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domingo, 15 de febrero de 2015

Opinión personal (21): De sensibilidades almibaradas y voluntades light (2º de 3)

   -2. De palabras, significados y desencuentros.
Me llamó mucho la atención hace unos cuantos días, en un foro en el que participo y en donde personas de todo tipo nos reunimos y debatimos temas de interés, el poco acuerdo que, en un momento determinado, encontramos cara a aceptar el significado, la acepción, de determinadas palabras (cuestión clave para entendernos).
En principio parece que no debería darse excesivo desacuerdo entre conceptos que, ciertamente, están bastante bien precisados en el diccionario pero que, evidentemente, difieren en importantes matices por el peso específico, por la carga, que les otorgamos a cada uno ellos:
Entramos en un terreno que va más allá de los significados concretos y literales porque las palabras troqueladas por la propia experiencia son, muchas veces, inválidas –aunque parezca increíble- para la comunicación efectiva (al menos en un ambiente coloquial que es el ambiente en que nos movemos la mayoría de nosotros; doy por supuesto –¡confío en que así sea!- que en los ambientes técnicos y profesionales la precisión lexicográfica sea meridiana).

Un exponente claro de ambigüedad es para mí, por poner un ejemplo, la palabra amor: cada individuo dota al término de tal gama de matices o la utiliza para tantísimas cosas diferentes que, de tanto querer abarcar situaciones y posibilidades, se acaba invalidando su significado porque, finalmente, no hay ninguna certeza sobre lo que se pretende comunicar exactamente con la misma. 
Otro caso podría ser el de la palabra cultura -la palabra mágica  y turbadora que hacía desenfundar la pistola al General Goering y a otros muchos de catadura similar-, una palabra que para algunos evoca momentos de aburrimiento y bostezo pero que para la mayoría implica, sin embargo, placeres intelectuales y momentos de íntima reflexión o disfrutes ilustrados.
Parece claro que, en muchos conceptos/palabras, una cosa es lo que dice "ortodoxamente" el diccionario y otra, a veces bastante diferente, lo que significa el mismo término "en la calle" o para una persona concreta.
(¡Que decir si empezamos con jergas políticas tipo "tengo la mano tendida" (prepárate para que te estrangulen), "hablar todo lo que haga falta" (para ganar tiempo o producir desespero, no para llegar a acuerdos) etc, etc!)
La "polémica" que he mencionado antes se organizó por el uso de palabras tan aparentemente comunes como justicia, caridad y solidaridad (1) y eso tiene una importancia capital a la hora de ponernos de acuerdo sobre lo que entendemos como conveniente en temas tan claves como el cambio y la mejora social y las posibles acciones transformadoras o participativas, sean voluntarias o no.

Ya he mencionado en la "introducción/desahogo"
lo que resulta obvio:
que tales términos implican, un determinado posicionamiento ideológico (consciente o no, nos guste o no) y es de suponer que sea precisamente la ideología que hay detrás la que pueda dar el sentido o la clave para entender realmente lo que se quiere comunicar…..pero muchas veces no solo no queremos facilitar esa clave sino que tenemos especial interés en disimular (en según que ámbitos ir de "derechas" es pecado grave y en otros ir de "izquierdas" es mentar al diablo).


Por eso pienso que se creó el debate (en algún momento algo acalorado) en el mencionado foro y por eso pude constatar allí cómo lo que para unos era justicia (2), para otros era un estricto legalismo lejano de cualquier sentido de equidad, cuando no una tomadura de pelo ya que solo funcionaba como aspiración;  también pudimos constatar cómo una palabra que fue  tan clave y esencial a la hora de diferenciar –en positivo- a los cristianos, caridad (3), resultaba  ser ahora, a la sombra de la exigible justicia, una expresión que daba poco menos que grima a la mayoría cuando no se consideraba pavorosamente deleznable, propia de tiempos muy lejanos y casi sinónimo de mezquindad más que de acción altruista.



Me pareció que generaba mucha menos controversia el término solidaridad, pero creo que ello se debía, más que otra cosa, a que al ser jerga relativamente reciente, todavía no es una palabra que esté "amortizada" o haya sufrido el desgaste experiencial de sus predecesoras. Esta por ver si, con el tiempo, el término se devaluará o seguirá teniendo el plus de legitimidad.
También me llamó mucho la atención cómo algunas personas defendían como esencial el término igualdad, pero cuando, con una pequeña provocación por mi parte, sugerí una igualdad efectiva y concreta, el personal saltó de su asiento, sintiéndose poco menos que agredido en la seguridad de sus mini-privilegios o en la integridad de sus bienes. (¡¡Humanos somos y pelín "casta" también, nos situemos desde donde nos situemos!!). 
Resulta llamativo ver cómo pasamos –a veces incluso dentro del mismo discurso- de defender con coraje una hipotética –y siempre teórica- igualdad, al darwinismo social más rancio:Yo tengo lo que me merezco en virtud de mis increíbles dones y virtudes. 
Me lo he “currao” como el que más y a mí no se me toca nada. 
Son los demás –siempre- los que son torpes, incapaces, vagos, pródigos o, cuando no son eso, son absurdamente ricos. Que sea el Sr. Botín el que corra con los costes igualitarios”…..¡ay!

¡Cómo se nos cae la ideología cuando nos sacan de nuestra área de confortabilidad!
Nos ponemos a la defensiva y mutamos cualquier término o expresión que no se adecua a la defensa de nuestra visión o de nuestros intereses.
Hablaba antes de las obvias dificultades ante muchas cuestiones y problemas pero estas también se nos muestran en las mismas palabras que utilizamos, tal y como podemos ver.
Hay un problema claro de códigos que tenemos que resolver para poder entendernos. 
Aunque no dudo de que profesionalmente se sea mucho más concreto y exacto, la realidad cotidiana, la de “andar por casa” se crea a partir de las expresiones que usamos y por tanto, en un tema tan esencial como este sería conveniente iniciar un cierto proceso de destilación, buscando la manera de acercarse para poder hablar dentro del mismo idioma, también el mismo lenguaje porque si no es más que probable que no lleguemos a un entendimiento real y creo, sinceramente, que ese puede ser uno de los motivos por los que, con todas las buenas intenciones que se quiera, no se llegue a resolver muchos de los problemas y de las cuestiones que nos preocupan.
Personalmente lo noto mucho. Hay en mí una profunda resistencia a que se me vincule con según que actitudes o gestos -mucho más todavía si hablamos de ideologías-  y no es porque considere que puedan ser  en sí perniciosos o nocivos sino porque, desde mi punto de vista, ejemplifican unas actitudes apoyadas en pilares que no son los que deberían ser.
Aun así no renunció a buscar pautas de cuestionamiento y de posterior encuentro.
-continuará-

Notas:
-(1). Conceptos complejos, además de conceptos claramente ideológicos.
Probablemente sobre el que más se ha debatido –y que de alguna manera influye en los otros dos- sea el término Justicia. Tanto la Filosofía, como el Derecho como la Religión han ofrecido su particular visión; visión que va mutando según pasa los siglos aunque, en esencia, la pregunta básica de lo que es justicia sigue siendo la misma y plantea los mismos problemas que cuando la plantearon los filósofos griegos hace más de dos mil quinientos años.
No es este el sitio ni el momento para ver en qué punto se encuentra hoy dicho concepto pero me parece realmente recomendable el libro de Michael J. Sandel, Justicia: ¿Hacemos lo que debemos?. En él reflexiona sobre la importancia de hacer lo que se debe y como esa necesidad vital del hombre ha tenido muy diferentes respuestas según se enfoque desde la óptica del libertarismo, desde el utilitarismo, desde la moral kantiana etc. En cualquier caso reflexionar sobre lo que merece cada cual y arbitrar criterios de igualdad asumibles es un tema imprescindible y apasionante. Deliberar sobre la Justicia y el bien común (que muchas veces es antagónico al bien particular e individual), también ayuda a concretar de que estamos hablando cuando hablamos de justicia.

-(2). Me pareció detectar en esa reunión, aparte de una curiosa fijación entre justicia y legalidad (ya sabemos que los tribunales de Justicia anhelan acercarse a ella) un cierto sentido utilitarista de la misma. Lo que se decía y consideraba como justo tenía más que ver con una numantina defensa de los propios derechos adquiridos que con un cuestionamiento cabal de los mismos. Ese preservar lo que uno cree que le corresponde puede ser legítimo, pero no necesariamente justo. De hecho se acerca ahí mucho más a la concepción legal de Justicia (reconocimiento, defensa y restitución de un derecho) que a una idea cabal de la misma. Deberíamos remontarnos a los análisis de algunos antropólogos y psicólogos sobre la experiencia de reciprocidad para hallar algunas claves que matizan el concepto.
En cualquier caso parece obvio que una sociedad que impone como criterio máximo de construcción de la misma el derecho de propiedad no va alcanzar nunca según qué cotas de justicia real efectiva porque el reparto de las “cartas” está desde el origen claramente sesgado. ¿Puede ser justo un mundo que, como veo ahora mismo en las noticias, 1% de su población poseerá en el 2016 la misma riqueza que el 99% restante?. Digamos que, a muchos niveles, hay un contrato social más o menos aceptado que, reconociendo las desigualdades de origen, busca un entendimiento entre las partes, que una verdadera aspiración de justicia igual para todos (aspiración que queda muy bien en Constituciones y leyes pero que no deja de ser un eufemismo sobre la conveniencia de un determinado sistema legal).

-(3). Me llama también poderosamente la atención como la Caridad ha pasado al ranking de palabras vetadas por lo políticamente correcto. De virtud romana, adoptada por los cristianos (si la caridad falta no hay nada), ha sinónimo de generosidad ficticia o injusticia estructural.
Los que se emocionan de forma blandengue y, a veces, extrema, ante según que situaciones, luego reclaman una actuación más aséptica, de actuar.
Caridad no debería implicar en ningún caso hipocresía ni falso afán de ayudar. De hecho una de las organizaciones más solventes, transparentes y efectivas que tenemos (Cáritas) se acoge a su nombre (no estoy muy seguro ya sí también a su verdadero espíritu que implicaría no solo una gestión eficaz –necesaria y exigible- sino, también, una cierta vinculación emocional, a un compromiso que va más allá de la mera gestión).
En cualquier caso parece claro que no es una palabra que guste hoy en día aunque si analizásemos el porqué de ese rechazo encontraríamos, aparte de muy distintas razones, un rechazo no siempre fundado a la institución eclesial que, probablemente, ha hecho un excesivo uso –y a veces mal uso- del término, reduciendo el mismo a una mínima expresión de lo que debería suponer.

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