En otra sección de este blog estoy describiendo con cierto detalle los complejos clichés sociales a los que se veían sometidas muchas mujeres del siglo XIX, pero en esta pretendo mostrar mujeres excepcionales (también hombres, claro). Mujeres que superaron con mucho las distintas rigideces y estereotipos a los que se vieron muchas veces sometidas y se enfocaron en ser y vivir como ellas querían, a pesar de tantas trabas y dificultades. Una de esa personalidades fue la periodista y viajera norteamericana, Nellie Bly. Una mujer que nunca pareció conformarse con el papel que su época había reservado a las mujeres.
Su verdadero nombre era Elizabeth Jane Cochran.
Nació en Pensilvania en 1864 y comenzó su carrera periodística de una manera que ya anunciaba su carácter. En 1885, con tan solo 21 años, escribió al Pittsburgh Dispatch una carta de protesta contra un artículo de tono bastante misógino (habitual en la época, incluso para los USA) titulado Para qué sirven las mujeres. Siguiendo el ideal de algunos "manuales" del momento, se insistía en el papel exclusivo de la mujer como "guardiana del hogar" y madre. La calidad de su réplica (firmada como "huerfanita solitaria", ¡tenia guasa la dama!) llamó suficientemente la atención del periódico como para ofrecerle trabajo.
Empezó con artículos breves sobre temas considerados polémicos y por ello, poco después, decidió publicar bajo el seudónimo de Nellie
Bly, tomado de una canción popular.
Ejercer el periodismo y destacar en él, en esos años, exigía desde luego bastante capacidad y audacia. Bly dio muestras de ambas además de grandes dosis de inteligencia y cierta capacidad para incomodar.
Escribió sobre
madres solteras, mujeres trabajadoras, niños abandonados y obreros explotados.
En ocasiones se introducía en los ambientes que quería describir para saber de primera mano qué es lo que realmente se fraguaba entre bastidores. En una ocasión -entre otras camaleónicas adaptaciones- se hizo pasar por criada para llegar a conocer directamente determinadas
formas de abuso sobre las que, lamentablemente, se solía correr un oscuro velo de silencio.
Diez días en un manicomio
En 1887, después de una estancia en México que terminó
con su salida del país durante el gobierno de Porfirio Díaz, Bly regresó a
Estados Unidos. Fue entonces cuando entró en The New York World, el
periódico de Joseph Pulitzer.
Allí realizó uno de sus trabajos más célebres y reconocidos: se hizo
pasar por una mujer perturbada para ser internada en el manicomio femenino de
la isla de Blackwell, en Nueva York. Permaneció allí diez días y pudo comprobar
directamente las condiciones en que vivían las internas, los malos tratos y los
métodos terapéuticos utilizados.
Su reportaje, publicado después en forma de libro con
el título Ten Days in a Mad-House, tuvo una enorme repercusión. Bly
llegó a afirmar que incluso una persona perfectamente cuerda podía sucumbir a
la locura sometida a semejantes condiciones. Sus denuncias contribuyeron a que
se revisaran las instalaciones y se introdujeran mejoras en la atención a las
enfermas.
Diez días en un manicomio - Wikipedia
La vuelta al mundo en 72 días
Pero Nellie Bly no se conformó con ser una periodista de denuncia.
En 1889 propuso a su periódico una aventura que parecía salida de
una novela: dar la vuelta al mundo en menos tiempo que Phileas Fogg, el
protagonista de La vuelta al mundo en ochenta días, del muy famoso Julio Verne.
El 14 de noviembre de 1889 partió de Hoboken, en Nueva
Jersey. Viajó en barcos, trenes y otros medios de transporte, desde luego y lógicamente, sin aviones ni
las comodidades de los viajes actuales. El tiempo se convirtió en una verdadera obsesión para ella y apenas se
concedió pausas para hacer descansos y mucho menos para hacer lo que hoy llamamos turismo. En su larguísimo periplo pasó por Inglaterra, Francia, Italia, Egipto,
Singapur, Hong Kong, Japón y Estados Unidos.
Durante el trayecto envió crónicas a su periódico, que
fueron seguidas con enorme interés por los lectores. El viaje se convirtió en
un acontecimiento nacional y, finalmente, también internacional.
No fue, sin embargo y aunque visto desde aquí nos parezca insólito, la única mujer que emprendió aquella aventura. El periódico Cosmopolitan, al conocer el proyecto, decidió enviar a su propia periodista, Elizabeth Bisland (1861-1929), en dirección contraria.
Elizabeth Bisland - Wikipedia, la enciclopedia libre
La rivalidad fue, sobre todo, una creación de la prensa: dos periódicos compitiendo por atraer lectores y convertir un viaje en un espectáculo. Bly, de hecho, no llegó a enterarse de la existencia de su competidora hasta que se encontraba en Hong Kong.
Bly vs. Bisland: una carrera alrededor del mundo | Espacio Fundación Telefónica
Bisland completó también la vuelta al mundo, aunque varios días después. Su figura quedó eclipsada por la extraordinaria campaña publicitaria de The World, pero ambas mujeres demostraron que viajar solas alrededor del planeta ya no era una fantasía literaria.
El 25 de enero de 1890, Nellie Bly regresó a Nueva
York después de 72 días, 6 horas y 11 minutos. La recibieron multitudes,
titulares y una popularidad extraordinaria. Su viaje no solo había batido el
récord de Phileas Fogg: había convertido la vuelta al mundo en una posibilidad
concreta para la imaginación de miles de personas.
De la fama a la empresa
Después de aquella hazaña, Bly continuó trabajando como periodista, aunque con el tiempo se sintió decepcionada por la manera en que su periódico valoraba su trabajo.
En 1895 se casó con el empresario Robert Seaman, cuarenta años mayor que ella, y abandonó progresivamente la actividad periodística. La muerte de su marido, en 1904, la colocó al frente de la empresa industrial que él había creado.
Durante un tiempo fue una de las mujeres empresarias más importantes de Estados Unidos. Intentó modernizar la compañía y mejorar las condiciones de sus trabajadores, pero la gestión financiera fue deficiente y la empresa sufrió graves fraudes internos. Finalmente, la Iron Clad Manufacturing Company terminó en quiebra.
Aquel fracaso económico no fue el final de Nellie Bly.
Regresó a Europa y, durante la Primera Guerra Mundial, volvió al periodismo
como corresponsal. En 1919 regresó a Nueva York, donde continuó escribiendo
hasta poco antes de su muerte, el 27 de enero de 1922, a causa de una neumonía. Tenía 57 años.











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