Después de un artículo general sobre suicidas emblemáticos del pasado lejano, me centraré en esta nueva entrada en cinco personajes de finales del siglo XIX y principios del siglo XX: Emilio Salgari; Ángel Ganivet; Victoria Benedictsson; Pyotr Ilyich Tchaikovsky y Gertrude Bell.
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Emilio Salgari (1862-1911).
Emilio Salgari fue, sin duda, uno de los más grandes fabricantes de relatos de evasión de finales del siglo XIX: Con sus novelas nos llevó a muchos a soñar con peligrosas selvas, a navegar por los mares del Sur o las Antillas, a convivir con piratas malayos y a disfrutar con las intrépidas y arriesgadas aventuras de héroes exóticos y poderosos (con Sandokan como personaje estelar). Hizo disfrutar con sus relatos, al igual que hizo Julio Verne, a generaciones y generaciones de lectores de todo el mundo.
Emilio Salgari - Wikipedia, la enciclopedia libre
Emilio Salgari: libros y biografía autor
Paradójicamente, su vida real fue
claustrofóbica, precaria y, desde luego, nada acorde con lo que mostraba en sus obras.
Nacido en Verona, se formó brevemente como marino, pero nunca fue capitán ni gran
viajero, pese a que cultivó con cuidado esa leyenda. Digamos que su verdadero viaje fue, como en el caso de infinidad de literatos, el de la
escritura: produjo más de ochenta novelas y centenares de relatos, en un ritmo casi
industrial, impuesto por contratos editoriales leoninos.
Salgari escribía sin descanso
para sobrevivir, mal pagado, sin derechos de autor y con la obligación constante de
entregar nuevos títulos.
A este profundo desgaste por presiones laborables y económicas, se le sumó la tragedia doméstica. Su esposa, Aida Peruzzi, padeció una
enfermedad mental grave que la llevó a ser internada.
Salgari se quedó solo, con cuatro
hijos, deudas cada vez más crecientes y una sensación de fracaso absoluto, tanto económico como
vital. El éxito popular no se tradujo nunca en un reconocimiento institucional ni en
estabilidad: fue un autor leído por las masas y, de diferentes formas, despreciado por las élites, una
combinación que resultó especialmente corrosiva para su autoestima.
El 25 de abril de 1911, Salgari se suicidó en un bosque cercano a Turín.
No se disparó
ni se envenenó: se abrió el vientre y el cuello con una navaja, imitando el seppuku
japonés. Ciertamente, fue gesto cargado de simbolismo para un escritor que parecía estar obsesionado con los códigos de
honor exóticos. No parece que fuese a priori un acto impulsivo, sino más bien, algo ritualizado, literario y deliberado.
Dejó varias cartas. En ellas no había arrebato romántico, sino una clara acusación directa a sus
editores. A ellos les reprochaba haberlo explotado hasta la más absoluta miseria y al sistema cultural que
lo exprimiese hasta asfixiarle completamente; también escribió una despedida dolorosamente sobria para sus hijos.
Su suicidio
fue más un acto de protesta final que otra cosa, un fin en cierto modo coherente con su
universo narrativo.
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Ángel Ganivet (1865-1898).
Ángel Ganivet ocupa un lugar singular y algo espectral en la cultura española de finales del siglo XIX. Fue escritor, ensayista y diplomático. Se le considera, de hecho, un precursor intelectual de la
Generación del 98 pero, también, una figura radicalmente solitaria, más cercana al pensador trágico que
al literato profesional.
Su obra fue breve, intensa y atravesada por una obsesión
constante con la decadencia, el fracaso histórico y la imposibilidad de vivir en
armonía con el mundo moderno (seria apasionante saber que hubiera pensado este autor si le hubiese tocado vivir en la actualidad).
Ganivet nació en Granada. Estuvo marcado desde muy joven por una constitución física frágil y una
psicología, digamos, con una clara tendencia a la melancolía.
Desarrolló muy pronto una mirada crítica hacia España
y hacia Europa.
Su ensayo más influyente, Idearium español, no es un programa
político sino una verdadera autopsia moral: España aparece como un organismo agotado, incapaz
de adaptarse a la lógica materialista y competitiva de la modernidad.
Esa crítica no la formuló desde la euforia regeneracionista, sino desde una lucidez amarga y casi
fatalista.
Su carrera diplomática -Helsinki primero, Riga después- acentuó su sensación de aislamiento.
Lejos de España, sin un círculo intelectual estable y con una vida afectiva frustrada,
Ganivet fue consolidando una visión cada vez más desencantada del progreso, del
liberalismo y del mito del éxito moderno.
En sus cartas se percibe una tensión
constante entre una exigencia moral altísima y una sensación de impotencia vital. No es que sienta derrotado por un enemigo concreto, sino por la estructura misma del mundo contemporáneo.
El 29 de noviembre de 1898, pocos meses después del desastre colonial español,
Ganivet se suicidó en Riga arrojándose al río Daugava.
Fue rescatado una primera vez;
insistió, se lanzó de nuevo y murió ahogado.
Este detalle, la reiteración consciente, deja pocas dudas sobre su fatal decisión: Ganivet realmente quiso morir.
Por lo que parece no dejó ningún manifiesto o una acusación directa, como si hizo Salgari, pero su suicidio es
igualmente coherente con su pensamiento.
Si Salgari se mata “contra” alguien, Ganivet se mata por “salir” del mundo.
El suicidio de Ganivet encarna lo que se podría definir como "suicidio filosófico-fin de siglo": no nace de una situación socioeconómica extrema ni
del fracaso profesional inmediato, sino de una incompatibilidad radical entre el
individuo y la época.
Es un suicidio sin épica, sin sangre, sin escenografía especialmente violenta pero, ciertamente, de una
determinación casi glacial.
En este sentido,
su figura resulta clave para cualquier estudio que aborde el suicidio como respuesta
intelectual a la modernidad, más que como patología individual.
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-Victoria Benedictsson (1850-1888).
Victoria Benedictsson está considerada como una de las figuras más intensas y trágicas de la literatura
escandinava del siglo XIX.
Como escritora se la vincula al realismo moderno y a los debates
morales de su tiempo, encarnando como pocas la tensión entre vocación intelectual,
opresión social y desamparo afectivo, especialmente en lo que respecta a la condición
femenina en una cultura que en esa época y en Europa era todavía penosamente patriarcal.
Victoria nació en el sur de Suecia.
Desde muy joven mostró una gran inteligencia y una ambición
artística poco compatibles con el destino que se le ofrecía. Su matrimonio temprano con
un hombre mucho mayor que ella fue una claudicación social que pronto se reveló
asfixiante.
Enfermedades crónicas, frustración erótica y una sensación persistente de
haber sido desviada de su verdadero camino marcaron su vida adulta.
Benedictsson comenzó a escribir relativamente tarde, pero con una energía notable.
Publicó novelas y relatos bajo el seudónimo Ernst Ahlgren, lo que ya indica una
estrategia de camuflaje intelectual en un entorno literario dominado por hombres.
En su
obra aborda con crudeza la desigualdad moral entre sexos, el matrimonio como cárcel y
la imposibilidad de conciliar deseo, dignidad y reconocimiento.
No escribe desde la
reivindicación panfletaria, sino desde una experiencia íntima de humillación y
lucidez.
El encuentro con el crítico y escritor danés Georg Brandes -una figura central del
modernismo nórdico- fue decisivo y devastador.
Benedictsson vio en él a un
interlocutor intelectual y quizá una salida afectiva; Brandes, en cambio, la trató con
distancia digamos que instrumental. Esta relación desigual, sumada a la recepción ambigua de su
obra y a una autoestima ya erosionada, precipitó una crisis final de identidad y valor
personal.
El 21 de julio de 1888, en una habitación del Hotel Leopold de Copenhague, Victoria
Benedictsson se suicidó cortándose el cuello con una navaja.
Dejó como testimonio diarios y notas que no buscan acusar, sino constatar un fracaso interior vivido con
una severidad implacable.
Su suicidio no es precisamente romántico; más bien es seco, íntimo y
devastadoramente lógico. Benedictsson no se mata porque crea que le falta de talento o porque se sienta incomprendida artísticamente; lo hace por su profunda convicción de que no hay espacio vital posible
para una mujer que piensa, desea y exige coherencia en el mundo que le ha tocado
habitar.
La vergüenza, más que la culpa, parece atravesar sus últimos escritos: vergüenza de amar
sin ser correspondida, de depender emocionalmente, de no lograr la autonomía moral
que se imponía como ideal.
El caso de Victoria Benedictsson, dramático, es un triste ejemplo de suicidio femenino
moderno llevado a cabo no como gesto histérico ni sentimental, sino como colapso ético.
Frente al suicidio acusatorio de Salgari o el suicidio de retirada de Ganivet, el de
Benedictsson puede leerse como un suicidio de incompatibilidad moral y afectiva.
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-Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893).
Piotr Ilich Chaikovski fue el primer gran compositor ruso plenamente universal y, al
mismo tiempo, uno de los espíritus más fracturados y vulnerables del siglo XIX.
Su
música, muchas veces ardiente, confesional y de una emotividad en ocasiones casi insoportable, contrasta
violentamente con una vida marcada por el miedo, la autocensura y una sensación
constante de inadecuación moral y social.
Chaikovski nació en una familia de clase media y fue educado para la administración del Estado antes
de consagrarse a la música. Su vida parece haberse desarrollado siempre entre dos mundos contrapuestos: el del éxito
público -honores, estrenos triunfales, reconocimiento imperial etc.- y el de una vida
íntima vivida como culpa y amenaza.
Su homosexualidad, imposible de asumir
abiertamente en la Rusia zarista, fue el núcleo secreto de una ansiedad permanente.
No
se trató solo, por lo que cuentan algunos cronistas, de represión sexual, sino de la convicción profunda de estar
existencialmente en falta.
Su matrimonio con Antonina Miliúkova fue un intento desesperado de “normalización” (como hubo otros muchos en esa época) que desembocó en un verdadero desastre psicológico y en una tentativa de suicidio temprana.
En la película de Ken Russell "La pasión de vivir" (1971), el histriónico director cinematográfico reflejó muy bien esta dramática situación convirtiendo a la mujer del compositor en poco menos que una ninfomaníaca desatadas, de las de echar a correr (muy bien interpretada por una entregada Glenda Jackson).
A partir
de ahí, Chaikovski vivió sostenido por una disciplina férrea, una red de protectores y una
productividad artística extraordinaria, pero siempre al borde del colapso.
Sus cartas
revelan una personalidad lúcida, autocrítica, dependiente afectivamente y
obsesionada con la idea de la vergüenza pública.
En los últimos años, el contraste se intensifica: mientras su prestigio alcanza el punto
más alto (culminando con la Sexta Sinfonía, Patética), su estado interior se vuelve más
oscuro. La Patética no es una sinfonía heroica ni trágica en sentido clásico: es, más bien, una verdadera despedida, una música trágica que parece ir apagándose en lugar de resolverse.
Sobre la muerte de Chaikovski se ha especulado mucho y durante mucho tiempo: ¿enfermedad, suicidio o suicidio encubierto?
Chaikovski murió en San Petersburgo el 6 de noviembre de 1893 (calendario
gregoriano), oficialmente de cólera, tras beber agua sin hervir durante una epidemia.
Sin
embargo, desde el siglo XX existe una hipótesis sólida -aunque no demostrable de
forma absoluta- según la cual su muerte fue un suicidio forzado o inducido.
Según esta versión, Chaikovski habría sido presionado por un “tribunal de honor”
informal, ligado a antiguos compañeros de estudios jurídicos, para que pusiera fin a su
vida discretamente tras un escándalo potencial relacionado con su orientación sexual.
El
método -ingerir agua contaminada- habría permitido una muerte socialmente
aceptable, evitando el descrédito público y protegiendo a la institución imperial.
Sea cual sea la verdad última, lo esencial es que Chaikovski no muere como un
hombre en paz.
Incluso aceptando la versión médica, la conducta es imprudente hasta
lo temerario; aceptando la hipótesis alternativa, la muerte se convierte en un suicidio
sin gesto, sin carta, sin acusación: una desaparición cuidadosamente amortiguada por el
decoro social.
Chaikovski representa un ejemplo del suicidio imposible: aquel que no puede nombrarse como tal
porque el entorno no lo permite.
A diferencia de Salgari (en donde pudimos ver una acusación manifiesta), Ganivet (una retirada de un mundo del que se sentía muy lejano), o Benedictsson (hartazgo por colapso moral), aquí el factor decisivo es la
vida doble, la imposibilidad de integrar identidad, deseo y visibilidad pública.
Su muerte -voluntaria, inducida o asumida pasivamente- pertenece al repertorio de
los suicidios socialmente negociados, característicos de sociedades donde el honor, la
reputación y la norma pesan más que la vida individual. Fue una muerte sin escándalo,
pero no por ello menos trágica.
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-Gertrude Bell (1868-1926).
Gertrude Bell es una de las figuras más complejas, contradictorias
y reveladoras del primer tercio del siglo XX, y también una de las más
difíciles de encajar en los relatos heroicos tradicionales.
Fue escritora, intrépida viajera,
arqueóloga, orientalista, diplomática entregada y, en parte, arquitecta política del Próximo Oriente
moderno.
Durante décadas fue una mujer excepcionalmente poderosa en un mundo predominantemente masculino, sin embargo terminó su vida en una soledad extrema,
consumida por el agotamiento, la pérdida de sentido y una muerte que, aun
envuelta en ambigüedad, puede leerse con gran verosimilitud como suicidio
consciente.

Gertrude nació en una familia industrial acomodada del norte
de Inglaterra y, a pesar de los condicionantes de la época, recibió una educación extraordinaria para una mujer de su
tiempo.
Se formó en Oxford, donde destacó por su inteligencia analítica, su
dominio de lenguas y una disciplina casi ascética. Muy pronto apareció en
ella un rasgo que sería constante en su vida: una exigencia interior desmesurada, un
ideal de vida activa, significativa y “útil” que no admitía mediocridades ni repliegues domésticos.
Sus viajes por Oriente Próximo -Siria, Palestina,
Arabia, Mesopotamia- no fueron turismo erudito, sino inmersión radical.
Aprendió árabe con fluidez, convivió con tribus beduinas, atravesó desiertos en
condiciones extremas y construyó una red de relaciones personales sin
precedentes para una mujer europea. Esta experiencia la convirtió en una
autoridad única para el Imperio británico durante la Primera Guerra Mundial y,
después, en la principal asesora civil en la creación del nuevo Estado de
Irak.
(El cine le dedicó recientemente una película, floja, desde mi punto de vista para la densidad de un personaje de su talla, a pesar de ser dirigida por Werner Herzog e interpretada la Kidman: "La reina del desierto" (2015): La reina del desierto (2015) - FilmAffinity ; La Reina del Desierto (Pelicula Completa))

Bell no fue una mera ejecutora colonial: pensaba
históricamente, comparaba tradiciones, entendía los equilibrios tribales y
advertía de los riesgos de imponer modelos occidentales.
Sin embargo, también
fue por lo que parce -y esto es crucial para entender su mentalidad- plenamente consciente de estar participando en una
empresa moralmente ambigua, cuyos efectos escapaban a cualquier control
individual. El éxito político no vino acompañado de paz interior (algo parecido a lo que, en un contexto similar le sucedió al famoso Lawrence de Arabia).
En el plano íntimo, su vida fue una sucesión de renuncias
afectivas. Nunca se casó. Vivió varios amores imposibles o truncados,
especialmente con hombres casados o inaccesibles, y asumió la soledad como
precio de su independencia. Pero esa soledad, sostenida durante años por la
intensidad del trabajo y la aventura, se volvió insoportable cuando la
acción dejó de ser posible.
Tras la guerra, Bell alcanzó su máximo poder
institucional en Bagdad, pero también comenzó su declive interior. La
administración colonial se burocratizó, su influencia disminuyó, y muchas de
las decisiones finales se tomaron sin ella. Para alguien cuya identidad estaba enteramente
ligada a ser necesaria, esta pérdida de centralidad fue devastadora.
A ello se sumaron varios golpes que tuvieron un efecto acumulativo: la muerte
de su padre (figura afectiva fundamental para ella), problemas de salud persistentes,
insomnio crónico y un agotamiento nervioso profundo. Sus cartas de los últimos
años revelan una voz muy cansada, cada vez más desencantada del
proyecto imperial, del que había sido una de las mentes más lúcidas.
Bell no se sintió traicionada por otros: más bien se vio superada
por el peso de lo que había hecho. El mundo que ayudó a crear no era habitable
para ella. Tampoco Inglaterra lo era ya. Y Oriente, transformado en
administración, había perdido su dimensión de aventura y de sentido.
Gertrude Bell murió el 12 de julio de 1926 en Bagdad
tras ingerir una sobredosis de somníferos. El veredicto oficial habló de
accidente; sin embargo, los indicios acumulados -su estado depresivo prolongado, el insomnio severo, la dosis cuidadosamente administrada, la ausencia de señales de
auxilio- permiten hablar con bastante fundamento de un suicidio deliberado, aunque
sin aspavientos.
No dejó ninguna carta de despedida ni de acusación.
Su muerte fue, de alguna manera, administrativa,
casi médica, coherente con una personalidad que siempre evitó el
sentimentalismo y el exhibicionismo. Fue el tipo de suicidio propio de una mente
disciplinada, racional, que decide en un momento dado cerrar un proceso cuando ya no ve
posibilidad de continuidad significativa.
A diferencia de Salgari, como hemos visto mas arriba, Bell no acusa a nadie de su decisión; a diferencia de
Ganivet, no se trató de un retiro simbólico sino un cierre vital; a diferencia de la escritora Benedictsson, no colapsó emocionalmente aunque su agotamiento denotaba mucho peso emocional; y a diferencia de Chaikovski, Bell no muere por exceso de sensibilidad o directamente presionada por el entorno. Muere por algo más moderno y terrible: sentir la falta de sentido por pura obsolescencia funcional.
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-continuará-
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