martes, 29 de septiembre de 2026

Personalidades (15). Fanny Bullock Workman (USA, 1859-Francia,1925).

 Fanny Bullock Workman: una dama en el Himalaya 

 Hay mujeres que, afortunadamente, parecen haber nacido para desmentir los tópicos de su época (muchas veces cansinos, repetitivos y limitadores). 

Fanny Bullock Workman fue, sin duda, una de ellas. Otra dama «poderosa» de las muchas que vivieron en el asombroso siglo XIX (algunas de ellas referenciadas en esta misma sección).

 En su caso la fama y el prestigio no le llegaron por presidir salones influyentes, o destacar en la política o en las artes, sino por algo bastante más, digamos, incómodo: le vino por subir montañas, atravesar glaciares y aventurarse por algunos de los lugares más inhóspitos del planeta. 

 Fanny Bullock nació en Worcester, Massachusetts, en 1859, en el seno de una familia acomodada. 

Se casó con William Hunter Workman, doce años mayor que ella, médico y hombre de buena posición. William alegó durante bastante tiempo una salud delicada y eso le llevó a jubilarse muy prematuramente. Desde luego su salud sería muy delicada pero, sin embargo, no fue un obstáculo para que la pareja deicidiese recorrer medio mundo durante las décadas siguientes.  

¡Nada como tener posibilidades, tiempo...y ganas de recorrer mundo!.

Fanny Bullock Workman junto a su marido.

Los Workman convirtieron el viaje en una forma de vida. 

España, África y Asia fueron algunos de los escenarios de sus aventuras. 

En 1895 los Workman estuvieron en nuestro país durante la primavera y el verano. Lo recorrieron en bicicleta y posteriormente recogieron sus impresiones en Sketches Awheel in Modern Spain, un libro que fue publicado en 1897. 



 En ese libro se muestra una faceta bastante menos amable de lo que podría esperarse de nuestra protagonista.  Es verdad que la mirada de los viajeros anglosajones sobre España, en general -y quizás con cierta razón- no ha sido precisamente lo que se diese benévola. Desde luego, a Fanny y su marido el país les pareció atrasado, improvisado, desordenado y excesivamente relajado en sus normas, costumbres y horarios. Aquello que para los españoles podía ser libertad o espontaneidad, para los Workman se acercaba peligrosamente a la informalidad y la desidia. ¿Típico tópico? ¡Vaya usted a saber en la España profunda de finales del XIX...pero resulta muy poco amable tal y como lo cuentan!.  

Tampoco es que mostrasen demasiada piedad con nuestra historia. Al referirse a la conquista de Cuenca por Alfonso VIII y a la leyenda sobre sus habitantes, escribieron una frase que demostraban no tener precisamente pelos en la lengua y que no brilla por su diplomacia: «Se dice que de este rebaño de ovejas humanas, los castellanos, han descendido las familias hidalgas». E fin, en ese sentido, no es fueran lo que se dice un encanto de gente.

Eso sí, hay que reconocer que también encontraron (¡oh, milagro!) algunas cualidades positivas en los españoles, especialmente en lo referente a la hospitalidad y la galantería. Cuenca, por ejemplo, les entusiasmó. Aunque, curiosamente no consiguieron llegar a la Ciudad Encantada porque, cosa bastante insólita para unos viajeros que demostrarían pericia en escenarios bastante más complejos, se perdieron por el camino. ¡Claro que hasta los grandes exploradores tienen derecho a equivocarse de camino!. 

 España fue, en cualquier caso, solamente una etapa de una trayectoria viajera mucho más ambiciosa. 


En 1898 los Workman llegaron a Cabo Comorín, en el extremo meridional de la India, procedentes de Ceilán, la actual Sri Lanka. 
Desde allí emprendieron una travesía en bicicleta hacia el norte del subcontinente. 
La bicicleta les llevó hasta las proximidades del Himalaya. Y allí decidieron cambiar de vehículo. Se acabó la bicicleta y empezó el piolet.


El Himalaya se convirtió en el gran escenario de Fanny Bullock Workman. 
Durante años recorrió junto a su marido algunos de los lugares más difíciles de la cordillera y del Karakórum. 
 En 1906 ascendió al Pinnacle Peak, de 6.957 metros, alcanzando lo que entonces fue considerado el récord femenino de altitud. Un que récord estuvo anteriormente en manos de otra extraordinaria mujer, Annie Smith Peck. 


 Dos años después, en 1908, los Workman recorrieron los glaciares Biafo e Hispar, en el Karakórum. En 1911 exploraron el glaciar Siachen y en 1912 atravesaron el paso Kaberi en dirección a la región de Baltistán. 
 No estamos hablando, por lo tanto, ni mucho menos, de una señora que se puso unas botas de montaña para hacerse unas fotografías pintorescas en plan influencer del momento. 
  Fanny estaba realizando auténticas expediciones de alta montaña en una época en la que aquellas regiones apenas eran conocidas por los occidentales y en la que las posibilidades de comunicación y transporte eran infinitamente más precarias que las actuales.



 Sus experiencias quedaron recogidas en nueve libros, que tuvieron una notable aceptación entre el público de la época. 
Sin embargo, su faceta como cartógrafa recibió críticas. Sus mapas y datos geográficos contenían, al parecer, numerosos errores. Y aquí encontramos otra de las contradicciones de esta mujer: podía ser una exploradora extraordinariamente audaz y, al mismo tiempo, una cartógrafa no siempre demasiado fiable.

Pero quizás, imprecisiones arriba o abajo, una de las cosas que más llamó la atención de sus contemporáneos no fueron solamente sus hazañas (ciertamente notables), sino la peculiar apariencia de los protagonistas. Porque los Workman podían estar atravesando los lugares más salvajes del planeta pero, sin embargo, conservaban una apariencia que parecía sacada de un salón victoriano. 


 William era un caballero maduro, supuestamente de salud delicada, y Fanny aparecía habitualmente bien vestida, con una elegancia que no parecía demasiado compatible con los glaciares, las grietas de hielo y las expediciones de varios meses. 
 Existe un dibujo de la época que resume perfectamente esta imagen. 
Fanny aparece siendo rescatada de una grieta de hielo. Lleva su largo vestido oscuro y permanece aferrada a la cuerda con una dignidad imperturbable. No parece una mujer que acaba de ser rescatada de una grieta en medio del Himalaya. Parece más bien una señora esperando que le sirvan el té en un salón londinense. 

Fanny Bullock Workman on the summit of Siegfriedhorn





Fanny no fue solamente una aventurera. 
Fue también una firme defensora del sufragio femenino y de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. 
 En sus escritos aparecen comentarios muy críticos sobre la situación de las mujeres en las sociedades que visitó. 
Su propia vida constituía, en cierto modo, una demostración práctica de que las fronteras que la sociedad victoriana había impuesto a las mujeres podían ser atravesadas. 


 Fue la primera mujer invitada a pronunciar una conferencia en la Sorbona de París y la segunda en hacerlo ante la Royal Geographical Society de Londres, después de Isabella Bird, otra viajera extraordinaria a la que ya hemos dedicado atención en este blog. 


 Fanny pertenecía, por tanto, a esa nueva generación de mujeres que empezaban a ocupar espacios tradicionalmente reservados a los hombres. 
 Aunque, naturalmente, las cosas son siempre un poco más complicadas. 
 La viajera que defendía la emancipación femenina contemplaba también las sociedades que visitaba desde una perspectiva inequívocamente occidental. 
Su interés por los lugares recorridos se concentraba fundamentalmente en el paisaje, la geografía y la grandiosidad de la naturaleza. 
No parece que los Workman sintieran una especial necesidad de integrarse con las poblaciones locales ni de establecer con ellas una relación demasiado profunda. 
 Les interesaba sobre todo la naturaleza en su dimensión más desmesurada. Y pocas naturalezas podían ofrecer tanta desmesura como el Himalaya.


Hay algo especialmente interesante en los relatos de viajeros de aquella época: nos hablan tanto del lugar visitado como de quien lo visita. Cuando Fanny describe España como un país desordenado, atrasado e improvisado, está describiendo España, sí, pero también está describiendo la mentalidad desde la que la observa. 
Cuando critica nuestras costumbres o la conservación de nuestros monumentos, podemos encontrar observaciones acertadas (y algunas lo eran, muy probablemente), pero también aparece esa mezcla de superioridad y paternalismo tan característica de buena parte de la literatura de viajes anglosajona del siglo XIX. 
 Lo mismo ocurre cuando observa otras sociedades asiáticas. 
 Fanny era una mujer avanzada en muchos sentidos, pero no dejó de ser una mujer de su tiempo. 
 Y quizá esa contradicción sea mucho más interesante que convertirla en una heroína perfecta. 
 Porque no necesitamos (afortunadamente y a pesar de algunos) que nuestros personajes históricos sean perfectos para reconocer sus puntos buenos.






Fanny Bullock Workman murió en Cannes en 1925. 

 William Hunter Workman, aquel hombre que había disfrutado de una «mala salud de hierro» y que había abandonado pronto su profesión para dedicarse a recorrer el mundo, todavía viviría doce años más. 
 Murió en 1937. 
 No deja de tener cierta ironía que aquella supuesta fragilidad que le había permitido jubilarse prematuramente no le impidiera sobrevivir a su esposa, acompañarla durante años por algunos de los territorios más difíciles del planeta y llegar a una edad considerable. 

 Los Workman pertenecieron a una época en la que viajar todavía significaba, en muchas ocasiones, enfrentarse a territorios prácticamente desconocidos para los europeos. 
 Fueron exploradores, escritores, fotógrafos y cartógrafos, aunque no siempre acertaran en sus mapas. Desde luego, estaban en las antípodas de lo que hoy llamamos "viajeros" y mucho más todavía de los (cada vez criticados aunque todos pequemos) turistas.


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viernes, 25 de septiembre de 2026

Opinión personal (119): La construcción de la imagen de la mujer (5). Ofelia y otras heroínas "durmientes".

 Terminábamos la entrada anterior de esta sección haciendo referencia al gran éxito iconográfico que tuvo la representación de ciertas damas muertas, muy especialmente, de aquellas a las que se rodeo de una pesada aureola posromántica, como fue el caso de Ofelia, The lady of Shalott, Eliane...

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Opinión personal (118): La construcción de la imagen de la mujer (4): La mujer enferma, sacrificada y moribunda: cuando el sufrimiento se convirtió en belleza

Como el objetivo de estos artículos es llegar al surgimiento de la femme fatale/vampiresa en el cine, no pretendemos hacer ahora y aquí una exposición exhaustiva de tales representaciones, pero sí nos gustaría mostrar algunas obras clave, obras que ejercieron sobre el imaginario colectivo de su época una gran influencia y que todavía hoy siguen manteniendo su aureola y se admiran como grandes obras del arte.

The Lady of Shalott (Tennyson, 1832).

La dama de Shalott (1832) | La Fundación de la Poesía

The Lady of Shalott, Elaine de Astolat, sucumbe a los muchos encantos y atributos de Sir Lancelot (por lo que parece realmente abundantes y deseados, si nos atenemos a la cuantía de sus enamoradas). El hombre estaba entregado en un pasión ilícita a Ginebra, la esposa de Arturo, pero eso no impedía que las damas, por lo visto, cayesen prendadas a su alrededor.

La obra de Tennyson ha tenido, como es lógico, muchas lecturas y desde muy diferentes perspectivas.

"Las críticas feministas consideran que el poema aborda cuestiones de la sexualidad de las mujeres y su lugar en el mundo victoriano,[argumentando que La dama de Shalott se centra en la tentación de la sexualidad y su inocencia preservada por la muerte.[]Christine Poulson habla desde un punto de vista feminista y sugiere que «la huida de la dama de Shalott de su torre es un acto de rebeldía, un símbolo del empoderamiento femenino». Según la perspectiva de Poulson, huir de la torre permite a la dama de Shalott liberarse emocionalmente y aceptar la sexualidad femenina".

La dama de Shalott - Wikipedia, la enciclopedia libre

Pero los pintores del XIX, más que por otros aspectos, optaron, sobre todo, por mostrar una dama con locura incipiente, con un profundo anhelo posesivo y un claro afán autodestructivo.

John William Waterhouse. The Lady of Shalott
John William Waterhouse. The Lady of Shalott.

(En la música actual el poema dramático también ha tenido un gran éxito debido a la excelente interpretación de Loreena McKennitt


The Lady of Shalott, Walter Crane (1862).


William Holman Hunt and Hughes, Edward Robert. The Lady of Shalott. 1905.


La dama de Shalott (The Lady of Shalott). John Atkinson Grimshaw


Tanto éxito, o más incluso, tuvo entre los pintores Elaine, otra doncella pura y enamoradiza de Tennyson ("Los idilios del rey"), que casi por arte de magia también quedó hechizada por el gallardo Lancelot. 
Ella le confiesa a su amado: "Me he vuelto loca. Te amo: déjame morir". 
Lancelot no se da por aludido, a pesar de la claridad y asertividad de su enamorada.
 Cuando esta muere, dejando instrucciones a su padre sobre como preparar su lecho de muerte, Lancelot descubre en su mano sin vida una carta dirigida a él: "Te amé, y mi amor no tuvo respuesta, / por eso mi autentico amor ha significado mi muerte". Un dramón en toda regla y, en el fondo, otra versión trágica de Lady Shalott...

Toby Rosenthal (1848-1917). Elaine. 1874.


De las diversas representaciones de este tema, la pintura de Rosenthal es de las esenciales:

"La pintura de Rosenthal representa el viaje postmortem de Elaine desde Astolat hasta Camelot: "En su mano derecha el lirio, en su izquierda / La carta—todo su brillante cabello cayendo." Las elecciones artísticas de Rosenthal reflejan la influencia de los prerrafaelitas".

Su obra tuvo un éxito enorme. 

Se reprodujo muchísimo tanto en los Estados Unidos como en Europa. 
Dijkstra, no sé si acertado o tendencioso (para mí insiste demasiado en los aspectos sádicos y agresivos de estas imágenes), señala que "el público disfrutaba con la visión de una bella mujer enamorada, bien muerta y, por lo tanto, con pocas posibilidades de complicar la vida emocional del espectador en mayor grado de lo que Elaine había complicado la de sir Lancelot" (Op. cit.pag.41).

Cuando la obra se expuso en San Francisco se creó una especie de culto a Elaine, aumentando la aureola del cuadro el hecho de que éste fuese robado y que se exigiese por él un cuantioso rescate.
Ante un triunfo tan rotundo del tema, surgieron infinidad de Elaines pálidas y muertas; obras que tuvieron mejor o peor fortuna, pero que demostraban el ansia y el gusto de un amplio público sobre este tipo de mitificaciones.

Sophie Gengembre Anderson. Elaineor (The Lily Maid of Astolat) 1870


"Elaine" de Sophie Anderson, 1823-1903


Muerte de Elaine. Homer Watson (1852-1923)


"Elaine's Body on its way to King Arthur's Palace", (1892). By Gustave Doré (1832-1883).


Elaine de Astolat. 1899. Sir Edmund Blair Leighton


Sin embargo, y a pesar del gran triunfo estético de las heroínas de Tennyson, fue la Ofelia de Shakespeare la que consiguió destacar sobre todas como ejemplo perfeto de una devoción malsana por un hombre (por muy auto sacrificada que fuese). Devoción que le lleva, literalmente, a la locura.

Probablemente, fueron los prerrafaelitas, ya mencionados y reseñados en diversas ocasiones, de los primeros pintores en abordar este tema pictóricamente. 

John Everett Millais. Ophelia. 1851.



Arthur Hughes. Ophelia. (Primera versión).1852

Arthur Hughes. Ophelia. Versión 1854

Desde el Renacimiento hasta nuestros días: 86. Los Prerrafaelitas (10): Arthur Hughes (1832-1915).

Tanto la Ofelia muerta de Millais como la Ofelia demente de Hughes generaron suficiente impacto en el mundo artístico y social como para que muchísimos artistas decidiesen abordar el mismo tema.

Ofelia. John William Waterhouse. 1889.


Ofelia. John William Waterhouse. 1894.


Ofelia. John William Waterhouse. 1894.

Ofelia. Arthur Hugues. 1865.

Ofelia tejiendo sus guirnaldas. Richard Redgrave.


Henrietta Rae. Ophelia. 1890.


Ofelia. Ernest Hébert. 1890
Pascal Dagnan-Bouveret - 37 obras de arte - pintura

Acabamos esta muestra "ofeliana" con la obra de Georges Clairin, el pintor preferido de Sarah Bernhardt, la "divina".

Georges Jules Clairin. Ophelia.

La famosísima y aclamada actriz francesa no dudó en aprovecharse de la fascinación que el tema de la moribunda Ofelia ejercía sobre sus coetáneos y no dudó en exhibirse, cual nueva Ofelia, para cultivar su imagen de excéntrica. En sus giras llevaba su propio ataúd y no dudaba en dormir en él y mostrarse ante los hipnotizados de turno que caían rendidos a sus pies. Genio y figura, sin duda.
Las fotografías de ella yaciendo de tal forma tuvieron en éxito enorme y fueron de mano en mano como su fuesen un preciado trofeo.

Sarah Bernhardt en su ataúd.

1882. Sarah Bernhardt descansando plácidamente en su ataúd. 


Según Dijkstra "el caso de la Bernhardt demuestra hasta que punto la naturaleza misma del culto a la invalidez estaba psicológicamente relacionada con el deseo de las mujeres de que se les prestase atención individual, reconocimiento personal como entidades diferenciadas, mucho más que ser vistas como indeterminadas `flores de virtud´" (Op.cit.pág. 46).

En cualquier caso la Bernhardt era mucha Bernhardt y aparte de ser una exhibicionista incorregible, una buena e intuitiva conocedora de los entresijos de la fama y excelente actriz era también, curiosamente, una excelente escultora, como lo demuestra el bajorrelieve que adjuntamos a continuación.

Sarah Bernhardt. Bajorrelieve, Ofelia. 1890.



-continuará-

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