Para mantener el cuerpo físico comemos de forma sana, cuidadosa e incluso exigente.
Sabemos que para cuidar la salud hay que evitar excesos, renunciar a ciertos productos o, al menos, mantener un equilibrio. Sabemos que si nos alimentamos solo de comida basura, más tarde o más temprano enfermaremos.
Si no nos nutrimos con buenas lecturas, ideas pensadas y algo de reflexión previa, difícilmente podremos sostener una charla mínimamente interesante. Se nota enseguida quién ha masticado algo y quién simplemente improvisa con lo primero que le pasa por la cabeza.
Nadie espera profundidades metafísicas en un ascensor o en los espacios de tránsito en donde la ligereza es normal e incluso
saludable.
El problema es cuando esa ligereza parece que se convierte en norma universal. Cuando se cree que todos los ámbitos son iguales. Cuando se extrapola la frase rápida, la ocurrencia y sobre todo el exabrupto o desfogue emocional a cualquier contexto.
Y eso agota.
Agota a
quien esperaba algo más que ruido.
Agota a quien todavía cree que conversar es compartir pensamiento y no
simplemente ocupar el aire o intercambiar visceralidades.


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