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miércoles, 20 de abril de 2016

Opinión personal (59): Breves pautas para la autorrealización (según A. Maslow) (1º de 2)

Hablar de salud es hablar -necesariamente- de un territorio inmenso en el que fructifican todo tipo de posibilidades de bienestar.
Seguramente sea esta último término –bienestar- el que confiere a todas las posibles discusiones al respecto, ya sean terminológicas o ideológicas, el punto clave de arranque a la hora de determinar qué es lo que entendemos realmente cuando hablamos de “salud(1).
En cualquier caso, sean cuales sean los planteamientos sobre los que uno parta, hablar de salud implica hablar de desarrollo, de plenitud.
Si podemos reconocer -sin miedo a equivocarnos- que nacemos para morir también podemos afirmar con la misma seguridad que en ese lapso de tiempo que existe entre el inicio y el final todos confiamos en prosperar de forma acorde a nuestra naturaleza. Eso implica alcanzar un punto máximo de apogeo e iniciar –nos guste más o menos- un declive paulatino que todos preferiríamos que estuviese, en lo posible, exento de malestar.
Este recorrido natural, si se produce sin percances o accidentes, debería ser un recorrido de y con salud. Cuando se manifiestan dificultades, problemas, hándicaps en ese desarrollo, podemos hablar, en general de “falta de salud” o “problemas de salud” o de enfermedad.
Como la variedad de circunstancias que pueden torpedear el camino hacia la plenitud de cualquier ser vivo es enorme, hablamos de diferentes tipos de salud, y vamos ampliando constantemente su conceptualización a medida que tomamos conciencia de los diversos planos en los que nos desarrollamos como seres vivos (el plano físico, el mental/psicológico, el espiritual, el social etc.), sin olvidar la necesidad que todos sentimos de encontrar el adecuado equilibrio entre todos ellos; de ahí la “inmensidad” a la que me refería al principio; de ahí la necesidad de acotar, de fijar algunos límites, a la hora de analizar los entresijos de lo que convenimos en llamar “salud”, si no queremos perdernos en un terreno lleno de mil matices y, por lo tanto, de problemáticas diferentes.
Para este post –limitado por su propia naturaleza- quisiera reflexionar sobre algunos aspectos de esa ansiada plenitud que todos quisiéramos y, más concretamente, sobre las posibilidades de autorrealización en los aspectos psicológicos del desarrollo.
Me parece que casi todos somos conscientes de que llegados a una determinada edad las pautas que nuestra sociedad nos impone implican un cierto “retiro (2): Alrededor de los 65 años se produce la jubilación más o menos forzosa (o más o menos deseada) del mundo laboral; ello implica una reubicación de prioridades vitales; también, muy probablemente, el inicio de determinadas formas de consumo que están claramente vinculadas a la disponibilidad de tiempo que conlleva la inactividad laboral .....pero, simultáneamente, debemos afrontar –a un nivel más personal- los primeros malestares específicos del deterioro general de la salud, producto del inexorable paso del tiempo, una nueva valoración social con muchos tintes de pasividad, y una búsqueda de sentido más allá de los roles estereotipados que quieran imponernos.
Sin duda, todo ello nos obligará a replantearnos no solo el cómo vivir a partir de esas circunstancias nuevas e incuestionables sino, también –al menos a algunos-, a evaluar lo que ha sido el camino recorrido hasta ese momento y decidir cómo afrontar lo que nos espera dentro de unos adecuados parámetros de salud (aquí mencionada en un sentido muy amplio) y bienestar.
Algunos expertos hablan de que, precisamente a partir de esa barrera de los 65 años (aprox), se presenta una fase de introversión, introversión que algunas culturas como la hindú prefieren denominar “etapa mística” (aunque esa denominación sea. posiblemente, demasiado imprecisa para una civilización como la nuestra).
Parece que, queramos o no, nuestros sentidos optan por un repliegue, se cierran al exterior: perdemos oído, vista, movimiento….. Es evidente que debemos hacer algo de forma consciente para minimizar ese impacto y cuidarnos. El cuerpo ya no se cuida solo, la capacidad de recuperación es mucho más lenta, si es que se da.
 Paralelamente, en nuestro interior -piensan algunos expertos- pueden encontrarse las herramientas para prepararnos a los cambios que nos aguardan.
Deberemos –insisto- evaluar y decidir si optamos por el estancamiento o por la evolución, por la “ranciedad” o por la generatividad.
¿Estamos a tiempo de potenciar la autorrealización?
Abraham Maslow, psicólogo de reconocido prestigio y uno de los iniciadores de la psicología transpersonal, escribió, hace ya unas décadas, un libro al respecto cuyas pautas me parecieron (y me siguen pareciendo) interesantes.
Considero que siguen teniendo vigencia a pesar del transcurrir de los años y por eso quisiera hacer referencia a ellas  en este post en el blog, siquiera sea brevemente.

 Psicología Transpersonal.
Para situar la psicología transpersonal -en donde se ubica, como antes he mencionado, la figura señera A. Maslow (3) - podemos improvisar un pequeño “ranking” de movimientos o escuelas psicológicas. Si durante mucho tiempo se consideró al conductismo como la “primera fuerza” psicológica, podríamos considerar como la “segunda” al psicoanálisis freudiano, como la “terceraa la corriente del potencial humano y como la “cuarta” la que nos ocupa, la transpersonal.
Como todas las clasificaciones, ésta tiene sus partidarios y sus detractores (todo depende de a quién se pregunte) pero como no está en mi ánimo entrar en polémicas academicistas sino, simplemente, situar esta corriente psicológica, la clasificación nos ayudará a hacernos una idea de cómo la psicología transpersonal supuso un cambio de percepción en las movimientos psicológicos imperantes.
Desde luego no fue muy bien vista en sus orígenes: la tendencia a entender la psicología como camino de sabiduría no casaba precisamente con los afanes de reconocimiento científico que ésta perseguía. Influenciada además por la filosofía perenne (4) la psicología transpersonal hablaba de “alma” y otros conceptos similares que, sin duda, se pretendían erradicar del lenguaje propio de una ciencia. Aldous Huxley (5) hablaba incluso de tradición “esotérica” y vinculaba muchas cuestiones de desarrollo humano con la parte más profunda de algunas religiones lo que, evidentemente, no era del agrado de aquellos que consideraban esos terrenos como elementos de superstición más que de desarrollo o sabiduría.
La tradición esotérica nos dice que venimos de un Ser único, que vivimos en una especie de somnolencia que nos impide tener conciencia de nuestro origen aunque considera que, sin embargo, podemos acceder a él, pero no mediante el conocimiento convencional, sino recordando nuestra verdadera identidad (en una línea de clara inspiración socrático-platónica).
Tanto la mística cristiana, como las tradiciones budistas o los yogas de la India insisten en que el verdadero objetivo consiste en realizar el Atman.
Muchos de los psicólogos que se acogieron y desarrollaron la psicología que nos ocupa hablaban de realizar el self, el centro profundo del ser, más allá de la clásica división entre consciente e inconsciente. La mayoría de las formas de psicoterapia vigentes hasta hace muy poco pretendían enseñarnos a adaptarnos, a enraizarnos de la mejor forma posible en nuestro entorno, a fortalecer el yo en lugar de trascenderlo.
Se consideraban patológicas conductas, vivencias y emocionalidades que no se acomodasen a una determinada “normalidad” promedio. Por no hablar de los constantes intentos de algunos psicólogos y psiquiatras de patologizar gran cantidad de conductas humanas
con el deseo –más o menos inconsciente- de dar a cada “problema” una solución “tipo” (y si podía ser en forma de pastilla comercializable, mejor) (6).
Sin embargo, la psicología transpersonal se alejaba de los parámetros habituales y pretendía una lectura de la vida y de la enfermedad más omnicomprensiva, a la vez que indagaba para encontrar elementos de desarrollo personal mucho más holísticos y no necesariamente vinculados a la idea de enfermedad como elemento contrario a salud.
La palabra “transpersonal” (del latín trans, “a través de” y persona, “máscara”) se adoptó para reflejar una perspectiva abierta y compleja: la de aquellas personas que, a través de técnicas de meditación y otras prácticas de autoconocimiento, experimentaron estados de conciencia que trascendían los límites reconocidos al ego y –en ocasiones- los límites ordinarios de espacio/tiempo. La palabra transpersonal también fue entendida por algunos como una especie de amalgama entre “trascendental” y “personal” y, desde mi punto de vista, no está mal entendido porque sí es cierto que el camino iniciado por los adalides de este movimiento pretendía ayudar a integrar lo trascendental o espiritual con las dimensiones personales de la existencia.
Como no es este el espacio para profundizar en los orígenes y posterior desarrollo de la psicología transpersonal parece prudente, más que debatir sobre su definición o sobre sus primeras expresiones, mencionar a aquellos que, con sus obras y su labor didáctico-profesional, construyeron el corpus principal sobre el que se basa.
Personas hoy en día son universalmente reconocidas y apreciadas por sus aportaciones: C.G. Jung (7) y Roberto Assagioli (8) como precursores, Abraham Maslow y Anthony Sutich (9) como iniciadores específicos de una tendencia que han continuado y desarrollado, desde múltiples e integradoras perspectivas, Ken Wilber (10), Stalisnav Grof (11), Roger Walsh, Rupert Sheldrake (12), Ilya Prigogine y otros muchos.
Stanislav Grof, uno de los pioneros en este campo, incide en un punto que me parece importante por lo clarificador: En él, como la psicología transpersonal recurre –necesariamente- a la interdisciplinaridad porque, para desarrollar sus tesis, se necesita contar con antropólogos, tanatólogos, terapeutas, científicos, psiquiatras, parapsicólogos etc., ya que lo que pretende no es solo una perspectiva sino una “meta-perspectiva” con la que abordar al ser humano y todas sus posibilidades sin querer imponer por ello un determinado sistema de creencias.
Los transpersonales quieren descubrir la relación existente entre los diversos puntos de vista para, precisamente, vislumbrar las posibilidades de transformación del individuo.
La psicología transpersonal se inició hacia los últimos años de la década de los sesenta. El auge de los grupos de encuentro, las experiencias psicodélicas, toda la parafernalia creadora del movimiento “flower children” (hippy) (13) y los movimientos de protesta generalizados (contra la guerra de Vietnam, el mayo del 68, contra la opresión comunista en algunos países del telón de acero), fueron los catalizadores de los que se nutrió. La psicología humanista (14) (la tercera fuerza a la que me refería anteriormente) despegaba contrarrestando al materialismo científico propio del conductismo y al ya casi agotado psicoanálisis.
Se necesitaba una mayor percepción del individuo como persona, como alguien que tiene conciencia, intención, y que desea actualizar todas sus potencialidades creadoras. 
Dentro de esta tercera fuerza o tendencia varios de sus teóricos decidieron explorar, como antes he mencionado, no solo las psicologías ortodoxas sino también, aquellos movimientos o religiones que ponían su énfasis en una determinada trascendencia del individuo y que reclamaban una autorrealización del mismo.
Ya en 1968 Abraham Maslow consideró que la psicología humanista era el camino de la transición más adecuado hacia una forma más elevada de psicología que denominó transpersonal: una psicología no solo centrada en las necesidades y problemas humanos sino que indagase en su relación con el cosmos, que ampliase la percepción de la identidad a terrenos hasta ahora inexplorados.


No se trataba de partir de cero haciendo tabla rasa de todo, sino, más bien, de cuestionar reduccionismos. El conductismo –eficaz sin duda en muchos aspectos- resultaba excesivamente limitado al considerar a los seres humanos como animales condicionados casi totalmente por su medio ambiente (aunque los publicistas se han aprovechado bien de esos estudios para intentar programarnos como si fuéramos “ratas de laboratorio consumidoras”, intentando que nos sintamos bien en nuestra particular jaula-paraíso) (15); el psicoanálisis freudiano, aun reconociendo su gran valor como forma de entender muchos procesos mentales bastante incomprendidos hasta su aparición, se centró en demasía en el estudio de la enfermedad mental ofreciendo una parte patológica digna de estudio pero olvidando la “mitad sana”.
La psicología transpersonal a través de Maslow y también de su colega Anthony Sutich (editor de “Journal of Humanistic Psicology”) pretendía implementar otra perspectiva desde la cual se tuviesen en cuenta diversos estados del ser, la expresión o actualización de meta-necesidades (individuales y de la especie), la auto-trascendencia, la conciencia de unidad, las muy conocidas –aunque solo sean de nombre o como hito- “experiencias cumbre”, el éxtasis, las experiencias místicas, la realización y expresión de las potencialidades trans-personales.
Ellos y otros colegas en la misma línea iniciaron y desarrollaron investigaciones interdisciplinares en este sentido, dentro de determinadas pautas científicas para homologar conclusiones, construyendo el corpus de lo que hoy entendemos como psicología transpersonal. El proceso no fue fácil ni mucho menos unánime ya que era inevitable introducirse en terrenos poco ortodoxos y en mundos todavía no cartografiados salvo por algunos excéntricos (16) y, además -como señalan algunos críticos-, no parecía que los procedimientos habituales de investigación resultasen totalmente válidos ya que no obtenían la misma eficacia de contrastación.
Desde luego es más que probable que el camino de Maslow, Sutich y tantos otros no hubiese sido el mismo sin la trascendencia de algunos predecesores que ya he mencionado, especialmente Carl Gustav Jung, uno de los alumnos destacados de Freud (con el que marcó muy pronto distancia iniciando su peculiar y portentoso camino) y Roberto Assagioli, creador de la llamada psico-síntesis.
Tanto el análisis junguiano como la psico-síntesis se convirtieron en herramientas válidas dentro del desarrollo de la psicoterapia transpersonal. La brevedad de este post no permite, desde luego, mayor detenimiento, pero sugiero al lector interesado un posterior acercamiento a ambos autores porque su obra es de especial relevancia a la hora de atisbar para la psicología caminos más amplios que la mera cura de malestares neuróticos.
De todas formas me gustaría mencionar que Jung consideraba al inconsciente no como una mera “cárcel” de contenidos reprimidos sino como algo en si mismo inteligente y creativo. Además consideraba que el inconsciente conectaba al individuo con lo colectivo y sus estudios sobre la psicología arquetípica son realmente claves.
Baste decir aquí –por relacionarlo con lo transpersonal- que el inconsciente colectivo está, para Jung, por encima, más allá y alrededor de la psiquis individual y, a partir de ahí, crece la psiquis individual (17). En cuanto a Roberto Assagioli hay que decir que discrepo tanto del psicoanálisis como de las tesis de Jung. Consciente de las limitaciones del psicoanálisis (consideraba que tendía a reducir a anhelos infantiles y neuróticos auténticas aspiraciones espirituales) no lo desdeñó completamente porque consideraba que era importante que entendiéramos –dentro de lo posible- nuestro inconsciente y solía aconsejar a los que querían emprender un trabajo espiritual serio que se psicoanalizarán antes. Assagioli fue influido en sus planteamientos por diferentes enseñanzas espirituales, incluyendo el yoga, la teosofía, el budismo y la mística cristiana. Aunque coincidía en algunos planteamientos con Jung, Assagioli consideraba que no hay un solo self, sino, más bien, niveles diferenciados de autorrealización. Según él, para la mayoría de nosotros el “yo” se mimetiza muchas veces con nuestras emociones, pensamientos, deseos, con los roles que asumimos y que construyen varias identidades (18). Si optásemos por desidentificarnos de esos contenidos cambiantes a través de las diversas técnicas de psico-síntesis, podríamos ver que no somos lo que creemos ser. Se trataría de tomar conciencia de una dimensión más profunda del ser, pero preservando, al mismo tiempo, una sensación de identidad.
Desentrañar esa particular mezcla de mente y cuerpo (centauro mitológico), volver a marcar con otros límites la frontera entre nuestro cuerpo-mente buscando el intuido estado de unidad, fue una de las metas de la psicología transpersonal. Por descontado las personas que deciden iniciar una psicoterapia transpersonal lo hacen con unas inquietudes similares a los que se acercan a la psicología a través de otras disciplinas: todos quieren mejorar la manera en que viven. Esas inquietudes pueden incluir desde crisis de identidad, falta de autoestima (tan en boga en estos tiempos), depresión, ansiedades, problemas de convivencia etc. Los terapeutas que intentan resolver estos problemas no desdeñan las técnicas y posibilidades que pueden aportar el psico-análisis, el conductismo o cualquier otra escuela psicológica. La diferencia reside, probablemente, en la perspectiva global del terapeuta. Sutich decía que el terapeuta transpersonal estaba comprometido con un camino espiritual. No sé si, en la actualidad, los transpersonales mantienen pretensiones tan amplias pero creo que en muchos de los que defienden estas tesis -sobre todo aquellos que destacan- hay un compromiso intenso con planteamientos mucho más abarcadores de los que se dan en otras posturas terapéuticas.
Muchas de las investigaciones de la psicología transpersonal han demostrado lo que muchas tradiciones religiosas han mantenido a través de los siglos: que al progresar en el camino espiritual y tomar conciencia del self, nos hacemos no más egoístas y autorreferentes si no más abiertos y desprendidos. Que el hecho de no considerar nuestros dramas personales como las bases sobre la que gira el universo y si nos vamos abriendo sin reservas a los demás, nuestras vidas individuales cobran mayor sentido. Hacen bien en hablar de nuevo de “enfermedades del alma”: ¿Qué ser humano no ha sentido en algún momento de su vida una pavorosa sensación de vacío, una intensa vivencia de sinsentido? La psicología humanista y la psicología transpersonal dan pautas realmente más humanas para la resolución de los problemas a la vez que elevan al hombre hacia el desarrollo de sus posibilidades globales. Como bien indica Maslow, una vez cubiertas las necesidades básicas hay que luchar por satisfacer –y tomar conciencia primero- aquellas otras más espirituales pero igual de necesarias.
-continuará-
Notas.
(1). Los afanes definitorios de los teóricos de la Salud rivalizan en sus intentos de precisión con los de los expertos de cualquier otra materia que pretenda tener un tratamiento como ciencia. 
La precisión es, probablemente, el objetivo primordial –pues de ella se derivarán consecuencias de todo tipo- pero, personalmente, no estoy seguro de que muchos de esos esfuerzos por conseguir una definición válida para la mayoría, no sean más que fallidos conatos de descripción, que no acaban de atinar realmente en el meollo de la cuestión. Este “meollo” exige, necesariamente, partir de un posicionamiento previo y a ahí estriba la principal dificultad. Cuanto más holístico sea el punto de partida mayor será la dificultad para encontrar una definición de salud que sea clara, concisa y precisa. En sentido contrario, los intentos para elaborar una definición escueta, que elimine ambigüedades, adolecen, en general, de reduccionismo ideológico.
Desde luego modelos de análisis sobre un comportamiento saludable (seguramente más analizable que un concepto genérico como salud) hay muchos. En el Seminario de Salud Integral  Universidad de Deusto/Ocio cultural) hemos podido ver el Modelo de creencias sobre la salud (MCS) de Becker y Maiman, (1975); la Teoría de la Acción Razonada (TAR) de Azjen y Fishbein, (1980); la Teoría de la Acción Social (TAS) de Ewart, (1991); y el análisis funcional de la conducta de Rodríguez Marín, (1994).
Definiciones de salud hay tantas como autores que tocan el tema pero, por lo que parece, hay cierto interés en aceptar las pautas de la Organización Mundial de la Salud, ya que su peso específico va creciendo con el tiempo y su labor como coordinadora a nivel internacional revaloriza el uso y sentido de los términos utilizados por dicha organización.
(2). Las circunstancias que en Occidente se han desarrollado poco tienen que ver con las que se dan en otras zonas del planeta. Otras culturas no han integrado todavía las pautas occidentales de previsión y, aunque se habla de derechos de diferentes generaciones y se trata de mundializar criterios, la realidad demuestra que la vivencia de la “jubilación” o el “retiropoco o nada tienen en común cuando se sale de la órbita de la cultura occidental e, incluso dentro de ella, las propuestas de las diferentes tendencias ideológicas difieren enormemente según se trate de planteamientos neoliberales o social-demócratas. Hablar, en estos tiempos de crisis, de “estado del bienestar” para todos parece ser ya más un género literario -que rivaliza con las utopías presentes en todo el siglo XVIII- que una disertación política, con la diferencia de que aquellas utopías estimularon al desarrollo y a la lucha por lo soñado mientras que los derrotistas de hoy en día –más malthussianos que utopistas- se empeñan en no ver mejor mundo que el dejado a la libre mano del sacrosanto mercado.
(3). Abraham Maslow es popularmente conocido entre los aficionados a la psicología por su famosa “pirámide de necesidades” aunque, evidentemente, su obra abarca planteamientos mucho más amplios. Para este trabajo me interesa, precisamente, una parte de su labor que ha sido de lo más criticada: su teoría sobre las meta-necesidades y la autorrealización o autoactualización. Las críticas provienen más por la metodología que por la propuesta. Para muchos una selección, no excesivamente amplia de individuos que él consideraba a priori como autorrealizados, no es una base sólida para el análisis ni para una construcción teórica. Desde mi punto de vista los conocimientos obtenidos posteriormente por otros muchos psicólogos y estudiosos avalan buena parte de sus conclusiones.
(4) Sobre la filosofía perenne: “La noción de filosofía perenne (en latín, philosophia perennis) sugiere la existencia de un conjunto universal de verdades y valores comunes a todos los pueblos y culturas. El término fue usado en primer lugar en el siglo XVI por Agostino Steuco en su libro titulado: De perenni philosophia libri X (1540), en el que la filosofía escolástica es vista como el pináculo de la sabiduría cristiana a la cual todas las demás corrientes filosóficas apuntan de una manera u otra. La idea fue posteriormente asumida por el filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz, quien la usó para designar la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y, en particular, tras las corrientes místicas dentro de ellas. Este término fue popularizado de forma más reciente por Aldous Huxley en su libro de 1945: La Filosofía Perenne. La expresión "filosofía perenne" también se ha usado como una traslación del concepto hindú de Sanatana Dharma, la "verdad o norma eterna e inmutable". 
La existencia de una filosofía perenne es el principio fundamental del tradicionalismo, formalizado en los escritos de los pensadores del siglo XX René Guénon y Frithjof Schuon. El erudito y escritor indio Ananda Coomaraswamy, asociado con el tradicionalismo, también escribió extensamente sobre este tema.” 
Referencia obtenida: 
 (5). Aldous Huxley, reconocido escritor (“Un mundo feliz”), fue adalid y “resucitador” de la filosofía perenne con la publicación de su libro con el mismo nombre. 
Me parece interesante –por reflejar el espíritu indagador de este autor- esta referencia: “Pasaron los años y el interés de Huxley en el misticismo fue despuntando cada vez más, hasta el punto de concentrar toda su actividad intelectual en la redacción del libro La filosofía perenne, un compendio de tradiciones espirituales orientales que apuntaban hacia el reencuentro del alma humana en contraposición a la amenaza de alienación que ofrecía la técnica. La vivencia directa de la trascendencia había desaparecido de nuestra desalmada sociedad mecánica, y Huxley se preguntaba si el olvido de esta experiencia no habría sido una pérdida inestimable para el ser humano. Fue a principios de los años 50 cuando Huxley decidió llevar a cabo su primera sesión con mescalina, el alcaloide visionario del peyote. De esta primera experiencia nació el libro Las puertas de la percepción, un ensayo sobre arte y religión destinado a revolucionar la escena americana de los años siguientes. Hasta el mismo momento de su muerte Huxley desplegó una actividad incansable como divulgador de lo que la experiencia psicodélica podría aportar. En su último libro, Isla, describe un mundo sumido en la neurosis de la guerra, en el que un pequeño grupo de personas que habita en una isla conserva la sabiduría de la desvelación del alma. Los pacíficos miembros de esta sociedad tienen por costumbre ingerir unas misteriosas setas en el momento del tránsito, como vehículo para iluminar este trascendente momento de la vida. Huxley fue un firme defensor de que en el momento de la muerte la persona debería tener la mente más clara que en cualquier otro momento de la vida, por lo que rechazaba la administración de opiáceos y aspiraba a la claridad aportada por los psicodélicos. Fiel a su propia profecía, en el momento de su tránsito, Aldous Huxley pidió a su esposa que le administrara 100 mg de LSD, hecho que más tarde fue alabado por E. Jünger como un gesto del más alto valor psico-náutico.”
 (6). Interesante en este sentido el libro del escritor Allen Frances¿Somos todos enfermos mentales?”. En él critica el afán diagnosticador del DSM-5, ya que considera que convierte cualquier vivencia humana en una patología sobre la que actuar médicamente. El DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) pretende ofrecer a los psiquiatras criterios precisos que ordenen el mundo de los trastornos mentales y faciliten su diagnosis. Se ha convertido de esta manera en una especie de “biblia” de la psiquiatría mundial…..pero Frances –y otros antes que él- responsabiliza al DSM por haber fomentado una perniciosa explosión de diagnósticos al ampliar sin base científica el listado de patologías. En el libro repasa la historia de la enferme-dad mental, de la psiquiatría y de la sucesión de modas que van desde el apogeo de la histeria al autismo, pasando por el trastorno de personalidad múltiple, el trastorno bipolar y la ola de abusos en las guarderías. Falsas epidemias según él aunque con lamentables consecuencias para los así diagnosticados. El autor sabe de lo que habla porque él fue miembro del comité encargado de la elaboración del DSM IV. Su afán es liberar a la psiquiatría de sus propios excesos pero esto no le impide culpar de los males expuestos a su profesión, a la industria farmacéutica y, también, aunque en menor medida a una población reacia a sufrir el más mínimo dolor y deseosa de solu-ionar todo con el efecto milagrosa de una pildorita (una…o las que hagan falta).
(7). Carl Gustav Jung, alumno aventajado de Freud del que pronto se distanció. Padre del inconsciente colectivo y de una comprensión más holística de la psicología, fue propiciador de los círculos de Eranos (donde intelectuales de todo tipo deliberaban sobre perspectivas alternativas a las tradicionales) y uno de los psicólogos más comprometidos con la psicología profunda lo que le permitió desarrollar toda la teoría de los arquetipos.
http://es.wikipedia.org/wiki/Carl_Gustav_Jung
Su bibliografía es, literalmente, inmensa, por lo que remito al lector interesado a otras fuentes más adecuadas. En cualquier caso en internet –como se puede ver las referencias aquí mencionadas- hay buena información para no iniciados en las “asperezas” psicológicas. 
(8). Roberto Assagioli fue el creador de la psico-síntesis. 
De la referencia citada extraigo este fragmento: Assagioli dice que la psicosíntesis es: “Una concepción dinámica, se podría decir dramática, de la vida psíquica, como LUCHA entre una multiplicidad de fuerzas rebeldes y en conflicto entre sí, y un centro unificador que tiende a dominarlas, a armonizarlas, para emplearlas en modo útil y creativo... Un conjunto de métodos de acción psicológica orientados a fomentar y promover la integración y la armonía de la personalidad humana... Expresión individual de un principio más amplio, de una ley general de síntesis inter-individual y cósmica” 
(9). Anthony Sutich
 (10)Ken Wilber: 
(11). Stalisnav Grof: 
 (12). Rupert Sheldrake:
(13). Todavía, cuarenta años después, me encuentro con personas que te espetan su “flower power” como consigna de vida (light), probablemente sin asumir la radicalidad que supuso en su momento. La fagotización de la sociedad de consumo hace que cualquier movimiento, protesta o tendencia se convierta en un elemento más de consumo estético, diluyendo de esta manera su poder de trastornar el sistema.
(14). La psicología humanista como caldo de cultivo previo a la aparición, junto con otros fenómenos y circunstancias ya mencionados, de la psicología transpersonal.
 Buena parte de la psicoterapia actual está influenciada por sus planteamientos y métodos.
(15). En este sentido me parece significativa una película de Alain ResnaisMi tío en América” (1980), en donde exploraba las tesis conductistas de Henri Laborit: la supervivencia, la ansiedad, los premios, los castigos como elementos claves de la existencia humana .Tal como si fuéramos ratas de laboratorio.
Interesante, en este sentido, resulta también el libro: “Coerción: Porqué hacemos lo que nos dicen” de Douglas Rushkoff.
(16). Es digno de reseñar en este sentido y de recomendable lectura el libro “Una Historia secreta de la conciencia” de Gary Lachman, en donde el autor hace un recorrido curioso y ameno por las otras “perspectivas” a la hora de enfrentarse con la conciencia humana y los posibles estados de alteración de la misma.
También –aunque más complejo en su exposición y ambicioso en su planteamiento- la obra de Jean GebserOrigen y presente”. El autor intenta demostrar –muy documentalmente- una evolución en la conciencia general de la humanidad, dentro de un proceso evolutivo claro (aunque, desde mi punto de vista, todavía poco demostrable).
(17). La importancia de la construcción de símbolos comunes a todas las culturas la expresó Jung a través de su teoría de los arquetipos del inconsciente colectivo. El héroe, la princesa y otros muchos arquetipos rigen, sin que muchas veces tomemos conciencia, nuestra vida. La “deidad” que rige ese “reino arquetípico” es el SELF. Una fuerza suprema que nos dirige y a la que deberíamos oír, si no controlar, para saber de qué va (a pesar de los obvios peligros para el ego que quiere seguir controlando todo lo que pueda). Para muchos partidarios de esta visión, los sueños, las fantasías, las enfermedades, accidentes y coincidencias se vuelven mensajes en potencia del “compañero invisible” con el que compartimos nuestra vida. Personalmente me cuesta todavía aceptar en profundidad tales planteamientos aunque en muchos aspectos me seduzcan. Recomiendo al lector interesado la lectura de las obras de discípulo o seguidores de Jung que han desarrollado todavía más esta visión, como James Hillmann o Patrik Harpur.
Contrariamente a lo que mantenía la filosofía perenne, Jung pensaba que sería muy peligroso para el ego individual disolverse en el self, pero este es un tema sobre el que todavía no he indagado.
(18) Por cuestión de límites no puedo referirme en este post a las aportaciones de uno de los más destacados representantes de la psicología transpersonal: Ken Wilber. Considerado de forma unánime como uno de los mejores especialistas en estos temas y de imprescindible lectura para todos aquellos que estén interesados en el desarrollo personal y en la autorrealización.

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