Janet Riesenfeld (1918–1998): de
bailarina cosmopolita a dama del guion en el cine mexicano.
La figura de Janet Riesenfeld, conocida también como Janet Alcoriza o bajo el seudónimo de Raquel Rojas, ocupa un lugar muy singular dentro de la historia del cine del siglo XX.
Su trayectoria, realmente muy novelesca, combina desplazamientos geográficos, reinvenciones profesionales y una asombrosa capacidad de adaptación a contextos culturales muy distintos.
Nacida el 4 de junio de 1918 en Viena (según algunas fuentes en Nueva York ese mismo año) y fallecida en Cuernavaca, México, en 1998, su vida recorre Europa, Estados Unidos y México, y su obra se inscribe de manera decisiva en la edad de oro del cine mexicano.
Riesenfeld creció en el seno de una familia
profundamente vinculada a la música. Su padre, el compositor austro-estadounidense
Hugo Riesenfeld, fue una figura relevante en la transición del cine mudo al
sonoro, lo que situó a Janet desde muy temprano en un entorno artístico y
cinematográfico de alto nivel.
Fue educada entre Europa y Estados Unidos durante el
periodo de entreguerras, recibiendo formación en música, danza y cultura escénica.
Esta educación cosmopolita le permitió adquirir una notable competencia
lingüística y una sensibilidad estética que más tarde le resultaría fundamental en
su trabajo como guionista.
Desde muy joven se inclinó hacia la danza,
especialmente el flamenco, lo que ya revela un rasgo bastante característico de su personalidad: se sentiría siempre atraída por culturas distintas a la propia y la capacidad de apropiación
creativa de lenguajes ajenos.
Uno de los episodios más determinantes de su vida fue
su estancia en España en 1936, cuando llegó con una compañía de danza vinculada
a La Argentinita. Su llegada coincidió con el estallido de la Guerra Civil, lo
que transformó radicalmente su experiencia.
En Madrid vivió de primera mano la violencia, la
incertidumbre y las tensiones ideológicas del conflicto. Fue testigo de
bombardeos, detenciones y ejecuciones, y esta vivencia directa de la historia
marcaría profundamente su sensibilidad narrativa.
Tras abandonar España, plasmó esta experiencia en el libro Bailarina en Madrid (1938), una obra autobiográfica que revela rasgos propios de su estilo como escritora: fluidez narrativa, construcción de escenas, atención a los personajes y una mirada más emocional que doctrinal. Este texto no solo constituye un testimonio histórico, sino también el primer indicio claro de su vocación como narradora.
Janet Riesenfeld (1918-1998).
Riesenfeld, Janet - Editorial Renacimiento
Janet Riesenfeld, una bailaora ‘guirojonda’ bajo las bombas - Revista ExpoFlamenco
Después de su regreso a Estados Unidos, Riesenfeld se
trasladó a México, donde desarrolló la etapa más importante de su carrera. Allí
continuó inicialmente como bailarina y actriz, participando en varias películas
desde finales de los años treinta.
En 1945 contrajo matrimonio con el cineasta español
exiliado Luis Alcoriza, figura clave en su evolución profesional. A partir de
ese momento, ambos iniciaron una fructífera colaboración como guionistas, que
marcaría buena parte del cine mexicano de las décadas siguientes.
Luis Alcoriza - Director de cine
Su transición hacia la escritura cinematográfica se
produjo en la década de 1940. Su primer trabajo relevante como guionista data
de 1944, y en pocos años consolidó un estilo propio dentro de la industria.
Uno de los aspectos más relevantes de su trayectoria
es su vinculación con el director Luis Buñuel, con quien colaboró en varias
películas.
Entre las obras relacionadas con este entorno destacan
títulos como El gran calavera (1949) o La hija del engaño (1951),
que muestran su capacidad para adaptarse a diferentes registros narrativos.
Podríamos decir que la escritura de Janet Riesenfeld se caracteriza por
una notable versatilidad genérica. Aunque cultivó el drama, su mayor éxito se
produjo en la comedia, donde desarrolló un estilo ágil, directo y eficaz.
Entre sus obras más representativas se encuentran: El siete machos (1950),
La isla de las mujeres (1952),
El inocente (1955)
y El esqueleto de la señora Morales (1959).
Estas películas reflejan varias constantes de su escritura: -Claridad estructural, tramas bien construidas y accesibles; -Eficacia narrativa: economía de medios y ritmo sostenido, -Hibridación de ambientes: combinación de lo rural y lo urbano; -Construcción de personajes populares: cercanos al espectador medio.
Su trabajo contribuyó a consolidar ciertos modelos
narrativos del cine mexicano clásico, especialmente en la comedia costumbrista.
A pesar de su importancia, la figura de Riesenfeld ha
quedado en ocasiones eclipsada por la de su marido o por los directores con los
que colaboró. Sin embargo, su papel fue esencial dentro del engranaje
industrial del cine mexicano.
Fue miembro destacado de la Sociedad General de
Escritores de México y participó en iniciativas relacionadas con la legislación
cinematográfica en los años sesenta, lo que indica también su implicación
institucional en el medio.
Su carrera se prolongó durante varias décadas, desde
mediados de los años cuarenta hasta finales de los ochenta, lo que demuestra
una notable capacidad de adaptación a los cambios de la industria.
Janet Riesenfeld falleció en 1998 en México, país
donde desarrolló la mayor parte de su carrera.
Su legado permanece vinculado a la historia del cine mexicano, donde figura como una de las guionistas más prolíficas y eficaces de su periodo clásico. Aunque su nombre no siempre aparece en primer plano, su contribución resulta fundamental para entender el funcionamiento interno de aquella industria y la construcción de sus relatos más populares













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