lunes, 5 de diciembre de 2022

Opinión personal (104): Acercamiento a la imagen del mito en el arte de ayer y de hoy (1).

 Un breve repaso a la historia del arte, aunque sea breve, nos permite observar cómo los grandes mitos del pasado (y de forma muy especial los de origen helénico) han influido de manera decisiva en la iconografía artística de occidente durante siglos, llegando incluso hasta nuestros días (1).

 Quede claro desde el principio que no pretendo efectuar aquí un análisis detallado de un tema que, en sí mismo, requeriría varios libros (2). Sé que este no es el formato adecuado para ello, pero si me gustaría trazar algunas líneas y apuntes que permitan atisbar cómo el pasado greco-romano, que tantas veces hemos trivializado aplaudiendo péplums de tres al cuarto, ha marcado nuestra realidad visual con una fuerza y empuje como pocas corrientes artísticas han sido capaces de hacerlo. Su impacto dura hasta nuestros días, aunque se camufle, generalmente –no siempre, como veremos- en anuncios publicitarios o en gestos de moda. 

Cuando admiramos estéticas apolíneas, cuando se nos alegra el ojillo (o no) por desmesuras dionisíacas, o cuando nos fascina tanto nuestra propia imagen que no paramos de hacernos selfies, estamos evocando actitudes y mitos que tienen un origen muy lejano. Tanto, que la mayoría de las veces ni somos conscientes de ello (salvo excepciones que, seguro, haberlas, haylas). 

Vemos las imágenes y sus recreaciones actuales olvidando muchas veces su procedencia y, sobre todo, su historia y significación. Sufrimos en la actualidad lo que yo denomino, irónicamente, “efecto Frida Kahlo”: En nuestra cultura consumimos tal cantidad de imágenes que, cuando por el motivo que sea, adoptamos algunas de ellas, la repetimos compulsivamente, hasta conseguir, en curiosa contradicción, un efecto de hartazgo inconmensurable

Se trata de mecanismos de repetición “ad nauseam”, de raíz claramente capitalista (3), que provocan, a posteriori, saturación y hacen que los iconos, sean cuales sean, acaben adquiriendo un sentido muy diferente al que, casi con toda seguridad, tenían en su origen. 

La sobreexplotación comercial de Frida Kahlo – (yorokobu.es)

 Lo que nació como una obra de arte o para un contexto religioso o social determinado, acaba, hoy en día, adornando un bolso, un cojín, una jarra o lo que quieran que se les ocurra, ya que la voracidad consumista de estos tiempos no pone reparos absolutamente a nada, especialmente “si gusta” o se crea “un nicho de mercado”. 

Las pinturas, más o menos aceptables (pero no geniales) de la Kahlo, han adquirido una notoriedad inusitada, al ser adoptada ella y sus obras por el marketing oportunista y por la devoción neo-feminista. Todo tipo de objetos se decoran con obras suyas (¡hasta bragas he visto!) dotándolos de una significación ideológica que se amplía a factores muy diferentes de los artísticos. 

El aspecto innovador y rompedor de Van Gogh –por poner otro ejemplo de sobresaturación mercantilista y de utilización espuria- se aprovecha para decorar carpetas, pañuelos o paraguas de simpatizantes, perdiendo en el camino toda su genialidad. 


De la obra de arte, alabada y reconocida o provocadora y cuestionada, se ha pasado, con todas las transiciones y excepciones que se quiera, al consumo en serie y a la reproducción barata. 

Todo lo que sea para satisfacer el ansia de arte –accesible- o de belleza icónica de las masas. 

Lo que haga falta y mucho más si es negocio. Justificaciones, por descontado, miles: Si algo tiene la sociedad de consumo es una capacidad extraordinaria para crear argumentos con los que validar su existencia y prolongarla, caiga quien caiga. En cualquier caso, tampoco es mi intención hacer aquí una crítica a los resortes y mecanismos capitalistas de banalización de imágenes, sino mostrar algunos ejemplos de cómo la iconografía del pasado ha demostrado tener suficiente músculo como para sobrevivir a mil y una manipulaciones y cómo, en la actualidad, seguimos recurriendo a ella.

Notas:

(1). Debidamente tuneados y asimilados y –lógicamente- destronados de pretensiones divinas y míticas, aunque todos aparezcan, de vez en cuando, como estandartes y abanderados del Dios Consumo. 

(2). Sin duda, hay muchos e importantes estudios –como no podía ser menos debido a la trascendencia del tema- sobre la iconografía y sus transformaciones históricas, así como sobre su simbología pasada y actual. También, lógicamente, sobre la trascendencia cultural y arquetípica de los mitos. Jung marcó un camino de profundización que sería recogido por múltiples y muy diversos estudiosos. Para la elaboración de este trabajo ha resultado esencial, “Arte y mito. Manual de iconografía clásica” de Miguel Ángel Elvira (2013), y desde el punto de vista de su incidencia en la publicidad y en el arte moderno, “De Mona Lisa a los Simpson. Por qué las grandes obras de arte se han convertido en iconos de nuestro tiempo”, de Francesca Bonazzoli y Michele Robecchi (2012).

 (3). El hiper consumo ha demostrado más que sobradamente –como bien ha señalado, entre otros, Gilles Lipovetski- su extraordinaria capacidad para la fagotización de ideas e imágenes, adaptándose a las demandas, pero también generando deseos, provocando actitudes y manipulando sentimientos. Muchos “teóricos anticapitalistas” caen en la contradicción de abanderar su ideología a través de pautas, iconos y sobre todo consumos de origen y desarrollo total y absolutamente capitalistas. 

Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.
Texto: Javier Nebot

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