lunes, 7 de septiembre de 2026

Opinión personal (118): La construcción de la imagen de la mujer (4): La mujer enferma, sacrificada y moribunda: cuando el sufrimiento se convirtió en belleza

Terminábamos la entrada anterior de esta sección mostrando algunos cuadros que convertían la dependencia femenina en belleza y el sufrimiento y la muerte en algo romántico y, en ocasiones, sutilmente anhelado. 

Ocio Inteligente: para vivir mejor: Opinión personal (117): La construcción de la imagen de la mujer (3). La mujer ideal: la monja del hogar, la mujer-flor y el culto a la invalidez

Ese culto a la fragilidad, mostrado muchas veces en la extenuación por apasionada entrega o en el insistente deseo de ser cuidada y mimada in extremis (aunque tal reclamo pudiese llegar a poner en peligro la propia existencia) tuvo un enorme eco en el arte del último tercio del siglo XIX. Un eco tan considerable que creo que merece la pena detenernos un poco más en mostrar algunas de esas representaciones. 

 Quiero insistir aquí, como ya hice en el capítulo anterior, en que esta tendencia no llegó a ser lo que hoy consideramos «viral» como sucede hoy con muchos "trendic topic". 

Evidentemente, no existían las redes sociales ni la velocidad de propagación de las imágenes que conocemos hoy. Pero realmente, salvando las distancias, poco le faltó. 

Su impacto fue innegable y, en algunos casos, llegó incluso a crear modelos de apariencia y de comportamiento.


Probablemente ese «éxito» contribuyó también a que otras muchas mujeres empezaran a tomar conciencia de lo que había detrás de aquella imagen aparentemente inofensiva. 
Algunas levantaron su voz contra esa especie de vampirización psicológica que convertía la debilidad, la dependencia y el sacrificio en virtudes femeninas.

Llama mucho la atención, al menos visto de la perspectiva que nos da el paso del tiempo, que estas representaciones de mujeres enfermas, moribundas o definitivamente muertas alcanzasen uno de sus momentos de mayor desarrollo precisamente cuando las feministas de la época se estaban volviendo más exigentes, atrevidas y vociferantes.


 Mientras unas mujeres comenzaban a reclamar educación, independencia, derechos civiles y políticos, el arte seguía ofreciéndoles, con frecuencia, un modelo femenino que parecía decir exactamente lo contrario: enferma, débil, necesitada de cuidados, entregada y, si era preciso, sacrificada.

Vamos a ver solo algunas de esas representaciones, porque su abundancia exige, necesariamente, una selección (1). 

 La primera imagen que vemos al inicio de este post pertenece al pintor sueco Carl Larsson (1853-1919). 

La pintó en 1899 y tituló el cuadro como "La inválida" o "Convalecencia". Se trata de una escena doméstica típica en la que la enfermedad aparece envuelta en intimidad y delicadeza. 


Santiago Rusiñol (1861-1931) hizo de la enfermedad uno de los motivos recurrentes de su pintura de aquellos años, con obras como La convaleciente (1893) o La morfina  (1894).



Maximino Peña pintó La niña enferma en 1896.


Alfred Philippe Roll abordó el mismo tema en La enferma (1897) y Evaristo Valle en La nieta enferma, ya en 1905. 





También encontramos numerosas escenas de mujeres dormidas o convalecientes, como las de Carl Vilhelm Holsøe,  Jenny Nyström, Michael Peter Ancher etc.




"La convaleciente" (1884) - Jenny Nyström.


Michael Ancher. La niña enferma (1882).


"La donna malata". Noé Bordignon.


No se trata, naturalmente, de afirmar que todos estos artistas estuviesen transmitiendo exactamente el mismo mensaje ni que cada representación de una enferma deba interpretarse como una exaltación de la subordinación femenina. 

La pintura del XIX estaba también profundamente interesada por la enfermedad, el naturalismo y la vida cotidiana
 Pero hay algo que resulta difícil pasar por alto: la mujer enferma suele ser también una mujer bella, quieta, silenciosa y necesitada de cuidados.

Primeros ensayos de curación del cáncer de mama por radioterapia. George Chicotot, 1909.

La enfermedad se convierte así en una especie de estado de gracia. 

 Y esto nos devuelve a la cadena que ya empezábamos a vislumbrar en el capítulo anterior:  mujer pura → mujer delicada → mujer enferma → mujer inválida → mujer moribunda → mujer muerta. 
Una progresión que aun mostrada con sutileza y cierto encanto resulta, por lo menos, inquietante.

Del culto a la enfermedad al culto al sacrificio .

 Afortunadamente, a comienzos del siglo XX el culto a la enfermedad femenina empezó a dar muestras de agotamiento y hartazgo. 
Las voces feministas eran cada vez más fuertes y resultaba progresivamente más difícil mantener intacta aquella imagen de la mujer eternamente delicada, dependiente y necesitada de protección. 
 Pero el giro artístico tardó algo más en producirse. 
 Desde luego,  conviene no olvidar que el panorama artístico de aquellas décadas era enorme y extraordinariamente variado. 
No todo giraba, ni mucho menos, alrededor de la mujer enferma o moribunda. 

Lo que aquí nos interesa es una tendencia concreta dentro de un universo artístico mucho más amplio.

 Esa tendencia fue favorecida, sin duda, por los personajes procedentes de la literatura, de las leyendas y de la imaginación en sus diferentes formas. Todos ellos continuaron siendo representados con un arte innegablemente seductor, aunque el mensaje subliminal de algunas de esas obras fuese, incluso desde la perspectiva de entonces, más que discutible. 

 Se produjeron entonces algunos tránsitos bastante sutiles. 
 De la mujer «enferma» y necesitada de constantes cuidados se pasó, en determinados ambientes, a la mujer «sacrificada»: aquella que estaba dispuesta a morir por la familia, por los hijos, por el amante o incluso, llegado el caso, por sobredosis de aburrimiento.

La enfermedad ya no era imprescindible. 
 Bastaba con el sacrificio. 
 Y el sacrificio femenino, cuando se representa mediante un cuerpo joven y hermoso, puede resultar extraordinariamente seductor. 
 Pintores como Albert von Keller ofrecieron algunos matices especialmente rijosos a esta tendencia, mostrando mujeres piadosamente lascivas que parecían entregarse al sacrificio como víctimas... pero que mostraban a su vez con cierto regodeo en esa situación. 

En la luz de la luna. Albert von Keller. 1894.


En Luz de luna (1894), y en otras obras suyas, las fronteras entre lo religioso, lo sensual, lo mórbido y lo erótico quedan bastante más borrosas de lo que cabría esperar. 

La resurrección de la hija de Jairo. Albert von Keller.

Albert von Keller. La mártir.

 Gabriel von Max exploró también en numerosas ocasiones ese territorio en el que la muerte, la espiritualidad, la sensualidad y la figura femenina se mezclan hasta resultar difícil saber dónde termina una cosa y comienza la otra. Aunque, siendo sinceros, pocos de esos cuadros transmitían lo que se dice «sentimientos religiosos».  

Santa Julia. Gabriel von Max




Algunos de esos lienzos más bien despertaban cierto y sibilino placer sádico (o masoquista, según quién disfrutase de su contemplación) con su observación. 
 Y aquí quizás convenga detenerse un poco. 
 Porque no se trata solamente de que una mujer aparezca sufriendo en un determinado escenario que lo justifique. Es que se consigue que su sufrimiento resulte hermoso. Que su fragilidad resulte seductora y su abandono resulte casi hipnótico. Incluso su muerte puede llegar a ser hermosa. 
 Y cuando una cultura consigue convertir el sufrimiento femenino en un espectáculo estético, quizá convenga preguntarse qué clase de placer está obteniendo el espectador de semejante contemplación.

Con todo, no parece que esas preguntas estuvieran al orden del día y de hecho pintores como Fernand Khnopff o Felicien Rops, entre otros, no dudaron, con todo, en "subir" todavía más el tono de la apuesta estética y juntar exhibición, sacrificio y resuelta provocación (la mujer sacrificada se empieza a tornar en mujer incitadora).


Fernand Khnopff. La tentación de san Antonio.


Felicien Rops. Las tentaciones de San Antonio.


Fernand Khnopff. La mujer araña.

 Felicien Rops. Los satánicos.

Raphael Collin. Mujer crucificada.


Cuando el modelo salió del cuadro.
 
 Bram Dijkstra ha estudiado con especial atención esta fascinación finisecular por las mujeres enfermas, moribundas, dormidas o sacrificadas. 
Para él, aquellas imágenes proporcionaban una satisfacción estética, psicológica e ideológica que iba mucho más allá del simple gusto por un determinado tema pictórico. 
 Y lo curioso es que aquella satisfacción no fue exclusivamente masculina. 
 Muchas mujeres tampoco cuestionaron la validez de aquellos modelos. 
Algunas los aceptaron, otras los imitaron y otras encontraron incluso en ellos una forma de reconocimiento social. 
 Esto es importante porque la historia resulta bastante más complicada que el cómodo esquema de hombres opresores frente a mujeres víctimas. 

Los modelos culturales no se imponen únicamente desde arriba: también se reproducen porque son aceptados, imitados y asumidos por quienes viven dentro de ellos. 
 La mujer virtuosa podía obtener reconocimiento precisamente por ser virtuosa. 
 La esposa abnegada podía recibir afecto y consideración por su abnegación.
 La enferma podía recibir una atención que, en una sociedad que restringía enormemente el espacio femenino, podía convertirse incluso en una de las pocas formas legítimas de reclamar cuidados. 
 El problema estaba en que para ser cuidada había que seguir siendo frágil. 
 Y aquí la literatura nos ofrece un ejemplo muy curioso que, personalmente, desconocía y que descubrí gracias a las lecturas del mencionado Dijkstra.

Trilby: la «tísica sublime» 

 Este autor comenta, en su magnifico libro "Ídolos de perversidad", cómo aquella satisfacción estética, psicológica e ideológica que producían las imágenes de moribundas y mártires encontró también un eco notable en la literatura. 
 No quisiera abrir aquí demasiado terreno literario porque correríamos el riesgo de dispersarnos (¡más!), pero el autor norteamericano menciona, entre otros muchos textos, una novela que si parece demasiado significativa como para pasarla por alto: Trilby, publicada en 1894 por George du Maurier (1834-1896).


Reconozco que yo mismo no había oído hablar de ella hasta que empecé a indagar para estas entradas. Y resulta sorprendente descubrir que fue uno de los grandes éxitos editoriales de su tiempo. La novela apareció inicialmente por entregas y alcanzó una popularidad extraordinaria. 


 En Estados Unidos llegó a vender más de 200.000 ejemplares en pocos meses y generó una auténtica «Trilby mania», con imitaciones, adaptaciones teatrales y todo tipo de productos derivados. 
 Es decir, que aquí sí podemos hablar, aunque sea con todas las cautelas históricas necesarias, de algo bastante parecido a un fenómeno viral. Muchas jóvenes adoptaron elementos relacionados con la protagonista y se llegó a hablar de una estética «Trilby». El personaje había saltado de las páginas del libro para convertirse en un modelo reconocible. Y esto es precisamente lo que me interesa.
Porque ya no estamos hablando simplemente de un cuadro que alguien contempla. 
 Estamos hablando de una imagen que se convierte en conducta. 

 La novela cuenta la historia de Trilby O'Ferrall, una joven modelo de artistas en el París bohemio, que cae bajo el dominio del músico y magnetizador Svengali. Mediante la hipnosis, Svengali consigue controlar su voluntad y transformarla en una extraordinaria cantante. La novela es, por lo que cuentan los expertos, mucho más compleja que una simple exaltación de la mujer enferma y sería injusto reducirla a eso. Pero su protagonista acaba encarnando una combinación extraordinariamente poderosa de belleza, desamparo, dependencia y tragedia. De ahí que pueda hablarse de otro subtipo o prototipo pasivo: la «tísica sublime». Una mujer tan delicada, tan frágil y tan desamparada que parece estar siempre a punto de desaparecer.
Esta novela tuvo sus versiones cinematográficas (lo comento por si alguien quiere animarse a echarles un vistazo). La primera versión, "Trilby" fue rodada en 1915, lógicamente, cine mudo. La versión de 1931 es, sin duda, la mas conocida y exitosa. Se tituló "Svengali", como su malévolo protagonista masculino, personaje que fue interpretado por un entonces muy famoso John Barrymore. Hay también una version británica de 1954 a color, dirigida por Noël Langley y protagonizada por Donald Wolfit como Svengali y Hildelgard Kneff como Triiby. Mas recientemente, una joven Jodie Foster protagonizó una version olvidable (2171) SVENGALI (Película en Español) - YouTube 



 
Pero volvamos a la época de nuestro análisis.

Ese ideal de desamparo y pasividad constituía, además, un poderoso alivio frente a la aparición de una figura que para muchos resultaba bastante más amenazadora: la Nueva Mujer
 Porque mientras una mujer enferma necesita ser cuidada, una mujer nueva puede querer decidir. Mientras una mujer moribunda necesita protección, una mujer emancipada puede exigirla. 
 Y mientras una mujer sometida a un hombre puede resultar tranquilizadora, una mujer que ya no acepta estar sometida puede empezar a resultar francamente inquietante.

 La mujer que pierde la cabeza.
 
 Ante un panorama semejante, no resulta extraño que muchas mujeres se sintieran estranguladas por las expectativas sociales que pesaban sobre ellas. Algunas intentaron escapar. 
 Pero algunas de esas escapatorias eran de hecho tan problemáticas como los propios clichés de los que pretendían huir. 
 La literatura de mujeres como Emily Brontë ya había mostrado con enorme intensidad la dificultad de encajar una personalidad apasionada, inteligente y contradictoria dentro de una sociedad que exigía a las mujeres abnegación, contención y obediencia

 Y cuando una mujer no encajaba en el molde, apareció otra posibilidad cultural: la locura

 La mujer que no podía o no quería someterse, podía ser presentada como una mujer que había perdido la cabeza. Naturalmente, esa locura también encontró su lugar en el arte. 
 Los prerrafaelitas, especialmente, con su fascinación por la Edad Media, por la literatura y las leyendas antiguas que mostraban un pasado idealizado ( un pasado que parecía ofrecer una alternativa al mundo industrial contemporáneo), encontraron en los personajes femeninos trágicos un filón extraordinario

 Lady Shalott, Elaine, Ofelia, Isabella y otras muchas heroínas literarias pasaron a formar parte de un auténtico repertorio visual. 

Pero esas representaciones las veremos ya en un próximo post.

Notas: 

(1): Se encuentra fácilmente mucha información sobre arte y enfermedad en internet. Páginas curiosas y con gran despliegue gráfico son : Arte y medicina: las series , La enfermedad en el arte – Arte y Medicina , BUZON DE PINTURA por Juan Jose Barajas: PINTURAS RELACIONADAS CON LA MEDICINA , La medicina en la pintura. - El Copo y la Rueca

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