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sábado, 14 de febrero de 2015

Opinión personal (20): De sensibilidades almibaradas y de voluntades light (1º de 3).

1. A modo de desahogo/deliberación.

Supongo que parecería de “malvados” y desaprensivos  criticar sin más algunos movimientos o instituciones que, hasta cierto punto, son valorados por todos aquellos que se dejan arrastrar por la corriente de "buenismos" y sentimientos edulcorados que –por lo que parece- predomina en el mundo -para mí desconcertante y extraño-  de lo "políticamente correcto". 
Sin duda parecería de resentidos y amargados rechazar aquello que, en principio y si no lo cuestionamos, da la sensación que hace felices a otros (1), arguyendo como excusa que uno no ve ni reciprocidad posible ni justicia o con el argumento de que son muchos –demasiados- los que viven simplemente “del cuento”. 
Por último –y por ser breve- parecería demasiado políticamente incorrecto remover conciencias, desterrar tópicos, revolucionar situaciones porque, ciertamente, la realidad en sí no vende, no produce "réditos políticos" (uno de los dioses actuales) y, además, tiene la mala fortuna de ser pelín más duradera (y/o coñazo) que un anuncio de esos que te hacen sentir bien, incluso solidario, porque consiguen –casi siempre con trampa- que se le salten a uno las lagrimitas (fáciles) o que el corazón nos lata más deprisa, emocionándonos – puntualmente- por lo que se nos muestra y recordándonos lo sensibles que, en el fondo, somos (pero que casi nunca nos hace tomar conciencia de nuestras propias inconsecuencias)
Y dirá el lector: ¿a qué viene toda esta exacerbada perorata? 
Pues viene como un desahogo a la rabia que me produce la facilidad con que nos contentamos -casi siempre, insisto, que excepciones sanas hay-, la mayoría de nosotros ante según que situaciones sobre todo si no nos toca a nosotros la mala fortuna, y viene, también a cuento, porque me llama poderosamente la atención el cómo nos gusta ayudar y “ser buenos” y solidarios y "guays" y todo lo que haga falta, colaborando o participando en mil y una organizaciones, tipo ong o lo que sea, siempre y cuando no se cambien demasiado las cosas porque los posibles cambios implicarían otro tipo de esfuerzo y eso, además de incómodo, es ingrato, es peligroso y es difícil.

Sí. Cierto. Es difícil, muy difícil, intentar ver más allá de lo que nos exponen normalmente los medios de comunicación (aquellos con los que solemos informamos y con los que creamos nuestra opinión) para ver qué pasa en realidad; igualmente difícil y complicado es el intentar desgranar con delicadeza, pero con valentía, las causas que determinan muchas situaciones injustas, que consiguen materializar diferencias que deberían ser inasumibles por lo que tienen a veces de sangrantes, y, desde luego, el no va más de la dificultad es el ver cómo actuar para mejorar lo que hay.

Ante tanta dificultad acabamos rindiéndonos; preferimos dejar que sea papá-estado o los especialistas de turno (¡luego despotricamos de los políticos!) los que busquen las soluciones de fondo y nosotros nos reservamos para las acciones amables, las que implican una cierta “orla” de altruismo.
Reconozco que esa áspera dificultad –la de enfrentarse a la cruda realidad- la podemos experimentar todos: los que intentamos cuestionarnos seriamente al respecto; los que sienten en sus entrañas que deberían hacer algo con lo que sucede en muchos ámbitos; los que se quedan perplejos, impotentes e indignados ante lo que ven. También, incluso, la misma sociedad y sus instituciones, especialmente cuando -como sucede muy a menudo- no es capaz de responder a los problemas de base que alberga dentro de sí porque ya casi nadie tiene respuestas de clara aplicación.

Parece evidente, reconozcámoslo, por mucho que nos desagrade, que nadie tiene recetas mágicas para nada y que los planteamientos que se ofrecen para enfocar esos problemas son tan variados y contradictorios que rara vez coinciden en el diagnóstico y, mucho menos, en las soluciones.

Entre ineficacias, imposibilismos estructurales, acciones parche e inercias peligrosas.....
 ¿No hay nada que se pueda hacer y que incida en el fondo de los problemas? 
Evidentemente SI hay soluciones (2) pero estoy casi seguro –y sobre eso quisiera reflexionar -si puedo, en este artículo- de que las posibles respuestas a muchos de esos problemas que nos agobian en una sociedad tan compleja y diversa como en la que vivimos (3), NO pasan por aplicar, sin más, paños calientes con los que aminorar momentáneamente sus efectos o con los que tranquilizar conciencias compungidas (cuando no culpables) (4).

No es que anatematice (creo) posibles propuestas paliativas, no (hay también belleza, autenticidad y bondad en algunas acciones intermedias), es, más bien, un deliberado rechazo –al menos en determinados asuntos y en algunas ocasiones- a las cataplasmas sociales, a las propuestas que maquillan más que resuelven, al deseo de algunos de desviar la atención sobre lo esencial, de no cambiar nada o de cambiar muy poco para que todo siga estructuralmente igual (muy en la línea de El gatopardo: cambiar algo para que nada cambie), no vaya a ser que el cambio trastoque demasiado el intocable status quo. 
Por eso no me gusta lo fácil, no por un numantino deseo de cultivar la dificultad per se, sino porque lo fácil generalmente engaña, hace trampa, la mayoría de las veces, creando una ilusión óptica de bienestar que oculta bajo la alfombra cualquier cosa que moleste o que no pueda acomodarse a una sensibilidad en plan “casa de la pradera” (¡¡que bien se llora en familia!!).

Es fácil movilizar emociones (bien los saben los medios de comunicación), es muy fácil sentirse generoso y magnánimo cuando uno está seguro, fácil también jugar a samaritanos…….
Y fácil me parece, por poner algún ejemplo, –ejemplo que se ve lamentablemente casi todos los días- intentar emocionar (¡siempre la sensibilidad a flor de piel!) al personal a golpe de anuncio sensiblero/lacrimógeno o de tele-maratones solidarios con los buscar generosidades momentáneas.
Es posible que todo este tipo de cosas o actuaciones (y ahí incluyo también según qué campañas de "sensibilización" de algunas ONG) pudieran quedarse en lo simplemente anecdótico si no fuese porque, desde mi punto de vista, ayudan a camuflar muchas veces la verdadera realidad o a mostrarla con un sesgo claramente tendencioso, buscando más el impacto y el efecto que una verdadera solución.
Soy consciente de que se pretende de esta manera resolver lo mas apremiante, la punta del iceberg; que se busca más un remedio de urgencia que otra cosas (ligado necesaria y convenientemente a un aumento del share televisivo en muchos casos), pero precisamente es esa simbiosis de intereses contrapuestos -entre legítimos y espurios- la que mucha veces me parece obscena y peligrosa, la que busca la rentabilidad cubriéndose de una engañosa respetabilidad solidaria.

Entiendo, desde luego, que señores tan ilustrados y sesudos como, por poner un modelo solvente,   Rudiger Safranski, cuestionen el máximo de realidad que cualquiera pueda soportar y, desde               luego, no soy partidario de sobredosis de ningún tipo -¡benditas evasiones!-, pero es curioso            –tristemente curioso- ver cómo lo que para unos es una especie de espectáculo social (televisivo o no, porque hay muchas variantes), para otros sí es un tragarse tazones y tazones de desventura en vivo y en directo.
Unos son protagonistas –muchas veces involuntarios- del drama que les toca vivir y otros son observadores protegidos entre algodones de confortabilidad.
Vivimos en una sociedad excesivamente teledirigida y ello nos marca en demasiadas ocasiones cómo sentir y sobre qué debemos sentir. 
Nos convertimos, a veces sin querer en permanentes tele-observadores (5)
Vemos la realidad a través del prisma televisivo que tiene la ventaja de que nos ayuda a sentir a distancia y sin posible contagio. Si todo funciona como otros han pensado y programado, igual hasta se estimula nuestra conciencia solidaria; quizás, si se es especialmente receptivo, contribuimos con nuestro óbolo (más de manera simbólica que otra cosa pero, con todo, “qué buena eres mari-puri”) para intentar aliviar el dolor de los “menesterosos” (que se decía antes) en cualquiera de las formas en que nos los muestren: pateras, sin techo, desahuciados, enfermos X, enfermos Z, colectivos Alfa, colectivos Beta, país desastre 1, país desastre 100…………
Se aplica a lo social las mismas fórmulas que para vender un detergente
se insiste en el problema (producto) para darlo a conocer, se repite machaconamente sus ventajas y peculiaridades para obtener una cuota de mercado (circunstancias especificas del problema, toma de conciencia), se crea la necesidad de comprar (actuar o posicionarse a favor del asunto) y, con suerte, se consigue una dependencia de ese producto (una acción participativa o colaboradora que nos dé sentido vital). ¡Yo sin mi Persil no soy nadie/Yo sin mi ONG no soy nadie!
¿Es ese el panorama? ¿Qué hay de real en la sátira?, en cualquier caso ¿Qué hacer? ¿Qué podemos realmente hacer?

Desde luego no parece que la “caja tonta” vaya a promover revoluciones por mucho que alguna cadena dedique espacio y horas a los neo-comunistas (aunque eso está sirviendo, por lo que podemos ver, de revulsivo y eso nunca está de más.Otra cosa será lo que venga después).
Vivimos inmersos en una especie de bruma ideológica que nos intoxica sutilmente y que, poco a poco, va minando las posibles respuestas, disuadiendo de actuaciones que cuestionen realmente el sistema, que pongan en solfa la legitimidad de la forma en que se vive, imposibilitando una crítica certera a la sociedad felizmente consumidora y sonámbula.
La “civilización”, esa de la que tanto les gusta hablar a algunos norteamericanos –sobre todo a los del “tea party”-, es incuestionable. 
Constantemente, por activa y por pasiva, se nos inocula la idea de que no hay alternativa de ningún tipo (“mirad como acabaron los países que eran comunistas”) y, si la hay, entra en el terreno de los “anti-sistemas”: ¡caeríamos en el infierno en forma de caos, se hundiría lo más sagrado, volveríamos a las cavernas!. Apocalipsis total.
Vistos los resultados –liberalismo salvaje globalizado- es obvio que funciona aquello de “¡que viene el lobo!!”, y, ojo, que si viene ya no podremos comprar chuminadas en zaracortefielbeneton y nos expropiarán el piso y perderemos las pensiones y, y, y …………… no sé que más barrabasadas!
El miedo a perder es todavía un arma poderosa.
En fin, parece que cada vez que vemos una situación de injusticia, cada vez que tomamos conciencia de un problema y queremos ayudar a resolverlo, no tenemos otra opción razonable que transitar por el camino seguro evitando ir a la raíz del asunto, ya sea porque lo propicie en su permanente tutelaje el Estado o porque decidamos, más o menos libremente, volcar nuestro empeño, por el motivo que sea, en formas más o menos privadas, de altruismo, a través de ONG o instituciones y fundaciones de lo más diverso.

Reconozco que a mí, personalmente, siempre me ha resultado difícil posicionarme a la hora de reflexionar ante tantos y tan complejos temas. No soy ni Robin Hood ni Curro Jiménez, tampoco, creo, especialmente radical, pero tengo cada vez más tendencia a sentir náuseas ante algunas
respuestas excesivamente contemporizadoras que casi siempre pasan por una sensiblería lacerante (vomitiva) y que van, aunque no nos guste lo más mínimo la palabra, en la línea de caridades pasadas o de comportamientos light que me hacen sentir mejor” (¡dios, cuánto daño han hecho los libros de auto-ayuda!), más que a encontrar una verdadera (¿existe?) solución. 

Supongo que son demasiadas las preguntas que exigen respuestas. 
Estamos expuestos a un constante bombardeo de temas y cuestiones sobre los que debemos sensibilizarnos y eso, creo, nos embota, nos deja como fuera de juego; además, como ya hemos visto, las posibles respuestas implicarán análisis y resultados muy diferentes dependiendo de cuál sea la óptica con la que decidamos analizarlas.
Si uno empieza a preguntarse……puede que no acabe de crear preguntas
: ¿Cómo evitar las manipulaciones, ya sean emocionales o ideológicas? ¿Cómo contribuir a minimizar las aberraciones del sistema? ¿Cómo pasar a la acción de manera que se obtengan resultados cara a una sociedad más justa? ¿Realmente sólo hay una forma de entender la sociedad en la que vivimos? ¿Qué debo entender por una sociedad más justa? ¿En dónde ponemos los límites entre la sociedad y el individuo? ¿Qué entendemos realmente por solidaridad?
¿Y por qué solidaridad y no otra cosa? ¿Es mejor la justicia, la caridad o la solidaridad? ¿Qué valores hay que tener prioritariamente claros? ¿Puede el economicismo realmente dar respuesta efectiva a las necesidades humanas? ¿Solo tiene valor lo que genera una productividad o un beneficio? En un mundo con un castillo de derechos ¿Cómo se articulan las obligaciones? ¿Tenemos todos, realmente, los mismos derechos? ¿Seguro? ¿Por qué? ¿Es posible mantener siempre ese constructo legal? ¿Qué significa efectivamente igualdad? ¿Se puede obligar a ser solidario? ¿Y a ser justo? ¿Y a ser moral? ¿Dónde queda entonces la libertad? ¿Y dónde queda la compasión? ¿Y por qué hay que ser compasivos? ¿Ganamos algo con ello? ¿Quién gana? ¿Debe ganar alguien necesariamente?¿A partir de dónde se pueden transformar las cosas? ¿Cuál debería ser la línea de flotación en la que todos deberíamos estar de acuerdo?.........
Hay mil y una preguntas que implican serias reflexiones para obtener solo algunas respuestas y, por lo que demuestra la historia, son realmente muy pocas de esas respuestas las que han sido unánimemente acogidas y, por descontado, mucho menos todavía aquellas que han sido puestas en práctica.
Al final, más allá de filosofías y planteamientos intelectuales –que están realmente en lo cotidiano mucho más de lo que nos imaginamos aunque a veces no seamos conscientes de ello- no queda otra que optar por respuestas personales. Respuestas para uno mismo y respuestas para la relación con los demás, para con la sociedad, si se quiere decir de esta manera.

Nos encontraremos entonces con que tenemos que optar entre acciones con efecto “diazepan” (me relaja tanto hacerlo; me deja más tranquilo) o acciones con efecto “prozac” (me siento mejor cada vez; me dan mucho más de lo que yo doy, soy otra persona), o entre pasividades del tipo “yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer, que arreen otros” o en plan “después de mi que arda Troya”. 

¿Sólo? No, creo sinceramente que sí hay más posibilidades porque hay suficientes evidencias de quehay personas –aunque personalmente creo que pocas- con ganas de plantar cara a las cosas y adoptar otros parámetros, huyendo de las cataplasmas y de los parches, buscando la acción justa (debate eterno: ¿Qué es ser justo? en principio, aquella acción que restaura el equilibrio, pero esto
nos llevaría a su vez a preguntarnos ¿Qué equilibrio si la vida siempre ha sido, por definición, desequilibrada?...¡entiendo  muchas veces que el personal no quiera hacerse preguntas y meterse en el laberinto para enfrentarse con el minotauro de turno!).

Tenemos complicado el auto-formularnos preguntas y, por lo tanto, también el obtener respuestas porque tanto unas como otras implican valores (de valor, algo que se tiene en alta estima e importancia) y en ese terreno nos volvemos a enzarzar con los matices, los grados, las idoneidades.
¿Qué valores deberíamos encontrar, mantener y desarrollar para pasar de una sociedad de “cuidados paliativos” –como la que vamos construyendo- a una que buscase la “salud” y erradicase la “enfermedad” de sí misma? ¿Estamos seguros de que serían los mismos valores? ¿Seguros de que las respuestas y las acciones serian iguales ante un planteamiento u otro?
Y ya puestos a preguntar tanto ¿por qué una introducción tan larga que tiene mucho más de desahogo visceral que de reflexión sosegada? Pues porque las palabras, la manera con la que generalmente nos expresamos sobre estos temas suelen mezclar en casi todas las personas mucho más que un solo criterio. ¿Incoherentes? Lo iremos viendo en el próximo capítulo.

Notas:
-(1).Referirse a la felicidad, ya social, grupal o individual, sería introducirse en un mundo demasiado complejo como para tratar de sacar consecuencias, al menos en un artículo como éste. La aspiración ilustrada (“Derecho a la felicidad) abrió unas posibilidades de mejora hasta entonces insospechadas para la inmensa mayoría. Aunque la realidad se ha encargado siempre de demostrar que esa aspiración tiene demasiados elementos que le hacen caer en utopismos constantemente, hay que reconocer que el concepto ha tenido éxito y parece que, sea quien sea el que lo mencione, se haga lo que se haga para obtenerlo, y sean cuáles sean los fracasos, no decae el interés por alcanzarlo.
Eso plantea muchas contradicciones y, también, frustraciones, porque el famoso “derecho” es mucho más esquivo de lo que realmente se quiere reconocer, y –como pasa con otras muchas palabras- se llena su significado de ansias y pretensiones que muchas veces no tienen nada que ver con el mismo.
Soy de la opinión que los conceptos equívocos deben limitarse, mucho más cuando se utilizan por asociaciones, entidades o personas con cierta incidencia pública. Una cosa es generar ilusión y luchar por cotas de bienestar (legítimas, ponderadas y adaptadas a cada casuística) y otra, muy distinta, seducir con aspiraciones ilimitadas que, al menos desde mi punto de vista, solo contribuyen al engaño, y por ende, a la frustración.
Sobre la dictatorial dictadura de la dicha me parece especialmente relevante el libro de Pascal Bruckner: La euforia perpetua (Ensayo Tusquets, Barcelona 2002). También, desde una perspectiva más sociológica que filosófica, La felicidad paradójica, de Gilles Lipovetsky (Anagrama, Barcelona 2007), autor que cita en su análisis en varias ocasiones al primero y de dónde extraigo el siguiente párrafo: “¿Hay que felicitarse por esta inflación de incitaciones y promesas de plenitud? Pascal Bruckner, en un libro reciente, propone la idea de que a fuerza de haber hecho de la felicidad el ideal supremo, se ha convertido en un sistema de intimidación, una “orden aterradora” que nos afecta a todos. El derecho a la felicidad se ha transformado así en imperativo eufórico que crea vergüenza o malestar entre quienes se sienten excluidos de ella.” (p.323)

-(2). Son muchos los intelectuales, los pensadores, que ofrecen alternativas diferentes –y viables- a un sistema tan nocivo como lo es en el que vivimos. Sistema que, obsesionado por el crecimiento y la rentabilidad económica, somete a los individuos a presiones y desigualdades intolerables, además de producir malestar en todo el planeta a base de saqueo y explotación. El capitalismo desatado y sin freno no parece ofrecer más que un espejismo de bienestar y solo a los habitantes de un tercio del Globo. Autores como Pierre Rabhi (Hacia una sobriedad feliz), Christian Felber (La economía del bien común), o Martha C. Nussbaum (Sin fines de lucro; o Crear capacidades), por mencionar solo algunos demuestran que hay opciones diferentes y alternativas, a la vez que ofrecen pautas de cambio que no tendrían por qué ser especialmente traumáticas o “revolucionarias”.
Todos ellos hablan, necesariamente, de esfuerzo, porque tanto el análisis como las so-luciones planteadas implican algo más que un maquillaje, o que un parche de urgencia.


-(3). Juan Jesús González y Miguel Requena escribieron en el 2005 un interesante estudio sobre las profundas transformaciones que había experimentado España en los últimos treinta años. Desde un riguroso análisis sociológico y aportando infinidad de datos con los que apoyar sus tesis, los autores dan un repaso exhaustivo a temas tan claves como la configuración familiar, el mercado de trabajo, la inmigración, el estado del bienestar, la desigualdad, la movilidad social etc. Tres décadas de cambio social en España resulta de imprescindible lectura para romper según que esquemas caducos y para acomodar la percepción de nuestro entorno a lo que es en realidad, fuera de tópicos o ideas equivocadas.
Desde un punto de vista mucho más amplio –aunque centrado en el fenómeno de la estratificación social- y analizando sociedades tan diferentes como los Estados Unidos, Japón o Alemania, resulta imprescindible para la compresión de la complejidad de las sociedades modernas la obra Estratificación social y desigualdad. El conflicto de clase en perspectiva histórica, comparada y global, de Harold R. Kerbo.
Por último, y por centrarnos de nuevo en nuestro país que, a fin de cuentas, es la sociedad en la que vivimos de manera inmediata, resulta clarificadora la lectura del libro del profesor (y asesor del PSOE) José Félix Tezanos, La sociedad divida. Estructuras de clases y desigualdades en las sociedades tecnológicas.

-(4). Para mí es motivo de asombro –y hasta de preocupación- ver cómo ha cuajado el discurso de la responsabilidad culpable en Occidente. Soy consciente de las tropelías que nuestra civilización ha cometido –cuando no sigue cometiendo- en muchos lugares del planeta. Creo, ciertamente, que debe darse una cierta reparación y, desde luego, la erradicación de conductas o tácticas abusivas, pero no creo –sin renunciar por ello a la imprescindible toma de conciencia- que los individuos de "a pie" deban sentirse culpables o deudores de algo en lo que no han participado. La solución pasa por otro planteamiento y la acción –una vez adquirida la conciencia- debe estar libre de culpabilidades y falsos sentimientos de deuda.
Me parece que la culpabilidad, aparte de no solucionar nada, enturbia la percepción de los problemas y lastra emocionalmente las respuestas a los mismos. Además parece obvio que determinados colectivos, conscientes de la brecha ideológica que ello implica, se aprovechan para obtener lo que dudosamente les corresponde.
Un planteamiento serio exige otros parámetros. Movilizar a base de sentimientos fangosos me parece –aparte de estúpido- peligroso e injusto.

-(5) Son muchos los estudios que analizan el poder de los medios de comunicación a la hora de configurar ideas o moldear conductas y, por descontado, sobre los efectos manipulativos de la publicidad, en todas y cada una de sus formas.
Curioso a este respecto el libro de Douglas Rushkoff, Coerción: por qué hacemos caso a lo que nos dicen. (La liebre de marzo, 2001).

2 comentarios:

  1. Buena reflexión. Y la manipulación viene tanto de izquierdas como de derechas. Recordemos como engañó el régimen comunista de Stalin al resto del mundo. Y como muchos dirigentes comunistas occidentales volvían a sus países encantados , admirados de lo que habían visto en Rusia, y lo proclamaban con pasión. Ahora ya no hay debate, ya que tengo la impresión de que nos hemos convertido en “ hooligans“, con un fanatismo exacerbado. “ Si todo no piensas como yo, eres tu el equivocado“. “ Yo tengo la exclusividad de la libertad, de la conciencia social“, si tu no piensa como yo eres insolidario, insensible.... Efectivamente, como bien dices, se esta utilizando con enorme éxito las técnicas de marketing y publicidad en el campo político. ( Y en Estados Unidos, eran muy conocidas las técnicas de publicidad). Y, para no extenderme, creo que hace falta escuchar, valorar, reflexionar un poco sobre otras ideas, en las que no estamos de acuerdo.

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  2. Gracias, Enrique. Comparto plenamente tu visión. Los intentos de manipulación constante supongo que no son exclusivos de un solo modelo en concreto pero, en la sociedad líquida en que vivimos, parece convertirse en un estilo de vida que muchos aceptan sin ningún cuestionamiento y, mucho menos, crítica.
    Por motivos que no acabo de entender muy bien es cierto lo que dices: a la gente no le gusta, en general, el debate (si el despelleje "tertuliano"o el despotricamiento). Parece ser que el que tiene "razón" no la suelta y coincido contigo -también- en lo triste que resulta el que, en vez de buscar puntos de encuentro, se tienda al enconamiento más acervo cuando no a la descalificación pura y dura.

    En algunas cosas parece que todavía no hemos aprendido a que lo que consideramos "verdad" tiene matices que muchas veces se nos escapan y que, escuchando realmente la reflexión del otro, no solo no perdemos nada sino que, quizás, pudiéramos encontrar planteamientos dignos de ser tenidos en cuenta.
    Entiendo la necesidad de los partidos políticos y de las instituciones pero se me escapa el empeño religioso en conseguir un pensamiento plano y siempre dentro de los límites marcados por otros.
    Hay que buscar fórmulas en las que los ciudadanos realmente lo sean y no solo individuos a los que hacer votar cada cuatro años. No será algo fácil pero cada uno -pienso- debería, al menos, iniciar su proceso personal de cuestionamiento por muy árido e ingrato que pueda resultar y ver en su vida y en su entorno como actuar.
    Personalmente nunca seré un hombre de ideologías por lo que tienen de cerradas y emasculadoras. Prefiero bandearme con honestidad intelectual e intentar buscar para cada problema o tema la solución o propuesta que a mi me parezca más conveniente y autentica sin corsés de ningún tipo (y eso no gusta casi nunca porque los "díscolos" molestan a unos y a otros).

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