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sábado, 18 de mayo de 2013

Opinión personal (2): Las primeras "fatales": De Lilith y Eva a Venus y Pandora. (2º de 8)

     2ª parte: Las primeras “fatales”: De Lilith y Eva a Venus y Pandora.
Los arquetipos femeninos que han ejemplificado el miedo del hombre al caos que significa una mujer no sometida son realmente muy antiguos (varios miles de años). Dentro de nuestra tradición judeocristiana podemos referirnos a dos fundamentalmente: Lilith y Eva Ambas han dado pie a toda una  serie de tipologías de mujer por lo que podemos decir que se han ido “reencarnando” de muy diferentes formas hasta hoy en día.
Lilith muchos estudios le reconocen un origen mesopotámico aunque pronto fue incorporada a través del folclore judío a nuestra particular constelación de mitos.
La tradición la considera la primera mujer de Adán y, al igual que éste, el polvo y la mano de Dios fueron su origen. De igual a igual. Según la tradición, Lilith, consciente de esta igualdad no quiso someterse a las exigencias de Adán y ni corta ni perezosa dio portazo al Paraíso optando por unirse a todos los diablillos que, según parece ser, abundaban en aquella época por las cercanías del Mar Muerto, compartiendo con ellos todo tipo de "sutilezas".
Los judíos exiliados en Babilonia pronto se hicieron eco de esta historia y se la llevaron a su tierra de origen desarrollando la creencia en esta criatura maligna.
Sin duda Lilith ha tenido gran importancia en la configuración arquetípica de la mujer fatal ya que de alguna manera significa la rebelión contra el hombre y contra todo orden aunque éste tenga apariencia de “paraíso”.



Lilith, concupiscente, se entrega sin freno a los demonios teniendo multitud de hijos, los lilim
Parece ser que cuando los ángeles intentaron “recuperarla” ella, independiente, se negó (segunda osadía: no solo se enfrenta al hombre sino también a Dios) y el cielo la castigó haciendo que muriesen cien de sus hijos cada día. 
Según la tradición judía medieval desde entonces ella trata de vengarse matando a los niños menores de ocho días (incircuncisos) y pululando entre las sábanas rastreando posibles restos de semen con los que poder procrear más. La figura y leyenda de Lilith y sobre todo su rebelión contra Adán ha llevado a algunas feministas a convertirla en un verdadero símbolo de la liberación sexual y de la lucha contra el hombre. Ella escenifica a la mujer que rompe el orden establecido y amenaza una institución esencial del patriarcado: la familia.
La casi coetánea de Lilith, Eva, aparece en la Biblia como la madre de todos los vivientes lo que de alguna forma implica algo más de “respetabilidad”: ella, a pesar de todo, se mantuvo al lado de Adán y compartieron las consecuencias de su “caída”.




No es este el lugar para introducirnos en la ética sexofóbica de la tradición judeo-cristiana pero no podemos obviar la carga de responsabilidad asumida por Eva como incitadora al pecado, al Mal. Como bien señala Erika de Bornay en su interesante libro Las hijas de Lilith :
 “la insistencia (de los padres de la iglesia) en la maldad intrínseca del goce sexual, este desprecio sin paliativos por la carne, necesitó de la figura de un “impulsor”, un “culpable”, de un ser proclive al pecado, que no fuera aquel hombre creado a “semejanza de Dios”. Se  necesitaba de “otro”, que, por la lógica de las filosofías patrísticas, iba a ser “otra”: Eva, la mujer. Es en ella en quien los Padres de la Iglesia encarnarán todas las tentaciones del mundo terrenal, del sexo y del demonio. Y ello, a pesar de que en el Antiguo Testamento el hombre reconoce a la mujer como a su igual (p 33)
Esta carga ha durado siglos pero resultaba evidente que no se podía demonizar a todo el género femenino so pena de extinción por lo que, en contraposición, se desarrollaron y magnificaron otras figuras que incorporasen el arquetipo contrario: la madre y esposa fiel que mantiene viva la llama del hogar, siempre abnegada y obediente. La Virgen María  accedió así a ser icono referencial de  y para las “buenas mujeres” (junto con la subsiguiente retahíla se santas virtuosas).

Dicotomía esencial entre virtud y pecado, entre orden y caos.
Hay una supuesta maldad intrínseca en la mujer que solo un exceso de virtud parece paliar de ahí quizá la extrema polarización de los estereotipos.
Si el pecado del hombre era el orgullo, el vicio esencial de la mujer lo constituía la lujuria y precisamente ésta ha sido una de las características más relevantes de las vampiresas modernas: el dominio sobre el varón se ejercía a través del sexo.
Imposible ocultar la misoginia que se esconde en la demonización de la sexualidad aunque, como bien señala Román Gubern (Espejos de fantasmas) :
descontando todo cuanto de prejuicio ideológico machista tenga el mito de la "femme fatale", devoradora de hombres y fantasma castrador para los varones occidentales, añadamos que la historia ha producido realmente mujeres que poco tenían que envidiar a Don Juan, desde la emperatriz romana Mesalina, un notorio caso de neurosis sexual que lucía un collar con 21 falos –número ideal de “caricias” que gustaba recibir en una noche- a Catalina de Rusia que adoraba a los jóvenes soldados de su guardia”. En la cultura grecolatina también se ha dado una dicotomía similar aunque, al menos desde mi punto de vista, con matices menos negativos.
Jordi Balló  y Xavier Pérez presentan,  en su obra "La semilla inmortal(Barcelona 2012) una detallada relación de argumentos y estereotipos asumidos por nuestra cultura y cuya tradición se remonta a la Ilíada y a la Odisea cuando no a la misma Teogonía de Hesiodo. 
Aunque su análisis excede los límites aquí previstos y va más allá de la figura de la mujer fatal reseñan cabalmente la importancia de Helena de Troya, de Dido, de Pandora, Nausíaca y otras muchas en la memoria histórica que hemos recibido y de la cual el cine ha hecho un amplio uso. El prototipo clave es sin dudarlo, Venus, la diosa del amor, personificación de una belleza y una seducción a la que muy pocos hombres –y dioses- podían resistirse y su antagonista estaría representada por Penélope (también por Hera) personificación de la lealtad a la figura masculina (esposo) y sobre todo al hogar como centro de la familia.
Pero, también en la cultura clásica, los mitos del amor tienen su parte “oscura” en otras figuras bastante  más enigmáticas y, quizás, atrayentes: la Esfinge, Circe, las Sirenas…..todas ellas unen a la seducción la certeza de un peligro inminente cuando no el de una más que probable destrucción. 





Son las que -con acierto- llama Erika Bornay “las bellas atroces”, tataraabuelísimas de nuestras vampiresas.

Autor: Javier Nebot, Mayo 2013.
-Continuará-

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