Hace varios años publiqué en esta misma sección varias entradas sobre la imagen de la mujer en el cine. Reflexioné en ese momento sobre la creación de la imagen (casi arquetipo) de la "vampiresa", de la "Femme fatale" que, desde luego, no tuvo su origen en el séptimo arte, pero que sin la menor duda sí alcanzó en él un eco y un éxito realmente notorio y digno de atención y reflexión.
Algunas de las mejores películas de la historia de cine lo son porque tienen como protagonistas a mujeres memorables que mostraban en pantalla una sibilina voracidad depredadora hacia los hombres pero, también, dejaban claro un muy profundo y legítimo deseo de libertad, de vivir sin las cortapisas y sin los lastres de la sociedad en las que les había tocado nacer. Eran encarnaciones de figuras atávicas, demonizadas en el pasado, pero resucitadas para el cine con una ambivalente aureola de atractivo y fascinación.
Retomo, pues, el tema para profundizar más en él y porque, muy probablemente, más adelante, pueda comprometerme a participar en unas sesiones de cine forum que versaran sobre cómo desde finales del siglo XIX y mediados del XX se fue gestando, de forma casi imperiosa, la imagen (influencia sin cortapisas de los medios audiovisuales) de la mala mujer (y de la buena, también).
En las entradas futuras estudiaré, claro, una serie de
películas protagonizadas por mujeres, pero mi propósito es algo más amplio: quisiera analizar cómo se ha
ido construyendo, difundiendo y transformando la imagen de la mujer en la
cultura occidental desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX,
y cómo el cine heredó, amplificó y popularizó unos modelos de feminidad que ya
estaban profundamente arraigados en el imaginario colectivo.
Aunque nuestro recorrido se centrará fundamentalmente en ese periodo histórico, conviene recordar que los grandes arquetipos femeninos son mucho más antiguos.
Desde la Antigüedad y la tradición judeocristiana, la cultura occidental ha tendido a representar a la mujer mediante una oposición casi permanente entre dos polos simbólicos.
Por
un lado, la mujer protectora, esposa, madre y guardiana del hogar; la figura
que preserva el orden moral y convierte la casa en un refugio frente a las
incertidumbres del mundo exterior. Es la heredera de María, del ideal del
«ángel del hogar», de Hera como garante del matrimonio y la familia.
Naturalmente, la realidad -a Dios gracias- nunca fue tan simple.
No hay solo "santas" o "putas". Las mujeres reales vivieron existencias mucho más
complejas y diversas que cualquiera de estos modelos prototípicos. Al igual que con los hombres -que no son de una sola pieza ni "todos iguales", en las mujeres de todos los tiempos se dieron un sinfín de matices, comportamientos y realidades. Sin embargo, parece innegable que la fuerza de
los arquetipos reside precisamente en su capacidad para simplificar la realidad
hasta convertirla en un relato fácilmente reconocible y socialmente eficaz. De ahí que perduren y todavía nos resuenen aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.
Diversos factores históricos, sociales, científicos, religiosos y culturales confluyeron para reforzar una visión dual de la feminidad. En un momento de profundas y rápidas transformaciones (industrialización y urbanización galopante, aparición de los movimientos obreros, numerosos e increíbles avances científicos, primeras reivindicaciones feministas y paulatina incorporación de la mujer a diversos trabajos, cambios en la estructura familiar...) una parte importante de la sociedad respondió reafirmando unos modelos muy rígidos acerca de lo que una mujer debía ser y de lo que jamás debía llegar a ser.
Muchos de esos
estereotipos han perdido hoy buena parte de su vigencia social, aunque no han
desaparecido por completo. Todavía sobreviven, a veces de forma casi
inconsciente, en determinados relatos románticos, en algunos gestos
ritualizados del amor (esas patéticas escenas de hombres arrodillándose para pedir en matrimonio), en ciertos modelos publicitarios de seducciones instintivas o en innumerables
ficciones audiovisuales que siguen recurriendo todavía a princesas, héroes salvadores,
mujeres idealizadas o seductoras irresistibles. Son vestigios de un imaginario
colectivo construido durante generaciones y cuya influencia continúa siendo
perceptible.
Pero ojo: La consolidación de esos modelos no fue obra de una única institución ni de un único discurso.
Intervinieron la educación, las iglesias, la moral burguesa, la medicina, la
ciencia positivista, la literatura, la prensa ilustrada, la publicidad y, por
supuesto, las artes plásticas. Pintores, ilustradores, escritores y cartelistas
tradujeron aquellas ideas en imágenes de enorme poder de seducción que
terminaron formando parte de la cultura visual de millones de personas.
Cuando apareció el cine, a finales del siglo XIX, no partía de una página en blanco. Heredó un repertorio iconográfico y narrativo ya perfectamente elaborado y lo convirtió en un fenómeno de masas sin precedentes.
La pantalla no inventó aquellos modelos femeninos; los hizo universales.
En los próximos posts intentaré seguir ese proceso de transmisión. Ver cómo
determinadas imágenes nacidas en la pintura simbolista, prerrafaelita o
académica reaparecen después en el cine mudo, alcanzan una nueva dimensión
durante el periodo pre-Code, sobreviven bajo formas distintas durante
los años del Código Hays y continúan proyectando su sombra sobre muchas
representaciones contemporáneas.
Para comprender este fenómeno resultan especialmente útiles algunos estudios ya clásicos. Entre ellos destacan: Ídolos de perversidad, de Bram Dijkstra, que analiza la construcción artística de la mujer fatal en el fin de siglo, y Las hijas de Lilith, de Erika Bornay, una obra fundamental para entender la iconografía de la mujer fatal en la pintura europea. Libros cuya lectura les recomiendo encarecidamente.
Ambos trabajos muestran cómo muchas de las imágenes que posteriormente asumieron el cine y la publicidad habían sido elaboradas décadas antes por artistas, escritores e ilustradores, convirtiéndose en auténticos modelos culturales capaces de influir profundamente en las mentalidades de su tiempo.
Ese será, precisamente, el
punto de partida de nuestro recorrido: descubrir que, mucho antes de que las
grandes estrellas aparecieran en la pantalla, el imaginario de la mujer ya
había sido cuidadosamente dibujado por los pinceles, las novelas y las imágenes
impresas de toda una época.













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