Rímini: un día entre la piedra romana y la luz del Adriático
Hay ciudades que, sin la menor duda, uno visita con un objetivo muy determinado: ver una serie de monumentos o visitar algún museo en concreto, quizás, incluso, para escuchar un determinado concierto o participar en algún evento puntual. Otras, en cambio, aparecen en el camino casi como un pequeño paréntesis para descansar o porque están cerca de algún lugar ya visitado y a uno le pica la curiosidad de verlas. Rímini perteneció para nosotros a esta segunda categoría: Llegamos a ella, con la intención de "airearnos" un poco en sus playas después de haber pasado tres intensos días en Ravena explorando sus increíbles iglesias.
Igual no hago justicia a la visita porque esta la realizamos en el ya lejano verano de 2018 y la memoria, mal que me pese, flojea. Pero, aun así, creo recordar perfectamente las cosas que más me llamaron la atención (¡hacer muchas fotos ayuda!).
Llegamos allí, como suele ser habitual en nuestros viajes, en tren desde Rávena, ciudad en la que, como pueden ver en los post anteriores de esta misma sección, habíamos pasado varios días dejándonos deslumbrar por el universo casi irreal de sus mosaicos bizantinos.
Después de tanta contemplación
artística apetecía cambiar de registro: caminar sin prisas, respirar el aire
del mar y concedernos una jornada de descanso junto al Adriático. En ese sentido, Rímini nos pareció un destino apetecible.
Su fama como
ciudad de playas larguísimas nos había acompañado desde hacía tiempo, pero lo
cierto es que, nada más salir de la estación, la primera sorpresa no tuvo nada
que ver con el mar. Casi sin buscarlo nos encontramos frente al Tempio
Malatestiano, el gran templo renacentista de la ciudad, conocido también como
el Duomo.
Siempre
agradezco la fortuna de encontrar un monumento casi vacío de visitantes (con la edad me estoy volviendo rarito y cada vez me incomodan más las masas). Personalmente, creo que hay
edificios que necesitan silencio para dejarse descubrir, y aquel era uno de
ellos. Pudimos recorrerlo con calma, observando detalles que probablemente
habrían pasado inadvertidos entre grupos numerosos.
El edificio es uno de los grandes testimonios del Renacimiento italiano.
Sigismondo Pandolfo
Malatesta quiso convertir la antigua iglesia franciscana en un monumento que
inmortalizara el prestigio de su familia y para ello recurrió nada menos que a
Leon Battista Alberti, uno de los grandes arquitectos y humanistas del
Quattrocento. El resultado fue un templo singular, casi a medio camino entre la
iglesia cristiana y el ideal clásico que comenzaba a recuperar la Italia
renacentista.
Después abandonamos el templo para recorrer sin rumbo fijo el casco antiguo. Es una ciudad que todavía conserva rincones donde resulta sencillo olvidar el bullicio turístico y dejarse llevar por calles tranquilas, pequeñas plazas y fachadas que parecen guardar el recuerdo de siglos muy distintos. Esa mezcla de vida cotidiana y patrimonio histórico siempre me resulta tranquilizadora, especialmente si la comparamos con "fórmulas" más agresivas -cada vez más comunes- en las que los núcleos antiguos de las ciudades se desnaturalizan y se convierten en penosos parques temáticos en los que no sobrevive en ellos ni una pizca de vida propia (como, de hecho, poco a poco va pasando en el Casco Antiguo de Bilbao, ciudad en la que vivo, por poner un ejemplo penoso y cercano).
Nuestro siguiente destino era uno de los grandes símbolos de Rímini: el puente de Tiberio.
Pocas obras de ingeniería producen una impresión semejante. Comenzado bajo Augusto y concluido durante el reinado del emperador Tiberio, lleva cerca de dos mil años permitiendo el paso de viajeros, comerciantes y vecinos de la ciudad. Resulta difícil contemplarlo sin experimentar una cierta admiración. No deja de sorprender que una construcción romana siga cumpliendo hoy la misma función para la que fue concebida hace veinte siglos, soportando el paso del tiempo con una dignidad que muchas obras modernas difícilmente igualan.
Al cruzarlo
apareció ante nosotros otra imagen distinta de la ciudad. El río estaba
salpicado de pequeños puertos deportivos, los mástiles de las embarcaciones
dibujaban líneas sobre el cielo y, al fondo, el faro anunciaba ya la proximidad
del Adriático.
Debo reconocer
que esa parte me resultó bastante más convencional, incluso estereotipada en
algunos aspectos, con largas hileras de establecimientos, playas perfectamente
organizadas y todos los servicios propios de cualquier gran destino turístico (al final siempre hay un efecto contagio que hace que lugares muy lejanos acaben pareciéndose).
Sin
embargo, bueno, reconozco que las playas de Rímini tienen cierto encanto.
Quizá sea porque el mar siempre termina imponiéndose a cualquier artificio si uno mira al horizonte o se deja llevar y escucha el rumor de las olas aunque, en seguida vendrá algún niño feliz y juguetón a sacarle de ensimismamientos (¡es verano!).
Era pleno
verano y el ambiente reflejaba perfectamente esa alegría despreocupada de las
vacaciones. Familias enteras disfrutaban de la arena, los chiringuitos
rebosaban actividad y una elegante noria dominaba el paseo marítimo aportando
un inesperado aire norteamericano al paisaje. Confieso que aquella imagen me
sorprendió y me pareció uno de los elementos más digamos pintorescos de toda la zona
costera.
No permanecimos allí demasiado tiempo.
Nuestro propósito no era otro que descansar unas horas, pasear junto al Adriático y dejar que la ciudad nos mostrara sus dos rostros: el de la antigua Ariminum romana y el de una de las capitales estivales de Italia.
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