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martes, 9 de septiembre de 2014

Opinión personal (18): Terribilidades.

El otro día vi en el telediario una especie de "caza" al enfermo: un muchacho africano había huido del centro donde estaba internado por padecer ébola y se había mezclado entre las gentes que acudían al mercado. Fue "detectado" inmediatamente y el miedo -lógico-  al contagio disparó las reacciones de defensa y huida  de todos aquellos que se encontraban por donde él pasaba,  el ser apestado. Se movilizó rápidamente el servicio de emergencias y, después de ligeros intentos de huir, el enfermo fue reducido e introducido en una camioneta por hombres vestidos con trajes de extraterrestres. 
Se me quedó grabada la mirada de rabia y espanto del chico.
Las de miedo y las de agresividad de los que estaban cerca de él. La presa fue, finalmente, recluida en donde, se supone, debía estar. Real, pero triste. Medieval. Más antiguo todavía: de aquellos tiempos en los que los enfermos de lepra eran repudiados y apartados, lejos de todo y de todos. Presos de la imposibilidad de curación. Castigo divino según algunas mentes caritativas.

Es triste que las enfermedades, en determinados sitios, sean todavía más desoladoras y destructivas de lo que lo son  en otros, con mayor fortuna y medios.
Es terrible la mirada de horror de quienes las sufren sin tener ninguna certeza de si se curarán o de porque extraño demonio les ha tocado a ellos y no al vecino. Tan terrible como aquellas miradas desencajadas de los primeros infectados por el sida, en donde el espanto más profundo dejaba traslucir el dolor no solo del cuerpo sino del alma.

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