Carla Serena (1820-1884), una viajera
intrépida.
No cabe duda que el siglo XIX fue un siglo, en muchos
aspectos, realmente sorprendente, asombroso…pero, visto desde la perspectiva
que tenemos hoy, tenemos que reconocer que las mujeres que no querían ceñirse a
los roles –estrechos- que imperaban por aquel entonces lo tenían muy difícil para vivir rompiendo moldes y haciendo lo que realmente deseaban (tampoco es que
hoy sea muy fácil –sigue habiendo muchas más limitaciones que las de género- pero bueno, hay que reconocer
que han cambiado extraordinariamente las cosas en ese sentido).
Durante gran parte del siglo XIX, cuando una
mujer viajaba sola en Europa (no te cuento ya en otras países o continentes) se
consideraba que lo hacia por pura extravagancia, por un severo error de entendimiento o, directamente, por un afán de escándalo.
A Carla Serena, por lo que narran las crónicas, no le importó lo más mínimo “equivocarse” ni tampoco le importó gran cosa el "escándalo" de sus decisiones. Escritora, viajera y observadora incansable, se puso el mundo por montera y, ni corta ni perezosa, recorrió regiones del Cáucaso, el Próximo Oriente y los Balcanes en un momento en que esos territorios eran políticamente inestables, culturalmente muy complejos y, sobre todo, considerados impropios para una mujer occidental sin tutela masculina (aunque hay que reconocer que en esos viajes -que no eran precisamente del IMSERSO- riesgos había hasta para los mozos más aguerridos).
Carla Serena nació hacia 1820 (no se sabe con absoluta precisión). Probablemente en Bélgica, aunque su identidad nacional no ha estado nunca muy clara. Fue educada en un entorno cosmopolita y aprendió varios idiomas (francés, italiano, alemán). Nunca quiso definirse a sí misma mediante una patria fija. Esa indefinición (que no sé cómo se plasmaría a la hora de documentarse entre fronteras en sus viajes) le permitió moverse con mayor libertad por Europa, un continente siempre obsesionado con las fronteras y las pertenencias.
Desde joven mostró una independencia poco común. Se casó con Leone Serena, un hombre políticamente comprometido, marcado por el exilio y la inestabilidad propia de los revolucionarios italianos de mediados del siglo XIX. Ese matrimonio explica varios rasgos clave de su vida posterior: su itinerancia temprana por distintos países europeos, su exposición directa a ambientes políticos, conspirativos y transnacionales y su familiaridad con redes de exiliados, minorías y zonas “calientes” del mapa europeo.
Su biografía, en cualquier caso, no gira en torno a esposos, hijos o amantes. Tampoco alrededor de salones, herencias o cosas por el estilo. Lo hace sobre todo y fundamentalmente por rutas, cuadernos y publicaciones, por muy largos periplos.
De hecho en sus diarios y escritos no hay prácticamente referencias a su vida familiar o conyugal y eso que empezó a viajar en serio cuando ya había superado los cincuenta años.
Carla Serena comenzó a publicar (libros pero también en revistas) relativamente tarde, pero cuando lo hizo, ya llevaba años de experiencia acumulada.
Sus viajes más
importantes se desarrollaron entre las décadas de 1870 y 1880, y se centraron
en regiones que incluso muchos viajeros varones evitaban por su complejidad
política o cultural: el Cáucaso, Armenia, Georgia, Persia, Turquía europea y
Asia Menor.
Viajaba casi siempre sola o con guías locales, negociando paso a
paso su seguridad, su alojamiento y su movilidad. En ocasiones se vestía con
ropas locales; en otras, explotaba deliberadamente su condición de extranjera
excéntrica para desarmar resistencias. Era consciente de que su género podía
ser un obstáculo, pero también una ventaja inesperada: en muchas sociedades tradicionales,
una mujer viajera era vista como menos amenazante que un hombre occidental.
Llama mucho la atención que la dama en su práctica viajera rehuyese sistemáticamente y siempre que le fue posible la figura del protector europeo. No buscaba cónsules, ni escoltas diplomáticas, ni mediadores coloniales. Tampoco unirse a expediciones organizadas. Prefería tratar directamente con campesinos, comerciantes, mujeres locales y autoridades menores. Esa elección explica tanto la riqueza de sus observaciones como los peligros que asumió.
Los libros de Carla Serena no son diarios íntimos ni tratados académicos.
Son textos híbridos: crónicas de viaje con una clara
conciencia política. Con mirada analítica observa sistemas de gobierno, tensiones étnicas,
desigualdades sociales y relaciones de género con una lucidez que incomodó a
muchos lectores europeos.
Uno de sus libros más conocidos, Lettres d’Orient,
ofrece un retrato del Oriente otomano alejado del orientalismo complaciente. Procura no idealizar ni demonizar, solo describir. Y al hacerlo desmonta tópicos y clichés. Se
interesa especialmente por la vida de las mujeres en sociedades musulmanas y
cristianas orientales, comparando sus grados de autonomía real, no teórica.
Carla Serena fue una
de las primeras viajeras occidentales en criticar abiertamente la hipocresía
moral europea respecto al trato de las mujeres, señalando que muchas de las
supuestas “opresiones orientales” tenían equivalentes funcionales en Europa,
aunque se disfrazaran de decoro burgués.
Este enfoque hizo que algunos contemporáneos
sospecharan de ella. No faltaron insinuaciones de que actuaba como informante
política, una acusación habitual contra viajeros demasiado atentos y
demasiado independientes. No hay pruebas de espionaje, pero sí hay indicios de que
sus textos eran leídos con mucha atención por círculos diplomáticos. Su capacidad
para captar equilibrios de poder la hacía valiosa… y peligrosa.
Carla Serena no encajó fácilmente en ninguna categoría.
Para los círculos conservadores, era una mujer imprudente, casi indecorosa. Para ciertos sectores progresistas, resultaba incómoda por su falta de alineamiento ideológico claro (¡la gran mania de querer encasillar para controlar y manipular!).
No defendía causas abstractas; defendía realidades concretas.
Otro rasgo de su carácter que llama la atención es su humor seco. En medio de descripciones de caminos intransitables,
alojamientos miserables o conversaciones tensas con autoridades locales,
introduce comentarios irónicos sobre la incompetencia masculina, la burocracia
absurda o las pretensiones civilizatorias occidentales. No se presenta como
heroína; se presenta como alguien que observa con escepticismo.
Carla Serena murió en 1884.
Sus últimos años fueron relativamente discretos, y tras su muerte su nombre se fue apagando. No fundó escuela, no dejó manifiestos, no fue recuperada por grandes relatos nacionales.
Su obra quedó dispersa, citada ocasionalmente por historiadores del viaje,
raramente integrada en el canon.
Hoy, su figura reaparece como lo que realmente fue:
una testigo incómoda de un mundo en transformación, una viajera que
entendió el viaje no como consumo de paisajes, sino como confrontación con
estructuras de poder. Su escritura anticipa miradas posteriores: el reportaje
internacional, la antropología crítica, el periodismo de observación
prolongada.
No viajó para demostrar que una mujer podía hacerlo.
Viajó porque podía, y porque quería entender. Y al hacerlo, dejó una obra que
sigue desafiando lecturas fáciles.
Carla Serena no pidió permiso a nadie, ni necesito un coro de aplaudidoras para cruzar fronteras
físicas ni mentales. Simplemente las atravesó, cuaderno en mano, con la
convicción de que mirar bien sin intermediarios. Y aunque solo fuese por eso ya seria una figura digna de entrar en la
historia.
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Carla Serena sola en el Cáucaso | Editions du Palais













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