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miércoles, 5 de febrero de 2014

Opinión personal (7): ¿Es posible una ética universal?

                                                                 ¿Es posible una ética universal? 
Sé que me meto en una camisa que si no es de fuerza poco le falta, pero parece consecuencia lógica de los esbozos y reflexiones anteriores  plantearse si es posible llegar a un entendimiento ético global. Hemos visto cómo a pesar de enfrentamientos y polarizaciones parece mejor para todos entablar cauces de comunicación y entendimiento evitando confrontaciones inútiles y minimizando los desencuentros, pero –siempre hay un pero- la forma de evitarlos y la manera de potenciar ese entendimiento difieren sustancialmente según la cultura y los valores (morales) que la determinan.
Los indicios biológicos que detectan algunos son a tener en cuenta pero no determinan soluciones.
Hemos visto también, de la mano de Lipovetsky, cómo las sociedades occidentales entran en una posmodernidad que cuestiona rigideces de antaño y aspira a moralesa la carta” aunque no pierdan del todo el horizonte de los grandes valores.
He dejado fuera de las reflexiones la cuestión religiosa porque tiñe todavía de excesivo “color” emocional el planteamiento de según que temas, aunque a nadie se le escapa que, en el sustrato moral, se encuentra muchas veces y para mucha gente la raíz del fenómeno religioso.
Incluso en Occidente, en donde la modernidad marcó claramente un antes y un después, su concepción de ser humano está –como he dicho en el anterior capítulo- claramente influenciada por el cristianismo; pero el mundo no es sólo Occidente y, a pesar de, o precisamente por. la asfixiante globalización, se reivindican posiciones y particularismos que resulta difícil “casar”.
Con todo, sí hay muchas personas, grupos e instituciones que avalan las posibilidades de una ética global en la que toda la humanidad se pueda sentir de alguna manera amparada. 

De hecho se lucha por conseguir a través del reconocimiento de derechos, protección y mejoras para todas las personas independientemente de su país, cultura, religión o sexo. Desde luego es una polémica viva en donde posibilistas y negacionistas se baten en docto (algunas veces más visceral que docto) duelo y en donde las orientaciones políticas, pero también las religiosas, tienen mucho peso.
Desde luego hay opiniones, muchas y variadas, pero me parece que inevitablemente encontrarán acomodo en el terreno de lo necesario o de la conveniencia ya que la obscenidad de algunos datos requiere  necesariamente acuerdos y soluciones más allá de “buenismos”, de “días internacionales” o de sincretismos bobalicones que pretenden un espiritualismo light y un compromiso “suave” con propuestas que se acercan más al maquillaje que a la solución de los problema.
Como bien señala  Hans Küng 
en su obra "Una teología para el nuevo milenio" 



Cada minuto gastan los países del mundo 1,8 millones de dólares en armamento milita
r; cada hora mueren 1.500 niños de hambre o de enfermedades causadas por el hambre; cada día se extingue una especie de animales o de plantas; cada semana de los años ochenta, exceptuando el tiempo de la Segunda guerra mundial, han sido detenidos, torturados, asesinados, obligados a exiliarse, o bien oprimidos de las más variadas formas por regímenes represivoss, más hombres que en cualquier otra época de la historia; cada mes el sistema económico mundial añade 75.000  millones de dólares a la deuda del billón y medio de dólares que ya está gravando de un modo intolerable a los pueblos del Tercer Mundo; cada año se destruye para siempre una superficie de bosques tropicales, equivalentes a las tres cuartas partes del territorio de Corea. ¿No bastarían estas cifras, que fácilmente podrían suplirse o completarse con otras análogas, para ahorrarnos una ulterior fundamentación sobre la necesidad de un talante ético global para subsistir?"

Este autor, filósofo y teólogo católico –sin embargo sumamente crítico con el status quo- lleva muchos años proponiendo y trabajando en los puntos de encuentro interreligioso pero también en el desarrollo de una ética mundial. Personalmente me parece que sus planteamientos son asumibles por cualquier persona, sea o no religiosa, y que sus conclusiones (aunque a veces me parecen algo difusas) son dignas de ser tenidas en cuenta por todos, ya que entroncan con la esencialidad de intuiciones  morales a las que me he referido al principio de este trabajo y que, si en algún momento se plasmaron de forma religiosa, hoy en día pueden reconocerse como típicamente humanas  (universalias); “Ciertamente, las religiones han padecido y padecen la constante tentación de anclarse y encasillarse en tradiciones especiales, dogmas misteriosos y prescripciones rituales. Sin embargo, todavía son capaces, dado el caso, de hacer valer máximas de humanidad elemental, con una autoridad muy distinta de la de los políticos, juristas y filósofos. Todas las religiones presentan “non-negotiable standars: normas éticas fundamentales y máximas de comportamiento que se fundan en algo incondicional, en un absoluto, por lo que imponen incondicionalmente su valor a cientos de millones de seres humanos. En concreto, todas las grandes religiones coinciden en cinco grandes preceptos de innumerables aplicaciones, también en los ámbitos de la economía y la política: 1) no matar; 2) no mentir; 3) no robar; 4) no cometer actos deshonestos; 5) honrar a los padres y amar a los hijos. Estos mandatos a algunos les podrán sonar a meras generalidades. Pero cuánto habría que cambiar para que por ejemplo, el mandamiento “no robarás” hiciera mella en la conciencia general y encontrara aplicación a los males de la corrupción (más presente que nunca en los Estados)” (Óp. cit. p.266)
Parece evidente que una profunda reflexión sobre estos puntos y un claro deseo de encontrar
soluciones válidas para las realidades presentes ayudarán a encontrar ese imperativo categórico moral que cada vez parece más necesario en las sociedades actuales; una “regla de oro” (¡ que no es un eslogan!) susceptible de ser llevada a la práctica por todos, incluso en las peores situaciones en las que como individuos o como grupos podemos encontrarnos.
Esa regla de oro ya ha sido formulada en diferentes culturas y tradiciones aunque tengamos una clara tendencia a olvidarla (Por ejemplo en Confuncio: “Lo que no deseas para ti, no lo hagas a los demás hombres”; en el judaísmo: “No hagas a los otros lo que no quieres que te hagan a ti”; en el cristianismo “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacérselo también vosotros” o en una adaptación del imperativo categórico de Kant: “Obra de tal manera que la máxima de tu voluntad pueda servir en todo momento de principio de una legislación general).

En este sentido Küng propone que las religiones se centren en lo que las une y, consecuentemente renuncien a sus pretensiones exclusivistas; en esta propuesta por el hombre poco lugar puede haber para las demonizaciones católicas contra las píldoras anticonceptivas, la discriminación musulmana de la mujer o la estratificación de castas del hinduismo por poner sólo algunos ejemplos de “desencuentros”. 
Aunque todavía no se vea muy claro cómo materializar la ansiada ética mundial, parece evidente que sin las religiones no se podrá llegar a ella. Sobre todo sin que las religiones dejen de poner obstáculos, porque no hay que mirar demasiado lejos para ver cómo estas todavía se empeñan en complicar el panorama a pesar de los aires de cambio que existen dentro de muchas de ellas. Basta  con mirar a Oriente Próximo para ver cómo lo que debería poder ser punto de acuerdo se convierte en arma beligerante.
Nuestro autor apuesta por sumar a la causa de la humanidad las mejores energías del hecho religioso, pero está por ver que eso baste si no se concilian posturas desde otras perspectivas (aunque, en mi caso particular, ya me conformaba con ver la reclamada conciliación religiosa que todavía está lejos de materializarse a pesar de los loables esfuerzos)
A pesar de mi admiración por la labor intelectual y teológica de Hans Küng su opinión no es la única ni, lógicamente, la definitiva, por eso me gustaría también referirme a los planteamientos sobre éste tema de un autor español del que he leído casi toda su obra: José Antonio Marina.
Sus análisis, claros, precisos y “asequibles” al profano de la filosofía -pero rigurosos-, se mueven en un órbita muy diferente de la del teólogo suizo, aunque su teoría sobre una “ética constituyente”, construida en función del reconocimiento de derechos, me parece también digna de ser tenida en cuenta, especialmente en una época en la  que la cuestión  de los “derechos”, muchas veces entendidos como una especie de penoso "tomo" pero no doy  "daca"/nada, ha llegado a una trivialización y una exigencia sin cotrapartida que tiene demasiado de berrinche infantil, en donde se reclama pero no se construye y en donde los particularismos olvidan perspectivas más generales (e igualmente necesarias).
Para este autor “la única posibilidad de que el orbe ético adquiera una última estabilidad es que identifique la extensión de los derechos con la extensión de la especie humana.
La búsqueda de la evidencia intersubjetiva no puede detenerse. 
Sólo la participación de todos los afectados puede dar cumplimiento a este dinamismo”, pero eso no le lleva a una defensa indiscriminada, de hecho pulveriza una cultura que da por sentados una serie de derechos, todos considerados “fundamentales”, y que cada día se inventa alguno nuevo, como si no hacerlo significase una irremediable vuelta atrás.


Me parece que Marina demuestra acertadamente que carecemos de derechos en origen (son un constructo humano) y que si disfrutamos de ellos es porque la inventiva humana ha sido capaz de establecer un consenso –muchas veces difícil y arduo- para aquellos que consideramos buenos y prioritarios. Desde su óptica –que comparto- concebirlos, mantenerlos, universalizarlos, es una conquista de la inteligencia humana y conviene no olvidarlo porque en cualquier momento se pueden perder (como de hecho ha pasado frecuentemente tanto desde una perspectiva histórica como geográfica).
Muchos de los conceptos que manejamos dentro de este terreno son desmenuzados y vistos  por él con cierto detalle (vida digna, justicia social etc.).
Frente a una ética de la mera supervivencia (hoy en día tan en boga) Marina aspira  a  construir un edificio más ambicioso, un proyecto ético apoyado en el consenso universal de lo que es bueno y deseable…… claro que como en el caso de Küng no se ve muy claro cómo todo el universo se pondría de acuerdo para constituir la órbita de la dignidad y, finalmente, acceder a la reclamada felicidad.
Es una tarea de proporciones míticas, aunque confiemos que su final no sea tan triste como la famosa Torre de Babel y que en este caso si consigamos un cierto entendimiento.
Nos movemos pues en las procelosas arena movedizas de los idealismos, irrenunciables, pero necesariamente peligrosos. Escarbar en estas profundidades daría  para muchos, realmente muchos libros............

Autor: Javier Nebot, Febrero 2014.

2 comentarios:

  1. Eso es Utopía en el curso negro de la historia de la humanidad.
    Si ya es difícil concretar los grandes preceptos en la vida personal....
    Solo nos resta vivir coherentemente.

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  2. Utopia a la que no podemos dejar aspirar. El horizonte de un mundo mejor hace imprescindible imaginar y crear un hombre ético. Claro que muchas veces parece que vamos en un camino totalmente contrario......pero no solo esperanza sino lucha por construir un concepto de dignidad es prioritario. Aunque, sin duda, el primer paso está en la revolución personal e intima.

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