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domingo, 28 de enero de 2018

La obra maestra (5): Sátiro lamentándose por una ninfa (Piero de Cosimo, 1462-1522)

Un lienzo lleno de encanto y de misterio del que emana, sin embargo, una gran tristeza.
Un joven sátiro mira desolado a una ninfa muerta. Incluso el perro que les acompaña los observa a ambos con ojos apesadumbrados. No sabemos exactamente que es lo que ha sucedido.
Algunos expertos remiten a la historia mitológica de Céfalo y Procris: cuenta Ovidio en La Metamorfosis que Céfalo dudó sin motivos de la fidelidad de su esposa Procris.
Se reconciliaron pero, lo que son las cosas, ella dio crédito tiempo después a ciertas habladurías sobre como Céfalo estaba engañándola. ¡Pocas cosas tan corrosivas para el amor!. Para aclarar el asunto y despejar dudas decidió espiarle un día que éste se fue caza. Lamentablemente, Céfalo, al oír un ruido, creyó que se trataba de algún animal y lanzó con toda su fuerza la lanza que Procris le había regalado....hiriendo a ésta de muerte. El sátiro, mitad macho cabrío mitad hombre, no se menciona en la obra de Ovidio pero, por lo que parece, si se refieren a él en una obra de teatro del siglo XV que trataba el mismo tema.
En cualquier caso del cuadro emana, como he mencionado al principio, una cierta melancolía, la sorpresa triste de una muerte que no debía de haberse producido.
Todos los personajes son expuestos a nuestra mirada con sumo mimo, con profunda delicadeza.
El tratamiento horizontal del tema contribuye, ciertamente,  a dar peso al dramatismo, centrando la atención casi a ras de tierra. En la degradación de colores del paisaje lejano -hacia un azul pálido- se nota la admiración que De Cosimo sentía por Leonardo da Vinci: Quizás no hay exactamente un perfecto sfumato pero, sin duda, muy poco le falta.
Los detalles en el lienzo son cuidados hasta el más mínimo detalle, contribuyendo con su realismo a dotar a la escena de más tensión emocional  -si cabe-. No parece sin embargo que el pintor pretenda solo ilustrar un cuento o leyenda  sino que, más bien, desea que sintamos el dolor de los protagonistas como si fuese real, aunque -claro- sin forzar excesivamente la sentimentalidad (¡ya llegará el manierismo y sus excesos!): todo está en calculado en perfecto equilibrio.
Piero di Cosimo, hijo de un orfebre, fue discípulo distinguido del pintor Cosimo Rosselli, y de él adoptó su nombre.
Vasari, en sus conocidas Vidas habla de Piero como si hubiese sido un excéntrico, poseído por un profundo amor por la naturaleza. Gran parte de ese amor se destila, sin duda, en la manera en como pinta en este cuadro a animales y plantas (También lo muestra en otro lienzo suyo -Batalla entre centauros y lapitas-al que dedicaré próximamente un post en este misma sección).
El cuadro se encuentra en la National Gallery de Londres.
Óleo sobre chopo. 65 x 184 cm.
Texto y fotos:  Javier Nebot

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