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lunes, 13 de marzo de 2017

Momentos de cine (82): Cabaret. Tomorrow belongs to me. El mañana nos pertenece.

Cabaret (1972) fue una película excepcional, tanto por su factura cinematográfica como por la excelente calidad de sus números musicales.
Nos mostró el impresionante fresco de una Alemania divida (también un mundo) entre dos concepciones visceralmente opuestas de entender la vida y de vivir (o revivir) el orgullo nacional. 
Si la novela de Isherwood captó bien la complejidad del momento, el film de Fosse reflejó a la perfección su tensión dialéctica.
Polarización de dos mundos. La canción del clip animaba hacia un camino (¡el mañana nos pertenece!), hacia una salida aparentemente "limpia" y honesta, para sobrevivir a un abismo de miseria moral y podredumbre social que no parecía ser capaz de convertirse en una alternativa razonable para nadie más que para los que se regodeaban en ello. 
No existía entonces, desde luego, el beligerante "derecho a la diferencia" ni la reivindicación de la cloaca como forma de vida. Claro que, paradoja de aquellos tiempos convulsos, los sueños de un "hombre nuevo" capaz de crear un mundo mejor -que con belicosa y ansiosa fe defendían tanto los nazis como los comunistas- llevaron a desatar todos los demonios de la violencia y de la confrontación hasta un punto que pocos llegaron a imagina en su momento la magnitud catastrófica que alcanzaría (infravaloramos siempre el potencial destructivo que tenemos los humanos).
La ausencia de salidas (sentirse acorralado nunca es bueno) llevaría inexorablemente a un conflicto de proporciones  realmente apocalípticas superando a la que se suponía sería la última de todas las guerras (la PGM).
Después de la guerra hubo, inevitablemente, vencedores y vencidos. 
Los primeros intentaron redibujar el mundo con otros parámetros, en un intento de hacer imposible la reproducción futura de la guerra y la creación de un mundo mejor, los segundos......se reinventaron desde sus cenizas de mil maneras diferentes porque -la experiencia lo demuestra- nunca nada desaparece totalmente.
Poco queda hoy del universo de los años cuarenta pero, aficionados como somos a la dialéctica de la confrontación que voluntariamente aceptamos como "marca vital", nuevos monstruos dan señales de vida y no auguran más que conflictos a pesar de esa jerga bien pensante que tanto gusta hoy en día en nuestro mundo posmoderno que es frágil, carece de certezas en su permanete liquidez -aunque impone las de algunos colectivos en la estrambótica dictadura de las minorías ruidosas- y sustituye el pensamiento y la reflexión por el sentir y el placer (Michaud, dixit)
Impresionante la mirada de desencanto del viejo en el clip: la sabiduría del que ve venir el horror ya conocido y vivido.












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