización cansa mucho, y la saturación temática, como decía en mi post anterior, también agota. 

Hay conversaciones que, con la edad, por lo que observo, se convierten en un auténtico boletín médico por su detalle y su constancia reiterante. Uno entiende la preocupación, faltaría más (la salud nos preocupa prácticamente a todos). Uno entiende la necesidad del desahogo (¡ya ven ustedes que yo hasta tengo una sección especifica para ello!). Lo que ya me cuesta más es asistir, cada vez que coincido con determinadas personas de mi quinta, a la repetición minuciosa, pormenorizada, del mismo parte clínico, como si la amistad fuese una consulta ilimitada y gratuita y la necesidad de contar problemas de salud una pasión irrefrenable.

Me parece que, una vez contado el problema, compartida la angustia y expresada la empatía, lo más civilizado sería cambiar de tercio y pasar a otros temas tanto o más vitales y, probablemente, más interesantes para la mayoría de los interlocutores. Es necesario permitir que el otro también exista. Porque -aunque a veces parezca olvidarse- la amistad no es un monólogo asistido. Es un toma y daca.  Un equilibrio de reciprocidad. Un intercambio equitativo.

Cuando alguien se apodera del "micrófono" y no lo suelta, monopolizándolo... la relación empieza a resentirse. Y no por falta de cariño o simpatía, sino por exceso de protagonismo, por una cansina apropiación del espacio.

Y luego está la fascinante manía contemporánea de convertirse en experto en cualquier cosa en tiempo récord.

Un vino, dos anécdotas y ya tenemos cátedra. Les pongo un ejemplo. Hace poco, en una conversación sobre prostitución -tema complejo donde los haya por sus multiples implicaciones- cuatro personas que no éramos especialistas en nada acabamos pontificando sobre el tema con una seguridad digna de un tribunal académico.

Una porque había compartido edificio con una prostituta (parece que la dama ejercía su profesión -o se retiró después de ello- a un piso en el mismo inmueble). 
Otra porque en su juventud parece que había militado en una asamblea de mujeres y conocido algún caso.
Y yo mismo, para no quedarme en posición subalterna, terminé elevando el tono y alardeando de alguna experiencia pasada en mis tiempos mozos. (El cuarto optó por un prudente silencio).

Tres trayectorias -muy- tangenciales convertidas en autoridad moral y causa de pulsos vehementes.

Lo que podría haber sido un intercambio prudente de matices acabó siendo un pequeño torneo de superioridades

Nadie sabía realmente de qué hablaba (al menos teniendo en cuenta la complejidad del asunto). Pero todos hablábamos como si lo supiéramos y nuestra opinión fuese la única relevante, y, por descontado, no complementaria de la de los demás sino LA MEJOR. Un ejemplo penoso de conversión de la experiencia personal en argumento.

Resultado: conversación embarrada y una ligera resaca emocional al día siguiente.

Lo que me parece más inquietante de situaciones como la descrita es que, cuanto más complejo es el asunto, más rápidamente se tiende hoy en día a simplificarlo, a convertir la experiencia personal en única fuente de valor despreciando todo lo demás.

Decir “no lo sé” o no tengo opinión al respecto parece humillante o se vive como una minusvaloración personal. Reconocer que el tema nos desborda suena a debilidad. Y así, entre inseguridades mal digeridas, orgullos inflados y la necesidad de hablar de lo que sea -más acuciante en algunos que en otros- , levantamos trincheras en donde podría haber simplemente preguntas u opiniones diferentes aceptadas con respeto.

Al final, desde mi punto de vista y tal y como le comentaba hace unos días a una persona muy cercana, todo se reduce a una cuestión de calibración, en encontrar el punto adecuado.

Me parece que conversar es, muchas veces, como manejar una radio

Si el volumen está al máximo, cansa e incluso hace daño. Se soporta durante muy poco tiempo. Si la emisora repite y repite lo mismo sin cesar, acaba aburriendo y uno termina por hacer oídos sordos. Y, si no hay sintonía de ningún tipo, solo se oye ruido y más ruido.

Y el ruido constante -ese sí- termina por erosionarlo todo. (Y reventando al que lo soporta).

No creo que se trate de convertir cada charla en una especie de simposio. Se trata, pienso, de algo mucho más modesto y, visto lo visto, revolucionario: saber medir el volumen, alternar el turno y aceptar que no siempre tenemos que ganar la frase o la conversación.

Pero quizá pedir mesura en tiempos de ego hipertrofiado sea como pedir silencio en una discoteca. Sé que soy un utópico, pero intento, siempre que puedo y aunque a veces no lo parezca, actuar con mesura.

Sin embargo, hay seguimos, entrando muchas veces al trapo: hablando mucho, escuchando poco y saturándolo todo. 

Texto: Javier Nebot.

Fotos: IA

martes, 24 de febrero de 2026

Música de cine (37). Óscar a la mejor canción en 1945: "It might as well be spring". (State Fair, 1945).

 1945 fue un año con un número asombrosamente alto en nominaciones al apartado de mejor canción: un total de quince compitieron por obtener el deseado premio. A partir de semejante cúmulo, me imagino que para no agobiar en exceso a los respetables miembros de la Academia, se decidió que solo se nominarían cinco canciones. 

De todas las presentadas la que finalmente se llevó el gato al agua fue  "It might as well be spring". 

State Fair 1945: It Might As Well Be Spring

It Might As Well Be Spring

Música de cine (36). Óscar a la mejor canción en 1945: "It might as well be spring".

La música de esta canción fue compuesta por Richard Rodgers (1902-1979) y Oscar Hammerstein II, ambos ya entonces muy reconocidos, aplaudidos y exitosos como compositores.


Música de cine (36). Óscar a la mejor canción en 1945: "It might as well be spring".



Compusieron la canción para la película musical "State fair" (1945). Hay una versión no musical previa de 1933 pero el film que nos ocupa fue dirigido por Walter Lang (1896-1972) y lo protagonizaron Jeanne Crain (1925-2003), Dana Andrews (1909-1992), Dick Haymes (1918-1980) y Vivian Blaine (1921-1995). 
Hay que reconocer que hoy tanto la película como la gran mayoría de sus protagonistas han pasado al limbo de los justos...pero en su momento, final de la Segunda Guerra Mundial, la gente estaba más que necesitada de historias amables y "ligeras" para olvidar penurias y el film tuvo bastante éxito taquilla y hasta cierto reconocimiento crítico.












Walter Lang fue un director muy valorado en su momento y en su haber se cuentan largometrajes de gran éxito como "Cosas de mujeres", "Niñera moderna", "El rey y yo" o "Can can".




Jeanne Crain, actriz protagonista de este film, fue nominada en 1949 al Oscar a la mejor actriz por su actuación en la película "Pinky". Los cuarenta fueron para ella realmente una buena década ya que participó en películas notables como "The socking Miss Pilgrim", "Carta a tres esposas", o "Que el cielo la juzgue"; en los cincuenta también participó en varios films interesantes, pero su estrella empezó a apagarse ya con la entrada en la década de los sesenta y la dama decidió retirarse en ese momento. Murió de un infarto en el 2003.



Al actor Dana Andrews ya le dediqué un post completo hace un tiempo porque, sin ser lo que se dice una mega-estrella, sí ha sido protagonista de inolvidables películas como "Laura" o "Los mejores años de nuestra vida".



Sin embargo, he de reconocer que tanto de Dick Haymes como de Vivian Blaine no tenía -o no lo recuerdo ahora- ninguna memoria ni de ellos ni de sus trabajos hasta acometer la realización de esta entrada.


 El primero tuvo mucho éxito como cantante en una época en la que sobresalían voces realmente memorables como las de Bing Crosby, Frank Sinatra o Perry Como. 
Además, gracias a su gran éxito en esos años, tuvo una vida sentimental digamos que muy activa y digna de llenar tabloides y ocupar las conversaciones de muchas de sus admiradores (y algún admirador, supongo). El mozo, incluso, llegó a ser uno de los maridos de la "Diosa del amor", Rita Hayworth.



La segunda, Vivian Blaine, fue una cantante y actriz estadounidense que participó en varios musicales aparte del que nos ocupa y en muchísimas representaciones en Broadway. Posteriormente, cuando cumplió los cincuenta años de edad, decidió dedicarse a la televisión en donde tuvo seguidores fieles.



Vivian Blaine - IMDb

Mi docto amigo Miguel de la Concepción, en su libro "Oscar y sus canciones" cita al historiador musical Todd Purdum para referir una versión temprana de la composición de "It might as well be spring" con una melodía alternativa: "Es la única canción de Rodgers & Hammerstein de la que se sabe que existe una melodía alternativa completa, diferente de la versión final. La toma inicial de Rodgers fue una línea musical legato, pero al sobre las palabras de Hammerstein pensó mejor en su primera idea, y, en su lugar, sustituyó una melodía sincopada, que saltaba de un intervalo a otro, como si las notas fueran marionetas."

La primera grabación de "It might as well be spring" la realizó el 2 de julio de 1945 Dick Haymes con la orquesta del memorable Victor Young.

De esta película se hizo una versión posteriormente, en 1962.




Como de todas las canciones oscarizadas, esta tuvo numerosas versiones.

Brad Mehlau


Frank Sinatra.


Astrud Gilberto


Nina Simone.


Enrique Villegas.


Lucio Dalla y Marco di Marco.


Caity Gyorgy


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Mi agradecimiento a mi amigo Miguel de la Concepciónsiempre fuente de conocimientos musicales e inspiración.

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