domingo, 14 de junio de 2026

Clásicos NO populares (18): Henri Duparc (Francia, 1848-1933).

El compositor que escribió poco, pero que dejó una gran huella.

En la historia de la música existen figuras cuya fama descansa sobre una gran producción compositiva y otras cuya grandeza parece desafiar toda lógica cuantitativa. Entre estas últimas podemos destacar a el compositor francés Henri Duparc. Su catálogo apenas ocupa unas pocas páginas, pero bastó para convertirlo en una de las voces más refinadas y admiradas de la música francesa. Autor de apenas una veintena de canciones, Duparc creó algunas de las melodías más perfectas del repertorio europeo y elevó la mélodie francesa a una altura comparable a la alcanzada por el lied alemán.

Su vida, sin embargo, estuvo marcada por una contradicción dolorosa. Dotado de un talento excepcional, pasó gran parte de su existencia luchando contra una enfermedad nerviosa que terminó por silenciarlo cuando todavía podía haber producido muchas de sus mejores obras. Su biografía es la historia de una promesa brillante, sin duda la de una persona de una sensibilidad extrema y, también, la de alguien obsesionado por la búsqueda de la perfección artística.

 Chanson Triste

Duparc nació en París el 21 de enero de 1848, un año extraordinariamente convulso para Francia y para casi toda Europa. Aunque las revoluciones agitaban el continente, el pequeño Henri creció en un ambiente acomodado y profundamente católico. Su nombre completo era Henri Fouques-Duparc.

Mostró una notable inclinación por la música desde jovencito. Parece que era un niño más bien reservado, imaginativo y emocionalmente intenso. Estos rasgos de personalidad le acompañarían toda la vida. Durante su formación estudió en el prestigioso colegio jesuita de Vaugirard. Allí recibiría una educación sólida tanto en humanidades como en artes.

Su verdadero despertar musical llegó al conocer a César Franck

El encuentro resultó decisivo. Franck, una de las figuras más influyentes de la música francesa del siglo XIX, se convirtió en su maestro, guía intelectual y casi en una figura paterna.

Duparc admiró siempre profundamente a Franck. Del maestro heredó el gusto por la arquitectura musical sólida y una concepción espiritual del arte. Durante toda su vida conservó hacia él una lealtad que rozaba la veneración.

La década de 1860 fue para Duparc una época de descubrimientos. Francia vivía un intenso debate artístico y musical. Muchos jóvenes compositores buscaban nuevos caminos frente al predominio de la ópera italiana y del academicismo oficial.

Duparc se integró en el círculo de discípulos de Franck y participó en la fundación de la futura Société Nationale de Musique, creada tras la Guerra Franco-Prusiana (1) con el propósito de impulsar la música francesa contemporánea. 

Como muchos músicos de su generación, quedó profundamente impresionado por la obra de Richard Wagner. El impacto del compositor alemán fue enorme en toda Europa, pero en Francia adquirió una intensidad particular. 

Duparc viajó a Alemania con su amigo Chabrier en 1879 y asistió a representaciones wagnerianas que lo marcaron para siempre. Posteriormente asistiría a los festivales de Bayreuth de 1883 y 1886.

Sin embargo, a diferencia de otros seguidores más imitativos, el compositor francés asimiló la riqueza armónica y la intensidad expresiva de Wagner y las integró en un lenguaje esencialmente francés, caracterizado por la claridad, la elegancia y una sensibilidad poética muy personal.

En 1871 contrajo matrimonio con Ellen MacSwinney, una escocesa que sería su compañera durante toda la vida. La unión fue estable y afectuosa, algo especialmente importante para un hombre cuya salud mental comenzaba ya a mostrar signos preocupantes.

Durante los años setenta y principios de los ochenta surgieron las obras que asegurarían su inmortalidad.

Duparc encontró su territorio ideal en la canción artística. La mélodie francesa existía desde hacía décadas, pero él le otorgó una profundidad emocional inédita. Su sensibilidad literaria le llevó a elegir textos de algunos de los mayores poetas franceses.

Entre sus autores predilectos figuraban Charles Baudelaire, Théophile Gautier, Jean Lahor y Leconte de Lisle.

El resultado fueron obras como:  

-L'Invitation au voyage.  Duparc - L'invitation au voyage (1870)  

Henri Duparc: "L'invitation au voyage" (Baudelaire) con subtítulos. Benjamin Bernheim, F. Boissolle.

-Phidylé.  Jonas Kaufmann - Duparc - Phidylé 

Nicolai Gedda- Phydilé - Henri Duparc

- ExtaseMezzo-Soprano Janara Kellerman sings "Extase" by Duparc

Duparc: Extase

- La Vie antérieureDuparc - La vie antérieure (1884)

Duparc: La vie antérieure

-Chanson tristeDuparc: Chanson triste - Anthony León, Tenor

Jonas Kaufmann ✬ "Chanson triste" by Henri Duparc

-Soupir.  Duparc - Soupir (1869)




-Au pays où se fait la guerreAu pays où se fait la guerre





Estas canciones poseen, según los entendidos, una rara combinación de intensidad emocional, refinamiento armónico y perfecta adecuación entre música y poesía. En ellas el piano deja de ser un mero acompañante para convertirse en un auténtico interlocutor del canto.

Cada página parece trabajada hasta el extremo. Duparc corregía sin descanso, eliminaba cualquier detalle que considerase imperfecto y perseguía una pureza expresiva casi obsesiva.

Hacia mediados de la década de 1880 comenzó el drama que marcaría el resto de su existencia.

Duparc empezó a sufrir graves trastornos nerviosos. Los médicos de la época hablaron de neurastenia y de diversas afecciones psicológicas cuyos diagnósticos resultan hoy difíciles de precisar. Algunos investigadores modernos han sugerido trastornos obsesivos o depresivos severos. Lo cierto es que la enfermedad avanzó de forma inexorable. La composición, que para él ya era una actividad exigente y angustiosa por su perfeccionismo extremo, se volvió casi imposible. En torno a 1885 su producción comenzó a disminuir drásticamente. Pocos años después prácticamente había dejado de escribir música.

La tragedia resultó especialmente dolorosa porque sus coetáneos consideraban que se encontraba en plena madurez artística y que podía haberse convertido en una de las figuras centrales de la música europea.

A diferencia de otros compositores que continuaron creando pese a la enfermedad, Duparc terminó siendo incapaz de hacerlo.

Su perfeccionismo alcanzó extremos realmente insólitos y se volvió contra sus propias creaciones ya que convencido de que muchas de sus composiciones no alcanzaban el nivel deseado, destruyó una gran parte de su producción

Se calcula que desaparecieron gran cantidad de canciones, pero también piezas para piano, música de cámara e incluso proyectos orquestales. Este acto de autodestrucción artística contribuyó a crear la imagen casi mítica de Duparc. Su catálogo conservado es apenas una fracción de lo que llegó a escribir.

La pérdida resulta irreparable para la historia de la música. Los especialistas consideran que algunas de las obras destruidas pudieron contener desarrollos muy importantes de su lenguaje musical.

Paradójicamente, la extrema severidad con que juzgó su propio trabajo ayudó a que lo conservado posea un nivel de calidad extraordinariamente uniforme.

A partir de la década de 1890 Duparc llevó una existencia cada vez más retirada.

Vivió temporadas en el campo, viajó por distintas regiones de Europa y se dedicó a la lectura, la reflexión religiosa y el dibujo. La fe católica adquirió una importancia creciente en su vida interior.

Aunque mantenía correspondencia con amigos y músicos, se sentía cada vez más alejado de la vida artística activa.

Mientras tanto, una nueva generación de compositores franceses transformaba el panorama musical. Figuras como Claude Debussy y Maurice Ravel abrían caminos estéticos muy diferentes. Duparc observó estos cambios con interés, aunque sin participar directamente en ellos. Su mundo musical pertenecía a otra sensibilidad: más romántica, más espiritual y más apasionada.

Con los años sufrió además problemas de visión que agravaron su aislamiento.

Henri Duparc murió el 12 de febrero de 1933 en Mont-de-Marsan, en el sudoeste de Francia, a los ochenta y cinco años (2).

Posteriormente, cantantes, pianistas y directores descubrieron que aquellas pocas canciones que le sobrevivieron poseían una calidad excepcional y obras como L'Invitation au voyage o Phidylé empezaron a considerarse auténticas cumbres de la música vocal francesa.

Muchos compositores posteriores admiraron también la capacidad de Duparc para concentrar una enorme intensidad emocional en formas relativamente breves.

Henri Duparc - "Aux étoiles", Poème nocturne (1874 rev. 1911)

Henri Duparc - Sonate pour violoncelle et piano

Henri Duparc - Elegie

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NOTAS.

1). Si te interesa la Guerra Franco-prusiana y sus consecuencias: 



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domingo, 7 de junio de 2026

Clásicos NO populares (17): Giuseppe Martucci (1856-1909)

Giuseppe Martucci (1856–1909)

El compositor que devolvió a Italia el gusto por la música sinfónica.

Llama la atención en la historia de Giuseppe Martucci su afán por conseguir que Italia también destacase en el sinfonismo europeo. 

Nació en Italia, sin duda una de las grandes patrias musicales de Europa, pero dedicó buena parte de su vida a cultivar precisamente el género que sus compatriotas parecían haber abandonado, ya que mientras la Italia de finales del siglo XIX vivía entregada a la ópera y veneraba a Verdi como su fuese un verdadero héroe nacional, Martucci luchó por demostrar que un compositor italiano podía escribir también grandes obras sinfónicas, conciertos para piano y música de cámara capaces de dialogar con las producciones de Alemania, Francia o Austria.


Hay que reconocerle por ello un lugar singular en la historia de la música: Desde luego, no fue un revolucionario ni un iconoclasta, pero  fue un reformador silencioso cuya influencia resultó decisiva para varias generaciones posteriores.

Nació en Capua, cerca de Nápoles, el 6 de enero de 1856. Su padre, músico profesional, trompetista y director de banda, descubrió muy pronto las extraordinarias aptitudes del niño y se encargó de sus primeras enseñanzas. Desde edad muy temprana Giuseppe mostró un talento pianístico fuera de lo común. De hecho, con tan solo ocho años ya interpretaba conciertos para piano. Evidentemente tales facultades llamaron la atención de los músicos locales y facilitaron su ingreso en el Conservatorio de Nápoles, una de las instituciones musicales más prestigiosas de Italia.

Giuseppe Martucci - Wikipedia, la enciclopedia libre

En el conservatorio recibió una formación sólida y rigurosa. Estudió piano con Beniamino Cesi, considerado uno de los grandes pedagogos italianos de la época, y composición con Paolo Serrao, maestro de numerosos músicos destacados.

Beniamino Cesi - Wikipedia, la enciclopedia libre

Paolo Serrao - Wikipedia, la enciclopedia libre

Durante aquellos años adquirió una técnica pianística brillante y una amplia cultura musical que iba mucho más allá de la tradición operística dominante. Mientras gran parte de los jóvenes compositores italianos aspiraban a triunfar en los teatros de ópera, Martucci desarrolló una admiración creciente por la música instrumental centroeuropea. Estudió con atención las obras de Beethoven, Schumann, Brahms y Wagner. Este interés era, como he mencionado antes, relativamente excepcional en la Italia del momento, donde incluso los aficionados cultos conocían poco el gran repertorio sinfónico alemán.

Su carrera comenzó inicialmente como pianista. Muy pronto adquirió reputación nacional gracias a sus recitales y a sus apariciones como solista. Los testimonios de la época coinciden en destacar la elegancia de su interpretación, su refinamiento musical y una técnica extraordinariamente sólida. A diferencia de algunos virtuosos que buscaban el espectáculo, Martucci parecía más interesado en la profundidad expresiva y en la calidad artística de las obras que interpretaba.

Piano Concerto No. 2, Op. 66 (1885)

A medida que avanzaba su carrera se fue consolidando también como director de orquesta. Este aspecto de su actividad resultó fundamental para la vida musical italiana. Desde el podio promovió la difusión de repertorios poco conocidos en el país, contribuyendo a familiarizar al público italiano con la música sinfónica europea contemporánea.

Giuseppe Martucci - Notturno, Op. 70, No. 1 {Orchestrated} (1891)

Uno de los episodios más importantes de su trayectoria fue su vinculación con Bolonia. Allí dirigió el prestigioso Liceo Musicale, institución que más tarde se convertiría en el Conservatorio de Bolonia. Su labor pedagógica y organizativa tuvo una influencia duradera. Martucci impulsó una enseñanza más abierta a las corrientes internacionales y ayudó a elevar el nivel de la formación musical italiana.

Posteriormente desempeñó también un papel destacado en el Conservatorio de Nápoles, donde ocupó cargos de gran responsabilidad durante los últimos años de su vida. Desde esas posiciones institucionales ejerció una influencia que fue mucho más allá de su propia obra compositiva.

Como compositor, Martucci siguió una dirección muy personal. No rechazó la tradición italiana, pero eligió concentrarse en géneros que apenas contaban con apoyo en su país. Escribió dos sinfonías, conciertos para piano, música de cámara, piezas para piano solo y algunas obras orquestales de gran aliento. En lugar de basarse en argumentos teatrales o efectos vocales, buscó construir amplios desarrollos instrumentales inspirados en los modelos centroeuropeos.

Sin embargo, sería un error considerarlo simplemente un imitador de Brahms o Schumann. Aunque sus influencias son evidentes, su lenguaje posee una personalidad propia. Su música combina el rigor formal alemán con una sensibilidad melódica inequívocamente italiana. Incluso en sus obras más sinfónicas aparece una capacidad para el canto lírico que revela sus raíces culturales.

Uno de los hitos de su producción fue el Segundo Concierto para piano, considerado por muchos especialistas una de las cumbres del concierto romántico italiano. En él logra una síntesis especialmente lograda entre virtuosismo, profundidad lírica y arquitectura sinfónica.

También sus dos sinfonías representan un acontecimiento histórico. En una época en la que Italia apenas producía música sinfónica de gran formato, Martucci demostró que era posible escribir obras orquestales ambiciosas sin renunciar a una identidad nacional propia.

Giuseppe Martucci - Symphony No.1






Su prestigio fue considerable durante su vida. Recibió reconocimiento tanto como pianista y director como por su labor educativa. Entre los músicos más jóvenes fue visto como una figura de referencia. Compositores posteriores como Respighi, Casella, Malipiero o Pizzetti desarrollarían caminos diferentes, pero todos se beneficiaron del terreno que Martucci había contribuido a preparar.

A comienzos del siglo XX su salud comenzó a deteriorarse. Aun así continuó trabajando en sus responsabilidades académicas y musicales. Falleció en Nápoles el 1 de junio de 1909, a los cincuenta y tres años.

Tras su muerte, su fama disminuyó gradualmente. El auge de nuevas corrientes musicales y la persistente popularidad de la ópera italiana relegaron parte de su producción al olvido. Sin embargo, durante las últimas décadas numerosos intérpretes y musicólogos han impulsado una importante revalorización de su legado.

Hoy Giuseppe Martucci es considerado una figura esencial para comprender la renovación de la música instrumental italiana. 









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martes, 19 de mayo de 2026

Pintores de hoy (257): Jenny Rodgerson (Australia, 1967).

En un panorama artístico contemporáneo cada vez parece inclinarse más hacia la espectacularidad, la ironía o el discurso conceptual, la obra de Jenny Rodgerson se sitúa en un territorio deliberadamente distinto: el de la observación silenciosa, la intimidad psicológica y la persistencia de la pintura figurativa como medio de exploración humana

Rodgerson nació en Australia en 1967. Lejos de grandes estridencias mediáticas ha construido una trayectoria coherente y profundamente personal que la ha consolidado como una de las voces más singulares del realismo contemporáneo australiano.

Su formación artística se desarrolló en un contexto donde la tradición figurativa convivía (aunque no siempre de forma pacífica) con las corrientes conceptuales dominantes. Desde sus años de aprendizaje, la pintora australiana mostró una clara inclinación hacia el estudio del rostro y la figura humana, y no solo como ejercicio de purismo académico, sino como una forma de acceso a una dimensión emocional compleja. En lugar de adscribirse a una escuela concreta, su evolución ha sido más bien orgánica, marcada por la observación directa, el trabajo continuado en estudio y una atención obsesiva al detalle.

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A diferencia de otros artistas de su generación, Rodgerson no ha buscado reinventar el lenguaje pictórico, sino depurarlo. Su obra se caracteriza por un estilo figurativo sobrio, en ocasiones cercano al hiperrealismo, pero sin caer en la frialdad mecánica que a veces se asocia a este. En sus retratos (que son uno de los núcleos fundamentales de su producción) el espectador se enfrenta a figuras que parecen suspendidas en un tiempo detenido, captadas en momentos de introspección o de leve desconcierto emocional.

Hay en su pintura una tensión constante entre lo visible y lo sugerido. Los rostros, ejecutados con una precisión casi fotográfica, no ofrecen sin embargo una lectura inmediata: la expresión suele ser ambigua, los gestos contenidos, y la mirada, frecuentemente desviada o ensimismada, rehúye el contacto directo con el espectador. Este recurso genera una distancia que, paradójicamente, intensifica la sensación de cercanía psicológica.

Jenny Rodgerson (Australia, 1967).

Jenny Rodgerson (Australia, 1967).

El entorno en sus cuadros suele ser mínimo o neutro, despojado de referencias anecdóticas. Esta elección no responde a un interés formalista, sino a una voluntad clara de concentrar la atención en la presencia humana. El fondo, a menudo indefinido, funciona como un espacio mental más que físico, reforzando la impresión de que las figuras habitan un ámbito interior.

Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Rodgerson es su tratamiento de la identidad contemporánea. Sin recurrir a discursos explícitos, sus pinturas sugieren estados de vulnerabilidad, aislamiento o introspección que resuenan con las condiciones psicológicas de la vida moderna. Sus personajes no posan; parecen más bien captados en momentos de pausa, como si el tiempo se hubiera ralentizado lo suficiente para dejar aflorar una verdad interior.

En términos técnicos, su pintura revela un dominio notable del modelado y de la gradación tonal. La piel, por ejemplo, no se presenta como una superficie uniforme, sino como un campo de matices sutiles que transmiten tanto la materialidad del cuerpo como su dimensión emocional. La luz, suave y controlada, evita los contrastes dramáticos y favorece una atmósfera contenida, casi meditativa.

Aunque su obra puede inscribirse dentro de una tradición figurativa que remite, en última instancia, a la gran pintura europea, Rodgerson no se limita a reproducir modelos históricos. Su aportación radica precisamente en la actualización de ese lenguaje para abordar sensibilidades actuales, sin necesidad de recurrir a la fragmentación o al gesto radical.

Jenny Rodgerson – Galerías australianas

A lo largo de su carrera, ha expuesto en diversas galerías australianas y ha ido construyendo una presencia sólida dentro del circuito artístico de su país. Sin embargo, su reconocimiento no ha seguido los patrones de visibilidad inmediata propios del mercado global, sino un desarrollo más pausado, acorde con la naturaleza introspectiva de su obra.

Jenny Rodgerson

En un momento en que la imagen tiende a la saturación y al consumo rápido, la pintura de Jenny Rodgerson propone lo contrario: detenerse, mirar con atención, aceptar la complejidad de lo que no se revela de inmediato. Es, en ese sentido, una obra que exige tiempo, pero que también lo devuelve transformado.

Así, más que una simple continuadora de la tradición figurativa, Rodgerson puede entenderse como una artista que reivindica la pintura como espacio de resistencia frente a la superficialidad visual contemporánea. Su trayectoria, aún en desarrollo, confirma que incluso en un mundo dominado por la velocidad y la imagen digital, sigue siendo posible construir una obra basada en la lentitud, la observación y la profundidad emocional.

Jenny Rodgerson - Pinturas » Galería Charles Nodrum










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viernes, 15 de mayo de 2026

Intérpretes (112): Jonathan Tetelman, tenor (Chile, 1988).

El tenor chileno-estadounidense Jonathan Tetelman se ha consolidado en los últimos años como una de las voces más prometedoras y carismáticas del panorama lírico internacional, destacando especialmente en el repertorio italiano del siglo XIX y principios del XX. Su trayectoria, marcada por una evolución relativamente rápida pero sólida, combina cualidades vocales de notable belleza tímbrica con una presencia escénica moderna y convincente.

Jonathan Tetelman, tenor

Intérpretes (112): Jonathan Tetelman, tenor (Chile, 1988).


Intérpretes (112): Jonathan Tetelman, tenor (Chile, 1988).

Tetelman nació en Chile, pero fue adoptado siendo muy joven por una familia estadounidense por lo que creció en el estado de Nueva Jersey. Este trasfondo biográfico, a medio camino entre América Latina y Estados Unidos, ha contribuido sin duda a una identidad artística abierta y flexible. 

Inicialmente no se orientó hacia la ópera aunque en sus primeros años si se interesó por la música popular y por el teatro musical y no cabe duda de que dichos intereses influyeron posteriormente en su enfoque escénico directo y comunicativo. En cualquier caso, no fue hasta que comenzó su formación académica cuando su voz comenzó a encauzarse hacia el repertorio operístico.

Estudió en la prestigiosa Manhattan School of Music. Allí fue donde empezó a desarrollar una técnica vocal sólida y a definir su identidad como tenor lírico. Durante esta etapa, Tetelman experimentó un proceso de transformación vocal significativo: inicialmente se le consideraba barítono, pero con el tiempo su instrumento evolucionó hacia una tesitura de tenor, algo no infrecuente pero siempre complejo, que requiere un reajuste técnico profundo.

Escuela de Música de Manhattan

Su carrera dio un impulso decisivo en Europa, especialmente en Alemania, donde se integró en el sistema de teatros de repertorio. Formó parte del elenco de la Semperoper Dresden, una de las instituciones más prestigiosas del continente, donde pudo adquirir experiencia escénica en una amplia variedad de roles. Este periodo fue fundamental para consolidar su técnica, ampliar su repertorio y adquirir disciplina teatral.

Semperoper Dresden

El repertorio de Tetelman se centra principalmente en el lirismo apasionado del repertorio italiano. Ha interpretado con notable éxito papeles como Rodolfo en La Bohème, Cavaradossi en Tosca y Pinkerton en Madama Butterfly, todas ellas óperas de Giacomo Puccini

Jonathan Tetelman - Che gelida manina, La bohème | Puccini

Jonathan Tetelman - Puccini: Tosca, Act III: E lucevan le stelle


Madama Butterfly 2024, Asmik Grigorian -Act1 Vogliatemi bene

Intérpretes (112): Jonathan Tetelman, tenor (Chile, 1988).

También ha abordado el repertorio verdiano, interpretando personajes como Alfredo en La Traviata de Giuseppe Verdi, donde combina elegancia vocal con intensidad dramática.

La Traviata: Jonathan Tetelman as Alfredo Germont, Pretty Yende as Violetta Valéry & SF Opera Chorus

"Lunge da lei_De' miei bollenti spiriti" Jonathan Tetelman, Alfredo.

Uno de los aspectos más destacados de su perfil artístico es su capacidad para conectar con el público contemporáneo. A diferencia de generaciones anteriores más centradas exclusivamente en la perfección vocal, Tetelman incorpora una dimensión interpretativa muy visual y emocional, probablemente influida por su interés temprano en el teatro musical. Esto le permite ofrecer personajes más humanos, menos estáticos, alineados con las tendencias actuales de la puesta en escena operística.

Su reconocimiento internacional ha crecido rápidamente a partir de la década de 2020, con actuaciones en importantes teatros europeos y americanos. Además, su presencia mediática y su imagen moderna han contribuido a acercar la ópera a nuevas audiencias, algo especialmente valorado en el contexto actual de renovación del público operístico.


Jonathan Tetelman, Prague Philharmonia, Carlo Rizzi – Puccini: Tosca, SC...













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