Ocio Inteligente: para vivir mejor
Actividades culturales que para mí otorgan al ocio un plus de interés. Arte, música, cine, fotografía…también algunos artículos y reflexiones. Todo ello con un particular afán de contribuir a la difusión cultural en todos los ámbitos. Una de las secciones, "La obra provocadora", es para adultos.
miércoles, 11 de marzo de 2026
Intérpretes (111): Paul Lewis (Gran Bretaña, 1972). Piano.
viernes, 6 de marzo de 2026
Sobre los Haikus de Bernat Vidal ("Cuando florece el limonero -Haikus- ", Ed. Factor Poético).
Sobre los haikus de Bernat Vidal
No soy aficionado a la poesía.
No, desde luego, porque no reconozca su valor o su mérito, sino porque, simplificando mucho, a menudo detecto en ella ciertos enrevesamientos innecesarios o una especie de impostura engolada que me resultan muy, pero que muy difíciles de soportar.
Son demasiadas las ocasiones en las que encuentro en la poesía -especialmente si se recita en voz alta- un exceso verbal e interpretativo que, en lugar de acercarme a la médula de la vida o a las profundidades del corazón (que es lo que yo entiendo que debe procurar la poesía), me aleja de ella. Me suena demasiado a fuegos de artificio innecesarios.
Por eso, cuando mi amigo Bernat Vidal (1) tuvo la gentileza de ofrecerme su más reciente publicación poética -Cuando florece el limonero (Ed. Factor poético)- para que le diese mi opinión sobre ella, tuve, no lo voy a negar, un sentimiento ambivalente.
Por un lado, sentí agradecimiento: dejar a alguien un libro creado con tiempo, cuidado y sensibilidad para recibir una valoración es un gesto de confianza que respeto profundamente. Por otro, también sentí cierto temor: Bernat sabe muy bien que no soy devoto de los “mundos poéticos” y que tampoco tengo demasiada inclinación al halago fácil o al compromiso vacío. Existía, por tanto, el riesgo de que mi lectura terminara en un comentario severo o en una valoración incómoda para ambos. Afortunadamente, ocurrió lo contrario. El libro fue para mí una sorpresa muy agradable.
Desde las primeras páginas me dejé llevar por los escenarios que, de manera directa, escueta y sin baboseos, iban apareciendo ante mí.
No pretendo opinar con autoridad sobre los haikus -ni sobre tantos aspectos de las artes asiáticas que me fascinan- porque su mundo estético, creativo y conceptual es, aunque lo admire, bastante ajeno a mis referencias vitales y culturales. Pero sí puedo decir algo a quienes se animen a leer este libro: me encontré ante una forma de mirar el mundo que tiene mucho de destilación elegante de la experiencia.
Los haikus de Bernat Vidal poseen, al menos para mí, tres virtudes que no son menores: limpieza, precisión y capacidad evocadora.
Limpieza, porque prescinden de cualquier exceso, están libres de barroquismos innecesarios.
Precisión, porque cada imagen parece elegida con la medida justa. No hay aspavientos verbales y, sin embargo, se abren y florecen en los mundos interiores de quien los lee.
Capacidad evocadora porque, pese a su exigente brevedad, abren espacios -amplios- en la imaginación del lector.
A lo largo del libro uno viaja lentamente por las cuatro estaciones: el frío del invierno, los brotes del verano, los vientos del otoño, las pequeñas epifanías y gozos de la primavera.
No hay retórica inflada ni metáforas que quieran deslumbrar a la fuerza.
Lo que sí hay es una mirada tranquila sobre cosas muy simples: un fuego, un pájaro, la luna, el mar, una amapola, un camino.
Y, sin embargo, esa simplicidad termina produciendo algo curioso: los poemas no se agotan en sí mismos.
El título del libro -Cuando florece el limonero- resulta muy acertado en este sentido. Porque al leer estos haikus ocurre algo parecido a lo que sucede cuando un limonero empieza a florecer y que es algo que se intuye en la intención de su autor: lo que nos muestra no es sólo la flor visible, sino todo un perfume que se expande alrededor.
En la imaginación del lector empiezan a nacer muchas más imágenes, recuerdos o emociones de las que uno habría esperado encontrar en un libro tan breve.
Eso es quizás, para mí, lo más interesante del libro: su capacidad para sugerir más de lo que dice. No sé si este libro convencerá a quienes esperan de la poesía una exhibición de virtuosismo verbal, una complejidad hermética o alardes metafóricos. Pero creo sinceramente que puede interesar a quienes disfrutan de otra cosa: de la atención a lo pequeño, del silencio entre las palabras y de esa forma discreta de belleza que aparece cuando alguien observa el mundo con calma.
Les dejo aquí algunos de los haikus que se pueden encontrar en este libro para despertar -ojalá- la sana tentación de comprarlo, leerlo y dejarse acompañar por él a lo largo de las estaciones. Porque a veces, incluso para quienes no somos especialmente amantes de la poesía, un pequeño libro puede abrir un paisaje inesperado. Y esto, modestamente, creo que lo consigue.
Me he permitido, con la ayuda de la IA, generar algunas imágenes de lo que a mí me han sugerido algunos de estos haikus.
El libro del que hablamos, lógicamente, prescinde de adornar con ilustraciones sus poemas ya que estos deben mantener abierto su poder evocador, siempre libre.
lunes, 2 de marzo de 2026
Clásicos NO populares (13): Alfred Hill (Australia, 1869-1960)
Alfred Francis Hill está considerado como una de las figuras centrales de la vida musical de Australia y Nueva Zelanda, especialmente en el tránsito del siglo XIX al XX.
Nació el 16 de diciembre de 1869 en Melbourne aunque su vida se desarrolló en
Wellington (Nueva Zelanda) debido a que su familia se trasladó allí cuando él era todavía un niño.
Esa doble pertenencia -australiana por nacimiento, neozelandesa por formación y de nuevo australiana por desarrollo profesional- marcó toda su trayectoria.
Como tantos músicos de la periferia del Imperio británico, Hill viajó a Europa para formarse.
En 1887 ingresó en el
Conservatorio de Leipzig, uno de los centros con mayor renombre del momento. Allí estudió violín, composición y teoría musical dentro de la tradición germánica
heredera de Mendelssohn y Schumann.
En Leipzig recibió una sólida formación
contrapuntística y camerística. La influencia de la escuela alemana se
mantendría siempre en su estilo: una gran claridad formal, perfecto dominio de la escritura para
cuerda, preferencia por las estructuras clásicas (cuarteto, sonata, sinfonía),
y un lirismo romántico contenido más que expansivo.
Regresó a Nueva Zelanda en 1891, convirtiéndose casi
de inmediato en una figura clave del ambiente musical de Wellington.
En la década de 1890 Hill comenzó a destacar como violinista y compositor.
Fundó y dirigió sociedades musicales, promovió la
interpretación de repertorio europeo y defendió la necesidad de una producción
propia.
Su primera obra de gran repercusión fue la cantata Hinemoa
(1896), basada en una leyenda maorí. Con ella inauguró una línea de interés por
el folclore indígena que, aunque no sistemática, sí tuvo importancia simbólica:
fue uno de los primeros compositores académicos en integrar material temático
maorí en una obra de concierto.
En 1911 Hill se trasladó a Sídney, donde su influencia fue todavía mayor.
Participó activamente en la vida musical australiana y
desempeñó cargos en el recién creado Conservatorio de Sídney. Fue profesor de
composición y teoría, formando a generaciones de músicos.
Durante las décadas de 1910 y 1920 su producción fue
intensísima: sinfonías, conciertos, música de cámara, obras corales y óperas.
No fue un modernista; permaneció fiel a un lenguaje romántico tardío, con ecos
de Brahms, Dvořák y, en menor medida, Grieg.
En un contexto en que Europa vivía la ruptura
vanguardista, Hill representaba la continuidad. Su música nunca adoptó el
radicalismo armónico del siglo XX centroeuropeo; más bien buscó consolidar una
tradición clásica en suelo austral.
Compuso más de 500 obras (según algunos catálogos),
entre ellas 13 sinfonías, 17 cuartetos de cuerda, numerosos conciertos y una
vasta producción coral.
1. Hinemoa, cantata (1896).
Obra coral basada en una leyenda maorí. Se considera una obra fundamental tanto por su valor histórico como por la temprana integración de elementos locales en un marco romántico europeo y fue uno de los primeros éxitos de Hill. Ideal para entender su dimensión “nacional”. Duración aproximada, 45 minutos.
Hinemoa: una leyenda maorí: para solis, coro y orquesta | Récord | DigitalNZ
2. Sinfonía n.º 1 en si bemol mayor
(1898), o Sinfonía Maorí.
Su primera gran obra orquestal. De factura sólida, estructura clásica en cuatro movimientos y clara influencia germánica. Muestra su dominio formal temprano. Duración aproximada, 35 minutos.
Sinfonía nº 1 (Hill) - Wikipedia
3. Sinfonía n.º 3 "Australia". en Sí menor (1951).
Una de sus obras más grabadas. Duración aproximada, 30 minutos.
Alfred Hill : Symphony No. 3 in B minor 'Australia' (1951)
4. Sinfonía n.º 5 “The Carnival”, en La menor (1955)
Más madura y expansiva. El subtítulo sugiere un carácter festivo, con ritmos vivos y brillantez orquestal. Representa su estilo tardío, seguro y luminoso. Su composición deriva de la orquestación del Cuarteto de cuerda nº 3 del mismo nombre, compuesto en 1912. Duración aproximada, 25 minutos.
Alfred Hill - Symphony No.5 "The Carnival"
"La "Sinfonía Nº 5 en la menor” (The Carnival) fue compuesta en 1955. La música proviene del "Cuarteto de cuerda Nº 3 en la menor" (The Carnival) escrito en 1912 cuando trabajaba como segundo violín del Austral Quartet. Cambia el orden de los movimientos internos situando el scherzo en segundo lugar. El primer movimiento, allegro di bravura, escrito en forma sonata, se inicia con un tema rítmico y caluroso abriendo la fiesta de carnaval. Seguidamente aparece la sección lírica. Después de un breve desarrollo la recapitulación termina con el tema lírico. El segundo movimiento, scherzo, allegro, continúa en el estilo enérgico del anterior movimiento con un tema rítmico en dos partes. La sección central correspondiente al trío es más calmada pero conservando el ritmo. Termina repitiendo en forma abreviada la primera sección. El tercer movimiento, adagio con gravita, se inicia con una amplia melodía influenciada por sus estudios en Leipzig, una música de un pasado siglo de claro carácter melódico romántico. Su desarrolla nos conduce a momentos de gran belleza expresiva. El cuarto movimiento, finale, allegro risoluto, es de carácter rítmico, poseyendo texturas variadas de carácter ligero y amable. El primer tema es enérgico y festivo, continuando con la alegría carnavalesca, contrastando con el amplio lirismo del segundo. Los temas se alternan en forma de rondó". HILL – HISTORIA DE LA SINFONIA
5. Concierto para violín en mi menor (1906. Versión definitiva, 1932.)
Como violinista, Hill escribió con conocimiento técnico del instrumento. El concierto combina lirismo cantabile con pasajes virtuosísticos de gran elegancia. Duración aproximada, entre 25 y 30 minutos.
Alfred Hill : Concerto in E minor for violin and orchestra (1932)
6. Concierto para piano en la mayor (1941).
Romántico en concepción, con un segundo movimiento
especialmente expresivo. Aquí se aprecia su afinidad con el modelo
centroeuropeo. Se trata de una orquestación en cuatro movimientos de su propia Sonata para piano en la mayor compuesta veinte años antes. Duración aproximada, 28 minutos
7. Cuarteto de cuerda n.º 1 en Si bemol
mayor (1893)
Obra juvenil pero ya sólida. Revela la huella de
Leipzig y su inclinación por el equilibrio clásico.
9. Cuarteto de cuerda n.º 5 “The Allies” en Mi bemol mayor. (1904)
Uno de sus cuartetos más conocidos. Incorpora melodías
inspiradas en el folclore maorí dentro de una estructura camerística
tradicional. Posteriormente sirvió de base para la sinfonía nº 11. Duración aproximada, 30 minutos.
String Quartet No. 5 in E-Flat Major, "the Allies": I. Allegro risoluto
String Quartet No. 5 in E-Flat Major, "the Allies": II. Intermezzo. Allegretto
jueves, 26 de febrero de 2026
Micro-desahogos (29): Interferencias (y otras formas de arruinar una conversación).
Continúo con el tema del micro-desahogo anterior.
Reconozco que, a medida que envejezco, cada vez me resulta más complicado mantener una conversación que no termine convertida en combate, consultorio o campeonato de egos. No hablo, por descontado, de grandes debates ideológicos ni de profundas discusiones metafísicas, no.
Hablo de algo mucho más sencillo y, al parecer, por lo visto, bastante más difícil: hablar sin que todo derive en penosa saturación o en un conflicto.
La polarización, como bien sabemos todos, se ha convertido en el deporte oficial de nuestra época y ya no es que se discrepe: por lo visto, se traiciona.
Cualquier asunto, por nimio que parezca, se convierte en motivo de posibles desencuentros. Basta, por ejemplo, con decir que un programa de televisión te parece necio o aburrido para que alguien lo interprete como un ataque personal. Como si el hecho de criticar a un determinado presentador fuese cuestionar la identidad profunda de quien lo consume religiosamente cada noche. Uno menciona que determinado show le resulta banal y, de pronto, ha abierto una grieta emocional. El aire se enrarece. Los interlocutores se encrespan. Se activa el protocolo defensivo. Se despliega una bandera invisible que hay que defender como si la vida nos fuera en ello... Y lo que podría haber sido un simple intercambio de opiniones se transforma en un pulso absurdo.
¡Qué quieren que les diga! Discutir porque te gusta más Broncano que Pablo Motos o el Wyoming me parece y me parecerá siempre una verdadera sandez (y no te digo ya discutir por los "líderes" politicos).
Hay conversaciones que, con la edad, por lo que observo, se
convierten en un auténtico boletín médico por su detalle y su constancia reiterante. Uno entiende la preocupación, faltaría más (la salud nos preocupa prácticamente a todos). Uno entiende la necesidad del desahogo (¡ya ven ustedes que yo hasta tengo una sección especifica para ello!). Lo que ya me cuesta más es asistir, cada vez que coincido con determinadas personas de mi quinta, a la
repetición minuciosa, pormenorizada, del mismo parte clínico, como si la amistad fuese una
consulta ilimitada y gratuita y la necesidad de contar problemas de salud una pasión irrefrenable.
Me parece que, una vez contado el problema, compartida la
angustia y expresada la empatía, lo más civilizado sería cambiar de tercio y pasar a otros temas tanto o más vitales y, probablemente, más interesantes para la mayoría de los interlocutores. Es necesario permitir que el otro también exista. Porque -aunque a veces parezca olvidarse- la amistad no es un monólogo asistido. Es un toma y daca. Un equilibrio de reciprocidad. Un
intercambio equitativo.
Cuando alguien se apodera del "micrófono" y no lo suelta, monopolizándolo... la relación empieza a resentirse. Y no por falta de cariño o simpatía, sino por exceso de protagonismo, por una cansina apropiación del espacio.
Y luego está la fascinante manía contemporánea
de convertirse en experto en cualquier cosa en tiempo récord.
Un vino, dos anécdotas y ya tenemos cátedra. Les pongo un ejemplo. Hace
poco, en una conversación sobre prostitución -tema complejo donde los haya por sus multiples implicaciones- cuatro personas que no éramos especialistas en nada acabamos pontificando sobre el tema con una
seguridad digna de un tribunal académico.
Una porque había compartido edificio con una
prostituta (parece que la dama ejercía su profesión -o se retiró después de ello- a un piso en el mismo inmueble).
Otra porque en su juventud parece que había militado en una
asamblea de mujeres y conocido algún caso.
Y yo mismo, para no quedarme en posición subalterna,
terminé elevando el tono y alardeando de alguna experiencia pasada en mis tiempos mozos. (El cuarto optó por un prudente silencio).
Tres trayectorias -muy- tangenciales convertidas en
autoridad moral y causa de pulsos vehementes.
Lo que podría haber sido un intercambio prudente de matices acabó siendo un pequeño torneo de superioridades.
Nadie sabía
realmente de qué hablaba (al menos teniendo en cuenta la complejidad del asunto). Pero todos hablábamos como si lo supiéramos y nuestra opinión fuese la única relevante, y, por descontado, no complementaria de la de los demás sino LA MEJOR. Un ejemplo penoso de conversión de la experiencia personal en argumento.
Resultado: conversación embarrada y una ligera
resaca emocional al día siguiente.
Lo que me parece más inquietante de situaciones como la descrita es que, cuanto más complejo es el
asunto, más rápidamente se tiende hoy en día a simplificarlo, a convertir la experiencia personal en única fuente de valor despreciando todo lo demás.
Decir “no lo sé” o no tengo opinión al respecto parece humillante o se vive como una minusvaloración personal. Reconocer que el tema nos desborda suena a debilidad. Y así, entre inseguridades mal digeridas, orgullos inflados y la necesidad de hablar de lo que sea -más acuciante en algunos que en otros- , levantamos trincheras en donde podría haber simplemente preguntas u opiniones diferentes aceptadas con respeto.
Al final, desde mi punto de vista y tal y como le comentaba hace unos días a una persona muy cercana, todo se reduce a una cuestión de calibración, en encontrar el punto adecuado.
Me parece que conversar es, muchas veces, como manejar una radio.
Si el volumen está al máximo,
cansa e incluso hace daño. Se soporta durante muy poco tiempo. Si la emisora repite y repite lo mismo sin cesar, acaba aburriendo y uno termina por hacer oídos sordos. Y, si no hay sintonía de ningún tipo,
solo se oye ruido y más ruido.
Y el ruido constante -ese sí- termina por
erosionarlo todo. (Y reventando al que lo soporta).
Texto: Javier Nebot.
Fotos: IA

























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