Sobre el suicidio se ha escrito mucho desde tiempos inmemoriales.
Se trata, desde luego, de un asunto muy complejo, casi siempre profundamente doloroso y que, en la inmensa mayoría de los casos, destila una penetrante bruma de desolación y fracaso.
La gran mayoría de los suicidios (de hecho una abrumadora mayoría) quedan en el silencio y el desconocimiento general. Se ofrece en ocasiones una fría cifra estadística (en España se calculan alrededor de 4000, si cuatro mil, suicidios al año) pero, al contrario que en otros asuntos igual de sangrantes, aquí enseguida se echan capas y capas de silencio y oscuridad que reducen la visibilidad de las tragedias que hay detrás de los mismos y que hacen que queden restringidos a un circulo estrictamente íntimo de allegados del suicida.
No se analizan las causas y, por lo que parece, los posibles planes de prevención siempre quedan en poco más que buenas palabras y en gestos que no parecen ser muy efectivos para atajar semejante drama.
No pasa eso, en general, cuando se trata de alguna celebridad, a pesar de la prudencia de estos últimos tiempos: el suicidio, en estos casos, tiene una aureola trágica que, de alguna forma, fascina tanto como lo hacen según qué precipicios y tarde o temprano salen a la luz.
De mis lecturas juveniles recuerdo el impacto que me produjo saber que Stefan Zweig, un escritor al que lei mucho porque sus libros estaban en casa de mis padres cuando era crio, se suicidó. Lo admiraba y lo sigo admirando y su muerte voluntaria llamó mucho mi atención, sobre todo por lo que tuvo que vivir y sufrir este señor para acabar decidiendo que no merecía la pena continuar vivo.
-Sócrates (Atenas, 399 a. C.): Condenado por la polis, aceptó beber cicuta. No se trató de un suicidio precisamente “voluntario” en el sentido moderno, pero si fue asumido por él conscientemente como un acto filosófico y cívico.
-Catón el Joven (Útica, 46 a. C.): Se dio muerte tras la victoria de César. Se trata de un ejemplo prototípico, canónico, del suicidio estoico como afirmación de libertad moral frente al poder.
-Petronio Arbiter (66 d.C.) y Séneca (65 d.C.), no encuentran una solución más digna para liberarse de un mundo romano, que en determinados círculos era terriblemente vano, caprichoso y ridículo, que optar por el suicidio.
Séneca, obligado por Nerón, se cortó las venas con una serenidad ritual, convirtiendo su muerte en un discurso ético.
Petronio, el árbitro de la elegancia, se suicidó como un gesto de placer y burla hacia el emperador. En la novela Quo vadis? (1896), de Henryk Sienkiewicz, aparece Petronio Arbiter como el refinado arbiter elegantiae de la corte de Nerón. Su final, un suicidio estoico, elegante y deliberadamente escenificado, ocupa uno de los episodios más memorables del libro: Petronio se abre las venas, conversa, escucha música y dicta una carta sarcástica dirigida al emperador, convirtiendo su muerte en un último gesto de libertad y estilo. Algo así, evidentemente, no podía ser desaprovechado por el cine.
Los mejores momentos de Nerón y Petronio
Carta de Petronio a Neron en Quo Vadis
-Cleopatra VII (Alejandría, 30 a. C.), un personaje realmente sugestivo y emblemático, se quitó la vida (mordedura de un áspid o veneno) tras la derrota frente a Octavio. Una obvia y muy compresible incapacidad para asumir resultados adversos.
Su amor de aquel momento, Marco Antonio, también optó por la salida digna apuñalándose ( o dejándose caer sobre su espada), antes de ser capturado y exhibido en Roma como parte del Triunfo de Augusto. En la tradición literaria su suicidio, teatral y soberano, ha sido cargado de simbolismo político (no dejaba de ser el fin de su mundo) y ha tenido numerosas relecturas. En el arte, el personaje y su muerte han suscitado infinidad de obras que han subyugado la imaginación de miles de personas.








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