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jueves, 24 de diciembre de 2015

Navidad.

Leo en un artículo de Pedro Simón: "Escribía Gala que la sociedad ya no adora al becerro de oro, sino al oro del becerro. Y así es: gastamos mil millones de euros en juguetes; pasamos 140 días de nuestra vida comprando; 500 haciendo colas en probadores; y llenamos la nevera de cosas que terminarán en la basura. España, el segundo país con más desempleo de la UE, también es el sexto país que más comida tira de la Unión".
Triste, pero cierto.
Y en estas fechas -curiosamente- la permanente orgía de consumo constata la vaciedad que impera en la sociedad en la que vivimos y que es incapaz de ofrecer algo más que eso. 
Instalados en el crecimiento permanente -sin ser muy conscientes de a dónde nos va a llevar eso, pero a ningún buen puerto- y con el miedo a que este cese porque entonces (por lo que dicen) se hunde todo, parece que estamos atrapados en una rueda de permante consumo de la que -como si fuésemos hamsters- no podemos escapar.
La Navidad -del latín nativitas, nacimiento- quiere festejar, sin embargo, algo muy distinto: un nacimiento muy especial, el de Jesús de Nazareth que, para los creyentes, significa una elevación espiritual de toda la humanidad.
Pero parece que nos hemos olvidado de que ese nacimiento se produjo -y se produce- en unas condiciones muy diferentes a las orgiásticas de hoy en dia.
Si: la Navidad es el momento de abrirse al Cristo interior y se nos invita a nacer a otros planos (el mental, el espiritual, el emocional....) y desarrollar otros sentimientos y facultades que realmente nos hacen mejores.
Las imágenes que el arte nos ofrece de la Natividad -hermoso recordatorio- albergan siempre una sencillez y unos valorees muy diferentes a los que priman hoy.
Solo hay que mirar. Fijarse en el Misterio.














Domenico Ghirlandaio: La Natividad, 1492.:

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