lunes, 6 de julio de 2026

Lugares (106): Rávena. Italia. San Apolinaire in Classe + Tumba de Teodorico.


Después de recorrer durante tres días el extraordinario patrimonio monumental de Rávena, todavía nos quedaba pendiente una visita esencial. 
Tomamos un autobús urbano que en apenas unos quince minutos (está a unos ocho kilómetros de Rávena) nos alejó del bullicio de la ciudad para conducirnos hasta Sant'Apollinare in Classe, una hermosa iglesia levantada junto a lo que fue el antiguo puerto romano de Classe, hoy desaparecido varios kilómetros tierra adentro por el avance de los sedimentos. 
Realmente, resulta curioso imaginar que hace quince siglos, en donde hoy se extienden praderas y campos, atracaban antaño las naves del Imperio.


La basílica -declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996- fue consagrada en el año 549 por el obispo Maximiano, en un momento en que Rávena volvía a formar parte del Imperio Bizantino tras la reconquista de Justiniano. 
Su arquitectura sorprende por la elegante sencillez de sus proporciones y por una sobriedad estilística que prepara al visitante para el verdadero espectáculo que aguarda en el ábside (como ha sucedido de hecho, también, en otros monumentos visitados anteriormente).



A diferencia de San Vitale, en donde los mosaicos -como ya tuvimos oportunidad de ver en una entrada anterior-  impresionan por su refinamiento cortesano y la presencia majestuosa del emperador Justiniano, su esposa Teodora y sus respetivas cortes, aquí todo parece adquirir un tono mucho más contemplativo y sencillo. 



El inmenso mosaico absidal constituye una auténtica síntesis de la espiritualidad cristiana de los primeros siglos. 
En un paisaje de intenso color verde, poblado de árboles, flores y ovejas, se alza la figura de san Apolinar con los brazos abiertos en actitud de oración. Sobre él aparece una gran cruz enjoyada inscrita en un cielo azul sembrado de estrellas, evocando simultáneamente la Crucifixión y la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor


No se trata de una representación narrativa, sino profundamente simbólica. 
Los doce corderos recuerdan a los apóstoles, mientras que la exuberancia de la naturaleza habla del Paraíso prometido y de la renovación espiritual. 
Es un arte que no pretende reproducir la realidad visible, sino sugerir una realidad trascendente. Esa es quizá la razón por la que, después de casi mil quinientos años, el conjunto sigue transmitiendo una extraordinaria sensación de paz.




La luz que penetra por las ventanas del ábside hace vibrar las teselas doradas y verdes con una intensidad realmente difícil de describir. Uno comprende entonces que estos edificios fueron concebidos, haciendo gala de un tale to sorprendente, para emocionar tanto como para enseñar. Los mosaicos eran, en cierto modo, una Biblia hecha de piedra, vidrio y luz para una sociedad en la que muy pocos sabían leer.
Desde luego, como todos los monumentos ya vistos en esta sorprendente ciudad, si puede no deje de visitarlo.














Tras abandonar la basílica regresamos hacia Rávena para visitar otro monumento muy distinto: el Mausoleo de Teodorico
El contraste no podía ser mayor. Frente a la delicadeza cromática y la espiritualidad de Sant'Apollinare, el sepulcro del gran rey ostrogodo impresiona por su rotunda simplicidad.



Construido hacia el año 520, cuando Teodorico aún gobernaba Italia, el edificio está realizado íntegramente con grandes bloques de piedra de Istria. 
Su elemento más sorprendente sigue siendo la gigantesca cubierta monolítica, un bloque circular de unas trescientas toneladas que constituye una auténtica proeza de la ingeniería de la Antigüedad tardía. Todavía hoy los especialistas debaten el sistema utilizado para elevar semejante pieza hasta lo alto del edificio.



Teodorico había conseguido mantener durante décadas un delicado equilibrio entre la tradición romana y el mundo germánico, preservando la administración, las obras públicas y buena parte de la cultura clásica. 
Sin embargo, tras su muerte, el reino ostrogodo desapareció en pocas décadas bajo el empuje de la reconquista bizantina. Su mausoleo quedó como el silencioso testimonio de un proyecto político que no sobrevivió a su fundador.




Sarcófago en pórfido rojo.


Mientras regresábamos al centro de Rávena pensaba que muy pocas ciudades condensan de forma tan intensa algunos de los grandes cambios de la historia europea. En poco más de una mañana habíamos pasado del esplendor espiritual del arte bizantino al severo recuerdo del último gran rey bárbaro de Italia. Dos monumentos muy diferentes que, contemplados uno después del otro, ayudan a comprender mejor el complejo tránsito entre el mundo romano y la Europa medieval.


Para finalizar la jornada, optamos un poco de sol y mar en la cercana playa del Lido.





Playa Lido de Rávena. Foto Javier Nebot

Ya de nuevo en Rávena, un atardecer digno de foto.


Si te ha interesado esta entrada, probablemente te interesarán:






Texto y fotos: Javier Nebot.

No hay comentarios:

Publicar un comentario