jueves, 6 de agosto de 2026

Opinión personal (114): La construcción de la imagen de la mujer: Del arquetipo al cine.

 Hace varios años publicamos en esta misma sección varias entradas sobre la imagen de la mujer en el cine. 

En ese momento reflexionamos sobre la creación de la "vampiresa" (prácticamente un arquetipo), sobre el gran auge de la "Femme fatale". Unas imágenes que, desde luego, no tuvieron su origen en el séptimo arte, pero que, sin la menor duda, sí alcanzaron en él un eco y un éxito notorio, realmente digno de atención y reflexión. 

Gilda. Rita Hayworth
Rita Hayworth

Algunas de las mejores películas de la historia de cine lo fueron (y lo son) porque tuvieron como protagonistas a mujeres memorables; mujeres que mostraban en la pantalla una sibilina voracidad depredadora hacia los hombres, pero que también dejaban meridianamente claro un muy profundo y legítimo deseo de libertad, de vivir sin las cortapisas y sin los lastres de la sociedad en las que les había tocado nacer.

 Eran, por decirlo de alguna manera, encarnaciones de figuras atávicas, muy demonizadas en el pasado, pero resucitadas para el cine con una ambivalente aureola de atractivo y fascinación.

Louise Brooks
Louise Brooks

Retomamos, pues, el tema para profundizar más en él y porque, muy probablemente, más adelante, pueda comprometerme a participar en unas sesiones de cine forum que versaran sobre cómo desde finales del siglo XIX y mediados del XX se fue gestando, de forma abrumadora, casi imperiosa, la imagen de la "mala mujer" (y de la "buena", también aunque fuese por contraposición).

Barbara Stanwyck.
Barbara Stanwyck.

En las entradas futuras estudiaremos, claro, una serie de películas protagonizadas por mujeres, pero nuestro propósito ahora es algo más amplio: quisiéramos analizar cómo se ha ido construyendo, difundiendo y transformando la imagen de la mujer en la cultura occidental desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, y cómo el cine heredó, amplificó y popularizó unos modelos de feminidad que ya estaban profundamente arraigados en el imaginario colectivo.

Se  trata de mostrar una amplia representación iconográfica que ha calado, sin duda, en nuestro imaginario colectivo.

Aunque nuestro recorrido se centrará fundamentalmente en ese periodo histórico, es conveniente recordar que los grandes arquetipos femeninos son mucho más antiguos. 

Atenea/Minerva
Atenea/Minerva.

Desde la Antigüedad clásica y desde la tradición judeocristiana, la cultura occidental ha tendido a representar a la mujer mediante una oposición casi permanente entre dos polos simbólicos muy potentes. 

Por un lado, el de la mujer protectora, esposa, madre y guardiana del hogar; la figura que preserva el orden moral y convierte la casa en un refugio frente a las incertidumbres del mundo exterior. Es la heredera de la Virgen María, encarnación del ideal del «ángel del hogar»; también hasta cierto punto de Hera en su papel de garante del matrimonio y la familia.


Frente a ella, en clara contraposición, aparece el otro gran arquetipo: el de la mujer seductora, tentadora y destructora, aquella cuya belleza y sensualidad representan una amenaza para el orden social y para el equilibrio del hombre. 
Es la Eva del pecado original, la Venus entendida como fuerza irresistible del deseo, la Circe que seduce a los hombres y los convierte en cerdos, o las diferentes Salomés, Judiths o Dalilas que cortan cabezas masculinas como si fuesen patatas. Y, por descontado, sus dignas herederas, las femmes fatales que conducen al hombre que cae en sus redes hacia la ruina, la locura o la muerte.

Opinión personal (114): La construcción de la imagen de la mujer: Del arquetipo al cine.
Circe. Wright Barker. 1889.

Naturalmente, la realidad -a Dios gracias- nunca fue tan simple. 

No hay solo "santas" o "putas". 

Las mujeres reales vivieron existencias mucho más complejas y diversas que cualquiera de estos modelos prototípicos. Al igual que con los hombres -que no son de una sola pieza ni desde luego "todos iguales"-, en las mujeres de todos los tiempos se dieron un sinfín de matices, comportamientos y realidades. 

Sin embargo, parece innegable que la fuerza de los arquetipos reside, precisamente, en su capacidad para simplificar la realidad hasta convertirla en un relato fácilmente reconocible y socialmente eficaz. De ahí que perduren y todavía nos resuenen aunque muchas veces no seamos conscientes de ello.


Fue precisamente durante la segunda mitad del siglo XIX, y especialmente en sus últimas décadas, cuando estos modelos adquirieron una extraordinaria intensidad. 

Diversos factores históricos, sociales, científicos, religiosos y culturales confluyeron para reforzar una visión dual de la feminidad. 

En un momento de profundas y rápidas transformaciones  (industrialización y urbanización galopante, aparición de los movimientos obreros, numerosos e increíbles avances científicos, primeras reivindicaciones feministas y paulatina incorporación de la mujer a diversos trabajos, cambios en la estructura familiar...) una parte importante de la sociedad respondió reafirmando unos modelos muy rígidos acerca de lo que una mujer debía ser y de lo que jamás debía llegar a ser.

Theda BaraTheda Bara

Se consolidó así una dicotomía de enorme fuerza simbólica: la esposa virtuosa frente a la mujer caída; el ángel del hogar frente a la vampiresa; la madre sacrificada frente a la mujer seductora; la protectora frente a la destructora. 

No fueron, desde luego, las únicas imágenes posibles de la mujer (como hemos mencionado antes, la realidad siempre es más variopinta y compleja), pero sí fueron las predominantes, las que alcanzaron mayor difusión y terminaron condicionando durante décadas la manera de entender la feminidad y las relaciones entre hombres y mujeres.

Manuscrito medieval. Adán y Eva.

Muchos de esos estereotipos han perdido hoy buena parte de su vigencia social, aunque no han desaparecido por completo. 

Todavía sobreviven, a veces de forma casi inconsciente, en determinados relatos románticos, en algunos gestos ritualizados del amor (como esas patéticas escenas de películas en las que los hombres se arrodillan para pedir en matrimonio), en ciertos modelos publicitarios de seducciones instintivas y básicas o en las innumerables ficciones audiovisuales que siguen recurriendo todavía a princesas, héroes salvadores, mujeres idealizadas o seductoras irresistibles. Son vestigios de un imaginario colectivo construido durante generaciones y cuya influencia continúa siendo perceptible.

Pero ojo: La consolidación de esos modelos no fue obra de una única institución ni de un único discurso. 

Intervinieron la educación, las iglesias, la moral burguesa, la medicina, la ciencia positivista, la literatura, la prensa ilustrada, la publicidad y, por supuesto, las artes plásticas. Pintores, ilustradores, escritores y cartelistas tradujeron aquellas ideas en imágenes de enorme poder de seducción que terminaron formando parte de la cultura visual de millones de personas.

Cuando apareció el cine, en los últimos años del siglo XIX, a pesar de la inmensa novedad que suponía, no partió de una página en blanco. En seguida "copió" un repertorio iconográfico y narrativo ya perfectamente elaborado y lo convirtió en un fenómeno de masas sin precedentes. 

La pantalla no inventó aquellos modelos femeninos; los hizo universales. 

Perdición (1944)
Bárbara Stanwyck y Fred MacMurray en "Perdición" (1944).

Hollywood, el cine europeo y, posteriormente, la publicidad del siglo XX multiplicaron su alcance hasta convertirlos en referencias culturales compartidas por varias generaciones.

En los próximos posts intentaremos seguir ese proceso de transmisión. 

Ver cómo determinadas imágenes nacidas en la pintura simbolista, prerrafaelita o académica reaparecen después en el cine mudo, alcanzan una nueva dimensión durante el periodo pre-Code, sobreviven bajo formas distintas durante los años del Código Hays y continúan proyectando su sombra sobre muchas representaciones contemporáneas.

Para comprender este fenómeno resultan especialmente útiles algunos estudios ya clásicos. Entre ellos destacan: Ídolos de perversidad, de Bram Dijkstra, que analiza la construcción artística de la mujer fatal en el fin de siglo, y Las hijas de Lilith, de Erika Bornay, otra obra fundamental para entender la iconografía de la mujer fatal en la pintura europea y sus implicaciones posteriores. Libros cuya lectura les recomendamos encarecidamente si les interesan estos temas.

Ambos trabajos muestran cómo muchas de las imágenes que posteriormente asumieron el cine y la publicidad habían sido elaboradas décadas antes por artistas, escritores e ilustradores, convirtiéndose en auténticos modelos culturales capaces de influir profundamente en las mentalidades de su tiempo.

Ese será, precisamente, el punto de partida de nuestro recorrido: descubrir que, mucho antes de que las grandes estrellas aparecieran en la pantalla, el imaginario de la mujer ya había sido cuidadosamente dibujado por los pinceles, las novelas y las imágenes impresas de toda una época.

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 TEXTO: Javier Nebot

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