domingo, 30 de agosto de 2026

Opinión personal (117): La construcción de la imagen de la mujer (3). La mujer ideal: la monja del hogar, la mujer-flor y el culto a la invalidez

 La mujer ideal: la "monja" del hogar, la "mujer-flor" y el culto a la invalidez 

 Se observa a lo largo del siglo XIX un cambio sustancial, tanto en la percepción como en la realidad de la relación de pareja y del papel especifico de la mujer en la sociedad. Ésta se fue convirtiendo progresivamente en una especie de guardiana del alma del hombre y del hogar, una figura destinada a facilitar y proteger el desarrollo del nuevo orden burgués y capitalista. 

Surgió así un inusitado culto a la llamada «monja del hogar», o al "ángel del hogar". Fue un concepto cultural que daba por supuesto que el espacio o dominio de la mujer era exclusivamente su casa, lo doméstico, y que el cuidado y bienestar del esposo y de su prole era el objetivo esencial y definitivo de su vida. Convivirá esta forma de entender las cosas con otras diferentes y, probablemente, menos rígidas, y por lo tanto con otros muchos tipos de mujer (la realidad es muy compleja y nunca tan monocolor como a veces pretenden contárnosla), pero -siempre hay un pero sustancial- ese modelo ideal terminó imponiéndose como uno de los modelos de feminidad socialmente más exitosos y, por lo tanto, más imitados. 

Charles Alston Collins. Pensamientos conventuales. 1851.

John Everett Millais. Mariana. 1851.

Bram Dijkstra y Erica de Bornay, autores a los que ya me he referido anteriormente y a los que considero una muy buena guía para estos posts, hablan de una especie de «guerra de sexos» a lo largo de la historia. 
La expresión puede parecernos hoy un tanto sesentera y, seguramente, al menos desde mi punto de vista, sea una expresión demasiado general y polarizadora para explicar por sí sola la complejidad de las relaciones entre hombres y mujeres en épocas muy distintas. 

Es innegable, sin embargo, la existencia de manifestaciones de misoginia en numerosos momentos de la historia occidental (por ceñirme a nuestro espacio geográfico). 
Para lo que nos ocupa, me resulta especialmente interesante observar que en el siglo XIX esa misoginia adquiere nuevas formas y se integra en un sistema social, moral y cultural extraordinariamente poderoso. 

William Holman Hunt. El despertar de la conciencia. 1853.

 El mercantilismo del XVIII y, sobre todo, el industrialismo galopante del siglo XIX, unidos al extraordinario crecimiento de las clases medias y medias-altas, favorecieron el surgimiento de una imagen de la mujer cada vez más polarizada. Por un lado, la santa, la esposa, la madre, la mujer que cuida de los valores morales, del hombre y del hogar; por otro, la mujer caída, la prostituta, la seductora, aquella que puede arrastrar al hombre a la ruina y a la perdición.

https://victorianweb.org/painting/calderon/paintings/6.html
Tate Britain. Votos rotos, de Philip Hermogenes Calderon (1833-98)

No deja de ser curioso, de hecho resulta muy llamativo desde la mirada actual, que esto ocurra precisamente en una época que vive como ninguna otra la idea del progreso. Los grandes descubrimientos científicos, el desarrollo industrial, la aparición de nuevas tecnologías, la expansión del conocimiento, la evolución darwiniana, las transformaciones sociales y económicas y la sensación general de que el futuro no tenía límites -aunque parecía tener una dirección para muchos- crearon una confianza extraordinaria en la capacidad del ser humano para transformar el mundo. 

 Muchos intelectuales se dejaron llevar por esa percepción aparentemente abrumadora de una historia que avanzaba de forma unidireccional hacia un progreso sin fin. Hoy algunas de sus interpretaciones nos parecen deformadoras, miopes o incluso interesadas. Pero es necesario intentar comprenderlas dentro de su propio tiempo

Jules Michelet por Thomas Couture.

La mujer como una "inválida natural": En L'Amour, Michelet escribe una frase que define el siglo XIX: "La mujer es una enferma"

 Jules Michelet en la historia, Charles Darwin en el terreno científico, o Julio Verne en la literatura juntos con otros muchos, vivieron su presente bajo esa sensación de movimiento imparable. El mundo parecía estar entrando en una nueva era. Todo cambiaba: la ciencia, la industria, las ciudades, las comunicaciones, la economía, las clases sociales, las relaciones laborales y hasta la percepción que el hombre tenía de sí mismo. Y, sin embargo, en medio de ese vertiginoso proceso de modernización, se produjo algo aparentemente paradójico: la construcción de una imagen de la mujer extraordinariamente rígida y conservadora.


Como bien señala Dijkstra, "todos estos cambios contribuyeron al establecimiento de una nueva percepción ritual y simbólica del papel de la mujer, profundamente institucionalizada, que terminó convirtiéndose en una fuente fundamental del pensamiento antifemenino de finales del siglo XIX y, como consecuencia, en uno de los orígenes de muchos de los mitos sexistas que, bajo formas diferentes, todavía persisten". 
 Uno de los aspectos más reveladores de este proceso es la aparición y difusión de los llamados «manuales de la buena esposa». No se trataba simplemente de libros destinados a enseñar a una mujer cómo llevar una casa. Eran, en muchos casos, verdaderos códigos de conducta destinados a definir qué debía ser una mujer, cuál era su lugar y qué función debía desempeñar en la vida de un hombre y de una familia. Ya encontramos precedentes muy significativos en autores como Auguste Comte o el ya mencionado Jules Michelet. Este último, hacia 1850, contemplaba con entusiasmo determinados cambios que decía observar entre las clases altas de Inglaterra y Alemania y animaba a los franceses a imitarlos. Según su descripción, "aparecía por todas partes la esposa obediente, deseosa de obedecer; en sus propias palabras, la `mujer maravillosa` ". 
 También hubo, naturalmente, manuales específicos. Uno de los ejemplos más significativos es el de Sarah Stickney Ellis, The Women of England: Their Social Duties and Domestic Habits, publicado en 1839 y que se convirtió en una obra de enorme difusión. 


 Ellis vinculaba explícitamente la moral nacional con las virtudes domésticas de las mujeres
El hogar, los cuidados, la conducta moral y las pequeñas responsabilidades de la vida cotidiana constituían para ella una esfera de enorme trascendencia social. La idea resulta especialmente interesante porque convierte a la mujer en una especie de faro moral del hombre y de la familia. El mundo exterior (el comercio, los negocios, la competencia, la ambición) podía corromper al hombre. El hogar debía servir para repararlo.


La mujer debía permanecer allí para conservar un ambiente en el que, después de haber ejercido «las necesarias ocupaciones de la jornada», el hombre pudiera regresar y vivir una especie de segunda existencia: una existencia familiar, moral y espiritual. 
 En Ellis encontramos incluso una imagen extraordinariamente reveladora: la mujer aparece como una especie de segunda conciencia del hombre, como la figura que permanece en el hogar y cuya integridad moral puede devolverle el sentido de lo correcto cuando las tentaciones del mundo exterior amenazan con desviarlo. Según esta autora, la mujer no debía actuar en la sociedad, debía limitarse a "influenciar" a los hombres de su familia a través de su pureza. Si un hombre fracasaba moralmente, la culpa recaía de forma sutil en la mujer por no haber mantenido un hogar lo suficientemente santo. En fin, sin duda eran otros tiempos.
 Michelet -¡cómo no nombrarlo de nuevo si tuvo un peso inusitado en esa construcción del imaginario femenino!- lo expresaría de otra manera: la mujer debía «dar energía al varón mientras éste avanzaba en la historia». 

 Y desde luego, no fue solamente Michelet el difusor tales ideas. Personajes igualmente ilustres como Ruskin, Charles Dickens, o Auguste Comte ("inventor" de la sociología), seguidos por devotos discípulos y admiradores, insistieron, con diferentes matices, en esa imagen de la mujer como especie de monja hogareña
Una mujer que no necesitaba conquistar el mundo porque su misión consistía precisamente en preservar para el hombre el pequeño mundo al que éste debía regresar. 
Pero este modelo tenía una consecuencia bastante evidente. 
Para poder proteger a la mujer había que convertirla previamente en alguien que necesitara protección.

Comienza así a transmitirse con enorme fuerza la imagen de la mujer como un ser frágil, delicado, vulnerable, al que hay que cuidar como se cuida una flor. 

James Tissot. La convalecencia, 1872. Óleo sobre madera, Total: 37,5 x 45,7 cm. Galería de Arte de Ontario.

Y si observamos la pintura de la segunda mitad del siglo XIX encontramos una infinidad de lienzos en los que aparecen mujeres rodeadas de flores, o junto a flores, o convertidas prácticamente ellas mismas en flores. La mujer pura se transforma simbólicamente en una especie de encarnación viva de Flora. 

1911. Theodore Earl Butler. Lili Butler en el jardín de Claude Monet.

Hans Zatzka - La glorieta de rosas.

 La metáfora resulta perfecta: la flor es bella, delicada, vulnerable, perfumada y necesita cuidados. Nadie espera de una flor que abandone el jardín y salga a conquistar el mundo.
 La mujer ideal tampoco. 
 Aquí tenemos un campo visual extraordinariamente rico que podemos observar en las obras de artistas como Robert Reid, Edgar Maxence y otros muchísimos pintores de la época. 

Robert Reid. Flor-de-lis-1899



El alma de la rosa. Waterhouse.

 A esta aspiración de belleza floral y orgánica, de pureza casi monjil, se añadió la admiración por otro ideal perfecto: el de la maternidad entregada, la esposa solícita, la mujer sacrificada y, por encima de todo, la mujer pura. 
 Y entonces reapareció una figura que difícilmente podía encontrar mejor encarnación de todas esas virtudes: la Virgen María. Ella se convirtió en el arquetipo incontestable de maternidad victoriano y continental.

William A. Bouguereau - Virgen y Niño

Marianne Stokes-Madonna and Child


La Virgen, madre de Dios, mujer pura, madre abnegada, esposa y figura protectora, se convirtió en uno de los grandes modelos visuales de aquello que una mujer debía ser o, al menos, debía aspirar a ser
 Durante la segunda mitad del siglo XIX abundan las representaciones marianas y las imágenes de maternidad idealizada. 
En muchas exposiciones aparecen obras que presentan a María como modelo de pureza, entrega y amor maternal. 
Artistas como Abbott Handerson, T. C. Gotch o George Frederick Watts ofrecieron ejemplos especialmente interesantes de este universo visual. La operación simbólica es poderosa: la mujer real queda comparada con un modelo prácticamente sobrenatural. Y cuando se coloca ante una mujer de carne y hueso el espejo de una madre perfecta, de una esposa perfecta, de una santa perfecta y de una criatura delicada que debe ser protegida, cualquier desviación respecto al modelo puede convertirse fácilmente en una falta moral.

https://www.wikiart.org/en/abbott-handerson-thayer/virgin-enthroned-1891
Virgen entronizada. Abbott Handerson. 1891


El espíritu del cristianismo. G. F. Watts. Tate.

Pero, lo sabemos bien, hubo muchas mujeres que no aceptaron ese papel. Escritoras como Emily Brontë denunciaron, mediante personajes y situaciones literarias, la difícil situación de mujeres inteligentes, apasionadas y contradictorias atrapadas en un tipo de vida que para nada deseaban. 
Y otras muchas mujeres, hartas de tanta abnegación y de tantas exigencias, intentaron construir alternativas y buscar salidas

 Algunas de esas salidas, como tendremos oportunidad de ver más adelante, resultaron ser tan perjudiciales para ellas como los propios clichés de los que pretendían escapar. 
 Porque aquí apareció una de las paradojas más inquietantes de este mundo decimonónico. 

 En determinadas representaciones culturales, la mujer que sufría adquiría una dignidad especial. La enfermedad, la languidez, la debilidad física e incluso la proximidad de la muerte podían convertirse en signos de pureza, de sensibilidad y de virtud. 

La crisis. Frank Dicksee. 1891

Llegaron incluso a contemplarse la enfermedad o la muerte como posibles formas de escapar de una existencia insoportable. 
El ínclito Michelet, sin cortarse de nuevo ni un pelo, llegaría a afirmar que «la mujer ha nacido para sufrir». 
 Estamos entrando así en lo que Dijkstra y otros autores denominan el «culto de la invalidez». 
Abba Goold Woolson, perspicaz observadora de las costumbres de su época, tituló uno de los capítulos de su obra "Woman in American Society" (1873), "La invalidez como profesión". Estar enferma se consideraba en algunos círculos un signo de delicadeza y clase.

Woman in American Society. Abba Goold Woolson, 1873


La escritora Eliza Lynn Linton comentaba la penosa conversión de niñas sanas en enfermizas jóvenes en su libro "Modern women" (1889).



Para algunos maridos victorianos (insisto que en que no podemos generalizar totalmente ninguna psotura), parece que la fragilidad física de sus mujeres podía funcionar como una demostración, ante el mundo y ante Dios, de su pureza física y mental. 

Ciencia y caridad. Pablo Picasso. 1897

Los pintores del momento no desaprovecharon la oportunidad de reflejar en sus obras esas «virtudes», mostrando personajes y situaciones en los que la invalidez, la dependencia, el desvanecimiento o la fragilidad aparecían como algo casi necesario y, sobre todo, natural.

El fenómeno es particularmente interesante porque estas imágenes no fueron rechazadas por el público femenino. Al contrario: este tipo de cuadros tuvo una enorme aceptación y demanda también entre las propias mujeres. 
 Es decir, el modelo no era simplemente impuesto desde fuera. 
Una parte de las mujeres también podía reconocerse en él, desearlo o encontrar en él una forma socialmente aceptable de dignidad y de identidad. 
 Tener colgado en el hogar uno de estos cuadros significaba, como mínimo, reconocer que se compartía un determinado ideal de virtud.

Edvard Munch. La niña enferma. 1885-86

Una convaleciente. James Tissot

Cristóbal Rojas. La miseria.

Edgar Degas. La convaleciente. 1872

La mujer enferma, dormida, desmayada, reclinada o próxima a la muerte podía ser presentada como una criatura moralmente superior precisamente porque había dejado de ejercer cualquier forma de poder activo

La convaleciente c.1887, Annie Louisa Swynnerton

Christian Krohg. La niña enferma.

 La pintura convirtió así la dependencia en belleza y, en algunos casos, el sufrimiento en virtud. 

 Y aquí es donde esta historia comienza a adquirir una dimensión mucho más inquietante. 
 Porque si la mujer perfecta es pura, delicada, obediente, maternal, pasiva y dependiente... ¿Qué sucede cuando aparece una mujer que no quiere ser ninguna de esas cosas

 ¿Qué sucede cuando una mujer desea, mira, elige, seduce, abandona el hogar, ejerce poder o simplemente se niega a desempeñar el papel que la sociedad le ha reservado? 

 La respuesta del imaginario artístico del fin de siglo será, como podremos ver, fascinante...y a veces terrible. 
 La mujer que no acepta ser la Virgen puede convertirse en Eva (o en Lilith). 
 La mujer que no quiere ser la flor puede convertirse en una planta venenosa. 
 La mujer que no quiere ser protegida puede convertirse en depredadora. 
 Y la mujer que abandona el papel de ángel puede terminar convertida, en la imaginación masculina, en vampiresa, sirena, esfinge, Salomé, Judith o femme fatale.

Pero antes de llegar a estos sugestivos personajes creo que merece la pena que nos detengamos en algunas obras arte del ultimo tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX. Obras que mostraron diferentes puntos de vista sobre la mujer. Artistas que, entre la virtud y el vicio o pecado, reflejaron caminos intermedios...curiosos por lo menos y también poderosos puesto que ejercieron un gran influjo en el imaginario que estamos tratando.

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 Texto: Javier Nebot

martes, 25 de agosto de 2026

Música de cine (41): Oscar a la mejor canción en 1949. "Baby, it´s cold outside".

 La canción que nos ocupa, "Baby, it´s cold outside", fue compuesta por el compositor y libretista norteamericano Frank Loesser (1910-1969) en 1944, varios años antes pues de que alcáncese reconocimiento y un gran éxito al ser incluida en la banda sonora de la película "Neptune´s daugther", estrenada en 1949 y recibiera el Oscar a la mejor canción.

Frank Henry Loesser - Wikipedia, la enciclopedia libre

Oscar a la mejor canción en 1949. "Baby, it´s cold outside".


Mi amigo Miguel de la Concepción cuenta, en su libro "Oscar y sus canciones", la anécdota de cómo nació esta canción. Por lo que parece Loesser la compuso para cantarla junto a su mujer Lynn Garland en la fiesta de inauguración de su nueva casa en el hotel Navarro de la ciudad de New York.



Durante muchos años fue un gran éxito, aunque bajo la influencia distorsionadora del Me Too -que acabó enfangando todo lo que tocaba, a pesar de la innegable importancia para denunciar abusos intolerables en sus primeros momentos- la canción acabó perdiendo su influjo e importancia. Con todo, como veremos, fue tan versionada como todas las canciones ganadoras de la preciada estatuilla.

En 1948, después de años de interpretar la canción, Loesser la vendió a MGM para la comedia romántica y ligera (muy ligera y "acuática"), "Neptune´s daugther" (La hija de Neptuno), dirigida por Edward Buzzell con un guion de Dorothy Kingsley, fotografía de Charles Rosher y música de George Stoll.








En la película la canción es interpretada primero por el duo formado por Ricardo Montalbán (1920-2009), que intenta convencer a la dama de que no se marche de su casa, y Esther Williams (1921-2013) que quiere abandonar al caballero sin más dilaciones. Después la cantan Betty Garrett (1919-2011) y Red Skelton (1913-1997), pero parodiando en esta ocasión la situación anterior ya que ahora es el hombre el que quiere irse y es la mujer la que insiste para que se quede en su casa.













Como he mencionado un poco más arriba, esta canción también tuvo sus versiones: 




















y en esto tiempos distorsionados no podía faltar una versión políticamente correcta y una versión gay.


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Mi agradecimiento a mi amigo Miguel de la Concepción, siempre fuente de conocimientos musicales e inspiración.

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