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lunes, 3 de agosto de 2026

Lugares (107): Rímini. Italia.

 Rímini: un día entre la piedra romana y la luz del Adriático

Hay ciudades que, sin la menor duda, uno visita con un objetivo muy determinado: ver una serie de monumentos o visitar algún museo en concreto, o quizás, incluso, para escuchar un determinado concierto o participar en algún evento puntual.  Otras, en cambio, aparecen en el camino casi como un pequeño paréntesis para descansar o porque están cerca de algún lugar ya visitado y a uno le pica la curiosidad de verlas. Rímini perteneció para nosotros a esta segunda categoría: Llegamos a ella, con la simple intención de "airearnos" un poco en sus playas después de haber pasado tres intensos días en Rávena explorando sus increíbles iglesias.

 Igual no hago justicia a la visita porque esta la realizamos en el ya lejano verano de 2018 y la memoria, mal que me pese, flojea. Pero, aun así, creo recordar perfectamente las cosas que más me llamaron la atención (¡hacer muchas fotos ayuda!) y que hacen de Rímini un lugar singular.

 Llegamos allí, como suele ser habitual en nuestros viajes, en tren desde Rávena, ciudad en la que, como pueden ver en los post anteriores de esta misma sección, habíamos pasado varios días dejándonos deslumbrar por el universo casi irreal de sus mosaicos bizantinos. 

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (103): Rávena. San Apolinar Nuevo

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (104): Mausoleo de Gala Placidia. Rávena.

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (105): Rávena. San Vitale. (Italia)

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (106): Rávena. Italia. San Apolinaire in Classe + Tumba de Teodorico.

Después de tanta contemplación artística nos apetecía cambiar de registro: caminar sin prisas, respirar el aire del mar y concedernos una jornada de descanso junto al Adriático. En ese sentido, Rímini nos pareció un destino sugerente.

Su fama como ciudad de playas larguísimas la conocíamos desde hacía tiempo, pero lo cierto es que, nada más salir de la estación, la primera sorpresa no tuvo nada que ver con el mar. Casi sin buscarlo nos encontramos frente al Tempio Malatestiano, el gran templo renacentista de la ciudad, conocido también como el Duomo.



Siempre agradezco la fortuna de encontrar un monumento casi vacío de visitantes (con la edad me estoy volviendo rarito y cada vez me incomodan más las masas). Personalmente, creo que hay edificios que necesitan silencio para dejarse descubrir, y aquel era uno de ellos. Pudimos recorrerlo con calma, observando detalles que probablemente habrían pasado inadvertidos entre grupos numerosos.

El edificio es uno de los grandes testimonios del Renacimiento italiano. 

Templo Malatestiano - Italia.it

San Francesco de Rímini. El Templo Malatestiano de Segismundo Malatesta

Sigismondo Pandolfo Malatesta quiso convertir la antigua iglesia franciscana en un monumento que inmortalizara el prestigio de su familia y para ello recurrió nada menos que a Leon Battista Alberti, uno de los grandes arquitectos y humanistas del Quattrocento. El resultado fue un templo singular, casi a medio camino entre la iglesia cristiana y el ideal clásico que comenzaba a recuperar la Italia renacentista.

El interior guarda auténticas sorpresas. Nos detuvimos especialmente en algunas de sus capillas laterales, donde la escultura adquiere un protagonismo extraordinario. Recuerdo con especial nitidez una de ellas en la que dos magníficos elefantes sirven de soporte a las columnas. Son piezas de una elegancia inesperada y, al mismo tiempo, profundamente simbólicas, pues el elefante era uno de los emblemas de la familia Malatesta. Contemplándolos resulta fácil imaginar el refinamiento intelectual que debió de alcanzar aquella corte, capaz de reunir a artistas, arquitectos y hombres de cultura en una época especialmente brillante de la historia italiana.







Después abandonamos el templo para recorrer sin rumbo fijo el casco antiguo. Es una ciudad que todavía conserva rincones donde resulta sencillo olvidar el bullicio turístico y dejarse llevar por calles tranquilas, pequeñas plazas y fachadas que parecen guardar el recuerdo de siglos muy distintos. Esa mezcla de vida cotidiana y patrimonio histórico siempre me resulta tranquilizadora, especialmente si la comparamos con "fórmulas" más agresivas -cada vez más comunes- en las que los núcleos antiguos de las ciudades se desnaturalizan y se convierten en penosos parques temáticos en los que no sobrevive en ellos ni una pizca de vida propia (como, de hecho, poco a poco va pasando en el Casco Antiguo de Bilbao, ciudad en la que vivo, por poner un ejemplo penoso y cercano).



Nuestro siguiente destino era uno de los grandes símbolos de Rímini: el puente de Tiberio. 

Pocas obras de ingeniería producen una impresión semejante. Comenzado bajo Augusto y concluido durante el reinado del emperador Tiberio, lleva cerca de dos mil años permitiendo el paso de viajeros, comerciantes y vecinos de la ciudad. Resulta difícil contemplarlo sin experimentar una cierta admiración. No deja de sorprender que una construcción romana siga cumpliendo hoy la misma función para la que fue concebida hace veinte siglos, soportando el paso del tiempo con una dignidad que muchas obras modernas difícilmente igualan.



Al cruzarlo apareció ante nosotros otra imagen distinta de la ciudad. El río estaba salpicado de pequeños puertos deportivos, los mástiles de las embarcaciones dibujaban líneas sobre el cielo y, al fondo, el faro anunciaba ya la proximidad del Adriático.

A partir de ese punto Rímini cambia de personalidad. El casco histórico va dejando paso poco a poco a la ciudad de vacaciones, esa que millones de italianos y visitantes extranjeros identifican inmediatamente con el verano, aunque entre calles a veces -claro- se vean claras muestras de vida "italiana".





Debo reconocer que esa parte me resultó bastante más convencional, incluso estereotipada en algunos aspectos, con largas hileras de establecimientos, playas perfectamente organizadas y todos los servicios propios de cualquier gran destino turístico (al final siempre hay un efecto contagio que hace que lugares muy lejanos acaben pareciéndose).

Sin embargo, bueno, reconozco que las playas de Rímini tienen cierto encanto.

Quizá sea porque el mar siempre termina imponiéndose a cualquier artificio si uno mira al horizonte o se deja llevar y escucha el rumor de las olas aunque, en seguida vendrá algún niño feliz y juguetón a sacarle de ensimismamientos (¡es verano!).

Qué ver en RIMINI?🇮🇹No todo es playa y fiesta🏖️🎉

Era pleno verano y el ambiente reflejaba perfectamente esa alegría despreocupada de las vacaciones. Familias enteras disfrutaban de la arena, los chiringuitos rebosaban actividad y una elegante noria dominaba el paseo marítimo aportando un inesperado aire norteamericano al paisaje. Confieso que aquella imagen me sorprendió y me pareció uno de los elementos más digamos pintorescos de toda la zona costera.

No permanecimos allí demasiado tiempo. 

Nuestro propósito no era otro que descansar unas horas, pasear junto al Adriático y dejar que la ciudad nos mostrara sus dos rostros: el de la antigua Ariminum romana y el de una de las capitales estivales de Italia.






TEXTO Y FOTOS: JAVIER NEBOT

lunes, 6 de julio de 2026

Lugares (106): Rávena. Italia. San Apolinaire in Classe + Tumba de Teodorico.


Después de recorrer durante tres días el extraordinario patrimonio monumental de Rávena, todavía nos quedaba pendiente una visita esencial. 
Tomamos un autobús urbano que en apenas unos quince minutos (está a unos ocho kilómetros de Rávena) nos alejó del bullicio de la ciudad para conducirnos hasta Sant'Apollinare in Classe, una hermosa iglesia levantada junto a lo que fue el antiguo puerto romano de Classe, hoy desaparecido varios kilómetros tierra adentro por el avance de los sedimentos. 
Realmente, resulta curioso imaginar que hace quince siglos, en donde hoy se extienden praderas y campos, atracaban antaño las naves del Imperio.


La basílica -declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996- fue consagrada en el año 549 por el obispo Maximiano, en un momento en que Rávena volvía a formar parte del Imperio Bizantino tras la reconquista de Justiniano. 
Su arquitectura sorprende por la elegante sencillez de sus proporciones y por una sobriedad estilística que prepara al visitante para el verdadero espectáculo que aguarda en el ábside (como ha sucedido de hecho, también, en otros monumentos visitados anteriormente).



A diferencia de San Vitale, en donde los mosaicos -como ya tuvimos oportunidad de ver en una entrada anterior-  impresionan por su refinamiento cortesano y la presencia majestuosa del emperador Justiniano, su esposa Teodora y sus respetivas cortes, aquí todo parece adquirir un tono mucho más contemplativo y sencillo. 



El inmenso mosaico absidal constituye una auténtica síntesis de la espiritualidad cristiana de los primeros siglos. 
En un paisaje de intenso color verde, poblado de árboles, flores y ovejas, se alza la figura de san Apolinar con los brazos abiertos en actitud de oración. Sobre él aparece una gran cruz enjoyada inscrita en un cielo azul sembrado de estrellas, evocando simultáneamente la Crucifixión y la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor


No se trata de una representación narrativa, sino profundamente simbólica. 
Los doce corderos recuerdan a los apóstoles, mientras que la exuberancia de la naturaleza habla del Paraíso prometido y de la renovación espiritual. 
Es un arte que no pretende reproducir la realidad visible, sino sugerir una realidad trascendente. Esa es quizá la razón por la que, después de casi mil quinientos años, el conjunto sigue transmitiendo una extraordinaria sensación de paz.




La luz que penetra por las ventanas del ábside hace vibrar las teselas doradas y verdes con una intensidad realmente difícil de describir. Uno comprende entonces que estos edificios fueron concebidos, haciendo gala de un tale to sorprendente, para emocionar tanto como para enseñar. Los mosaicos eran, en cierto modo, una Biblia hecha de piedra, vidrio y luz para una sociedad en la que muy pocos sabían leer.
Desde luego, como todos los monumentos ya vistos en esta sorprendente ciudad, si puede no deje de visitarlo.














Tras abandonar la basílica regresamos hacia Rávena para visitar otro monumento muy distinto: el Mausoleo de Teodorico. 
El contraste no podía ser mayor. Frente a la delicadeza cromática y la espiritualidad de Sant'Apollinare, el sepulcro del gran rey ostrogodo impresiona por su rotunda simplicidad.



Construido hacia el año 520, cuando Teodorico aún gobernaba Italia, el edificio está realizado íntegramente con grandes bloques de piedra de Istria. 
Su elemento más sorprendente sigue siendo la gigantesca cubierta monolítica, un bloque circular de unas trescientas toneladas que constituye una auténtica proeza de la ingeniería de la Antigüedad tardía. Todavía hoy los especialistas debaten el sistema utilizado para elevar semejante pieza hasta lo alto del edificio.



Teodorico había conseguido mantener durante décadas un delicado equilibrio entre la tradición romana y el mundo germánico, preservando la administración, las obras públicas y buena parte de la cultura clásica. 
Sin embargo, tras su muerte, el reino ostrogodo desapareció en pocas décadas bajo el empuje de la reconquista bizantina. Su mausoleo quedó como el silencioso testimonio de un proyecto político que no sobrevivió a su fundador.




Sarcófago en pórfido rojo.


Mientras regresábamos al centro de Rávena pensaba que muy pocas ciudades condensan de forma tan intensa algunos de los grandes cambios de la historia europea. En poco más de una mañana habíamos pasado del esplendor espiritual del arte bizantino al severo recuerdo del último gran rey bárbaro de Italia. Dos monumentos muy diferentes que, contemplados uno después del otro, ayudan a comprender mejor el complejo tránsito entre el mundo romano y la Europa medieval.


Para finalizar la jornada, optamos un poco de sol y mar en la cercana playa del Lido.





Playa Lido de Rávena. Foto Javier Nebot

Ya de nuevo en Rávena, un atardecer digno de foto.


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Texto y fotos: Javier Nebot.