sábado, 2 de mayo de 2026

Lugares (105): Rávena. San Vitale. (Italia)

 Hay lugares cuya impresión no se desgasta con los años, sino que se condensa

La Basílica de San Vitale es, para mí, uno de ellos. Ocho años después de nuestra visita, en un ya lejano julio del 2018, lo que permanece en mi cabeza no es tanto un recuerdo detallado y preciso (¡la edad y la carcoma de la memoria se empiezan a notar!), como una sensación casi física: la de haber entrado en un espacio donde la materia -luz, sombra, color, textura- parecía obedecer a otro tipo de leyes.

Rávena en sí misma ya plantea, desde mi punto de vista, una gran paradoja. No es una capital monumental al uso. De hecho sus calles, su escala, e incluso la apariencia exterior de muchos de sus edificios, no anticipan lo que se puede encontrar en su interior. Sin embargo, fue en el siglo VI uno de los centros neurálgicos del Mediterráneo: capital imperial, luego ostrogoda, y finalmente enclave del Imperio bizantino en Italia. Esa condición liminar explica que allí se conserven algunos de los conjuntos de mosaico más extraordinarios del mundo antiguo tardío.

San Vitale es, quizá, el más desconcertante.




Quien llega a San Vitale entiendo que, generalmente, ya sabe de antemano lo que espera encontrar de puertas adentro, pero aún así no deja de sorprender. El edificio, de planta octogonal y ladrillo sobrio, no anuncia lo que guarda. No hay, desde luego, una monumentalidad clásica que prepare la mirada. Más bien al contrario: el acceso parece casi contenido, como si la iglesia quisiera pasar como desapercibida.

Ese contraste forma parte de la experiencia. Al cruzar el umbral, la percepción cambia de inmediato: el espacio se eleva, se abre, y sobre todo se vuelve, de alguna forma, inmaterial.

Recuerdo en ese interior una iluminación bastante tenue. Entiendo que, en parte, se trata de una decisión museística moderna para preservar los mosaicos, pero han logrado con ello, también, prolongar, en cierto modo, la atmósfera original. La luz no inunda: se filtra y rebota. Y es en ese semi-penumbra donde el oro y el resto de los colores de los miles y miles de teselas comienza a absorber la atención e los visitantes.


Rememorar la visita es tomar conciencia de la profunda sensación de asombro al entrar en este templo y eso a pesar de que ya habíamos visitado anteriormente San Apolinar el Nuevo y el Mausoleo de Gala Placidia (lugares sin duda igualmente sorprendentes y de los que ya he tenido oportunidad de hablar en entradas anteriores de este blog). 

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (103): Rávena. San Apolinar Nuevo

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Lugares (104): Mausoleo de Gala Placidia. Rávena.

Los mosaicos de San Vitale no se ofrecen al espectador de manera inmediata; requieren unos segundos de adaptación visual. Pero cuando el ojo se acostumbra, la escena se despliega, realmente, con una intensidad inesperada: No es solo el color, aunque ese despliegue de verdes, azules y dorados sigue resultando sorprendente, sino la increíble calidad de las imágenes: figuras nítidas, frontales, hieráticas, como si no pertenecieran al mismo orden de realidad que de el que las observa.



Justiniano y Teodora: presencia sin tiempo

Entre todos los conjuntos, destacan inevitablemente los paneles del emperador Justiniano y los de la emperatriz Teodora (de fama controvertida). Son, probablemente, las imágenes más icónicas del arte bizantino occidental.

Justiniano aparece rodeado de clérigos y soldados, sosteniendo la patena. Teodora, con un cortejo quizás más refinado, porta el cáliz en un espacio que sugiere arquitectura palaciega.

Ambos están representados sin profundidad real, suspendidos en un fondo potentemente dorado que anula cualquier referencia espacial concreta. No son retratos en sentido moderno: se trata, más bien, de afirmaciones visuales de poder y sacralidad.

Durante siglos, también hoy claro, estos mosaicos nos retrotraído a un mundo totalmente desaparecido -el Imperio bizantino-, pero no solo como una mera reconstrucción histórica, sino como una fascinante presencia de imágenes que siguen conservan una magia portentosa.



Uno de los aspectos más difíciles de explicar -y también más fáciles de sentir- en San Vitale es la forma en que el espacio parece desmaterializarseNo hay ninguna perspectiva naturalista; las figuras parecen no proyectar ningún peso;  los fondos dorados eliminan la idea de un lugar preciso...

Esto, que para algunos podría considerarse una limitación, no es una incapacidad técnica, sino una elección estética profunda: el objetivo no es tanto representar el mundo visible, como tuvimos oportunidad de reseñar en la entrada del Mausoleo de Gala Placidia, como sugerir una realidad transfigurada, etérea, fuera del tiempo.

No estamos mirando solo escenas, estamos entrando en una lógica distinta de percepción.