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miércoles, 19 de febrero de 2014

La obra maestra (2): Las bodas de Canaá, de El Veronés (sobrenombre de Paolo Caliari).

Aunque esta obra del Veronés constituye un característico ejemplo del gusto de la escuela veneciana por los escenarios grandilocuentes y la composición multitudinaria merece la pena verlo no sólo como ejemplo de lo dicho sino también por su extraordinario tamaño (666 x 990 cm) y por su particular historia. 
El lienzo fue encargado al pintor para el refectorio del convento benedictino de San Giorgio en Venecia, en una estancia que había sido proyectada y construida por el siempre excelente Palladio. La obra fue entregada a la comunidad a principios de septiembre de 1563 (los términos del contrato se conocen perfectamente: trescientos veinticuatro ducados, más la manutención y un barril de vino).
Más de ciento treinta personas disfrutan de una boda. La mayoría se encuentran en la parte inferior del lienzo, en torno a la mesa en que se sirve el banquete. Cristo y su madre aparecen en la parte central rodeados de toda una serie de personajes. Entre el grupo de músicos el pintor aprovechó para retratar a muchos de sus colegas y para autorretratarse: Ticiano toca el violonchelo, Tintoretto, el violín y el propio Veronés la viola. Se trata, en definitiva, de una representación convencional del episodio del Nuevo Testamento, incluyendo en él, como comparsas, a diferentes ilustres personajes de la época. En la parte superior, tras la balaustrada, aparecen personajes del pueblo. Las figuras adoptan actitudes dinámicas, lo que permite al pintor ensayar todo tipo de escorzos. Como fondo, enmarcado en diversos elementos arquitectónicos, un cielo azul sobre el que se recorta una torre. Con ello el autor consigue equilibrio compositivo  a la vez que una perspectiva multifocal.
Bartz y König, en su excelente guía sobre el Museo del Louvre, explican como “diez años más tarde, en un interrogatorio ante la Inquisición con motivo de una pintura parecida que pretendía representar la Última cena y que finalmente se modificó y se tituló “Banquete en casa de Leví” (actualmente en la Academia de Venecia), el Veronés dijo que el pintor necesita este tipo de grandes formatos, como el poeta necesita la libertad para idear los personajes principales. En “Las bodas de Caná” el artista se tomo ampliamente esa libertad (Óp. Cit. p.316)
Por su parte Marc Fumaroli, en su apasionante libro “París-Nueva York París”, menciona cómo en Venecia, en el lugar en donde estaba originalmente el cuadro que analizamos se ha colocado una réplica que atrae muchos más turistas que la obra original: “¿No rinden un homenaje indirecto a Japón y a Corea, su émulo, esos italianos que han concebido la reciente clonación digital, a tamaño natural y con idénticos materiales, de “Las bodas de Canaá” del Veronés? El original arrancado de su lugar natal, Venecia, y llevado a Francia por Napoleón, se halla expuesto en el Louvre, en la misma sala a la que los peregrinos nipones van en multitud a ametrallar con sus flashes, detrás de su vitrina antibalas, a la Gioconda de Leonardo. Su clon, proeza tecnológica elaborada en España, tiene por objeto atraer a Venecia el mismo celo, pero esta vez al pie de Las bodas en facsímil, cuyo original languidece, un tanto olvidado, en el Louvre, víctima de su competencia directa con el icono Mona Lisa. Su gemelo veneciano clonado dispone de excelentes argumentos de venta: se ha querido que fuese más original que el propio original, tras haber sido sometido a fuerza de ciencia y de técnica, a restauraciones su- cesivas, que, en Francia, según parece, han obliterado ciertos rasgos del inmenso cuadro del maestro veneciano, en especial la figura central, el rostro de Cristo. Brillante con todos sus colores reavivados, radiante gracias a sus expresiones recuperadas, resucitado como en una pantalla Samsung a su medida, más verdadero que el verdadero, esta obra maestra de un Paolo Veronés virtual ha regresado, en triunfo y sin rival, a la escala exacta de su concepción, al lugar que la otra obra llevaba ocupando desde 1563, hasta su traslado a París por orden de Bonaparte en 1797(Op.cit.p.142)
¡Todo un signo de los tiempos!
Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.
El texto  Javier Nebot

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