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martes, 18 de agosto de 2015

Opinión sobre libros (4): Fluir (Flow) y Aprender a fluir, de M. Csikszentmihalyi. (1º de 2)


Desde que los ilustrados franceses y norteamericanos, presos de un idealismo extremo, reclamaron el “derecho a la felicidad”, no han existido individuos en este planeta que no se hayan apropiado de tal deseo……sin saber siquiera –muchas veces- de que se trataba exactamente.
Ya solo el resplandor del término, FE-LI-CI-DAD, conseguía – y consigue- que todos aquellos que lo vislumbraban actuasen como urracas avariciosas deseosas de apropiarse de todo aquello que tuviese “brillo”. Antes y ahora, su fulgor nos hipnotiza. Anhelamos experimentar la felicidad, queremos saber qué significa eso de “ser feliz”, e intuimos una plenitud desbordante, hasta tal punto que           –incluso- algunos se animan a luchar para obtenerla. Pero ¿perseguimos una vana ilusión que otros imaginaron? ¿Vamos tras la búsqueda de una particular quimera que cuando se alcanza se desva-nece?
Inaprensible o no, parece evidente que el mito de la felicidad ha tenido un éxito desbordante y ha cuajado hasta límites insospechados en una civilización tan hedonista como la nuestra. 
Si es innegable que antaño se buscaba, también lo es que había en esa búsqueda cierta mesura, vinculándola -casi siempre- más al resultado final de una “buena vida” que a un cúmulo ad infinitum de experiencias placenteras. 
Los filósofos que disertaban sobre ella (o sobre la eudaimonia) aconsejaban, en general, prudencia y pocos excesos; la Iglesia –madre de Occidente-, más cauta y consciente de su efímera fragilidad, la remitía a paraísos soñados o a futuras experiencias celestiales. Claro que en un momento dado todo se aceleró y cambió. Como he señalado antes, cuando la felicidad cayó en las vehementes y revolucionarias manos de los ilustrados y empezó a exigirse, algo se transmutó realmente en ella. La premura del “ahora”, urgencia del “ya”, la ansiedad de “siempre”, propició tal alquimia que ya en estos tiempos resulta imposible distinguirla de cualquier otro anhelo de bienestar o de placer.
Hoy, la felicidad está en boca de todos de una manera muy persistente; se nos bombardea constantemente con el inalienable derecho de ser feliz y se nos sugieren mil posibilidades de alcanzar la felicidad o algo similar –casi todas previo pago-. Ya sabemos que sufrir no es ya algo tolerable, pero la exigencia de felicidad es tal que algunos pensadores ya hablan sin tapujos de una “tiranía” de la misma (1).
No cabe duda de que son muchas las causas que han contribuido a semejante panorama –demasiadas para referirlas aquí-, pero sí quisiera señalar el peso contundente de todos esos libros escritos para ilusos que se engloba en esa saco sin fondo que llaman “libros de auto-ayuda”. 
Subidos al carro del mínimo esfuerzo y aconsejando propuestas cercanas al pensamiento mágico (“el universo confabula a tu favor”) o al narcisismo ramplón y publicitario del tipo “porque tú lo vales”, muchos autores hacen su particular agosto económico vendiendo varitas mágicas de escasos resultados pero de agradable manejo (¡preferiría que me enseñasen a vivir antes que a ser feliz!). Desde mi punto de vista es un triste –y deliberado- engaño, justificado en esas fuerzas misteriosas que llamamos “mercado”. Con todo –y por descontado- si hay pensadores que ofrecen seriedad y análisis rigurosos que, aunque a veces los presenten en formato light (no es lo mismo el lenguaje académico que el de la divulgación a todo tipo de público), muestran alternativas razonables para alcanzar esa meta que anhelamos y que –convencionalmente- llamamos “felicidad”. Csikszentmihalyi, es uno de ellos (2).


 M. Csikszentmihalyi y los estados de fluidez.
Este profesor de psicología en la Universidad de Claremont fue jefe del departamento de psicología de la universidad de Chicago, y allí fue en donde empezó a desarrollar sus tesis sobre los estados de fluidez. Sin grandes complicaciones aunque desde luego muy lejos de esos libros o estudios del tipo “sea usted perfecto en siete días”, Csikszentmihalyi nos anima a observar los problemas, ver las posibles respuestas a los mismos y actuar según decidamos, añadiendo pasión y esfuerzo a los que nos interese. Algo aparentemente sencillo y a priori alejado de la búsqueda ansiada de la “felicidad” pero que, finalmente, parece que se ha demostrado esencial para vivir de un modo más consciente y pleno.
Una de las primeras cosas que descubrió en sus investigaciones sobre cómo y cuándo se sienten felices las personas, es que la felicidad no era algo que sucedía, sin más. No se trataba del resultado de la buena suerte o de que el azar nos tocase con buen tino. Para este autor la felicidad “no parece depender de los acontecimientos externos, sino más bien de cómo los interpretamos. De hecho, la felicidad es una condición vital que cada persona debe preparar, cultivar y defender individualmente. Las personas que saben controlar su experiencia interna, son capaces de determinar la calidad de sus vidas, eso es lo más cerca que podemos estar de ser felices (3).
Podría parecer, acostumbrados como estamos a percibir según que sensaciones placenteras como ajenas al esfuerzo, que las palabras de nuestro autor sonaban excesivamente a voluntarismo forzado, ajeno a esa espontaneidad que consideramos propia de las experiencias gozosas, pero, a medida que vamos atendiendo sus consideraciones y sus datos, acabamos por llegar a las mismas conclusiones que él: “Contrariamente a lo que creemos normalmente,…los mejores momentos de nuestra vida, no son momentos pasivos, receptivos o relajados (aunque tales experiencias también puedan ser placenteras si hemos trabajado duramente para conseguirlas). Los mejores momentos suelen suceder cuando el cuerpo o la mente de una persona han llegado hasta su límite en una esfuerzo voluntario para conseguir algo difícil y que valiera la pena. Una experiencia óptima es algo que hacemos que suceda(4).
Esta tesis sería el resumen cabal de todas sus investigaciones sobre la felicidad humana: la pasividad –no necesariamente negativa- puede proporcionarnos descanso, bienestar y también placer pero…..todo indica que esos momentos claves que finalmente recordamos como los más felices de nuestra vida están poderosamente vinculados al el esfuerzo elegido y enfocado a conseguir algo que otorga a nuestra existencia un valor intransferible y la dota de sentido
Vencer dificultades y superar retos, lidiar con los inconvenientes y los problemas para alcanzar algo que estimamos, plantearse desafíos nuevos, son experiencias que, en determinados contextos, posibilitan un sentido de expansión y plenitud que nos hace sentir más vivos y satisfechos que cualquier otra situación placentera que nos viniera dada por la fortuna o el azar. 
Además, Csikszentmihalyi insiste en el hecho de que, curiosamente, tales experiencias de esfuerzo elegido ni siquiera tienen que ser necesariamente agradables cuando suceden: obtener el control de algo, superarse, nunca es fácil pero parece comprobado que, a la larga, las llamadas experiencias óptimas, otorgan un sentimiento de con-trol, de maestría, que está muy cerca de lo que normalmente llamamos felicidad. Para él, este estado que denomina flow (fluir), surge cuando las personas se encuentran inmersas de tal manera en la actividad que les interesa que parece que nada más pueda importarles. Sin duda, ”el concepto de flujo (flow) ha sido útil para los psicólogos que estudian la felicidad, la satisfacción vital y la motivación intrínseca; para los sociólogos que ven en él lo opuesto a la anomia y a la alienación; para los antropólogos que están interesados en el fenómeno de la efervescencia colectiva y los rituales(5), pero personalmente creo que también puede serlo para todos aquellos que, aunque puedan estar lejos de interesarse por consideraciones académicas, si estén suficientemente interesados en su crecimiento personal y quieran reflexionar sobre cómo alcanzar mejores cotas de calidad de vida.


Algunas ideas para acercarnos a la felicidad
Csikszentmihalyi parte en sus planteamientos de una tesis aparentemente “dura”: si no nos responsabilizamos de su dirección, nuestra vida será controlada desde el exterior para servir al propósito de cualquier agente externo que tenga interés en manipularnos.
Esta idea, que a priori nos puede parecer obvia y fácilmente asumible, plantea, en la práctica, muchas más dificultades para asumirla de lo que la mayoría de nosotros quisiéramos admitir ya que son tantas las influencias que recibimos y tantos los mensajes con los que se nos empapa día a día que resulta difícil saber en muchas ocasiones si actuamos con plena libertad o lo hacemos llevados de un particular e inconsciente piloto automático, que vete a saber quién lo ha programado realmente. Vivimos en unos tiempos tan complejos y acelerados que muchas de las informaciones que recibimos actúan, a niveles muy inconscientes, y es mucho más habitual de lo que imaginamos que pensamos que somos dueños absolutos de nuestra vida y que actuamos con total libertad cuando, en realidad, estamos a merced de estímulos externos.
Con todo, vivir es siempre para todos los seres humanos algo más que un simple hecho biológico ya que, junto a todos los automatismos inconscientes, también sentimos, la urgente necesidad de controlar y auto dirigir nuestra vida e, incluso, muchos aspiramos a dotarla de cierto sentido.
Desde tiempos inmemoriales, cuando se produjo el salto evolutivo que nos convirtió de animales “fijados” en animales humanos, nuestro cerebro experimentó la conciencia de la posibilidad y con ella –necesariamente- el cuestionamiento constante: si había diferentes modos de actuar, unos tenían que ser mejores que otros. Se volvió por lo tanto imperativo decidir y elegir. De ahí a preguntarse cómo vivir, un simple paso. Además, para complicar un poco más el proceso y darle variedad al escenario, junto con la conciencia de posibilidad, surgió la conciencia de la propia finitud. El tiempo era limitado; lo que se decidiese tenía una duración concreta por lo que la elección adecuada debía suponer un plus de cualidad: ya no se trataba sólo de cómo vivir, sino de cómo vivir mejor, más plenamente.
Esta pregunta ha resonado durante siglos y siglos y las respuestas han sido de todo tipo y condición, dependiendo de cuáles fueran los contextos o la perspectiva e intereses de quien emitiese la pregunta.

Csikszentmihalyi, en su prudencia, está lejos de demonizar los planteamientos filosóficos o religiosos. Más bien considera que tanto los profetas, como los poetas o los filósofos han sido capaces de deducir verdades importantes y esenciales para nuestra supervivencia y sería bastante arrogante y necio por nuestra parte el no tenerlas en cuenta. Como también lo sería no reconocer la sabiduría implícita en muchos textos sagrados pero, desde su punto de vista, todas esas verdades se han expresado en el vocabulario conceptual de su época y su cultura y la nuestra –basada en otros parámetros muy diferentes- exige otra formulación y otro lenguaje que, en su mayoría, viene proporcionado por la ciencia (sin que pretenda por ello divinizarla) aun teniendo en cuenta que ésta está, a su vez, y por su propia esencia, en constante transformación. En cualquier caso, y sea cual sea el planteamiento de base o la manera en la que uno quiera enfocar su vida, Csikszentmihalyi parte de un criterio compartido por muchos: “en caso de duda, parece que la mejor estrategia consiste en asumir que esos aproximados setenta años de vida constituyen nuestra única oportunidad de experimentar el cosmos y que deberíamos aprovecharla al máximo……..Lo que esta vida signifique vendrá determinado en parte por los procesos químicos de nuestro cuerpo, por la interacción biológica entre los órganos, por las minúsculas corrientes eléctricas que saltan entre la sinapsis del cerebro y por la organización y las informaciones que la cultura impone a nuestra mente. Pero la calidad real de vida –lo que hacemos y cómo nos sentimos al respecto- será determinada por nuestros pensamientos y emociones, así como por las interpretaciones que hacemos de los procesos químicos, biológicos y sociales(6).
A partir de este planteamiento nuestro autor desarrolla toda una fenomenología sistémica cara a intentar responder a esta pregunta: ¿Cómo puede cada uno crear una vida plena? El indudable interés que despierta la contestación a esta pregunta implicaría un adecuado repaso a sus tesis pero no pretendo hacer aquí una síntesis de su pensamiento, algo que sería deseable pero complejo dentro en los límites –necesariamente breves- de una reseña como ésta, sino que voy a intentar indicar, al menos, algunos aspectos de sus trabajos que –confió- contribuyan a despertar el interés por profundizar en sus planteamientos sobre los estados de fluidez o, al menos, inciten a la lectura de los dos libros aquí recomendados.

-continuará-

Notas:
-1. Son muchos los intelectuales que han enfrentado con valentía a los convencionalismos sobre este tema. 
Gilles Lipovetsky, por poner un ejemplo, es un sociólogo que ha reflexionado en varios libros sobre la felicidad en los tiempos posmodernos y sobre las dificultades que existen para definirla y – sobre todo- vivenciarla cuando el turbo con-sumo vigente se impone tan abrumadoramente. Resultan de recomendable lectura, para lo que nos ocupa, sus libros La felicidad paradójica (2007), La sociedad de la decepción (2008) y La era del vacío (2008).
Más crítico y contundente sea, probablemente, el análisis de Pascal Bruckner La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz, (2002), pero es –sin duda- igualmente lúcido.
Desde una perspectiva más light pero quizás más amable y por lo tanto más digerible para aquellos que quieren un acercamiento tipo “autoayuda”, Ken Robinson en sus publicaciones centradas en el re-enfoque de la enseñanza y en cómo encontrar el “elemento”, efectúa una crítica –diluida, pero crítica- a los anhelos infundados o a los planteamientos de corte mágico en los que muchos se refugian algunos para encontrar una felicidad sin aristas y de consecución cómoda (como setas al sol).
-2. Csikszentmihalyi es autor de innumerables estudios sobre psicología positiva. Aqui reseño sus publicaciones Fluir/Flow (2010) y Aprender a fluir (2010). En ambos desarrolla, de manera accesible al público no especializado, sus tesis sobre los estados de conciencia que engloba como situaciones de fluidez. Recomendable el visionado de los siguientes videos (Links a 02-05-15):
https://www.youtube.com/watch?v=BYpFp5GgBtI
https://www.youtube.com/watch?v=ShD2q2iXxG4
https://www.youtube.com/watch?v=BYpFp5GgBtI
En una línea similar, pero incidiendo en otros matices -aunque sin renunciar a una base apoyada por la contrastación científica-, son dignos de tenerse en cuenta y una recomendable lectura complementaria a Csikszentmihalyi, los siguientes libros: La ciencia de la felicidad de Sonja Lyubomirsky (2011); Aprenda optimismo, -un clásico- de Martin Seligman (2012) y, en el ámbito patrio, está muy acertado el libro Optimismo inteligente de María Dolores Avia y Carmelo Vázquez (2013).
https://www.youtube.com/watch?v=7Pl1KTaKnvE
https://www.youtube.com/watch?v=D5VHD-HvJQQ
https://www.youtube.com/watch?v=tc2tksNg5Ls
https://www.youtube.com/watch?v=RoOxyF1u1GM
-3. Csikszentmihalyi, M., Fluir/Flow, 2010, p.13.
-4. Op. cit., p.15
-5. Op. cit., p.18.
-6. Csikszentmihalyi, M., Aprender a fluir, 2010, p.12-13.

1 comentario:

  1. Este curso de 2º del Titulado Universitario en Cultura y Solidaridad en la Universidad de Deusto se me hará muy cuesta arriba sin el intercambio contigo, amigo mío. ¡Avísame si asistirás a algún monográfico, por favor! Un abrazo.

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