martes, 3 de febrero de 2026

Opinión personal (113): Suicidas en el arte, la literatura y la música (2º de 9).

 Después de un artículo general sobre suicidas emblemáticos del pasado lejano, me centraré en esta nueva entrada en cinco personajes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: Emilio Salgari; Ángel Ganivet; Victoria Benedictsson; Pyotr Ilyich Tchaikovsky y Gertrude Bell.

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Emilio Salgari (1862-1911).

Emilio Salgari fue, sin duda, uno de los más grandes fabricantes de relatos de evasión de finales del  siglo XIX:  Con sus novelas nos llevó a muchos a soñar con peligrosas selvas, a navegar por los mares del Sur o las Antillas, a convivir con piratas malayos y a disfrutar con las intrépidas y arriesgadas aventuras de héroes exóticos y poderosos (con Sandokan como personaje estelar). Hizo disfrutar con sus relatos, al igual que hizo Julio Verne, a generaciones y generaciones de lectores de todo el mundo. 

Emilio Salgari - Wikipedia, la enciclopedia libre

Emilio Salgari: libros y biografía autor

Paradójicamente, su vida real fue claustrofóbica, precaria y, desde luego, nada acorde con lo que mostraba en sus obras. 

 Nacido en Verona, se formó brevemente como marino, pero nunca fue capitán ni gran viajero, pese a que cultivó con cuidado esa leyenda. Digamos que su verdadero viaje fue, como en el caso de infinidad de literatos, el de la escritura: produjo más de ochenta novelas y centenares de relatos, en un ritmo casi industrial, impuesto por contratos editoriales leoninos. 


Salgari escribía sin descanso para sobrevivir, mal pagado, sin derechos de autor y con la obligación constante de entregar nuevos títulos. A este profundo desgaste por presiones laborables y económicas, se le sumó la tragedia doméstica. Su esposa, Aida Peruzzi, padeció una enfermedad mental grave que la llevó a ser internada. 

Salgari se quedó solo, con cuatro hijos, deudas cada vez más crecientes y una sensación de fracaso absoluto, tanto económico como vital. El éxito popular no se tradujo nunca en un reconocimiento institucional ni en estabilidad: fue un autor leído por las masas y, de diferentes formas, despreciado por las élites, una combinación que resultó especialmente corrosiva para su autoestima.

El 25 de abril de 1911, Salgari se suicidó en un bosque cercano a Turín

No se disparó ni se envenenó: se abrió el vientre y el cuello con una navaja, imitando el seppuku japonés. Ciertamente, fue gesto cargado de simbolismo para un escritor que parecía estar obsesionado con los códigos de honor exóticos. No parece que fuese a priori un acto impulsivo, sino más bien, algo ritualizado, literario y deliberado. 

Dejó varias cartas. En ellas no había arrebato romántico, sino una clara acusación directa a sus editores. A ellos les reprochaba haberlo explotado hasta la más absoluta miseria y al sistema cultural que lo exprimiese hasta asfixiarle completamente; también escribió una despedida dolorosamente sobria para sus hijos. 

Su suicidio fue más un acto de protesta final que otra cosa, un fin en cierto modo coherente con su universo narrativo. 

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Ángel Ganivet (1865-1898).


Ángel Ganivet ocupa un lugar singular y algo espectral en la cultura española de finales del  siglo XIX. Fue escritor, ensayista y diplomático. Se le considera, de hecho, un precursor intelectual de la Generación del 98 pero, también, una figura radicalmente solitaria, más cercana al pensador trágico que al literato profesional. 
Su obra fue breve, intensa y atravesada por una obsesión constante con la decadencia, el fracaso histórico y la imposibilidad de vivir en armonía con el mundo moderno (seria apasionante saber que hubiera pensado este autor si le hubiese tocado vivir en la actualidad). 


 Ganivet nació en Granada. Estuvo marcado desde muy joven por una constitución física frágil y una psicología, digamos, con una clara tendencia a la melancolía. 

Desarrolló muy pronto una mirada crítica hacia España y hacia Europa
Su ensayo más influyente, Idearium español, no es un programa político sino una verdadera autopsia moral: España aparece como un organismo agotado, incapaz de adaptarse a la lógica materialista y competitiva de la modernidad. 


Esa crítica no la formuló desde la euforia regeneracionista, sino desde una lucidez amarga y casi fatalista.

Su carrera diplomática  -Helsinki primero, Riga después- acentuó su sensación de aislamiento
 Lejos de España, sin un círculo intelectual estable y con una vida afectiva frustrada, Ganivet fue consolidando una visión cada vez más desencantada del progreso, del liberalismo y del mito del éxito moderno. 
En sus cartas se percibe una tensión constante entre una exigencia moral altísima y una sensación de impotencia vital. No es que sienta derrotado por un enemigo concreto, sino por la estructura misma del mundo contemporáneo. 


 El 29 de noviembre de 1898, pocos meses después del desastre colonial español, Ganivet se suicidó en Riga arrojándose al río Daugava
Fue rescatado una primera vez; insistió, se lanzó de nuevo y murió ahogado. 
Este detalle, la reiteración consciente, deja pocas dudas sobre su fatal decisión: Ganivet realmente quiso morir. 
 Por lo que parece no dejó ningún manifiesto o una acusación directa, como si hizo Salgari, pero su suicidio es igualmente coherente con su pensamiento. 
Si Salgari se mata “contra” alguien, Ganivet se mata por “salir” del mundo.


  El suicidio de Ganivet encarna lo que se podría definir como "suicidio filosófico-fin de siglo": no nace de una situación socioeconómica extrema ni del fracaso profesional inmediato, sino de una incompatibilidad radical entre el individuo y la época
Es un suicidio sin épica, sin sangre, sin escenografía especialmente violenta pero, ciertamente, de una determinación casi glacial.
 En este sentido, su figura resulta clave para cualquier estudio que aborde el suicidio como respuesta intelectual a la modernidad, más que como patología individual. 

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-Victoria Benedictsson (1850-1888).


Victoria Benedictsson
está considerada como una de las figuras más intensas y trágicas de la literatura escandinava del siglo XIX. 
Como escritora se la vincula al realismo moderno y a los debates morales de su tiempo, encarnando como pocas la tensión entre vocación intelectual, opresión social y desamparo afectivo, especialmente en lo que respecta a la condición femenina en una cultura que en esa época y en Europa era todavía penosamente patriarcal. 

 Victoria nació en el sur de Suecia
Desde muy joven mostró una gran inteligencia y una ambición artística poco compatibles con el destino que se le ofrecía. Su matrimonio temprano con un hombre mucho mayor que ella fue una claudicación social que pronto se reveló asfixiante. 
Enfermedades crónicas, frustración erótica y una sensación persistente de haber sido desviada de su verdadero camino marcaron su vida adulta. 



 Benedictsson comenzó a escribir relativamente tarde, pero con una energía notable. 
 Publicó novelas y relatos bajo el seudónimo Ernst Ahlgren, lo que ya indica una estrategia de camuflaje intelectual en un entorno literario dominado por hombres. 


En su obra aborda con crudeza la desigualdad moral entre sexos, el matrimonio como cárcel y la imposibilidad de conciliar deseo, dignidad y reconocimiento. 
No escribe desde la reivindicación panfletaria, sino desde una experiencia íntima de humillación y lucidez.

El encuentro con el crítico y escritor danés Georg Brandes -una figura central del modernismo nórdico- fue decisivo y devastador. 
Benedictsson vio en él a un interlocutor intelectual y quizá una salida afectiva; Brandes, en cambio, la trató con distancia digamos que instrumental. Esta relación desigual, sumada a la recepción ambigua de su obra y a una autoestima ya erosionada, precipitó una crisis final de identidad y valor personal. 

El 21 de julio de 1888, en una habitación del Hotel Leopold de Copenhague, Victoria Benedictsson se suicidó cortándose el cuello con una navaja
Dejó como testimonio diarios y notas que no buscan acusar, sino constatar un fracaso interior vivido con una severidad implacable. 
 Su suicidio no es precisamente romántico; más bien es seco, íntimo y devastadoramente lógico. Benedictsson no se mata porque crea que le falta de talento o porque se sienta incomprendida artísticamente;  lo hace por su profunda convicción de que no hay espacio vital posible para una mujer que piensa, desea y exige coherencia en el mundo que le ha tocado habitar

La vergüenza, más que la culpa, parece atravesar sus últimos escritos: vergüenza de amar sin ser correspondida, de depender emocionalmente, de no lograr la autonomía moral que se imponía como ideal. 
 El caso de Victoria Benedictsson, dramático, es un triste ejemplo de suicidio femenino moderno llevado a cabo no como gesto histérico ni sentimental, sino como colapso ético. 

Frente al suicidio acusatorio de Salgari o el suicidio de retirada de Ganivet, el de Benedictsson puede leerse como un suicidio de incompatibilidad moral y afectiva

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-Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893).


Piotr Ilich Chaikovski fue el primer gran compositor ruso plenamente universal y, al mismo tiempo, uno de los espíritus más fracturados y vulnerables del siglo XIX. 
Su música, muchas veces ardiente, confesional y de una emotividad en ocasiones casi insoportable, contrasta violentamente con una vida marcada por el miedo, la autocensura y una sensación constante de inadecuación moral y social. 


Chaikovski nació en una familia de clase media y fue educado para la administración del Estado antes de consagrarse a la música. Su vida parece haberse desarrollado siempre entre dos mundos contrapuestos: el del éxito público -honores, estrenos triunfales, reconocimiento imperial etc.- y el de una vida íntima vivida como culpa y amenaza
Su homosexualidad, imposible de asumir abiertamente en la Rusia zarista, fue el núcleo secreto de una ansiedad permanente. 
No se trató solo, por lo que cuentan algunos cronistas, de represión sexual, sino de la convicción profunda de estar existencialmente en falta. 
 Su matrimonio con Antonina Miliúkova fue un intento desesperado de “normalización” (como hubo otros muchos en esa época) que desembocó en un verdadero desastre psicológico y en una tentativa de suicidio temprana. 
En la película de Ken Russell "La pasión de vivir" (1971), el histriónico director cinematográfico reflejó muy bien esta dramática situación convirtiendo a la mujer del compositor en poco menos que una ninfomaníaca desatadas, de las de echar a correr (muy bien interpretada por una entregada Glenda Jackson).



A partir de ahí, Chaikovski vivió sostenido por una disciplina férrea, una red de protectores y una productividad artística extraordinaria, pero siempre al borde del colapso. 
Sus cartas revelan una personalidad lúcida, autocrítica, dependiente afectivamente y obsesionada con la idea de la vergüenza pública. 
 En los últimos años, el contraste se intensifica: mientras su prestigio alcanza el punto más alto (culminando con la Sexta Sinfonía, Patética), su estado interior se vuelve más oscuro. La Patética no es una sinfonía heroica ni trágica en sentido clásico: es, más bien, una verdadera despedida, una música trágica que parece ir apagándose en lugar de resolverse. 



Sobre la muerte de Chaikovski se ha especulado mucho y durante mucho tiempo: ¿enfermedad, suicidio o suicidio encubierto? 
 Chaikovski murió en San Petersburgo el 6 de noviembre de 1893 (calendario gregoriano), oficialmente de cólera, tras beber agua sin hervir durante una epidemia. 
Sin embargo, desde el siglo XX existe una hipótesis sólida -aunque no demostrable de forma absoluta- según la cual su muerte fue un suicidio forzado o inducido
 Según esta versión, Chaikovski habría sido presionado por un “tribunal de honor” informal, ligado a antiguos compañeros de estudios jurídicos, para que pusiera fin a su vida discretamente tras un escándalo potencial relacionado con su orientación sexual. 
El método -ingerir agua contaminada- habría permitido una muerte socialmente aceptable, evitando el descrédito público y protegiendo a la institución imperial. 
 Sea cual sea la verdad última, lo esencial es que Chaikovski no muere como un hombre en paz. 
Incluso aceptando la versión médica, la conducta es imprudente hasta lo temerario; aceptando la hipótesis alternativa, la muerte se convierte en un suicidio sin gesto, sin carta, sin acusación: una desaparición cuidadosamente amortiguada por el decoro social.

Chaikovski representa un ejemplo del suicidio imposible: aquel que no puede nombrarse como tal porque el entorno no lo permite. 


A diferencia de Salgari (en donde pudimos ver una acusación manifiesta), Ganivet (una retirada de un mundo del que se sentía muy lejano), o Benedictsson (hartazgo por colapso moral), aquí el factor decisivo es la vida doble, la imposibilidad de integrar identidad, deseo y visibilidad pública
 Su muerte -voluntaria, inducida o asumida pasivamente- pertenece al repertorio de los suicidios socialmente negociados, característicos de sociedades donde el honor, la reputación y la norma pesan más que la vida individual. Fue una muerte sin escándalo, pero no por ello menos trágica.

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-Gertrude Bell (1868-1926).


Gertrude Bell es una de las figuras más complejas, contradictorias y reveladoras del primer tercio del siglo XX, y también una de las más difíciles de encajar en los relatos heroicos tradicionales. 
Fue escritora, intrépida viajera, arqueóloga, orientalista, diplomática entregada y, en parte, arquitecta política del Próximo Oriente moderno.
 Durante décadas fue una mujer excepcionalmente poderosa en un mundo predominantemente masculino, sin embargo terminó su vida en una soledad extrema, consumida por el agotamiento, la pérdida de sentido y una muerte que, aun envuelta en ambigüedad, puede leerse con gran verosimilitud como suicidio consciente.


Gertrude nació en una familia industrial acomodada del norte de Inglaterra y, a pesar de los condicionantes de la época, recibió una educación extraordinaria para una mujer de su tiempo

Se formó en Oxford, donde destacó por su inteligencia analítica, su dominio de lenguas y una disciplina casi ascética. Muy pronto apareció en ella un rasgo que sería constante en su vida: una exigencia interior desmesurada, un ideal de vida activa, significativa y “útil” que no admitía mediocridades ni repliegues domésticos.

Sus viajes por Oriente Próximo -Siria, Palestina, Arabia, Mesopotamia- no fueron turismo erudito, sino inmersión radical

Aprendió árabe con fluidez, convivió con tribus beduinas, atravesó desiertos en condiciones extremas y construyó una red de relaciones personales sin precedentes para una mujer europea. Esta experiencia la convirtió en una autoridad única para el Imperio británico durante la Primera Guerra Mundial y, después, en la principal asesora civil en la creación del nuevo Estado de Irak.

(El cine le dedicó recientemente una película, floja, desde mi punto de vista para la densidad de un personaje de su talla, a pesar de ser dirigida por Werner Herzog e interpretada la Kidman: "La reina del desierto" (2015): La reina del desierto (2015) - FilmAffinity ; La Reina del Desierto (Pelicula Completa))

Bell no fue una mera ejecutora colonial: pensaba históricamente, comparaba tradiciones, entendía los equilibrios tribales y advertía de los riesgos de imponer modelos occidentales

Sin embargo, también fue por lo que parce -y esto es crucial para entender su mentalidad- plenamente consciente de estar participando en una empresa moralmente ambigua, cuyos efectos escapaban a cualquier control individual. El éxito político no vino acompañado de paz interior (algo parecido a lo que, en un contexto similar le sucedió al famoso Lawrence de Arabia).

En el plano íntimo, su vida fue una sucesión de renuncias afectivasNunca se casó. Vivió varios amores imposibles o truncados, especialmente con hombres casados o inaccesibles, y asumió la soledad como precio de su independencia. Pero esa soledad, sostenida durante años por la intensidad del trabajo y la aventura, se volvió insoportable cuando la acción dejó de ser posible.

Tras la guerra, Bell alcanzó su máximo poder institucional en Bagdad, pero también comenzó su declive interior. La administración colonial se burocratizó, su influencia disminuyó, y muchas de las decisiones finales se tomaron sin ella. Para alguien cuya identidad estaba enteramente ligada a ser necesaria, esta pérdida de centralidad fue devastadora.

A ello se sumaron varios golpes que tuvieron un efecto acumulativo: la muerte de su padre (figura afectiva fundamental para ella), problemas de salud persistentes, insomnio crónico y un agotamiento nervioso profundo. Sus cartas de los últimos años revelan una voz muy cansada, cada vez más desencantada del proyecto imperial, del que había sido una de las mentes más lúcidas.

Bell no se sintió traicionada por otros: más bien se vio superada por el peso de lo que había hecho. El mundo que ayudó a crear no era habitable para ella. Tampoco Inglaterra lo era ya. Y Oriente, transformado en administración, había perdido su dimensión de aventura y de sentido.

Gertrude Bell murió el 12 de julio de 1926 en Bagdad tras ingerir una sobredosis de somníferos. El veredicto oficial habló de accidente; sin embargo, los indicios acumulados -su estado depresivo prolongado, el insomnio severo, la dosis cuidadosamente administrada, la ausencia de señales de auxilio- permiten hablar con bastante fundamento de un suicidio deliberado, aunque sin aspavientos.

No dejó ninguna carta de despedida ni de acusación. 

Su muerte fue, de alguna manera, administrativa, casi médica, coherente con una personalidad que siempre evitó el sentimentalismo y el exhibicionismo. Fue el tipo de suicidio propio de una mente disciplinada, racional, que decide en un momento dado cerrar un proceso cuando ya no ve posibilidad de continuidad significativa.

A diferencia de Salgari, como hemos visto mas arriba, Bell no acusa a nadie de su decisión; a diferencia de Ganivet, no se trató de un retiro simbólico sino un cierre vital; a diferencia de la escritora Benedictsson, no colapsó emocionalmente aunque su agotamiento denotaba mucho peso emocional; y a diferencia de Chaikovski,  Bell no muere por exceso de sensibilidad o directamente presionada por el entorno. Muere por algo más moderno y terrible:  sentir la falta de sentido por pura obsolescencia funcional.


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-continuará-

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jueves, 29 de enero de 2026

Manifiesto intelectual.

 Manifiesto intelectual. 

1. Posición inicial.

Decido escribir este manifiesto como guía personal. Una meditada brújula con la que encauzar mis indagaciones culturales y mis intereses artísticos. 

No investigo por acumulación, ni por deseos de erudición vacía, ni mucho menos por fidelidad a un canon heredado de otros.

Investigo por un profundo deseo de comprender cómo los seres humanos han buscado sentido en momentos de crisis, transformación y pérdida. Mis campos de trabajo están guiados no solo por mis intereses históricos, sociales o estéticos, sino por un profundo anhelo existencial.

A propósito me sitúo en los márgenes de los relatos dominantes (que a veces me producen un gran rechazo por su parcialidad y ceguera), pero no lo hago por un afán de querer ser original o heterodoxo: lo hago porque creo que, en incontables ocasiones, solo en los márgenes se conservan las continuidades humanas que los discursos de ruptura radical suelen despreciar.

2. Sobre la Modernidad.

Rechazo una vision simplificada de la modernidad como progreso lineal o como destrucción necesaria del pasado. No creo en absoluto en adanismos y, mucho menos, en reescrituras interesadas de la historia. Entiendo la modernidad europea como un territorio de enormes tensiones en donde conviven:

-Ruptura y fidelidad.  -Vanguardia y continuidad. -Fe residual y espiritualidad heterodoxa. -Esperanza técnica y melancolía histórica. 

Me interesan de forma muy especial aquellos creadores que no gritan, aunque a veces puedan escandalizar en su época (y esto sea dicho a pesar de que haya "escandalizadores" profesionales que realmente, me fascinan). 

Admiro a aquellos personajes que son capaces de sostener una respuesta ética, estética o espiritual propia (auténtica) frente a un mundo que se desmorona.

3. Sobre el arte y la cultura.

El arte no es, para mi, un simple catálogo de estilos o una sucesiva colección de "ismos": Es una forma de pensamiento encarnado; una muy seductora -y muchas veces hipnótica- manera de pensar, sentir y trascender la realidad.

Creo que la pintura, la música, la literatura y el pensamiento, -también el cine, claro- pueden  estudiarse como respuestas simultáneas a las mismas preguntas:

- ¿Qué hacer con el tiempo?.  -¿ Cómo vivir en el momento que nos toca, sin anclarse en el pasado y sin desarraigarse del presente?.  -¿Cómo habitar la memoria?.  -¿Cómo vivir después la perdida, sin dejarse arrastrar por la melancolía o el inmovilismo?.  -¿Qué queda del ser humano tras la guerra, el exilio, la persecución ideológica o la particular e indeleble fractura interior?

No quiero -ni puedo, realmente- jerarquizar las obras por su posible impacto histórico inmediato, sino por la densidad humana que soy capaz de ver o intuir en ellas.

-4. Sobre las figuras olvidadas.

Reivindico el estudio de autores y artistas marginales o secundarios (hombres y mujeres), no como mera curiosidad sobre la veleidad de la memoria socio-histórica, sino como una verdadera necesidad epistemológica. En ellos se conservan, en muchas ocasiones:

-Formas de continuidad ética;  -Resistencias silenciosas y, a veces, reprimidas.  -Alternativas no triunfantes (pero dignas de tenerse en cuenta) a la narrativa imperante del progreso perpetuo.

En mis indagaciones y trabajos busco, de alguna manera, restituir y reivindicar la complejidad, no reescribir héroes o resucitar fantasmas.

-5. Sobre la espiritualidad.

La espiritualidad que me interesa en este momento de mi vida no es dogmática ni institucional.

Estoy en un proceso de búsqueda, a veces fragmentaria, a veces -incluso- contradictoria, que atraviesa muchas fuentes diferentes, tradiciones antagónicas y vivencias personales determinantes.

No busco "pureza" moral ni la coherencia perfecta (a fin de cuentas humanos somos). De hecho acepto la ambigüedad como parte constitutiva de la experiencia humana, sin que por ello acepte un relativismo constante, utilitarista y simplón abocado a la tergiversación y a la deconstrucción estúpida y sin sentido.

-6. Método personal.

Mi método  de trabajo (por llamarlo de alguna manera) se basa en cinco principios o aspiraciones principales:

-Integración: Cada figura que despierta mi interés debe encajar en un marco más amplio.

-Archivo vivo: Una lectura o indagación no puede cerrarse a una única perspectiva. Mirar desde  diversos ángulos puede contribuir a acercarse a una visión mas certera o ajustada.

-Ejes transversales antes que cronologías rígidas.

-Lectura lenta, sosegada y lo más variada posible.

-Síntesis propia, personal, como parte necesaria y como horizonte que sostiene mis pretensiones intelectuales.

De hecho no trabajo ni indago para concluir rápido y "alimentar" mis blogs o saciar mis curiosidades, lo hago para encontrar y sedimentar sentido.

-7.  Ética del trabajo intelectual.

Escribo este manifiesto como recordatorio y como compromiso en un intento personal de:

-No reducir la complejidad para hacerla más manejable (salvo, quizás, algunas excepciones divulgativas en los blogs); 

-No confundir novedad con profundidad; 

-No sacrificar la dimension humana en favor del sistema o la ideología;

-Escribir solo sobre aquello que, honestamente, crea que podría defender en el tiempo (el conocimiento que busco no tiene nada que ver con el espectáculo).

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En cualquier caso, este manifiesto NO es definitivo.

Es un punto de apoyo.

Lo revisaré, ampliaré o matizaré con el paso del tiempo aunque nace con la vocación de no ser olvidado.

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lunes, 26 de enero de 2026

Personalidades (010): Sam Hill (USA, 1875-1931).

 Samuel Hill fue una de esas figuras norteamericanas sorprendentes, potentes...y difíciles de encasillar: empresario, visionario cívico, excéntrico ilustrado y constructor de monumentos improbables (como la preproducción en los Estados Unidos de Stonehenge, que es lo que me llamó la atención sobre él). 

 Nació el 13 de mayo de 1857 y falleció el 26 de febrero de 1931. 

Su vida se desarrolló pues en ese vertiginoso tránsito de Estados Unidos desde el capitalismo expansivo del Gilded Age hasta una modernidad que empezaba a preguntarse por la memoria, la historia y el sentido simbólico del progreso. 

 Hill, hombre sumamente rico y poderoso, no fue simplemente el típico millonario americano con aficiones extravagantes. Fue, más bien, un ejemplo temprano de algo que luego se volvería frecuente entre las clases altas: Hizo todo lo que pudo por dotar al éxito económico de una dimensión cultural, casi moral, a través de la arquitectura, el paisaje y el monumento.


Sam Hill nació en Minneapolis, en el seno de una familia acomodada. 
Su padre, James J. Hill, fue uno de los grandes magnates ferroviarios de Estados Unidos, conocido como The Empire Builder. Personajes como él inspiraron series como "La edad dorada"



Desde joven, Sam creció en un entorno donde infraestructura, poder económico y visión territorial eran conceptos cotidianos. Se formó como abogado en la Universidad de Harvard, aunque pronto quedó claro que el ejercicio jurídico convencional no iba a contener su temperamento. Más que el derecho en sí, le interesaba la organización del espacio, la circulación —de personas, mercancías, ideas— y la transformación del territorio. 

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Hill se convirtió en un activo promotor de infraestructuras en el noroeste de Estados Unidos, especialmente en el estado de Washington. Fue uno de los grandes defensores de las “good roads”, convencido de que las carreteras modernas eran tan decisivas para la democracia y el comercio como lo habían sido los ferrocarriles.  
Financió carreteras experimentales, organizó congresos internacionales de vialidad y promovió el uso de nuevos materiales. 


Su proyecto más ambicioso fue Maryhill, una ciudad planificada a orillas del río Columbia, en el estado de Washington. 
Imaginada como un enclave cultural, agrícola e industrial, Maryhill debía ser una utopía moderna: ordenada, ilustrada, abierta al mundo. El proyecto urbano nunca se realizó plenamente, pero dejó dos herencias duraderas: 
El Maryhill Museum of Art, instalado en lo que iba a ser su mansión. 





Y, sobre todo, un monumento tan desconcertante como inolvidable: Stonehenge.


Entre 1918 y 1929, Sam Hill impulsó la construcción de una recreación a escala real de Stonehenge, situada sobre un promontorio que domina el desfiladero del río Columbia. 
No se trata de una réplica arqueológica exacta, sino de una reinterpretación en hormigón, deliberadamente moderna y duradera. El monumento tenía un propósito claro y profundamente simbólico: servir como memorial a los soldados del condado de Klickitat muertos en la Primera Guerra Mundial. 


Hill NO erige una estatua heroica. 

 No recurre a símbolos nacionales explícitos. Elige, en cambio, un monumento prehistórico europeo, anterior a las naciones, a los estados y a la guerra moderna. Stonehenge funciona así como anti-monumento moderno: 
arcaico, 
silencioso, 
 ajeno al relato del progreso, 
 y, precisamente por eso, cargado de gravedad moral. 
 Hill veía en Stonehenge un símbolo de continuidad humana, de memoria colectiva más allá de fronteras e ideologías.  Hay que reconocerle que, en plena era de industrialización, supo ir más allá y eligió el anacronismo como gesto ético.


La elección del hormigón no es casual
Stonehenge en Maryhill no es una fantasía romántica, sino una traducción moderna de una forma arcaica. Hill no intenta regresar al pasado, sino injertarlo en el presente, obligando al espectador a enfrentarse a una pregunta incómoda: 
 ¿Qué queda de la civilización cuando la técnica ha superado a la memoria
 En este sentido, su Stonehenge encaja con una modernidad crítica, no triunfalista. Es progreso material sin ilusión espiritual, compensado por el gesto monumental.


Sam Hill murió en 1931, sin ver cumplida su visión completa de Maryhill. 

Sin embargo, su legado persiste:
 -Como promotor de infraestructuras modernas. 
-Como mecenas cultural. 
 -Y como constructor de sentido en una América que rara vez se detenía a mirar hacia atrás. 
 Hoy, su Stonehenge sigue desconcertando: no pertenece del todo a Estados Unidos, no pertenece a Europa, no pertenece al pasado ni al presente. Y precisamente por eso sigue funcionando. 


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viernes, 23 de enero de 2026

Opinión personal (112). Suicidas (1º de 4).

 Sobre el suicidio se ha escrito mucho desde tiempos inmemoriales. 

Se trata, desde luego, de un asunto muy complejo, casi siempre profundamente doloroso y que, en la inmensa mayoría de los casos, destila una penetrante bruma de desolación y fracaso.

La gran mayoría de los suicidios (de hecho una abrumadora mayoría) quedan en el silencio y el desconocimiento general. Se ofrece en ocasiones una fría cifra estadística (en España se calculan alrededor de 4000, si cuatro mil, suicidios al año) pero, al contrario que en otros asuntos igual de sangrantes, aquí enseguida se echan capas y capas de silencio y oscuridad que reducen la visibilidad de las tragedias que hay detrás de los mismos y que hacen que queden restringidos a un circulo estrictamente íntimo de allegados del suicida. 

No se analizan las causas y, por lo que parece, los posibles planes de prevención siempre quedan en poco más que buenas palabras y en gestos que no parecen ser muy efectivos para atajar semejante drama.

No pasa eso, en general, cuando se trata de alguna celebridad, a pesar de la prudencia de estos últimos tiempos: el suicidio, en estos casos, tiene una aureola trágica que, de alguna forma, fascina tanto como lo hacen según qué precipicios y tarde o temprano salen a la luz. 

De mis lecturas juveniles recuerdo el impacto que me produjo saber que Stefan Zweig, un escritor al que lei mucho porque sus libros estaban en casa de mis padres cuando era crio, se suicidó. Lo admiraba y lo sigo admirando y su muerte voluntaria llamó mucho mi atención, sobre todo por lo que tuvo que vivir y sufrir este señor para acabar decidiendo que no merecía la pena continuar vivo.




Posteriormente, profundizando en las biografías de escritores y artistas que me interesaban, me asombró ver la gran cantidad de ellos (y de ellas) que se suicidaron por muy diferentes motivos. Aunque, evaluando las cifras, no se puede hablar de una epidemia suicida, si que me llama la atención el que no sean tampoco lo que podríamos llamar "casos aislados": Muchas personas extraordinariamente valiosas optaron por acabar sus días de esta manera y, claro, por motivaciones muy diferentes y en contextos de lo más diversos.

Del mundo clásico resuenan Moldavia muchos suicidios:

-Sócrates (Atenas, 399 a. C.): Condenado por la polis, aceptó beber cicuta. No se trató de un suicidio precisamente “voluntario” en el sentido moderno, pero si fue asumido por él conscientemente como un acto filosófico y cívico.

-Catón el Joven (Útica, 46 a. C.): Se dio muerte tras la victoria de César. Se trata de un ejemplo prototípico, canónico, del suicidio estoico como afirmación de libertad moral frente al poder.

 -Petronio Arbiter (66 d.C.) y Séneca (65 d.C.), no encuentran una solución más digna para liberarse de un mundo romano, que en determinados círculos era terriblemente vano, caprichoso y ridículo, que optar por el suicidio.  

Séneca, obligado por Nerón, se cortó las venas con una serenidad ritual, convirtiendo su muerte en un discurso ético.

 Petronio, el árbitro de la elegancia, se suicidó como un gesto de placer y burla hacia el emperador. En la novela Quo vadis? (1896), de Henryk Sienkiewicz, aparece Petronio Arbiter como el refinado arbiter elegantiae de la corte de Nerón. Su final, un suicidio estoico, elegante y deliberadamente escenificado, ocupa uno de los episodios más memorables del libro: Petronio se abre las venas, conversa, escucha música y dicta una carta sarcástica dirigida al emperador, convirtiendo su muerte en un último gesto de libertad y estilo. Algo así, evidentemente, no podía ser desaprovechado por el cine.

Los mejores momentos de Nerón y Petronio

Carta de Petronio a Neron en Quo Vadis


-Cleopatra VII (Alejandría, 30 a. C.), un personaje realmente sugestivo y emblemático, se quitó la vida (mordedura de un áspid o veneno) tras la derrota frente a Octavio. Una obvia y muy compresible incapacidad para asumir resultados adversos.

Su amor de aquel momento, Marco Antonio, también optó por la salida digna apuñalándose ( o dejándose caer sobre su espada), antes de ser capturado y exhibido en Roma como parte del Triunfo de Augusto. En la tradición literaria su suicidio, teatral y soberano, ha sido cargado de simbolismo político (no dejaba de ser el fin de su mundo) y ha tenido numerosas relecturas. En el arte, el personaje y su muerte han suscitado infinidad de obras que han subyugado la imaginación de miles de personas.

La muerte de cleopatra. Jean André Rixens. 1874. Museo de los agustinos. Toulouse.






En épocas mas recientes hubo muchas habladurías sobre el obligado suicido de Tchaikovski, por poner un ejemplo notorio y, cambiando de tercio, infinidad de artículos se escribieron sobre la muerte de Hitler, quien, sin atisbos de ningún arrepentimiento por todo el horror y destrucción que había producido, se voló la cabeza de un tiro junto con su amante y toda la familia Goebbels, en su bunker antes de ser apresado por los ganadores de la guerra.

Pero mi intención con los siguientes artículos no es tanto realizar un estudio pormenorizado de suicidas históricos (por muy sugerente y tentador que sea el tema). 

Lo que pretendo hacer en las próximas entradas es, mas que un análisis histórico, una crónica de una serie de  personajes que me interesaron mucho en un momento u otro de mis pesquisas culturales y que optaron por morir de forma tan intempestiva. Algunos con gran sorpresa por mi parte al indagar sobre su vida porque desconocía totalmente la forma en la que murieron, otros porque, aun sabiendo su trágico fin, siempre ejercieron sobre mi una gran fascinación.

-continuará-

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