jueves, 29 de enero de 2026

Manifiesto intelectual.

 Manifiesto intelectual. 

1. Posición inicial.

Decido escribir este manifiesto como guía personal. Una meditada brújula con la que encauzar mis indagaciones culturales y mis intereses artísticos. 

No investigo por acumulación, ni por deseos de erudición vacía, ni mucho menos por fidelidad a un canon heredado de otros.

Investigo por un profundo deseo de comprender cómo los seres humanos han buscado sentido en momentos de crisis, transformación y pérdida. Mis campos de trabajo están guiados no solo por mis intereses históricos, sociales o estéticos, sino por un profundo anhelo existencial.

A propósito me sitúo en los márgenes de los relatos dominantes (que a veces me producen un gran rechazo por su parcialidad y ceguera), pero no lo hago por un afán de querer ser original o heterodoxo: lo hago porque creo que, en incontables ocasiones, solo en los márgenes se conservan las continuidades humanas que los discursos de ruptura radical suelen despreciar.

2. Sobre la Modernidad.

Rechazo una vision simplificada de la modernidad como progreso lineal o como destrucción necesaria del pasado. No creo en absoluto en adanismos y, mucho menos, en reescrituras interesadas de la historia. Entiendo la modernidad europea como un territorio de enormes tensiones en donde conviven:

-Ruptura y fidelidad.  -Vanguardia y continuidad. -Fe residual y espiritualidad heterodoxa. -Esperanza técnica y melancolía histórica. 

Me interesan de forma muy especial aquellos creadores que no gritan, aunque a veces puedan escandalizar en su época (y esto sea dicho a pesar de que haya "escandalizadores" profesionales que realmente, me fascinan). 

Admiro a aquellos personajes que son capaces de sostener una respuesta ética, estética o espiritual propia (auténtica) frente a un mundo que se desmorona.

3. Sobre el arte y la cultura.

El arte no es, para mi, un simple catálogo de estilos o una sucesiva colección de "ismos": Es una forma de pensamiento encarnado; una muy seductora -y muchas veces hipnótica- manera de pensar, sentir y trascender la realidad.

Creo que la pintura, la música, la literatura y el pensamiento, -también el cine, claro- pueden  estudiarse como respuestas simultáneas a las mismas preguntas:

- ¿Qué hacer con el tiempo?.  -¿ Cómo vivir en el momento que nos toca, sin anclarse en el pasado y sin desarraigarse del presente?.  -¿Cómo habitar la memoria?.  -¿Cómo vivir después la perdida, sin dejarse arrastrar por la melancolía o el inmovilismo?.  -¿Qué queda del ser humano tras la guerra, el exilio, la persecución ideológica o la particular e indeleble fractura interior?

No quiero -ni puedo, realmente- jerarquizar las obras por su posible impacto histórico inmediato, sino por la densidad humana que soy capaz de ver o intuir en ellas.

-4. Sobre las figuras olvidadas.

Reivindico el estudio de autores y artistas marginales o secundarios (hombres y mujeres), no como mera curiosidad sobre la veleidad de la memoria socio-histórica, sino como una verdadera necesidad epistemológica. En ellos se conservan, en muchas ocasiones:

-Formas de continuidad ética;  -Resistencias silenciosas y, a veces, reprimidas.  -Alternativas no triunfantes (pero dignas de tenerse en cuenta) a la narrativa imperante del progreso perpetuo.

En mis indagaciones y trabajos busco, de alguna manera, restituir y reivindicar la complejidad, no reescribir héroes o resucitar fantasmas.

-5. Sobre la espiritualidad.

La espiritualidad que me interesa en este momento de mi vida no es dogmática ni institucional.

Estoy en un proceso de búsqueda, a veces fragmentaria, a veces -incluso- contradictoria, que atraviesa muchas fuentes diferentes, tradiciones antagónicas y vivencias personales determinantes.

No busco "pureza" moral ni la coherencia perfecta (a fin de cuentas humanos somos). De hecho acepto la ambigüedad como parte constitutiva de la experiencia humana, sin que por ello acepte un relativismo constante, utilitarista y simplón abocado a la tergiversación y a la deconstrucción estúpida y sin sentido.

-6. Método personal.

Mi método  de trabajo (por llamarlo de alguna manera) se basa en cinco principios o aspiraciones principales:

-Integración: Cada figura que despierta mi interés debe encajar en un marco más amplio.

-Archivo vivo: Una lectura o indagación no puede cerrarse a una única perspectiva. Mirar desde  diversos ángulos puede contribuir a acercarse a una visión mas certera o ajustada.

-Ejes transversales antes que cronologías rígidas.

-Lectura lenta, sosegada y lo más variada posible.

-Síntesis propia, personal, como parte necesaria y como horizonte que sostiene mis pretensiones intelectuales.

De hecho no trabajo ni indago para concluir rápido y "alimentar" mis blogs o saciar mis curiosidades, lo hago para encontrar y sedimentar sentido.

-7.  Ética del trabajo intelectual.

Escribo este manifiesto como recordatorio y como compromiso en un intento personal de:

-No reducir la complejidad para hacerla más manejable (salvo, quizás, algunas excepciones divulgativas en los blogs); 

-No confundir novedad con profundidad; 

-No sacrificar la dimension humana en favor del sistema o la ideología;

-Escribir solo sobre aquello que, honestamente, crea que podría defender en el tiempo (el conocimiento que busco no tiene nada que ver con el espectáculo).

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En cualquier caso, este manifiesto NO es definitivo.

Es un punto de apoyo.

Lo revisaré, ampliaré o matizaré con el paso del tiempo aunque nace con la vocación de no ser olvidado.

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lunes, 26 de enero de 2026

Personalidades (010): Sam Hill (USA, 1875-1931).

 Samuel Hill fue una de esas figuras norteamericanas sorprendentes, potentes...y difíciles de encasillar: empresario, visionario cívico, excéntrico ilustrado y constructor de monumentos improbables (como la preproducción en los Estados Unidos de Stonehenge, que es lo que me llamó la atención sobre él). 

 Nació el 13 de mayo de 1857 y falleció el 26 de febrero de 1931. 

Su vida se desarrolló pues en ese vertiginoso tránsito de Estados Unidos desde el capitalismo expansivo del Gilded Age hasta una modernidad que empezaba a preguntarse por la memoria, la historia y el sentido simbólico del progreso. 

 Hill, hombre sumamente rico y poderoso, no fue simplemente el típico millonario americano con aficiones extravagantes. Fue, más bien, un ejemplo temprano de algo que luego se volvería frecuente entre las clases altas: Hizo todo lo que pudo por dotar al éxito económico de una dimensión cultural, casi moral, a través de la arquitectura, el paisaje y el monumento.


Sam Hill nació en Minneapolis, en el seno de una familia acomodada. 
Su padre, James J. Hill, fue uno de los grandes magnates ferroviarios de Estados Unidos, conocido como The Empire Builder. Personajes como él inspiraron series como "La edad dorada"



Desde joven, Sam creció en un entorno donde infraestructura, poder económico y visión territorial eran conceptos cotidianos. Se formó como abogado en la Universidad de Harvard, aunque pronto quedó claro que el ejercicio jurídico convencional no iba a contener su temperamento. Más que el derecho en sí, le interesaba la organización del espacio, la circulación —de personas, mercancías, ideas— y la transformación del territorio. 

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Hill se convirtió en un activo promotor de infraestructuras en el noroeste de Estados Unidos, especialmente en el estado de Washington. Fue uno de los grandes defensores de las “good roads”, convencido de que las carreteras modernas eran tan decisivas para la democracia y el comercio como lo habían sido los ferrocarriles.  
Financió carreteras experimentales, organizó congresos internacionales de vialidad y promovió el uso de nuevos materiales. 


Su proyecto más ambicioso fue Maryhill, una ciudad planificada a orillas del río Columbia, en el estado de Washington. 
Imaginada como un enclave cultural, agrícola e industrial, Maryhill debía ser una utopía moderna: ordenada, ilustrada, abierta al mundo. El proyecto urbano nunca se realizó plenamente, pero dejó dos herencias duraderas: 
El Maryhill Museum of Art, instalado en lo que iba a ser su mansión. 





Y, sobre todo, un monumento tan desconcertante como inolvidable: Stonehenge.


Entre 1918 y 1929, Sam Hill impulsó la construcción de una recreación a escala real de Stonehenge, situada sobre un promontorio que domina el desfiladero del río Columbia. 
No se trata de una réplica arqueológica exacta, sino de una reinterpretación en hormigón, deliberadamente moderna y duradera. El monumento tenía un propósito claro y profundamente simbólico: servir como memorial a los soldados del condado de Klickitat muertos en la Primera Guerra Mundial. 


Hill NO erige una estatua heroica. 

 No recurre a símbolos nacionales explícitos. Elige, en cambio, un monumento prehistórico europeo, anterior a las naciones, a los estados y a la guerra moderna. Stonehenge funciona así como anti-monumento moderno: 
arcaico, 
silencioso, 
 ajeno al relato del progreso, 
 y, precisamente por eso, cargado de gravedad moral. 
 Hill veía en Stonehenge un símbolo de continuidad humana, de memoria colectiva más allá de fronteras e ideologías.  Hay que reconocerle que, en plena era de industrialización, supo ir más allá y eligió el anacronismo como gesto ético.


La elección del hormigón no es casual
Stonehenge en Maryhill no es una fantasía romántica, sino una traducción moderna de una forma arcaica. Hill no intenta regresar al pasado, sino injertarlo en el presente, obligando al espectador a enfrentarse a una pregunta incómoda: 
 ¿Qué queda de la civilización cuando la técnica ha superado a la memoria
 En este sentido, su Stonehenge encaja con una modernidad crítica, no triunfalista. Es progreso material sin ilusión espiritual, compensado por el gesto monumental.


Sam Hill murió en 1931, sin ver cumplida su visión completa de Maryhill. 

Sin embargo, su legado persiste:
 -Como promotor de infraestructuras modernas. 
-Como mecenas cultural. 
 -Y como constructor de sentido en una América que rara vez se detenía a mirar hacia atrás. 
 Hoy, su Stonehenge sigue desconcertando: no pertenece del todo a Estados Unidos, no pertenece a Europa, no pertenece al pasado ni al presente. Y precisamente por eso sigue funcionando. 


Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.

viernes, 23 de enero de 2026

Opinión personal (112). Suicidas (1º de 4).

 Sobre el suicidio se ha escrito mucho desde tiempos inmemoriales. 

Se trata, desde luego, de un asunto muy complejo, casi siempre profundamente doloroso y que, en la inmensa mayoría de los casos, destila una penetrante bruma de desolación y fracaso.

La gran mayoría de los suicidios (de hecho una abrumadora mayoría) quedan en el silencio y el desconocimiento general. Se ofrece en ocasiones una fría cifra estadística (en España se calculan alrededor de 4000, si cuatro mil, suicidios al año) pero, al contrario que en otros asuntos igual de sangrantes, aquí enseguida se echan capas y capas de silencio y oscuridad que reducen la visibilidad de las tragedias que hay detrás de los mismos y que hacen que queden restringidos a un circulo estrictamente íntimo de allegados del suicida. 

No se analizan las causas y, por lo que parece, los posibles planes de prevención siempre quedan en poco más que buenas palabras y en gestos que no parecen ser muy efectivos para atajar semejante drama.

No pasa eso, en general, cuando se trata de alguna celebridad, a pesar de la prudencia de estos últimos tiempos: el suicidio, en estos casos, tiene una aureola trágica que, de alguna forma, fascina tanto como lo hacen según qué precipicios y tarde o temprano salen a la luz. 

De mis lecturas juveniles recuerdo el impacto que me produjo saber que Stefan Zweig, un escritor al que lei mucho porque sus libros estaban en casa de mis padres cuando era crio, se suicidó. Lo admiraba y lo sigo admirando y su muerte voluntaria llamó mucho mi atención, sobre todo por lo que tuvo que vivir y sufrir este señor para acabar decidiendo que no merecía la pena continuar vivo.




Posteriormente, profundizando en las biografías de escritores y artistas que me interesaban, me asombró ver la gran cantidad de ellos (y de ellas) que se suicidaron por muy diferentes motivos. Aunque, evaluando las cifras, no se puede hablar de una epidemia suicida, si que me llama la atención el que no sean tampoco lo que podríamos llamar "casos aislados": Muchas personas extraordinariamente valiosas optaron por acabar sus días de esta manera y, claro, por motivaciones muy diferentes y en contextos de lo más diversos.

Del mundo clásico resuenan Moldavia muchos suicidios:

-Sócrates (Atenas, 399 a. C.): Condenado por la polis, aceptó beber cicuta. No se trató de un suicidio precisamente “voluntario” en el sentido moderno, pero si fue asumido por él conscientemente como un acto filosófico y cívico.

-Catón el Joven (Útica, 46 a. C.): Se dio muerte tras la victoria de César. Se trata de un ejemplo prototípico, canónico, del suicidio estoico como afirmación de libertad moral frente al poder.

 -Petronio Arbiter (66 d.C.) y Séneca (65 d.C.), no encuentran una solución más digna para liberarse de un mundo romano, que en determinados círculos era terriblemente vano, caprichoso y ridículo, que optar por el suicidio.  

Séneca, obligado por Nerón, se cortó las venas con una serenidad ritual, convirtiendo su muerte en un discurso ético.

 Petronio, el árbitro de la elegancia, se suicidó como un gesto de placer y burla hacia el emperador. En la novela Quo vadis? (1896), de Henryk Sienkiewicz, aparece Petronio Arbiter como el refinado arbiter elegantiae de la corte de Nerón. Su final, un suicidio estoico, elegante y deliberadamente escenificado, ocupa uno de los episodios más memorables del libro: Petronio se abre las venas, conversa, escucha música y dicta una carta sarcástica dirigida al emperador, convirtiendo su muerte en un último gesto de libertad y estilo. Algo así, evidentemente, no podía ser desaprovechado por el cine.

Los mejores momentos de Nerón y Petronio

Carta de Petronio a Neron en Quo Vadis


-Cleopatra VII (Alejandría, 30 a. C.), un personaje realmente sugestivo y emblemático, se quitó la vida (mordedura de un áspid o veneno) tras la derrota frente a Octavio. Una obvia y muy compresible incapacidad para asumir resultados adversos.

Su amor de aquel momento, Marco Antonio, también optó por la salida digna apuñalándose ( o dejándose caer sobre su espada), antes de ser capturado y exhibido en Roma como parte del Triunfo de Augusto. En la tradición literaria su suicidio, teatral y soberano, ha sido cargado de simbolismo político (no dejaba de ser el fin de su mundo) y ha tenido numerosas relecturas. En el arte, el personaje y su muerte han suscitado infinidad de obras que han subyugado la imaginación de miles de personas.

La muerte de cleopatra. Jean André Rixens. 1874. Museo de los agustinos. Toulouse.






En épocas mas recientes hubo muchas habladurías sobre el obligado suicido de Tchaikovski, por poner un ejemplo notorio y, cambiando de tercio, infinidad de artículos se escribieron sobre la muerte de Hitler, quien, sin atisbos de ningún arrepentimiento por todo el horror y destrucción que había producido, se voló la cabeza de un tiro junto con su amante y toda la familia Goebbels, en su bunker antes de ser apresado por los ganadores de la guerra.

Pero mi intención con los siguientes artículos no es tanto realizar un estudio pormenorizado de suicidas históricos (por muy sugerente y tentador que sea el tema). 

Lo que pretendo hacer en las próximas entradas es, mas que un análisis histórico, una crónica de una serie de  personajes que me interesaron mucho en un momento u otro de mis pesquisas culturales y que optaron por morir de forma tan intempestiva. Algunos con gran sorpresa por mi parte al indagar sobre su vida porque desconocía totalmente la forma en la que murieron, otros porque, aun sabiendo su trágico fin, siempre ejercieron sobre mi una gran fascinación.

-continuará-

Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.

lunes, 19 de enero de 2026

Micro-desahogos (27): Arte, "visibilidad" e intereses ideológicos.

 Desde que tengo memoria siempre me ha interesado, de una manera u otra, el arte y todo lo relacionado con él. 

Siendo yo muy pequeño mis padres ya procuraban imbuirme el gusto por la pintura, el interés por la música o la pasión por la historia. Cada seis de enero, los "Reyes" eran, en muchas ocasiones, muy tendenciosos y beligerantes en este sentido (¡cosa que agradezco a años vista!). 

A medida que iba creciendo, encontré en esas incipientes aficiones, junto con el cine y la televisión (a través de la cual me vi mogollón de cine clásico y series hoy muy "vintage" pero tan emblemáticas como Star Trek, por poner solo un ejemplo), un buen refugio para mis entretenimientos e imaginaciones.


Me creé, por así decirlo, una especie de "vat-cueva" personal en la que disfrutaba de todo aquello que me gustaba sin intromisiones de ningún tipo (al ser el único hijo varón tuve la suerte de tener siempre "una habitación propia").
Se mezcló allí mi fascinación por las cosas bellas, el entretenimiento -intenso- que me producía leer historias reales o ficticias y, también, mi particular sensibilidad para "evadirme" con todo ello y soñar mundos que, desde luego y como pasa lógicamente con la gran mayoría de los niños, estaban bastante lejos de la realidad cotidiana, pero que alimentaban mi deseo de conocer y aprender.

Todas esas aficiones, afortunadamente, han perdurado con el tiempo y son, hoy, una parte muy importante de mi forma de vivir, entender y valorar el mundo.


Muy probablemente, por todos los motivos antes mencionados, mantengo, ya con una edad provecta, este blog en el que estoy escribiendo estas líneas de reflexión y otros dedicados a la difusión artística: es una forma más actual (aunque empiece a quedar desfasada por los avances tan rápidos que se están produciendo)  y asequible de crear mi particular "Gabinete de curiosidades", mis "Galerías" personales y mis reflexiones escritas (1).

Desde luego, para mantener y desarrollar ("cultivar" se decía antaño) estos intereses, he leído -mucho-, estudiado -bastante-, escuchado -a tope- y viajado -lo máximo que he podido permitirme-, porque si no, como todo lo que no se cuida, surge el cansancio, la herrumbre  en forma de pereza o desinterés y, finalmente, el abandono.

Parte de ese estudio, de ese afán de saber, ha implicado asistir a muchos cursos de extensión universitaria (algo, en general, recomendable) (2). 

En algunos de ellos he aprendido mucho, ciertamente; en otros he recordado aspectos y conocimientos que estaba olvidando y en otros, que se le va a hacer, he bostezado de puro aburrimiento
Y el aburrimiento, en mi caso, se ha producido tanto por lo general y básico de lo expuesto en ocasiones (el nivel universitario debería superar según qué mínimos para considerarse tal), como por los intentos de exponer la Historia del Arte, o la Historia en general, o el asunto a tratar, desde prismas ideológicos muy concretos y a veces, desde mi punto de vista, excesivamente miopes y muy intencionadamente dirigistas.

Uno, ingenuo, siempre ha pensado que el ámbito universitario, mucho más que el escolar por su propia idiosincrasia, es el espacio de la amplitud de miras, del cuestionamiento poliédrico, de la reflexión sin cortapisas...pero no, muchas veces no es así.

Responsabilidad, en parte, mía, claro, por asistir a estos cursos esperando un tipo de clases que al ser dirigidas a un público amplio y muy variopinto, no pueden plantearse siempre, por lo que se ve y salvo maravillosas excepciones, en los parámetros de indagación intelectual que he mencionado en el párrafo anterior. 

En cualquier caso, y al menos hasta hace muy poco, inasequible al desaliento, no pierdo la esperanza y sigo tanteando espacios y ámbitos, desando encontrar algún sitio en donde sus enseñanzas estén libres de clichés o de ideologizaciones extremas y anhelen un debate amplio, sin cortapisas ni castraciones mentales. 

Para eso seguiré indagando, pero por ahora, en este momento y en la experiencia concreta de las últimas clases a las que he asistido, el panorama es -insisto, siempre desde mi particular punto de vista- bastante desolador.

Y quiero "desahogarme" aquí sobre el por qué de ello (que para eso es esta sección).

Hace unos meses terminé un curso sobre "Mujeres en el arte" y ahora acabo de terminar otro sobre "Mujeres en el cine, una perspectiva feminista". 

Ambos me han puesto algo nervioso, alterado, no tanto por el tema tratado que a priori, como bien saben los que tienen la amabilidad de seguir  mis secciones de pintura de este blog o en el de "Desde el Renacimiento hasta nuestros días", me interesa mucho (3).   Ha sido más bien la perspectiva sesgada, parcial y constantemente victimista, la que me ha producido cierto malestar e irritación. 

Las profesoras de ambas asignaturas, ambas preparadas sin duda en muchos aspectos, optaron en sus clases por hacer una exposición desde la carencia, más que desde la realidad de muchas de las mujeres referenciadas en estos cursos y han expuesto, siempre desde mi punto de vista, una visión histórica lastrada por la visión de un feminismo bastante reduccionista. 

Personalmente, estoy seguro de que otra mirada es posible porque, a pesar de las posibles trabas sociales y de las dificultades estructurales existentes en otras épocas, muchas mujeres destacaron extraordinariamente en su época por méritos propios.

Ejemplos de "triunfos" femeninos hay muchos a pesar de las posibles circunstancias adversas: Sofonisba Anguissola (1532-1625), pintora de éxito en la corte de Felipe II; Artemisia Gentileschi (1593-1653), admitida con honores en la Accademia di Arte del Disegno de Florencia; Judith Leyster (1609-1660) primera mujer en ser admitida en el Gremio de San Lucas de Haarlem y que dirigió su propio taller con aprendices masculinos; Angelica Kauffman (1741-1807), una verdadera superestrella en su momento y que fue miembro fundador de la Royal Academy of Arts; Élizabeth Vigée Le Brun, retratista oficial de la reina María Antonieta y miembro de la Real Academia de Pintura y escultura de Francia...etc, etc. Y estos no son, desde luego, casos excepcionales o aislados, sino ejemplos de trayectorias reales y posibles dentro de contextos históricos concretos.

Guste o no a determinadas ideologías de hoy en día, la realidad, siempre ha sido y es compleja y muy diversa en los diferentes contextos. No fue, por descontado, ni tan unilateral ni mucho menos tan simple como algunas veces nos la cuentan y está lejos de ser un cómic de malos, muy malos y buenas, muy buenas. 

En cualquier caso, no quiero negar aquí que la  llamada "super-estructura" social que se impone muchas veces de forma sutil y poderosa a todos los individuos, hombres y mujeres, marcó y marca papeles, comportamientos, posibilidades...e imposibilidades. Aunque reconocerla no implica reducir o trastocar la realidad.

Todas las civilizaciones se han construido como respuesta a realidades diferentes y en contextos sociales, geográficos, anímicos y espirituales muy distintos. Todas han creado marcos de supervivencia y desarrollo que hoy pueden no gustar pero que fueron como fueron y es mejor saberlo y tenerlo en cuenta que hacer borrón y cuenta nueva o verter una mirada resentida y torpe hacia el pasado.

Releer todo el pasado con los prismas u "orejeras" vitales de los que hoy disponemos porque la historia ha evolucionado en un sentido concreto -en muchos aspectos, afortunadamente-, parece ciego y sobre todo "barato" (por no decir pueril), ya que se elude el necesario esfuerzo de comprensión y empatía

Se pasa del situacionismo lógico y necesario al adanismo absoluto y falso.

Mi crítica NO va, desde luego, dirigida a la recuperación de las figuras femeninas del cine y del arte, algunas de ellas de extraordinaria valía, sino al marco interpretativo único y lamentablemente estrecho desde el que se hace. 

Creo que cultivar el lamento constante por lo que pudo haber sido y no fue, por aquellas personas -hombres y mujeres-  que fueron ninguneadas por la memoria histórica y por las realidades de su momento, parece, aparte de aburrido, contraproducente ya que produce una reacción visceral de hastío, hartazgo y bostezo.

Ese -a veces ridículo- afán de visibilidad que hoy, en esta época de rampante narcisismo, parece tener todo el mundo y todo colectivo que se precie y que se alza sobre valores muy cuestionables, era absolutamente impensable en épocas no muy lejanas porque primaban otro tipo de anhelos, intereses y preocupaciones. 
Aplicarlo al pasado es un error y una distorsión.

Para mí, lo reconozco, ha sido una gran decepción escuchar en clases tesis, no muy argumentadas, en favor de interesados sesgos ideológicos, con cierta pretensión de reinventar la historia, de no de querer comprenderla o aprender de ella. Eso resulta, a estas alturas, algo pesado y, también, algo triste porque en vez de buscar ampliar la mirada se produce un severo empobrecimiento cognitivo.

Resumiendo:
El problema de fondo de esas clases (y de otras similares en el ámbito actual universitario) no es, evidentemente, la legítima y necesaria recuperación de figuras femeninas olvidadas ni el reconocimiento de las limitaciones estructurales que condicionaron sus trayectorias, sino la imposición de un marco interpretativo único que sustituye la comprensión histórica por un relato moral prefabricado (y asfixiante).

Leer el pasado desde las categorías emocionales, políticas del presente —exigiendo visibilidad, reparación simbólica o conciencia de género allí donde no podían existir como horizonte mental— no amplía el conocimiento, sino que lo empobrece. 

La historia, el arte y el cine pierden así su complejidad humana para convertirse en un repertorio de agravios retrospectivos, tan tranquilizador ideológicamente como intelectualmente estéril. 
Y cuando este empobrecimiento se presenta, además, como dogma incuestionable en el ámbito universitario, el problema deja de ser una cuestión de sensibilidad y pasa a ser una renuncia preocupante a la verdadera tarea del pensamiento: comprender antes que juzgar.

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Notas.




Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
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jueves, 15 de enero de 2026

Clásicos NO populares (12): Sergei E. Bortkiewicz (1877-1952).

Sergei Eduardovich Bortkiewicz es una de las figuras más singulares y -como la gran mayoría de los músicos referenciados en esta sección- olvidadas injustamente durante décadas de la música europea de la primera mitad del siglo XX. 

Clásicos NO populares (12): Sergei Bortkiewicz (1877-1952).

Su vida estuvo tristemente determinada por el exilio, la ruina, la guerra y la nostalgia, y su obra por una fidelidad obstinada al romanticismo tardío en un siglo que avanzaba, casi con violencia, hacia otros lenguajes mucho más vanguardistas y, por lo tanto, rompedores con las pautas románticas. 

Lejos de ser un epígono menor, Bortkiewicz representa una corriente subterránea de continuidad lírica, comparable -en espíritu, aunque no necesariamente en estilo- a figuras como Medtner o, más tarde, Finzi (a quien ya vimos en la entrada anterior de esta sección) : compositores para quienes la música seguía siendo un lugar de memoria, identidad y refugio moral.

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Clásicos NO populares (11): Gerald Raphael Finzi (1901-1956).


Piano Concerto No. 1, Op. 16 (Shadrina, Sukach)

Bortkiewicz nació en 1877 en Járkov, ciudad hoy tristemente famosa por la guerra que la asola y que en aquella época era parte del Imperio ruso (hoy Ucrania). Tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia acomodada de terratenientes. Claro que este origen marcaría profunda y negativamente su destino: la Revolución rusa, tiempo después, eliminó de forma radical el sistema vigente y supondría la pérdida de la propiedad familiar. Esa circunstancia generó una herida material y simbólica en él que nunca se cerraría del todo. 


Desde muy joven mostró un talento musical notable, especialmente para el piano, instrumento que sería el centro de su lenguaje creativo.

Tras una formación inicial en su ciudad natal, ingresó en el Conservatorio de San Petersburgo, donde estudió piano con Karl van Ark y composición con Anatoly Lyadov

A diferencia de otros alumnos fascinados por las nuevas corrientes, Bortkiewicz absorbió sobre todo la tradición romántica alemana y rusa, con especial devoción por Chopin, Liszt, Schumann y Tchaikovsky. Más tarde completó estudios en Leipzig, reforzando su vínculo con la gran herencia germánica.

En los años previos a la Primera Guerra Mundial, Bortkiewicz comenzó a darse a conocer como pianista-compositor

Sus primeras obras para piano y sus conciertos fueron bien recibidos, especialmente en los círculos centroeuropeos. Su música, intensamente melódica, técnicamente exigente pero comunicativa, encontró intérpretes y público con relativa facilidad. Se estableció en Berlín, que entonces era uno de los grandes epicentros musicales de Europa. Todo parecía indicar una carrera sólida: publicaciones, estrenos, giras. Pero la historia, una vez más y como suele pasar más veces de lo que nos gustaría, tenía otros planes.

La Primera Guerra Mundial, como bien sabemos, fue un cataclismo inconmensurable que trastocó la vida de millones de personas. A él no le quedó otra que abandonar Alemania por su condición de súbdito ruso. Regresó a Járkov, y allí pronto se vio atrapado en el caos de la Revolución rusa y la guerra civil. La familia, como he mencionado anteriormente, perdió todos sus bienes; la violencia, el hambre y la inseguridad se convirtieron en experiencia cotidiana. Bortkiewicz logró huir, junto a su esposa, tras un periplo extremadamente duro que incluyó internamientos, pobreza extrema y enfermedades.

Finalmente se estableció en Viena, ciudad que sería su hogar definitivo, aunque nunca dejó de sentirse un exiliado permanente. Viena, empobrecida tras la guerra, no ofrecía grandes oportunidades, pero sí un clima cultural donde aún sobrevivía la veneración por el romanticismo.

Clásicos NO populares (12): Sergei E. Bortkiewicz (1877-1952).


Durante las décadas de 1920 y 1930, Bortkiewicz trabajó mucho, compoiendo la mayor parte de su obra madura: conciertos, sonatas, ciclos pianísticos, canciones y música orquestal. Lamentablemente -para lo que era la tendencia compositiva del momento-, su estilo —abiertamente tonal, lírico, emocional— chocaba con el clima estético dominante, marcado por el modernismo, el neoclasicismo y las vanguardias.

Lejos de adaptarse, Bortkiewicz eligió la coherencia interior. Su música habla de nostalgia por un mundo irremediablemente perdido, opta por un dramatismo muy romántico y por un lirismo potente pero melancólico.

Esta postura "conservacionista" y anclada en el pasado supuso pagar un alto precio: paulatinamente se le condenó al ostracismo, siendo marginado por las instituciones y los programadores de conciertos, aunque conservó un círculo fiel de intérpretes y oyentes. La Segunda Guerra Mundial agravó más si cabe su situación. Viena sufrió grandes bombardeos; muchas de sus partituras se perdieron. 

Bortkiewicz vivió sus últimos años en condiciones muy precarias, con problemas de salud y escaso reconocimiento público. Murió en 1952, prácticamente olvidado, enterrado en una tumba modesta. 

Afortunadamente fue "redescubierto" y hoy se pone valor su figura y sus obras.

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Obras principales.

1. Concierto para piano n.º 1, op. 16

Obra temprana y brillante, heredera directa de Tchaikovsky y Rachmaninov. Virtuosismo y lirismo equilibrados.

Bortkiewicz - Piano Concerto No. 1, Op. 16 (Shadrina, Sukach) [Christmas Special No. 4]

Bortkiewicz - Piano Concerto No. 1, Op. 16 [Chihiro Ishioka]

Bortkiewicz: Piano Concerto No. 1 in B-Flat Major, Op. 16: I. Lento – Allegro deciso

2. Concierto para piano n.º 2, op. 28

Más oscuro y dramático; refleja ya la experiencia del exilio. Una de sus obras más interpretadas hoy.

Sergei Bortkiewicz - Piano Concerto No. 2, Op. 28 (audio + sheet music)




3. Sonata para piano n.º 2, op. 60

Obra tardía, introspectiva, de gran densidad emocional.

Sergei Bortkiewicz : Piano Sonata no. 2 in C-sharp minor, Op. 60 (performed by Jouni Somero)

4. Seis preludios, op. 13

Ciclo pianístico muy representativo de su estilo: cantabilidad, melancolía y nobleza expresiva.

Sergei Bortkiewicz 3 Pieces Op. 6, No. 1 Prelude Piano Tutorial

5. Russian Dances, op. 18

Evocación nostálgica de su tierra natal, con ritmos populares estilizados.

Russian Melodies & Dances, Op. 31: I. Molto sostenuto e tranquillo


6. Lyrica Nova, op. 59

Conjunto de piezas breves para piano, de tono íntimo y meditativo.

Sergei Bortkiewicz - Lyrica Nova, Op. 59

Sergei Bortkiewicz - Lyrica Nova, Op.59

7. Sinfonía n.º 1, op. 52

Obra poco conocida pero ambiciosa, escrita ya en Viena, de carácter elegíaco.

Sergei Bortkiewicz Symphony No.1 in D major "From my Homeland", Op. 52

8. Elegía para violonchelo y orquesta, op. 46

Una de sus páginas más conmovedoras; lamento contenido y profundamente humano.

Sergei Bortkiewicz - Elegie for Cello and Piano, Op.46 (Benesch, Valenzi) (1931)

9. Ballade para piano, op. 42

Narrativa, apasionada, con una estructura amplia y dramática.

Sergei Bortkiewicz - Ballade Op. 42 (LATE HALLOWEEN TRIBUTE)

4 Pieces for Piano: No. 1. Ballade

10. Canciones (Lieder), opp. 2, 4 y 22

Menos difundidas, pero esenciales para comprender su sensibilidad lírica y su relación con el texto.

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