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jueves, 9 de abril de 2015

Opinión personal (25): Un acercamiento al libro de Job (o la dificultad para entender el silencio de Dios), 2º de 2.

Continuación: Sobre el libro de Job, 2º de 2.
  El libro de Job: Segunda lectura.
El libro de Job empieza como si fuese un cuento (”Había en el país de Us un hombre llamado Job….”) pero, evidentemente, no lo es (1). Se trata de un libro Sapiencial , inscrito en esa monumental colección de libros que es la Biblia, entre el segundo libro de los Macabeos y el de los Salmos.
Al día de hoy el autor es desconocido aunque hay algunas tradiciones que pretenden atribuirlo a Moisés, otras a Eliú y otras incluso al rey Salomón.
Una fuente de consulta tan popular como la Wikipedia informa de que “aunque algunos especialistas datan el libro entre el año 500 y el año 250 antes de Cristo, su cita en antiguos manuscritos judíos descartan tal opinión. Popularmente se considera que éste fue escrito alrededor del año 3500 a.C” (lo que es, por muchas y diversas razones, un despropósito; esta es una opinión absolutamente personal pero avalada por muchos especialistas a los que importa la correcta datación). La propia Wikipedia resitúa el texto, en función de sus arameismos y por la problemática tratada, en una época posterior a las deportaciones coincidiendo con los tiempos del profeta Malaquías (entre el 538 a.C. y el 330 a.C.) lo cual descartaría de la autoría, en principio, tanto a Moisés como a Salomón (aunque si es cierto que éste propició la creación de las escuelas de escribas que desarrollaron y cultivaron el estilo y los textos sapienciales).
En cuanto a la temática todos los estudios coinciden en que el libro de Job versa sobre el sufrimiento del inocente, sobre la injusticia hacia el hombre bueno, libre de culpa y el aparente triunfo del malo que campa a sus anchas exhibiendo su felicidad: un problema que, por lo que parece ha intrigado y fascinado a todas las civilizaciones y en todas las épocas (quizás podría ser una excepción la cultura musulmana que, en su absoluta entrega a la voluntad de Dios, no osaría plantear el problema y menos todavía el cuestionar a Dios al respecto).


Esa desincronía, ese triste chirriamiento, es un tema que ha interesado mucho a la filosofía y, antes que a ella, a esa sabiduría encriptada que es la mitología.
Job, tal y como dice el versículo 1,1 “es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal”. Todo un dechado de virtudes. Sin embargo, Dios se lo “juega” en una inusual partida–confío- con Satanás (“el Adversario”, que en vez de estar confinado en su infierno, alejado de Dios, se codea con sus hijos que van a presentarle sus respetos al Señor y se permite charlar animadamente con él).
A partir de aquí surge la terrible incógnita de la permisividad del mal.
Le toca a Job ser víctima de todo tipo de males y pruebas sin que alcance ni de lejos a intuir el por qué.
El relato nos cuenta la intervención de tres buenos amigos, Elifaz de Temán, Bildaj de Súaj y Sofar de Naamá, que le visitaron, estuvieron con él “siete días, siete noches” (un número muy simbólico en todos los relatos de la Biblia) y trataron de consolarle, entablando diálogos con él para intentar desentrañar el porqué de tantas calamidades. Claro que no hay nada más irritante que cuando estás desolado te inunden de razones  y Job  acaba perdiendo algo de su proverbial paciencia, optando por defenderse lo mejor que sabe porque, a pesar de todo, está absolutamente seguro de su integridad.  Esa seguridad en su propia honestidad no le evita el sentirse deprimido hasta el extremo de desear no haber nacido (versículos 3,1 a 3,20). 
Job formula la pregunta que muchos nos hacemos cuando parece que todo se confabula en nuestra contra: “¿Para qué dar a luz a un desdichado y la vida a los que están llenos de amargura, a los que ansían en vano la muerte……?” (Job, 3,20).


No encuentra ningún sentido a lo que le está pasando; experimenta la desolación más absoluta y el terrible dolor del abandono injustificado ( abandono que prefigura, claramente, el que experimentará  Jesús en la cruz, y que intentará  – de manera harto misteriosa-  dar una explicación más “novedosa”  y completa la comunicación con Dios).
Elihú, un cuarto amigo, intenta exponer otra versión: el sufrimiento fortalece el alma y el espíritu. Job no puede por menos que seguir quejándose (¡hasta paciencia tiene un límite!).
Por último Yahvé, como hemos visto en el anteriormente, da la cara, no para explicar sus razones ni la permisividad hacia el Mal/Satanás, sino para recriminarle sus quejas y su falta de absoluta aceptación ante sus designios, que no debe ni puede comprender, solo debe asumirlos (en una fe tan digna y exigente como la de Abraham).

Los versículos, extraordinarios, en los que Yahvé cuestiona la incapacidad de Job (y del ser humano) para cuestionar su voluntad son un majestuoso catálogo de magnitudes inconmensurables. Todo el capítulo 38 y 39 está repleto de preguntas cuya respuesta ejemplifican la pequeñez del ser humano –a pesar de su excepcionalidad- ante las dimensiones de lo creado.  Como señale en la primera parte de este articulo, brillantes metáforas de lo cotidiano y accesible que confirman lo extraordinario y lo inaccesible:
“¿Por dónde se va adonde habita la luz y dónde está la morada de las tinieblas….?”
(…………..)
“¿Has penetrado hasta los depósitos de nieve y has visto las reservas de granizo?”
(…………..)
“¿Del vientre de quién sale el hielo, y quién da a luz la escarcha del cielo…………?”
(…………..)
“¿Anudas tú los lazos de la Pléyades o desatas las cuerdas de Orión……?”
(…………..)
“¿Cazas tú la presa para la leona y aplacas el hambre de sus cachorros…..?”
(………….)
“¿Aceptaría servirte el toro salvaje y pasará la noche junto a tu establo…..?”


Dios deja constancia de su inacabable creatividad y de la imposibilidad de entender lo que está más allá de todo entendimiento (cobra aquí pleno sentido la pregunta que se hace Campbell y que nos hacemos todos “¿Podemos abarcar con nuestras cabezas, con nuestra conciencia, lo que en apariencia es inabarcable e infinito? (2)).
Yahvé establece los parámetros de lo sublime y la respuesta del Libro de Job ante ello es la aceptación total, absolutamente entregada; con todo el Señor continúa dos capítulos más, 40 y 41, cuestionando (“yo te preguntaré, y tú me instruirás”) el conato de arrogancia de Job.

La rendición de Job ante tal despliegue de evidencias es completa (Job, 42):
Yo sé que tú lo puedes todo y que ningún proyecto es irrealizable para ti.
Sí, yo hablaba sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro.
(……………..)
Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos.
Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza”.

Job descubre a Dios a través de sus creaciones. Se rinde ante lo incomprensible; no es que renuncie a entender lo que le rodea sino que es capaz de percibir más allá de lo que alcanza el intelecto. Como bien señala mi admirado y varias veces citado Joseph Campbell: “Si la eternidad, por definición, está fuera o más allá de la temporalidad, trascendiendo a todas las categorías, tanto de la virtud como de la razón (el ser y el no ser, lo uno y lo múltiple, el amor, la justicia, el perdón o la ira…), el término “Dios” es en sí mismo una metáfora de la mente ignorante, expresión connotativa no sólo de lo que está más allá de sí mismo, sino incluso también del pensamiento (3)


- Problemas filosóficos y teológicos planteados, y breves conclusiones.
En el largo poema que constituye el libro de Job (de todo el libro la mayoría de los capítulos, del 3 al 42, están redactados en forma de poema), los discursos explicativos muestran posiciones diferenciadas ante lo que está sucediendo.
A la pregunta ¿Por qué sufren los justos?, los tres amigos de Job insisten, de una manera u otra, en que el sufrimiento es un castigo por el pecado en su vida (4) (la necesidad de encontrar una lógica a lo que acaece ha hecho imaginar todo tipo de respuestas, desde la inconsciencia del “pecado”, hasta el “pecado original” o los “pecados” en vidas anteriores que no podemos reconocer ni enmendar).
Job insiste en su inocencia, a pesar de las presiones del entorno que intentan convencerle de lo contrario.
Elihú, el cuarto amigo, insiste a su vez en la necesidad de someterse, de acrisolarse en el sufrimiento exigido por Dios; hay que aceptar las “pruebas” a las que se nos somete para “purificar” la vida.
Una curiosa antropología.
Desde mi punto de vista, a las preguntas de Job sólo el mismísimo Dios puede realmente responder ya que la interpretaciones que hacemos todos sólo son, necesariamente, lecturas subjetivas, valoraciones de lo que creemos que puede ser la voluntad de Dios.

Hay un insalvable abismo entre Dios y el Hombre que el libro de Job intenta explicar a través de un concepto tan complejo y controvertido como es el de pecado, aunque no se decanta por ninguna de las meditadas respuestas de los amigos de Job sino que deja a Yahvé la última palabra.
En el conflicto cósmico que nos narra el libro que nos ocupa – del que desconocemos todo acerca de él (aunque se nos muestre como un “juego permisivo") podemos actuar por intuiciones profundas o por fe. 
Antes que racionalizaciones, el libro de Job muestra la necesidad de confiar, caiga quien caiga, en Dios. Debemos confiar en él, no solo cuando no entendemos, sino porque no entendemos.
Claro que para ello hay que dar un salto mayúsculo de la racionalidad hacia un “algo” que nos resulta realmente abismal…….
Claro también que nuestra mente no es la mente de Dios (5) y que resulta cuando me-nos arrogante y presuntuoso ponerse en su lugar…..
Job asume y acepta a pesar de que Yahvé no entra en el debate limitándose a mostrar su trascendencia; finalmente es justamente recompensado.

Pero ¿alguna explicación para el Mal, más allá de la imposibilidad de comprensión de designios o voluntades divinas?
Hay puntos de diferencia con otros relatos bíblicos:
En la historia del pecado original el mal era, claramente, un alejamiento de Dios. El relato explicaba la ruptura con Dios –con la plenitud- en el afán del hombre por traspasar los límites del “jardín” (poderoso símbolo), en que vivía y en el que estaba "fijado". Inevitable la ruptura, previa tentación (o no) (¡el contubernio de la mujer con el Adversario se las trae!).

 En la siguiente historia, la de Caín y Abel, el mal surge del enfrentamiento entre los hombres. Caín mata a su hermano por envidia pero, a diferencia del primer caso – en el que de alguna manera permite sin más la posible “ofensa”- en el drama de Caín, según el propio relato, Dios “participa” de en cierto modo en el agravio comparativo: ¿A santo de qué acepta el sacrificio de Abel y no el de Caín? Se rompe la simetría, surge la preferencia y por tanto se altera el sentido de equiparación que reclama la justicia. Si hacemos un cierto “iter críminis”... ¿el crimen de Caín no es una consecuencia del injustificado –a priori, al menos- “favoritismo” de Dios? Curioso dilema.

En la historia de Noé se nos muestra a un Dios harto de su creación ya que los hombres se han rendido al Mal (pre-existente y tentador). En un arrebato de aniquilación lanza millones de toneladas de agua y recrea al hombre a través de un hombre justo, Noé.
Desde luego el dios de la Biblia no es el “motor inmóvil” que diría Aristóteles, ni  un ente absolutamente alejado de la vida sino, más bien, un Dios que reúne en sí mismo todas las fuerzas del universo, las buenas y las malas, las luminosas y las oscuras.


 Todos los abismos y profundidades se concentran en este Dios que, nos guste o no, se implica en sus logros y en sus fracasos (Un Dios todavía no releído e interpretado por un ex maniqueo como Agustín de Hipona).
Cuando llegamos al relato de Job nos encontramos como un Satán que no es precisamente un “enemigo” de Dios sino una especie de “funcionario” escéptico ante su obra. Incita a Dios para que haga un experimento y éste acepta sin remilgos seguro como se siente de la lealtad de Job (pero ajeno, por lo que parece, a su bienestar).
Como hemos visto ya ampliamente éste aguanta lo indecible y se muestra sumiso ante las calamidades aunque el cambio de actitud que nos narra el Libro me parece clave: Job empieza a desesperar y a mostrarse reactivo ante la voluntad de Dios, mucho más todavía cuando entran en acción los amigos que quieren convencerle de que el mal es un castigo divino debido a algún pecado.
 Job quiere aguantar el dolor pero no la conciencia de haberlo merecido.
Como bien dice R. Safranski: “Cuando la queja de Job se transforma en una acusación, su caso pasa a ser un problema del mundo. Job acusa a Dios de que éste haya permitido un mundo moralmente desordenado. ¿Por qué viven, pues, los pérfidos? Envejecen y aumentan sus bienes. Y ¿por qué pasan hambre los pobres? No porque sean impíos sino porque los ricos los oprimen. Estos hacen que los despojados vayan desnudos y quitan las gavillas a los hambrientos. Los pobres tienen que moler el aceite ajeno y no retienen nada. Pisan sus propios lugares y padecen sed. Los impíos “hacen suspirar a la gente de la ciudad y dejan gimiendo el alma de sus víctimas pero Dios no los derriba (……). Esto sólo permite una conclusión: “El malo se conserva en el día de la depravación, y permanece en el día de la ira”. Dios hace perecer a los justos y a los injustos, sin deferencias con la persona. El justo no recibe ninguna recompensa; se rompe “como un árbol podrido”. (6).
Si los amigos abogan por un Dios justo y ordenan su argumentación en torno a un concepto previo, Job se limita a constatar la evidencia de la injusticia de Dios.
Desde luego nos queda muy claro que, como mínimo, Dios es un Dios insondable, que rompe los nexos de la causalidad y previsibilidad con su comportamiento.
Cuando finalmente se digna aparecer en respuesta a las quejas de Job, no intenta demostrar la justicia del mundo, como ya hemos tenido ocasión de ver en los apartados anteriores, sino que alardea de su poder (de una forma muy bella, ciertamente). Pero estoy completamente de acuerdo con la tesis de Safranski: “Se reviste del poder demoníaco de un Dios de la naturaleza. Desde el punto de vista de la injusticia, de la que Job se queja, este alarde de omnipotencia no es más que una coartada. Dios elude, no responde a la acusación de Job y, por supuesto, deja de lado también los discursos de defensa de los amigos teólogos” (7).
La magnífica demostración de poder sobre la naturaleza abre en la mente del ser humano el concepto de lo sublime pero demuestra claramente que el Universo no está pensado para las “medidas” del hombre. Job capitula ente este Dios omnipotente e insondable, se muestra fiel a pesar del abismo. Intenta resolver con su fe la contradicción que observa y siente.
Curiosamente, Safranski nos cuenta como Ernest Bloch resuelve el dilema. Este autor considera que el Dios al que Job se adhiere con firmeza no es el mismo que aquel a quien se dirigen sus acusaciones. “En las quejas de Job se renuncia al antiguo Yahvé, el Dios del fuego y la devastación, una especie de duende divino. Se retira el crédito al antiguo Dios, para remitirse a un Dios venidero.” (….) Job no siente devoción por este Dios ufano de su poder sobre la naturaleza, por este “Dios enemigo”; más bien lo rechaza, se rebela con él. Pero conserva su devoción en la medida en que, después de éste Dios y más allá de él, piensa en otro Dios, reparador, justo y misericordioso, al que invoca y en el que deposita su confianza. Job se apoya en un Dios venidero, en un Mesías(8).


Personalmente no tengo muy claro que su postura sea realmente una solución al problema planteado 
pero reconozco que resuelve algunas tesituras……siempre que uno comparta esa fe.
Para mí el valor del Libro de Job está en cómo éste muestra su desesperación ante Dios y su rechazo a las contemporizaciones de sus amigos. También en como pretende que no olvidemos el resituarnos según las justas “medidas” de lo que nos rodea.
No podemos analizar a Dios y el orden del mundo solo con la razón.
Esa es también una buena lección aunque eso no debe hundirnos en quietismos estériles; la indagación debe ir por otros caminos que deberemos andar – me temo- irremediablemente solos.
La respuesta –posterior- a la demanda del libro de Job vino en forma de un intermediario de origen divino, y ocuparía la historia de medio planeta durante muchísimos siglos…..pero parece que todavía no somos capaces – aunque excepciones habrá- de entablar esa conexión profunda que salve el abismo por lo que el libro de Job siempre quedará como recordatorio de los anhelos que esperan respuesta.
 E.M. Foster solía comentar , “cómo voy a saber lo que pienso si todavía no lo he dicho”, que ejemplifica de alguna manera lo que Lacan pensaba: no solo hablamos, sino que “el Lenguaje es el que nos habla”. Si es así, algo de Dios habrá, probablemente, en el Libro de Job, porque el lenguaje no lo inventamos nosotros, nos vino de “serie”, al igual que muchos de nuestros afanes más profundos. Ahí, el mito, sigue existiendo y –si lo escuchamos y contemplamos- quizás, solo quizás, descubriremos mucho más de lo que en principio creíamos.

NOTAS:

(1):Los cuentos han tenido mala fama en nuestra cultura aunque, obviamente, no siempre ha sido así. Ahora los consideramos como propios de niños cuando no sinónimo de mentira pura y dura (mucho más todavía si hablamos del exotismo de un “cuento chino”). No piensan del mismo modo investigadores como Bruno Bettelheim, Burkert o Vladimir Propp. Precisamente Burkett reseña en su libro “La creación de lo sagrado” la conocida secuencia de éste último, “La secuencia de Propp”, que según Burkert es aplicable a todo tipo de cuentos y no solo a los cuentos de hadas rusos. Según Propp, una historia debe verse como una secuencia de treinta y un funciones (motifemas). Burkert ofrece una versión algo más breve en su interés de encontrar secuencias reiteradas: “La historia empieza con algún daño, carencia o deseo (8);al héroe le dicen que vaya a alguna parte (9) y él accede a hacerlo (10); abandona el hogar (11); se encuentra con algún ser que lo somete a prueba (12); reaccionando a ella (13) recibe algún regalo o ayuda mágica (14); llega al lugar requerido (15) y se encuentra con algún adversario con quien tiene que interactuar (16); es dañado de alguna manera (17) pero finalmente triunfa (18) y así corrige el daño o la carencia del inicio (19). El héroe emprende su viaje de regreso (20); es perseguido (21) pero salvado (22); regresa sin ser reconocido (23); hay un impostor malvado (24), una prueba (25) y por fin el éxito (26). El héroe es reconocido (27), el impostor es castigado (28); el héroe se casa y se convierte en rey (31). La tesis de Propp es que esas funciones o motifemas son los elementos constantes en los cuentos; el número de funciones es limitado, y su secuencia es fija. No es necesario que todas aparezcan en cada narración – en la selección dada más arriba se han omitido algunas-, pero cada historia contiene una combinación de esas funciones, y también pueden repetirse partes de la secuencia. La formalización ulterior del enfoque de Propp, principalmente por Alan Dundes, introdujo niveles más elevados de abstracción, que debilitan el nivel memorable y empíricamente accesible”. (Óp. Cit. P.110-111).
El libro de Job no puede considerarse, pues, un cuento en ninguno de los aspectos señalados aunque, según algunos estudiosos, su historia original procede de una mezcla de cuentos que ya circulaban en tribus semíticas.

(2): Joseph Campbell, “Las extensiones interiores del espacio exterior”, Girona 2013, Atalanta, pág. 27.

(3): Joseph Campbell, “Las extensiones interiores del espacio exterior”, Girona 2013, Atalanta, pág. 73.

(4):Aunque es un tema muy interesante los límites y sentido de este artículoo me impiden traer a consideración las diversas teorías sobre el “pecado"

(5) :“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos más altos que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9)
(6):  Rüdiger Safranski, “El mal, o el drama de la libertad”. Barcelona 2010, Fabula Tusquets. La cita procede de la página 251.
(7). Rüdiger Safranski, “El mal, o el drama de la libertad”. Barcelona 2010, Fabula Tusquets. La cita procede de la página 253.
Este autor realiza de seguido una interesante comparación con la figura de Epicuro que realiza un tratado sobre la justificación de Dios a la vista del mal en el mundo, dictando sentencia contra Dios. Epicuro aleja a los dioses del mundo precisamente por causa del mal.
(8)- Rüdiger Safranski, “El mal, o el drama de la libertad”. Barcelona 2010, Fabula Tusquets. La cita procede de la página 256.
http://es.wikipedia.org/wiki/Ernst_Bloch
Ernst Bloch es el filósofo de las utopías concretas, de las ensoñaciones, de las esperanzas. En el centro de su pensamiento se yergue el hombre que se concibe a sí mismo. La conciencia del hombre no solamente es el producto de su ser, sino que, más aún, está dotada de un “excedente”. Este “excedente” halla su expresión en las utopías sociales, económicas y religiosas, en el arte gráfico, en la música. Como marxista, Bloch ve en el socialismo y el comunismo los instrumentos para trasladar este “excedente" a los hechos”.
Autor:  Javier Nebot

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