El compositor que escribió poco, pero que dejó una gran huella.
En la historia de la música existen figuras cuya fama
descansa sobre una gran producción compositiva y otras cuya grandeza parece desafiar
toda lógica cuantitativa. Entre estas últimas podemos destacar a el compositor francés Henri Duparc. Su catálogo apenas ocupa unas pocas páginas, pero bastó para
convertirlo en una de las voces más refinadas y admiradas de la música
francesa. Autor de apenas una veintena de canciones, Duparc creó algunas de las
melodías más perfectas del repertorio europeo y elevó la mélodie
francesa a una altura comparable a la alcanzada por el lied alemán.
Mostró una notable inclinación por la
música desde jovencito. Parece que era un niño más bien reservado, imaginativo y emocionalmente intenso. Estos rasgos de personalidad le acompañarían toda la vida. Durante su formación estudió en el prestigioso
colegio jesuita de Vaugirard. Allí recibiría una educación sólida tanto en humanidades como en artes.
Su verdadero despertar musical llegó al conocer a César Franck.
El encuentro resultó decisivo. Franck, una de las figuras más
influyentes de la música francesa del siglo XIX, se convirtió en su maestro,
guía intelectual y casi en una figura paterna.
Duparc admiró siempre profundamente a Franck. Del maestro
heredó el gusto por la arquitectura musical sólida y
una concepción espiritual del arte. Durante toda su vida conservó hacia él una
lealtad que rozaba la veneración.
La década de 1860 fue para Duparc una época de
descubrimientos. Francia vivía un intenso debate artístico y musical. Muchos
jóvenes compositores buscaban nuevos caminos frente al predominio de la ópera
italiana y del academicismo oficial.
Duparc se integró en el círculo de discípulos de Franck y participó en la fundación de la futura Société Nationale de Musique, creada tras la Guerra Franco-Prusiana (1) con el propósito de impulsar la música francesa contemporánea.
Como muchos músicos de su generación, quedó profundamente impresionado por la obra de Richard Wagner. El impacto del compositor alemán fue enorme en toda Europa, pero en Francia adquirió una intensidad particular.
Duparc viajó a Alemania con su amigo Chabrier en 1879 y asistió a representaciones wagnerianas que lo marcaron para siempre. Posteriormente asistiría a los festivales de Bayreuth de 1883 y 1886.
Sin embargo, a diferencia de otros seguidores más imitativos, el compositor francés asimiló la riqueza armónica y la intensidad expresiva de Wagner y las integró en un lenguaje esencialmente francés, caracterizado por la claridad, la elegancia y una sensibilidad poética muy personal.
En 1871 contrajo matrimonio con Ellen MacSwinney, una
escocesa que sería su compañera durante toda la vida. La unión fue estable y
afectuosa, algo especialmente importante para un hombre cuya salud mental
comenzaba ya a mostrar signos preocupantes.
Durante los años setenta y principios de los ochenta
surgieron las obras que asegurarían su inmortalidad.
Duparc encontró su territorio ideal en la canción
artística. La mélodie francesa existía desde hacía décadas, pero él le
otorgó una profundidad emocional inédita. Su sensibilidad literaria le llevó a
elegir textos de algunos de los mayores poetas franceses.
Entre sus autores predilectos figuraban Charles
Baudelaire, Théophile Gautier, Jean Lahor y Leconte de Lisle.
El resultado fueron obras como:
-L'Invitation au voyage. Duparc - L'invitation au voyage (1870)
Henri Duparc: "L'invitation au voyage" (Baudelaire) con subtítulos. Benjamin Bernheim, F. Boissolle.
-Phidylé. Jonas Kaufmann - Duparc - Phidylé
Nicolai Gedda- Phydilé - Henri Duparc
- Extase. Mezzo-Soprano Janara Kellerman sings "Extase" by Duparc
- La Vie antérieure. Duparc - La vie antérieure (1884)
-Chanson triste. Duparc: Chanson triste - Anthony León, Tenor
Jonas Kaufmann ✬ "Chanson triste" by Henri Duparc
-Soupir. Duparc - Soupir (1869)
Estas canciones poseen, según los entendidos, una rara combinación de
intensidad emocional, refinamiento armónico y perfecta adecuación entre música
y poesía. En ellas el piano deja de ser un mero acompañante para convertirse en un
auténtico interlocutor del canto.
Cada página parece trabajada hasta el extremo. Duparc
corregía sin descanso, eliminaba cualquier detalle que considerase imperfecto y
perseguía una pureza expresiva casi obsesiva.
Hacia mediados de la década de 1880 comenzó el drama
que marcaría el resto de su existencia.
Duparc empezó a sufrir graves trastornos nerviosos. Los médicos de la época hablaron de neurastenia y de diversas afecciones psicológicas cuyos diagnósticos resultan hoy difíciles de precisar. Algunos investigadores modernos han sugerido trastornos obsesivos o depresivos severos. Lo cierto es que la enfermedad avanzó de forma inexorable. La composición, que para él ya era una actividad exigente y angustiosa por su perfeccionismo extremo, se volvió casi imposible. En torno a 1885 su producción comenzó a disminuir drásticamente. Pocos años después prácticamente había dejado de escribir música.
La tragedia resultó especialmente dolorosa porque sus coetáneos consideraban que se encontraba
en plena madurez artística y que podía haberse convertido en una de las figuras centrales de la música europea.
A diferencia de otros compositores que continuaron creando pese a la enfermedad, Duparc terminó siendo incapaz de hacerlo.
Su perfeccionismo alcanzó extremos realmente insólitos y se volvió contra sus propias creaciones ya que convencido de que muchas de sus composiciones no alcanzaban el nivel deseado, destruyó una gran parte de su producción.
Se calcula que desaparecieron gran cantidad de canciones, pero también piezas para piano, música de cámara e incluso proyectos orquestales. Este acto de autodestrucción artística contribuyó a crear la imagen casi mítica de Duparc. Su catálogo conservado es apenas una fracción de lo que llegó a escribir.
La pérdida resulta irreparable para la historia de la
música. Los especialistas consideran que algunas de las obras destruidas
pudieron contener desarrollos muy importantes de su lenguaje musical.
Paradójicamente, la extrema severidad con que juzgó su
propio trabajo ayudó a que lo conservado posea un nivel de calidad
extraordinariamente uniforme.
A partir de la década de 1890 Duparc llevó una
existencia cada vez más retirada.
Vivió temporadas en el campo, viajó por distintas
regiones de Europa y se dedicó a la lectura, la reflexión religiosa y el
dibujo. La fe católica adquirió una importancia creciente en su vida interior.
Aunque mantenía correspondencia con amigos y músicos,
se sentía cada vez más alejado de la vida artística activa.
Mientras tanto, una nueva generación de compositores franceses transformaba el panorama musical. Figuras como Claude Debussy y Maurice Ravel abrían caminos estéticos muy diferentes. Duparc observó estos cambios con interés, aunque sin participar directamente en ellos. Su mundo musical pertenecía a otra sensibilidad: más romántica, más espiritual y más apasionada.
Con los años sufrió además problemas de visión que
agravaron su aislamiento.
Henri Duparc murió el 12 de febrero de 1933 en
Mont-de-Marsan, en el sudoeste de Francia, a los ochenta y cinco años (2).
Posteriormente, cantantes, pianistas y directores descubrieron que aquellas pocas canciones que le sobrevivieron poseían una calidad excepcional y obras como L'Invitation au voyage o Phidylé empezaron a considerarse auténticas cumbres de la música vocal francesa.
Muchos compositores posteriores admiraron también la capacidad
de Duparc para concentrar una enorme intensidad emocional en formas
relativamente breves.
Henri Duparc - "Aux étoiles", Poème nocturne (1874 rev. 1911)
Henri Duparc - Sonate pour violoncelle et piano
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