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sábado, 16 de agosto de 2014

Opinión personal (15): De soledades y alergias.

Vivimos en un mundo muy complejo en el cual -muchos- intentamos aliviar la soledad lo mejor que podemos.
Es evidente -nadie puede ponerlo en duda- que somos seres sociales y que desde aquel lejano origen en el que nos descolgamos de los árboles nos hemos desenvuelto en compañía; de hecho el miedo a la soledad (y al peligro que ésta suele conllevar) ha actuado como poderoso cemento social, a pesar de los obvios inconvenientes de pertenecer a un grupo.
Parece también bastante obvio que la percepción de la soledad tiene muchos matices y diferentes urgencias pero, tanto si es miedo a estar solo físicamente (sin nadie a quien tocar o sentir), o emocionalmente (sin nadie con quien compartir), o espiritualmente (comunicándote con otros pero con la lacerante convicción de que nadie te entiende), se movilizan siempre respuestas de huida o de aceptación.
Hubo un tiempo -largo- en el que sentirse fuera del grupo, de la tribu, del clan, era absolutamente inconcebible, pero nuestra sociedad ha evolucionado en este sentido (¿progresado?) hacia una autosuficiencia que nos hace sobrevalorar lo que muchos temen aunque sea inconscientemente: no depender de nadie, ser totalmente autónomos.
Este deseo se da menos -como bien señala J. A. Marina- en los sociedades orientales que en las occidentales, en donde el exagerado desarrollo del "yo" se ha convertido en el ídolo de turno, aunque imagino que poco tardará en producirse el inevitable contagio ideológico que hará que todo el planeta piense y sienta de la misma manera.

La huida hacia una "libertad total" (¿alguien sabe realmente que significa eso?) que muchos emprenden y que algunos se encargan de vender como perfecto ideal, acaba chocando casi siempre contra el muro de la soledad.
T.Zeldin, en un apartado interesante sobre este tema en su recomendable libro "Historia íntima de la humanidad", menciona curiosos porcentajes sobre percepciones de soledad, vidas solitarias y otras casuísticas adyacentes, para concluir que si es llamativo el alcance de este problema en las sociedades actuales dista mucho de ser una "enfermedad moderna": Los hindúes ya indicaban que el Ser supremo creó el mundo porque se encontraba solo y en absoluto andaba lejos de esa percepción el Dios judeo-cristiano que necesitó crear al universo en un especial y apabullante Bing-Bang de siete días y al que -por lo visto muy consciente del drama de la soledad- hay que agradecerle el "detalle"  de crear un alter-ego al hombre -la mujer- para que éste aliviase la sensación de carencia dándose mutua compañía (sin demasiado éxito, me parece, porque el primer intento -Lilith- salió muy respondón y el segundo -Eva-, acabo cargando con no sé qué extrañas culpabilidades).



Desde entonces el ser humano (ellos y ellas) han buscado de mil maneras paliar una sensación que, por lo visto, no desaparece en muchos a pesar de la presencia de otros congéneres (si es que no empeora precisamente por esa misma y desincronizada presencia).
Algunos, en vista de que no podían huir de la soledad que sentían, la asumieron en grado extremo causando por ello profunda admiración entre sus coetáneos: Eremitas y ermitaños fueron considerados poco menos que héroes (raritos, pero héroes al fin al cabo) por todos aquellos que no comprendían como podía funcionar el recibir más dosis de lo mismo que uno teme o quiere evitar. Claro que si el método funcionaba -en los pocos casos en que lo hacía- era porque el afortunado de turno decía experimentar una plenitud inexplicable.
Claro que -como en muchas cosas- no faltaban solitarios que hicieron muchos esfuerzos por buscar otros caminos e, incluso, fueron capaces de desarrollar una frustrada vocación circense; personas como Simeón el Estilita que, en un alarde de exhibicionismo,  pre-anunciaba futuras desvergüenzas televisivas de generaciones muy, muy posterior  (la cosa más idiota siempre consigue alguien que la mire, quizás sea ese  el vengativo triunfo de la máquina sobre las almas débiles o adormecidas), El susodicho, haciendo gala de una tenacidad digna de mejor causa, permaneció varios años en lo alto de una columna, despertando admiración y devoción  a su alrededor (¡algún día dedicaré un artículo a la peculiar casta de los "devotos"!) .
Personalmente opino que la insociabilidad de algunos no es, precisamente, el mejor ejemplo para nada ni para nadie y que hay fórmulas de navegar, si uno quiere, entre soledades y compañías sin que niegue por ello la dificultad del empeño. La experiencia, de hecho, constata que las sobredosis no son buenas en ningún aspecto. No sin sabiduría indicaba Thomas Merton (monje trapense) que " la soledad  no es separación".
Parece evidente que hay que aprender a gestionar la vivencia de casi todas las emociones si queremos tener una vida mínimamente sana. Para ello algo de introspección (en silencio, en necesaria soledad) siempre vendrá bien, más todavía hoy en día ya que los cantos de sirena y los encantamientos de las "brujas" publicitarias nos llevan constantemente a evitarlo sugiriendo que rellenemos nuestros vacíos y temores a base de consumos. Hay que ser casi de mármol para resistir tanta y tan constante presión al respecto: ya no se trata de "pienso, luego existo", estamos directamente en el "gasto, o no existo". No parece haber muchas dudas respecto a esto y que el "compre, compre"  ha sustituido con bastante eficacia en muchos foros al "piense, piense" (mucho más todavía, si la música con que se nos hipnotiza tiene la virtud de hacernos "sentir" algo. Es igual lo que sea pero parece probado que al personal le gusta "sentir"). La soledad es menos, por lo que parece, si la adornamos y cubrimos de objetos, o, ya puestos,  si compramos directamente lo que queremos vivenciar (hoy en día la oferta es muy selectiva y personalizada, por algo estamos en la época del turbo-consumo, tal y como nos cuenta Lipovetsky en "La felicidad paradójica").



En mi caso reconozco lo complicado del problema porque ya no soy un hombre de fe (no puedo creer sin experimentar, de poco me valen las experiencias ajenas por muy legítimas que sean algunas de ellas) ni tampoco me gusta ir siempre al reclamo de lo que quieran dictarme otros por lo que difícilmente obtengo el apoyo del grupo (sobre todo de los grupos cuyos miembros necesitan que les marquen taxativamente lo que hacer y que pensar).
Ya en plan "llanero solitario" me las veo y me las deseo para minimizar los efectos de tanto "hechizo" y "seducción" y  me canso de tantos intentos y esfuerzos para nadar a contracorriente.
Con todo, creo no ser tan "bicho raro" como los eremitas de antaño (aunque a veces anhele encontrarme en soledad); tampoco soy particularmente "obseso" de libertades, pero reconozco que tengo fallos y debilidades a la hora de evitar algo tan pernicioso como la soledad psíquica. 
No me regodeo en ello  -creo- y de hecho recurro a la introspección antes mencionada;
procuro también pasar por el cedazo del análisis casi todo lo que veo o escucho pero, con todo, asumo que mi propia personalidad  (el "molde" que viene de serie) tiene un peso muy importante en cómo se perciben las cosas, las personas, las situaciones. 
No todo es siempre externo aunque la mayoría de las veces si se entremezcla lo interior con lo exterior.
En una articulo anterior ("Desilusión20-02-14) ya conté algunas de mis susceptibilidades; también en otro posterior ("El nuevo Sky-lab28-05-14) hice alusión a la profunda irritación que me producía -y produce- la abundancia de falta de respeto, hoy tan bien vista por algunos partidarios de la cultura "yo-yo".
Después de darle algunas vueltas llego ahora a la conclusión -¿triste?- de que, si algo complica en mi caso la adecuada solución de algunos problemas de convivencia, amén de lo ya mencionado,  es la alergia.
Sí. No es que sea alérgico, al pan, al marisco, o al polen, tan común en estos tiempos. No.
No creo ser "flor de invernadero" en ese sentido, pero sí detecto indicios claros de otro tipo de alergia:
Soy alérgico a la estupidez.
Mira que hay variedades de tontería humana (tontez, imbecilidad, idiotez, lerdez, memez, etc) pero no me cabe duda de que la que está más "en el aire" es la estupidez (interesante el libro de Giancarlo Livraghi, "El poder de la estupidez", a pesar de que el título recuerda tristemente a nefastos libros de auto-ayuda). Basta con algunos ejemplos, todo sea dicho sin ánimo de ofender.



Cada vez que me siento a comer y, por aquello de estar un poco al día, veo los noticieros de televisión, se me producen profundos sarpullidos mentales  cuando no ganas de vomitar ante la cantidad de memeces que tengo que escuchar. Cínicos en estado puro intentan vender la realidad -¿¿qué realidad??- como si viviésemos en una especie de feliz parque temático.
Los políticos de derechas nos inundan con algunos despropósitos adornados con un lenguaje  "progresista" o de izquierdas. Los políticos de izquierdas  -los que no están ocupados en comer langostinos a costa del contribuyente- continúan con discursos obsoletos o con ese insulto a la inteligencia que es lo "políticamente correcto" (lo que sea con tal de no afrontar la realidad de las cosas ya que asumirla, en vez de barnizarla, sería el paso necesario para cambiar efectivamente las cosas).
No digo ya si se me ocurre "zapear": entonces la abundancia de corrillos de cotilleos, ositos de mimosín presentando exhibicionistas emocionales, novias "sufriendo" por la horterez del vestidito de sus sueños, machos-alfa luciendo muchos músculos y escasas neuronas, hembras-beta con silicona hasta en las almorranas, tertulias con el omnipresente Marhuenda...... acaban con algo más que con mis defensas.: toda una sintomatología solo explicable a la sobredosis de estupidez.
Una solución higiénica puede ser, por descontado, desconectar la televisión.
Contarse uno mismo las noticias o vacunarse ante algunas de ellas (claro que las "burbujas" rara vez funcionan).
Otra, se me ocurre, puede ser ver series. Si,  hay algunas que son, en su ficción, más verdaderas que la realidad que nos cuentan en los informativos. Y más libres, mucho más libres y  rompedoras, y a veces conviene se rompedor, crítico y bulón. "True blood", sin ir más lejos, me está suponiendo toda una terapia porque entre sangre y sexo sueltan tal cantidad de barbaridades, barbaridades "inasumibles" en otros contextos, pero que aquí  -con toda la potencia del humor- ayudan a exorcizar muchos fantasmas.
No quiero decir con esto que la soledad ante los desvaríos o la estupidez deba combatirse sólo con una serie. ¡Ojala fuese tan simple!
Confío sobre todo en el sentido común, por muy escaso que parezca en ocasiones. También en los pequeños placeres solitarios como la lectura o el arte; en los colectivos, como la gastronomía y sus vicios colindantes........ pero, sobre todo, en que la inteligencia de cada uno haga esfuerzos y sea capaz de encontrar caminos propios y a medida.

Texto:  Javier Nebot

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