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jueves, 21 de mayo de 2015

Opinión personal (27): Reflexiones sobre "La peste" de Albert Camus (2º de 3)

“La peste”: algunas consideraciones éticas.
"Los seres humanos poseen más cosas dignas de admiración que de desprecio".

La peste juega, como he señalado en el post anterior, en diferentes frentes.
Desde un punto de vista literalista  – si nos ceñimos a lo concreto que se nos cuenta y no vamos más allá- Camus narra el impacto de una plaga mortal sobre una ciudad y cómo afecta a los habitantes de ésta. Al igual que  sucede en todos los cataclismos de gran magnitud ,los comportamientos humanos varían en una gran gama de respuestas morales que van del más acendrado individualismo a la solidaridad heroica (¿todas válidas?: comprender no es aceptar). 
Ya he mencionado anteriormente que los personajes claves y sus reacciones y modos de pensar ante lo que sucede, son el objeto de la novela: seres humanos que deben enfrentarse a algo tan dramático como una epidemia mortal y que, en algunos casos, serán capaces de cuestionarse en lo más profundo de su ser sobre el sentido de tanta muerte y dolor. 
Observamos sus alteraciones psicológicas al igual que observamos la insaciabilidad de la peste. 
Sin duda, la historia no pierde valor limitándonos a una lectura de este tipo ya que su autor tiene suficiente talento como para hacerla interesante y como para mostrarnos con detalle el impacto en los personajes y la evolución de los mismos –lo que le confiere de por sí interés para el lector-, pero parece evidente que, también, es posible hacer una lectura en clave alegórica ya que hay pistas más que suficientes en el texto que permiten traslucir paralelismos con la guerra: la imposibilidad de escapar del horror, el espanto sobrevenido, las muertes en masa de víctimas inocentes, la transmutación de la vida cotidiana, más o menos placentera, en una vida de mera supervivencia, las cremaciones (¿no es una clara alusión a las realizadas por los nazis?¿el tranvía cargado de cadáveres camino del crematorio no recuerda demasiado a los trenes de la muerte camino de los campos de exterminio?), el campo de fútbol convertido en campo de concentración (¿alusión al Velódromo de Invierno de París en donde se concentró a miles de judíos antes de ser deportados a Auschwitz?) etc., etc.……….. 
Se podrían encontrar sin dificultad todavía más referencias que confirmarían un paralelismo obvio y difícilmente refutable, sin embargo, reconozco que un tipo de lectura no invalida la otra y que, en cualquier caso, ambas se complementan y –desde mi punto de vista- se fusionan en una sola pregunta filosófica: ¿Qué sentido tiene el Mal
Claro que esa pregunta no elimina otros cuestionamientos subsidiarios y necesarios: ¿Cómo nos posicionamos nosotros ante ese mal? ¿Debe lo social primar sobre lo individual? ¿Cómo saber qué es lo correcto en determinadas y urgentes ocasiones?
Ante las “macro” preguntas rara vez se consiguen respuestas del mismo nivel y aunque ha habido muchas reflexiones al respecto, Camus, como ya he señalado en el epígrafe anterior, no nos ofrece ninguna especialmente determinante sino que opta, más bien, por un posicionamiento moral de “escala humana”, rehuyendo los maximalismos éticos y –en muchos sentidos- evitando juicios extremos (aunque me parece que no cae en relativismos, tan en boga en nuestros tiempos posmodernos).
El personaje de Rieux, que bien podría ser su alter ego (junto con Tarrou), no es alguien arrogante que cree tener todas las respuestas. De hecho se siente impotente en muchas ocasiones aunque no por ello deja -ni por un momento- de enfrentarse a la enfermedad ni tampoco abandona la lucha para evitar la expansión de la misma, pensando siempre en cómo ayudar a los demás y en cómo minimizar el número de víctimas. Con todo, y a pesar de su compromiso y beligerancia personal, no juzga otros planteamientos diferentes a los suyos como puedan ser los de Cottard o Rambert. Es cierto que le sorprende la postura de Paneloux pero, curiosamente y aunque
sus motivaciones sean distintas, su entrega es, hasta cierto punto, similar. 
Cercano a Tarrou, ambos ejemplifican el sentimiento de solidaridad altruista, independientemente de cuáles sean los planteamientos interiores y previos que mueven a cada uno 
(Me sorprende leer en un comentario sobre este libro en el que se refiere como algunos críticos consideraron en su momento que la escena en la que ambos amigos se dan un baño en el mar, después de un profunda conversación/confesión tenia connotaciones homosexuales: supongo que cada uno ve lo que previamente siente en su corazón y que determinadas “gafas” trastocan el juicio, pero me resulta chocante encontrar una mirada cuasi lasciva en algo que a todas luces ejemplificaba un amistad y una simpatía basada en planteamientos o visiones similares ante el dolor y la tragedia).
Desde mi punto de vista Rieux/Camus adopta una postura prudente –que no distante- ante la contemplación de la miseria y los estragos, independientemente de que estos provengan de la guerra, de la enfermedad o de la injusticia social. Consciente del sufrimiento humano y de cómo éste nos mediatiza, no recurre a las “grandes” ideas ni opta por “intolerancias” radicales que perjudicarían las posibilidades reales de “curación” o magnificarían la perdurabilidad del Mal.
Su postura me parece admirable, por lo contenida y, sobre todo, por lo eficaz que resulta ante los hechos concretos.
Particularmente siempre he tenido dudas respecto a si la manera en la que uno actúa se debe principalmente al carácter o a la ideología. Los años me demuestran que, generalmente, suele tratarse más de una simbiosis de ambas cosas –cosas que se entrecruzan constantemente- que de una polarización exclusiva en un extremo u otro, pero, a veces, tengo la sensación (y la lectura de La peste me lo confirma) de que, en el fondo, sí prima, en según qué situaciones extremas, la base caracterológica y que lo que pensamos y lo que decidimos y lo que hacemos está absolutamente mediatizado por ella; somos capaces de utilizar todo tipo de argumentos y toda la tralla que consideramos oportuna para justificarnos y actuar “como nos pide el cuerpo”(¿un predominio de los valores inconscientes?). 
Si la lectura de La peste me ha reavivado esa sensación es porque en sus personajes se observa muy bien esa curiosa dialéctica y porque, cuando uno acaba la novela, prevalece la sensación de que cada uno de ellos, probablemente, no podía actuar más que como lo hicieron a pesar de que hubiesen reflexionado sobre los acontecimientos.
Creo que cuando el dolor deja jirones en el alma, “pensar” en qué nos puede hacer “mejores” o “peores” –dilema ético fundamental- puede parecer una necedad, cuando no una solemne estupidez. 
Es posible que el dolor, el sufrimiento, en algunos casos y hasta cierto punto, nos haga tomar conciencia de algunas cosas (y eso es clave para tener los pies en la tierra). 
También, muy probablemente si éste no se ceba demasiado en nosotros, nos conmueva y eso nos lleve a vivir con cierta solidaridad y compromiso. Pero la guerra, las catástrofes inusitadas, la muerte, el dolor sin sentido, no llevan como consecuencia necesaria a una ampliación de emociones positivas, conlleva, en muchas ocasiones y desgraciadamente , más bien todo lo contrario, una contracción, una manifestación explícita de temores y emociones primarias que claman más por la propia supervivencia que por el altruismo. Considero que Rieux/Camus era muy consciente de esta realidad y por eso procura evitar juicios acelerados o condenas innecesarias. No contemporiza, pero no juzga ni critica. ¿Es eso lo que debemos hacer?
¿Es una propuesta del escritor, un modelo?
 No sabría decirlo con seguridad aunque Camus en su vida si dio muestras de entender las cosas de una forma similar a la de su personaje y optó por suavizar algunas de sus posturas políticas que tendían a cierto extremismo (comprensible siendo como era el director de Combat).
Tener en cuenta la cotidianidad puede ser un elemento clave para entender la propuesta de la novela: ésta se trastoca por la irrupción del desastre (sea el que sea), se interrumpen rutinas y hábitos y hay que arremangarse los pantalones para ver como sobrellevar la devastación. Hay, de forma latente pero también real y concreta, una amenaza permanente de muerte. 
Semejante presión consigue en algunas personas una alquimia inesperada: gente común, corriente, decide ser heroica y valiente; individuos ensimismados de repente valoran a quien tienen enfrente aunque solo sea por el hecho de que mañana, quizás, puede que no estén vivos. 
Los problemas que antes agobiaban de manera opresiva ahora se relativizan y cosas en las que antes no se reparaba, adquieren de repente un valor inusitado. Los gestos casi inconscientes que antes de la catástrofe se hacían los enamorados se cargan ahora con un extra de pasión e intensidad.
Es difícil hablar de algo bueno cuando hay un baile de muerte y de dolor pero, si intentamos discriminar -tanto la novela como en la vida- podemos detectar que en los eventos trágicos y devastadores surgen con relativa facilidad comportamientos –más instintivos que reflexivos- que dignifican y otorgan sentido a frases como “los seres humanos poseen más cosas dignas de admiración que de desprecio”. 
Hay en La peste un serio intento de constatar esta realidad, muy evidente en el giro de Rambert, pero también en el tesón incansable de Rieux y Tarrou, y en la necesidad de sentido profundo de Paneloux (a pesar de que su postura “pre-conciliar” no casa demasiado bien con las necesidades del hombre de hoy).
Como, en general –y reconociendo su necesidad- las grandes teorías omnicomprensivas no alcanzan a dar ni una verdadera comprensión (si, ya sé que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente) ni mucho menos consuelo (la búsqueda de éste no estoy muy seguro que pase necesariamente por lo intelectual aunque sí pase por lo cognitivo), me parece un buen posicionamiento moral actuar desde la concreción y con el deseo de buscar la mejor solución posible al problema concreto que sea, solución que debería implicar siempre el buscar la manera de vincular lo general y lo concreto, lo individual y lo social
Para ese proceso partir de los individuos en concreto y de las sociedades que ellos conforman es un primer paso. En ese sentido la novela de Camus me parece cabal y aleccionadora. No renuncia a lo humano pero de alguna manera lo supera porque, como he dicho más arriba, las propias circunstancias consiguen –al menos en este relato, pero también en muchas realidades- sacar lo mejor de los individuos sin que estos tengan que pasar por el cedazo de la ideología
No se trata de renunciar a las grandes ideas o a las aspiraciones éticas de alcance universal, pero estas últimas – sobre todo quienes las blanden como arma arrojadiza- pueden cometer el error de pensar que son los hombres los que deben acomodarse a ellas olvidando que ellas han surgido precisamente de la capacidad innata del ser humano de crear posibilidades y soñar. 
No me considero relativista –de hecho creo sinceramente en la posibilidad de alcanzar el reconocimiento de algunos valores universales- ni creo que Camus lo fuese, al menos por lo que muestra en su novela, pero el no serlo no significa que el parámetro deba ser otro diferente que el ser humano (como realidad y como potencia) y ahí creo que La peste y sus personajes atinan a mostrar una moralidad “humanista”.
Texto:  Javier Nebot

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