lunes, 7 de septiembre de 2026

Opinión personal (118): La construcción de la imagen de la mujer (4): La mujer enferma, sacrificada y moribunda: cuando el sufrimiento se convirtió en belleza

Terminábamos la entrada anterior de esta sección mostrando algunos cuadros que convertían la dependencia femenina en belleza y el sufrimiento y la muerte en algo romántico y, en ocasiones, sutilmente anhelado. 

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Opinión personal (117): La construcción de la imagen de la mujer (3). La mujer ideal: la monja del hogar, la mujer-flor y el culto a la invalidez

Ese culto a la fragilidad, mostrado muchas veces en la extenuación por apasionada entrega o en el insistente deseo de ser cuidada y mimada in extremis (aunque tal reclamo pudiese llegar a poner en peligro la propia existencia) tuvo un enorme eco en el arte del último tercio del siglo XIX. Un eco tan considerable que creo que merece la pena detenernos un poco más en mostrar algunas de esas representaciones. 

 Quiero insistir aquí, como ya hice en el capítulo anterior, en que esta tendencia no llegó a ser lo que hoy consideramos «viral» como sucede hoy con muchos "trendic topic". 

Evidentemente, no existían las redes sociales ni la velocidad de propagación de las imágenes que conocemos hoy. Pero realmente, salvando las distancias, poco le faltó. 

Su impacto fue innegable y, en algunos casos, llegó incluso a crear modelos de apariencia y de comportamiento.


Probablemente ese «éxito» contribuyó también a que otras muchas mujeres empezaran a tomar conciencia de lo que había detrás de aquella imagen aparentemente inofensiva. 
Algunas levantaron su voz contra esa especie de vampirización psicológica que convertía la debilidad, la dependencia y el sacrificio en virtudes femeninas.

Llama mucho la atención, al menos visto de la perspectiva que nos da el paso del tiempo, que estas representaciones de mujeres enfermas, moribundas o definitivamente muertas alcanzasen uno de sus momentos de mayor desarrollo precisamente cuando las feministas de la época se estaban volviendo más exigentes, atrevidas y vociferantes.


 Mientras unas mujeres comenzaban a reclamar educación, independencia, derechos civiles y políticos, el arte seguía ofreciéndoles, con frecuencia, un modelo femenino que parecía decir exactamente lo contrario: enferma, débil, necesitada de cuidados, entregada y, si era preciso, sacrificada.

Vamos a ver solo algunas de esas representaciones, porque su abundancia exige, necesariamente, una selección (1). 

 La primera imagen que vemos al inicio de este post pertenece al pintor sueco Carl Larsson (1853-1919). 

La pintó en 1899 y tituló el cuadro como "La inválida" o "Convalecencia". Se trata de una escena doméstica típica en la que la enfermedad aparece envuelta en intimidad y delicadeza. 


Santiago Rusiñol (1861-1931) hizo de la enfermedad uno de los motivos recurrentes de su pintura de aquellos años, con obras como La convaleciente (1893) o La morfina  (1894).



Maximino Peña pintó La niña enferma en 1896.


Alfred Philippe Roll abordó el mismo tema en La enferma (1897) y Evaristo Valle en La nieta enferma, ya en 1905. 





También encontramos numerosas escenas de mujeres dormidas o convalecientes, como las de Carl Vilhelm Holsøe,  Jenny Nyström, Michael Peter Ancher etc.




"La convaleciente" (1884) - Jenny Nyström.


Michael Ancher. La niña enferma (1882).


"La donna malata". Noé Bordignon.


No se trata, naturalmente, de afirmar que todos estos artistas estuviesen transmitiendo exactamente el mismo mensaje ni que cada representación de una enferma deba interpretarse como una exaltación de la subordinación femenina. 

La pintura del XIX estaba también profundamente interesada por la enfermedad, el naturalismo y la vida cotidiana
 Pero hay algo que resulta difícil pasar por alto: la mujer enferma suele ser también una mujer bella, quieta, silenciosa y necesitada de cuidados.

Primeros ensayos de curación del cáncer de mama por radioterapia. George Chicotot, 1909.

La enfermedad se convierte así en una especie de estado de gracia. 

 Y esto nos devuelve a la cadena que ya empezábamos a vislumbrar en el capítulo anterior:  mujer pura → mujer delicada → mujer enferma → mujer inválida → mujer moribunda → mujer muerta. 
Una progresión que aun mostrada con sutileza y cierto encanto resulta, por lo menos, inquietante.

Del culto a la enfermedad al culto al sacrificio .

 Afortunadamente, a comienzos del siglo XX el culto a la enfermedad femenina empezó a dar muestras de agotamiento y hartazgo. 
Las voces feministas eran cada vez más fuertes y resultaba progresivamente más difícil mantener intacta aquella imagen de la mujer eternamente delicada, dependiente y necesitada de protección. 
 Pero el giro artístico tardó algo más en producirse. 
 Desde luego,  conviene no olvidar que el panorama artístico de aquellas décadas era enorme y extraordinariamente variado. 
No todo giraba, ni mucho menos, alrededor de la mujer enferma o moribunda. 

Lo que aquí nos interesa es una tendencia concreta dentro de un universo artístico mucho más amplio.

 Esa tendencia fue favorecida, sin duda, por los personajes procedentes de la literatura, de las leyendas y de la imaginación en sus diferentes formas. Todos ellos continuaron siendo representados con un arte innegablemente seductor, aunque el mensaje subliminal de algunas de esas obras fuese, incluso desde la perspectiva de entonces, más que discutible. 

 Se produjeron entonces algunos tránsitos bastante sutiles. 
 De la mujer «enferma» y necesitada de constantes cuidados se pasó, en determinados ambientes, a la mujer «sacrificada»: aquella que estaba dispuesta a morir por la familia, por los hijos, por el amante o incluso, llegado el caso, por sobredosis de aburrimiento.

La enfermedad ya no era imprescindible. 
 Bastaba con el sacrificio. 
 Y el sacrificio femenino, cuando se representa mediante un cuerpo joven y hermoso, puede resultar extraordinariamente seductor. 
 Pintores como Albert von Keller ofrecieron algunos matices especialmente rijosos a esta tendencia, mostrando mujeres piadosamente lascivas que parecían entregarse al sacrificio como víctimas... pero que mostraban a su vez con cierto regodeo en esa situación. 

En la luz de la luna. Albert von Keller. 1894.


En Luz de luna (1894), y en otras obras suyas, las fronteras entre lo religioso, lo sensual, lo mórbido y lo erótico quedan bastante más borrosas de lo que cabría esperar. 

La resurrección de la hija de Jairo. Albert von Keller.

Albert von Keller. La mártir.

 Gabriel von Max exploró también en numerosas ocasiones ese territorio en el que la muerte, la espiritualidad, la sensualidad y la figura femenina se mezclan hasta resultar difícil saber dónde termina una cosa y comienza la otra. Aunque, siendo sinceros, pocos de esos cuadros transmitían lo que se dice «sentimientos religiosos».  

Santa Julia. Gabriel von Max




Algunos de esos lienzos más bien despertaban cierto y sibilino placer sádico (o masoquista, según quién disfrutase de su contemplación) con su observación. 
 Y aquí quizás convenga detenerse un poco. 
 Porque no se trata solamente de que una mujer aparezca sufriendo en un determinado escenario que lo justifique. Es que se consigue que su sufrimiento resulte hermoso. Que su fragilidad resulte seductora y su abandono resulte casi hipnótico. Incluso su muerte puede llegar a ser hermosa. 
 Y cuando una cultura consigue convertir el sufrimiento femenino en un espectáculo estético, quizá convenga preguntarse qué clase de placer está obteniendo el espectador de semejante contemplación.

Con todo, no parece que esas preguntas estuvieran al orden del día y de hecho pintores como Fernand Khnopff o Felicien Rops, entre otros, no dudaron, con todo, en "subir" todavía más el tono de la apuesta estética y juntar exhibición, sacrificio y resuelta provocación (la mujer sacrificada se empieza a tornar en mujer incitadora).


Fernand Khnopff. La tentación de san Antonio.


Felicien Rops. Las tentaciones de San Antonio.


Fernand Khnopff. La mujer araña.

 Felicien Rops. Los satánicos.

Raphael Collin. Mujer crucificada.


Cuando el modelo salió del cuadro.
 
 Bram Dijkstra ha estudiado con especial atención esta fascinación finisecular por las mujeres enfermas, moribundas, dormidas o sacrificadas. 
Para él, aquellas imágenes proporcionaban una satisfacción estética, psicológica e ideológica que iba mucho más allá del simple gusto por un determinado tema pictórico. 
 Y lo curioso es que aquella satisfacción no fue exclusivamente masculina. 
 Muchas mujeres tampoco cuestionaron la validez de aquellos modelos. 
Algunas los aceptaron, otras los imitaron y otras encontraron incluso en ellos una forma de reconocimiento social. 
 Esto es importante porque la historia resulta bastante más complicada que el cómodo esquema de hombres opresores frente a mujeres víctimas. 

Los modelos culturales no se imponen únicamente desde arriba: también se reproducen porque son aceptados, imitados y asumidos por quienes viven dentro de ellos. 
 La mujer virtuosa podía obtener reconocimiento precisamente por ser virtuosa. 
 La esposa abnegada podía recibir afecto y consideración por su abnegación.
 La enferma podía recibir una atención que, en una sociedad que restringía enormemente el espacio femenino, podía convertirse incluso en una de las pocas formas legítimas de reclamar cuidados. 
 El problema estaba en que para ser cuidada había que seguir siendo frágil. 
 Y aquí la literatura nos ofrece un ejemplo muy curioso que, personalmente, desconocía y que descubrí gracias a las lecturas del mencionado Dijkstra.

Trilby: la «tísica sublime» 

 Este autor comenta, en su magnifico libro "Ídolos de perversidad", cómo aquella satisfacción estética, psicológica e ideológica que producían las imágenes de moribundas y mártires encontró también un eco notable en la literatura. 
 No quisiera abrir aquí demasiado terreno literario porque correríamos el riesgo de dispersarnos (¡más!), pero el autor norteamericano menciona, entre otros muchos textos, una novela que si parece demasiado significativa como para pasarla por alto: Trilby, publicada en 1894 por George du Maurier (1834-1896).


Reconozco que yo mismo no había oído hablar de ella hasta que empecé a indagar para estas entradas. Y resulta sorprendente descubrir que fue uno de los grandes éxitos editoriales de su tiempo. La novela apareció inicialmente por entregas y alcanzó una popularidad extraordinaria. 


 En Estados Unidos llegó a vender más de 200.000 ejemplares en pocos meses y generó una auténtica «Trilby mania», con imitaciones, adaptaciones teatrales y todo tipo de productos derivados. 
 Es decir, que aquí sí podemos hablar, aunque sea con todas las cautelas históricas necesarias, de algo bastante parecido a un fenómeno viral. Muchas jóvenes adoptaron elementos relacionados con la protagonista y se llegó a hablar de una estética «Trilby». El personaje había saltado de las páginas del libro para convertirse en un modelo reconocible. Y esto es precisamente lo que me interesa.
Porque ya no estamos hablando simplemente de un cuadro que alguien contempla. 
 Estamos hablando de una imagen que se convierte en conducta. 

 La novela cuenta la historia de Trilby O'Ferrall, una joven modelo de artistas en el París bohemio, que cae bajo el dominio del músico y magnetizador Svengali. Mediante la hipnosis, Svengali consigue controlar su voluntad y transformarla en una extraordinaria cantante. La novela es, por lo que cuentan los expertos, mucho más compleja que una simple exaltación de la mujer enferma y sería injusto reducirla a eso. Pero su protagonista acaba encarnando una combinación extraordinariamente poderosa de belleza, desamparo, dependencia y tragedia. De ahí que pueda hablarse de otro subtipo o prototipo pasivo: la «tísica sublime». Una mujer tan delicada, tan frágil y tan desamparada que parece estar siempre a punto de desaparecer.
Esta novela tuvo sus versiones cinematográficas (lo comento por si alguien quiere animarse a echarles un vistazo). La primera versión, "Trilby" fue rodada en 1915, lógicamente, cine mudo. La versión de 1931 es, sin duda, la mas conocida y exitosa. Se tituló "Svengali", como su malévolo protagonista masculino, personaje que fue interpretado por un entonces muy famoso John Barrymore. Hay también una version británica de 1954 a color, dirigida por Noël Langley y protagonizada por Donald Wolfit como Svengali y Hildelgard Kneff como Triiby. Mas recientemente, una joven Jodie Foster protagonizó una version olvidable (2171) SVENGALI (Película en Español) - YouTube 



 
Pero volvamos a la época de nuestro análisis.

Ese ideal de desamparo y pasividad constituía, además, un poderoso alivio frente a la aparición de una figura que para muchos resultaba bastante más amenazadora: la Nueva Mujer
 Porque mientras una mujer enferma necesita ser cuidada, una mujer nueva puede querer decidir. Mientras una mujer moribunda necesita protección, una mujer emancipada puede exigirla. 
 Y mientras una mujer sometida a un hombre puede resultar tranquilizadora, una mujer que ya no acepta estar sometida puede empezar a resultar francamente inquietante.

 La mujer que pierde la cabeza.
 
 Ante un panorama semejante, no resulta extraño que muchas mujeres se sintieran estranguladas por las expectativas sociales que pesaban sobre ellas. Algunas intentaron escapar. 
 Pero algunas de esas escapatorias eran de hecho tan problemáticas como los propios clichés de los que pretendían huir. 
 La literatura de mujeres como Emily Brontë ya había mostrado con enorme intensidad la dificultad de encajar una personalidad apasionada, inteligente y contradictoria dentro de una sociedad que exigía a las mujeres abnegación, contención y obediencia

 Y cuando una mujer no encajaba en el molde, apareció otra posibilidad cultural: la locura

 La mujer que no podía o no quería someterse, podía ser presentada como una mujer que había perdido la cabeza. Naturalmente, esa locura también encontró su lugar en el arte. 
 Los prerrafaelitas, especialmente, con su fascinación por la Edad Media, por la literatura y las leyendas antiguas que mostraban un pasado idealizado ( un pasado que parecía ofrecer una alternativa al mundo industrial contemporáneo), encontraron en los personajes femeninos trágicos un filón extraordinario

 Lady Shalott, Elaine, Ofelia, Isabella y otras muchas heroínas literarias pasaron a formar parte de un auténtico repertorio visual. 

Pero esas representaciones las veremos ya en un próximo post.

Notas: 

(1): Se encuentra fácilmente mucha información sobre arte y enfermedad en internet. Páginas curiosas y con gran despliegue gráfico son : Arte y medicina: las series , La enfermedad en el arte – Arte y Medicina , BUZON DE PINTURA por Juan Jose Barajas: PINTURAS RELACIONADAS CON LA MEDICINA , La medicina en la pintura. - El Copo y la Rueca

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domingo, 30 de agosto de 2026

Opinión personal (117): La construcción de la imagen de la mujer (3). La mujer ideal: la monja del hogar, la mujer-flor y el culto a la invalidez

 La mujer ideal: la "monja" del hogar, la "mujer-flor" y el culto a la invalidez 

 Se observa a lo largo del siglo XIX un cambio sustancial, tanto en la percepción como en la realidad de la relación de pareja y del papel especifico de la mujer en la sociedad. Ésta se fue convirtiendo progresivamente en una especie de guardiana del alma del hombre y del hogar, una figura destinada a facilitar y proteger el desarrollo del nuevo orden burgués y capitalista. 

Surgió así un inusitado culto a la llamada «monja del hogar», o al "ángel del hogar". Fue un concepto cultural que daba por supuesto que el espacio o dominio de la mujer era exclusivamente su casa, lo doméstico, y que el cuidado y bienestar del esposo y de su prole era el objetivo esencial y definitivo de su vida. Esta forma de entender las cosas convivirá con otras diferentes, probablemente, menos rígidas, y por lo tanto con otros muchos tipos de mujer (la realidad es muy compleja y nunca tan monocolor como a veces pretenden contárnosla), pero -siempre hay un pero sustancial- ese modelo ideal terminó imponiéndose como uno de los modelos de feminidad socialmente más exitosos y, por lo tanto, más imitados. 

Charles Alston Collins. Pensamientos conventuales. 1851.

John Everett Millais. Mariana. 1851.

Bram Dijkstra y Erica de Bornay, autores a los que ya me he referido anteriormente y a los que considero una muy buena guía para estos posts, hablan de una especie de «guerra de sexos» a lo largo de la historia. 
La expresión puede parecernos hoy un tanto sesentera y, seguramente, al menos desde mi punto de vista, sea una expresión demasiado general y polarizadora para explicar por sí sola la complejidad de las relaciones entre hombres y mujeres en épocas muy distintas. 

Es innegable, sin embargo, la existencia de manifestaciones de misoginia en numerosos momentos de la historia occidental (por ceñirme a nuestro espacio geográfico). 
Para lo que nos ocupa, me resulta especialmente interesante observar que en el siglo XIX esa misoginia adquiere nuevas formas y se integra en un sistema social, moral y cultural extraordinariamente poderoso. 

William Holman Hunt. El despertar de la conciencia. 1853.

 El mercantilismo del XVIII y, sobre todo, el industrialismo galopante del siglo XIX, unidos al extraordinario crecimiento de las clases medias y medias-altas, favorecieron el surgimiento de una imagen de la mujer cada vez más polarizada. Por un lado, la santa, la esposa, la madre, la mujer que cuida de los valores morales, del hombre y del hogar; por otro, la mujer caída, la prostituta, la seductora, aquella que puede arrastrar al hombre a la ruina y a la perdición.

https://victorianweb.org/painting/calderon/paintings/6.html
Tate Britain. Votos rotos, de Philip Hermogenes Calderon (1833-98)

No deja de ser curioso, de hecho resulta muy llamativo desde la mirada actual, que esto ocurra precisamente en una época que vive como ninguna otra la idea del progreso. Los grandes descubrimientos científicos, el desarrollo industrial, la aparición de nuevas tecnologías, la expansión del conocimiento, la evolución darwiniana, las transformaciones sociales y económicas y la sensación general de que el futuro no tenía límites -aunque parecía tener una dirección para muchos- crearon una confianza extraordinaria en la capacidad del ser humano para transformar el mundo. 

 Muchos intelectuales se dejaron llevar por esa percepción aparentemente abrumadora de una historia que avanzaba de forma unidireccional hacia un progreso sin fin. Hoy algunas de sus interpretaciones nos parecen deformadoras, miopes o incluso interesadas. Pero es necesario intentar comprenderlas dentro de su propio tiempo

Jules Michelet por Thomas Couture.

La mujer como una "inválida natural": En L'Amour, Michelet escribe una frase que define el siglo XIX: "La mujer es una enferma"

 Jules Michelet en la historia, Charles Darwin en el terreno científico, o Julio Verne en la literatura junto con otros muchos intelectuales y artistas, vivieron su presente bajo esa sensación de movimiento imparable. El mundo parecía estar entrando en una nueva era. Todo cambiaba: la ciencia, la industria, las ciudades, las comunicaciones, la economía, las clases sociales, las relaciones laborales y hasta la percepción que el hombre tenía de sí mismo. Y, sin embargo, en medio de ese vertiginoso proceso de modernización, se produjo algo aparentemente paradójico: la construcción de una imagen de la mujer extraordinariamente rígida y conservadora.


Como bien señala Dijkstra, "todos estos cambios contribuyeron al establecimiento de una nueva percepción ritual y simbólica del papel de la mujer, profundamente institucionalizada, que terminó convirtiéndose en una fuente fundamental del pensamiento antifemenino de finales del siglo XIX y, como consecuencia, en uno de los orígenes de muchos de los mitos sexistas que, bajo formas diferentes, todavía persisten". 

 Uno de los aspectos más reveladores de este proceso es la aparición y difusión de los llamados «manuales de la buena esposa». No se trataba simplemente de libros destinados a enseñar a una mujer a cómo llevar una casa. Eran, en muchos casos, verdaderos códigos de conducta destinados a definir qué debía ser una mujer, cuál era su lugar y qué función debía desempeñar en la vida de un hombre y de una familia. Ya encontramos precedentes muy significativos en autores como Auguste Comte o el ya mencionado Jules Michelet. Este último, hacia 1850, contemplaba con entusiasmo determinados cambios que decía observar entre las clases altas de Inglaterra y Alemania y animaba a los franceses a imitarlos. Según su descripción, "aparecía por todas partes la esposa obediente, deseosa de obedecer; en sus propias palabras, la `mujer maravillosa` ". 
 También hubo, naturalmente, manuales específicos. Uno de los ejemplos más significativos es el de Sarah Stickney Ellis, The Women of England: Their Social Duties and Domestic Habits, publicado en 1839 y que se convirtió en una obra de enorme difusión. 


 Ellis vinculaba explícitamente la moral nacional con las virtudes domésticas de las mujeres
El hogar, los cuidados, la conducta moral y las pequeñas responsabilidades de la vida cotidiana constituían para ella una esfera de enorme trascendencia social. La idea resulta especialmente interesante porque convierte a la mujer en una especie de faro moral del hombre y de la familia. El mundo exterior (el comercio, los negocios, la competencia, la ambición) podía corromper al hombre. El hogar debía servir para repararlo.


La mujer debía permanecer en él para conservar un ambiente en el que, después de haber ejercido «las necesarias ocupaciones de la jornada», el hombre pudiera regresar y vivir una especie de segunda existencia: una existencia familiar, moral y espiritual. 

 En Ellis encontramos incluso una imagen extraordinariamente reveladora: la mujer aparece como una especie de segunda conciencia del hombre, como la figura que permanece en el hogar y cuya integridad moral puede devolverle el sentido de lo correcto cuando las tentaciones del mundo exterior amenazan con desviarlo. Según esta autora, la mujer no debía actuar en la sociedad, debía limitarse a "influenciar" a los hombres de su familia a través de su pureza. Si un hombre fracasaba moralmente, la culpa recaía de forma sutil en la mujer por no haber mantenido un hogar lo suficientemente santo. En fin, sin duda eran otros tiempos.

 Michelet -¡cómo no nombrarlo de nuevo si tuvo un peso inusitado en esa construcción del imaginario femenino!- lo expresaría de otra manera: la mujer debía «dar energía al varón mientras éste avanzaba en la historia». 

 Y desde luego, no fue solamente Michelet el difusor de tales ideas. Personajes igualmente ilustres como Ruskin, Charles Dickens, o Auguste Comte ("inventor" de la sociología), seguidos por devotos discípulos y admiradores, insistieron, con diferentes matices, en esa imagen de la mujer como especie de monja hogareña
Una mujer que no necesitaba conquistar el mundo porque su misión consistía precisamente en preservar para el hombre el pequeño mundo al que éste debía regresar. 
Pero este modelo tenía una consecuencia bastante evidente. 
Para poder proteger a la mujer había que convertirla previamente en alguien que necesitara protección.

Comienza así a transmitirse con enorme fuerza la imagen de la mujer como un ser frágil, delicado, vulnerable, al que hay que cuidar como se cuida una flor. 

James Tissot. La convalecencia, 1872. Óleo sobre madera, Total: 37,5 x 45,7 cm. Galería de Arte de Ontario.

Y si observamos la pintura de la segunda mitad del siglo XIX encontramos una infinidad de lienzos en los que aparecen mujeres rodeadas de flores, o junto a flores, o convertidas prácticamente ellas mismas en flores. La mujer pura se transforma simbólicamente en una especie de encarnación viva de Flora. 

1911. Theodore Earl Butler. Lili Butler en el jardín de Claude Monet.

Hans Zatzka - La glorieta de rosas.

 La metáfora resulta perfecta: la flor es bella, delicada, vulnerable, perfumada y necesita cuidados. Nadie espera de una flor que abandone el jardín y salga a conquistar el mundo.
 La mujer ideal tampoco. 
 Aquí tenemos un campo visual extraordinariamente rico que podemos observar en las obras de artistas como Robert Reid, Edgar Maxence y otros muchísimos pintores de la época. 

Robert Reid. Flor-de-lis-1899



El alma de la rosa. Waterhouse.

 A esta aspiración de belleza floral y orgánica, de pureza casi monjil, se añadió la admiración por otro ideal perfecto: el de la maternidad entregada, la esposa solícita, la mujer sacrificada y, por encima de todo, la mujer pura. 
 Y entonces reapareció una figura que difícilmente podía ser la mejor encarnación de todas esas virtudes: la Virgen María. Ella se convirtió en el arquetipo incontestable de maternidad victoriana y continental.

William A. Bouguereau - Virgen y Niño

Marianne Stokes-Madonna and Child


La Virgen, madre de Dios, mujer pura, madre abnegada, esposa y figura protectora, se convirtió en uno de los grandes modelos visuales de aquello que una mujer debía ser o, al menos, debía aspirar a ser
 Durante la segunda mitad del siglo XIX abundan las representaciones marianas y las imágenes de maternidad idealizada. 
En muchas exposiciones aparecen obras que presentan a María como modelo de pureza, entrega y amor maternal. 
Artistas como Abbott Handerson, T. C. Gotch o George Frederick Watts ofrecieron ejemplos especialmente interesantes de este universo visual. El trasvase simbólico es poderoso: la mujer real queda así comparada con un modelo prácticamente sobrenatural. Y cuando se coloca ante una mujer de carne y hueso el espejo de una madre perfecta, de una esposa perfecta, de una santa perfecta y de una criatura delicada que debe ser protegida, cualquier desviación respecto al modelo puede convertirse fácilmente en una falta moral.

https://www.wikiart.org/en/abbott-handerson-thayer/virgin-enthroned-1891
Virgen entronizada. Abbott Handerson. 1891


El espíritu del cristianismo. G. F. Watts. Tate.

Pero, lo sabemos bien, hubo muchas mujeres que no aceptaron ese papel. Escritoras como Emily Brontë denunciaron, mediante personajes y relatos literarios, la difícil situación de mujeres inteligentes, apasionadas y contradictorias atrapadas en un tipo de vida que para nada deseaban. 
Y otras muchas mujeres, hartas de tanta abnegación y de tantas exigencias, intentaron construir alternativas y buscar salidas

 Algunas de esas salidas, como tendremos oportunidad de ver más adelante, resultaron ser tan perjudiciales para ellas como los propios clichés de los que pretendían escapar. 
 Porque aquí apareció una de las paradojas más inquietantes de este mundo decimonónico: 

 En determinadas representaciones culturales, la mujer que sufría adquiría una dignidad especial
La enfermedad, la languidez, la debilidad física e incluso la proximidad de la muerte podían convertirse en signos de pureza, de sensibilidad y de virtud. 

La crisis. Frank Dicksee. 1891

Algunas mujeres llegaron incluso a contemplar la enfermedad o la muerte como posibles formas de escapar de una existencia insoportable. 
El ínclito Michelet, sin cortarse de nuevo ni un pelo, llegaría a afirmar que «la mujer ha nacido para sufrir». 
 Estamos entrando así en lo que Dijkstra y otros autores denominan el «culto de la invalidez». 
Abba Goold Woolson, perspicaz observadora de las costumbres de su época, tituló uno de los capítulos de su obra "Woman in American Society" (1873), "La invalidez como profesión". Estar enferma se consideraba en algunos círculos un signo de delicadeza y clase.

Woman in American Society. Abba Goold Woolson, 1873


La escritora Eliza Lynn Linton comentaba la penosa conversión de niñas sanas en enfermizas jóvenes en su libro "Modern women" (1889).



Para algunos maridos victorianos (no quiero generalizar), parece que la fragilidad física de sus mujeres podía funcionar como una demostración, ante el mundo y ante Dios, de su pureza física y mental. 

Ciencia y caridad. Pablo Picasso. 1897

Los pintores del momento no desaprovecharon la oportunidad de reflejar en sus obras esas «virtudes», mostrando personajes y situaciones en los que la invalidez, la dependencia, el desvanecimiento o la fragilidad aparecían como algo casi necesario y, sobre todo, natural.

El fenómeno es particularmente interesante porque estas imágenes no fueron rechazadas por el público femenino. Al contrario: este tipo de cuadros tuvo una enorme aceptación y demanda también entre las propias mujeres. 
 Es decir, el modelo no era simplemente impuesto desde fuera. 
Una parte de las mujeres también podía reconocerse en él, desearlo o encontrar en él una forma socialmente aceptable de dignidad y de identidad. 
 Tener colgado en el hogar uno de estos cuadros significaba, como mínimo, reconocer que se compartía un determinado ideal de virtud.

Edvard Munch. La niña enferma. 1885-86

Una convaleciente. James Tissot

Cristóbal Rojas. La miseria.

Edgar Degas. La convaleciente. 1872

La mujer enferma, dormida, desmayada, reclinada o próxima a la muerte podía ser presentada como una criatura moralmente superior precisamente porque había dejado de ejercer cualquier forma de poder activo

La convaleciente c.1887, Annie Louisa Swynnerton

Christian Krohg. La niña enferma.

 La pintura convirtió así la dependencia en belleza y, en algunos casos, el sufrimiento en virtud. 

 Y aquí es donde esta historia comienza a adquirir una dimensión mucho más inquietante. 
 Porque si la mujer perfecta es pura, delicada, obediente, maternal, pasiva y dependiente... ¿Qué sucede cuando aparece una mujer que no quiere ser ninguna de esas cosas

 ¿Qué sucede cuando una mujer desea, mira, elige, seduce, abandona el hogar, ejerce poder o simplemente se niega a desempeñar el papel que la sociedad le ha reservado? 

 La respuesta del imaginario artístico del fin de siglo será, como podremos ver, fascinante...y a veces terrible. 
 La mujer que no acepta ser la Virgen puede convertirse en Eva (o en Lilith). 
 La mujer que no quiere ser la flor puede convertirse en una planta venenosa. 
 La mujer que no quiere ser protegida puede convertirse en depredadora. 
 Y la mujer que abandona el papel de ángel puede terminar convertida, en la imaginación masculina, en vampiresa, sirena, esfinge, Salomé, Judith o femme fatale.

Pero antes de llegar a estos sugestivos personajes creo que merece la pena que nos detengamos en algunas obras arte del ultimo tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX. Obras que mostraron diferentes puntos de vista sobre la mujer. Artistas que, entre la virtud y el vicio o pecado, reflejaron caminos intermedios...curiosos por lo menos y también poderosos puesto que ejercieron un gran influjo en el imaginario que estamos tratando.

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 Texto: Javier Nebot