Para poder estudiar, algo más adelante, la imagen de la "vampiresas" en el cine y su influencia en la construcción de la imagen de la mujer, parece conveniente hacer unas mínimas consideraciones previas sobre como fueron surgiendo históricamente algunos de los arquetipos que acabaron siendo decisivos en esa construcción y que duran -con su más y sus menos y con diversas variaciones- hasta la actualidad.
El miedo, más o menos inconsciente, del hombre al caos que significa una mujer no sometida es muy antiguo. Se puede rastrear de hecho varios miles de años atrás en diferentes tradiciones y culturas, junto con el surgimiento de otros arquetipos que han tenido, también, un peso enorme en nuestra cultura occidental.
Dentro de nuestra tradición judeo-cristiana podemos
referirnos a dos arquetipos fundamentales: Lilith y Eva. Ambas han dado pie a toda una serie de tipologías de mujer por lo que podemos decir, sin
temor a equivocarnos, que se han ido “reencarnando” de muy diferentes
formas, como iremos viendo, hasta prácticamente hoy en día.
A Lilith muchos estudios le reconocen un origen mesopotámico (unos 3000 años a. C.), aunque pronto fue incorporada a través del folclore judío a nuestra particular constelación de mitos.
La tradición la considera la primera mujer de Adán y, al igual que éste, el polvo y la mano de Dios fueron su origen. De igual a igual.
Lilit - Wikipedia, la enciclopedia libre
"En el mito sumerio Lilit es una diosa o fuerza independiente asociada a la oscuridad y temida por los hombres. En el folclore judío representaría indirectamente la igualdad frente al hombre ya que fue creada a su semejanza. Así, viéndose igual a Adán se rebeló ante sus exigencias de obediencia hacia él y a Dios, y lo abandonó. Según la tradición tuvo otros amores y muchos hijos (tanto de humanos como de demonios). En este sentido se le considera la primera mujer libre de la historia y por ello considerada tradicionalmente como 'mujer fatal', la perdición de los hombres, la diablesa, la demoníaca, la femme fatal de la que había que alejarse al no seguir los designios de Dios"
Según la tradición, Lilith, consciente de esta igualdad en su creación no quiso someterse a ninguna de las exigencias de Adán y ni corta ni perezosa dio portazo al Paraíso optando por unirse a todos los diablillos que, según parece ser, abundaban en aquella época por las cercanías del Mar Muerto, compartiendo con ellos todo tipo de sutiles y libidinosas alegrías.
Los
judíos exiliados en Babilonia pronto se hicieron eco de esta historia y se la
llevaron a su tierra de origen desarrollando la creencia en esta criatura
maligna.
No cabe ninguna duda sobre la importancia que ha tenido Lilith en la configuración arquetípica de la mujer fatal ya que de alguna manera significa la rebelión
contra el hombre y contra todo orden constituido aunque éste tenga la ya mencionada apariencia de “paraíso”. Fue, pues, una rebelde de armas tomar.
Desde entonces, según la tradición judía medieval, ella trata de vengarse matando a los niños menores de ocho días (incircuncisos) y pululando entre las sábanas rastreando posibles restos de semen con los que poder procrear más.
La figura y leyenda de Lilith y sobre todo su rebelión contra Adán ha
llevado a algunas feministas a convertirla en un verdadero símbolo
de la liberación sexual y de la lucha contra el hombre. Ella
escenifica a la mujer que rompe el orden establecido y amenaza una institución
esencial del hoy denostado patriarcado: la familia.
No es este el lugar o mejor dicho, el momento, para introducirnos en la ética sexofóbica de la tradición judeo-cristiana, pero no podemos obviar la carga de "responsabilidad" lanzada sobre Eva como incitadora al pecado, al Mal.
Como bien señala Erika de Bornay en su
interesante libro Las hijas de
Lilith : “la insistencia (de los padres de la
iglesia) en la maldad intrínseca del goce sexual, este desprecio sin paliativos
por la carne, necesitó de la figura de un “impulsor”, un “culpable”, de un ser
proclive al pecado, que no fuera aquel hombre creado a “semejanza de Dios”.
Se necesitaba de “otro”, que, por la lógica de las filosofías
patrísticas, iba a ser “otra”: Eva, la mujer. Es en
ella en quien los Padres de la Iglesia encarnarán todas las tentaciones del
mundo terrenal, del sexo y del demonio. Y ello, a pesar de que en el Antiguo
Testamento el hombre reconoce a la mujer como a su igual” (p 33)
La Virgen María, para la cultura cristiana, accedió así a ser el icono referencial y sagrado de y para las “buenas mujeres” (junto con la subsiguiente retahíla de santas virtuosas, que intentaban emularla).
“descontando todo cuanto de prejuicio ideológico machista tenga el mito de la "femme fatale", devoradora de hombres y fantasma castrador para los varones occidentales, añadamos que la historia ha producido realmente mujeres que poco tenían que envidiar a Don Juan, desde la emperatriz romana Mesalina, un notorio caso de neurosis sexual que lucía un collar con 21 falos –número ideal de “caricias” que gustaba recibir en una noche- a Catalina de Rusia que adoraba a los jóvenes soldados de su guardia”.
En la cultura grecolatina también se han dado dicotomías similares aunque, al menos desde mi punto de vista, con matices menos negativos y polarizados y con un abanico mucho mas amplio de arquetipos.









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