sígueme por e-mail

jueves, 20 de febrero de 2014

Opinión personal (8): DESILUSIÓN.

Quizás por candidez o quizás por simpleza tengo tendencia a desengañarme (y de ahí a la desilusión un paso, claro). Parto de una experiencia personal que me hace sentir a los demás -y muchas veces a mí mismo- como seres enrevesados a los que nos cuesta cada vez más el aceptar que en los asuntos y en las personas que nos rodean abundan las fisuras cuando no las grietas.
Hegel, maestro del idealismo extremo, decía que si los hechos no se adaptaban a las ideas peor para los hechos,  pero en el quehacer cotidiano son estos los que cobran protagonismo y los que fuerzan a nuestros anhelantes ideales a convertirse -con suerte- en lejanas cuando no inalcanzables metas.
Nos cuesta -me cuesta- aceptar la falta de coherencia en los sentimientos ya que en donde no la hay surge -inevitablemente- el pantano de la incertidumbre y desde ese lúgubre  lugar nos dirigimos d hacia territorios poblados por tribus peligrosas: la de la desconfianza, la del temor, la del engaño, la de los miedos.......
Todo muy humano y muy real pero con un cierto halo de oscuridad que no solo no me gusta sino que me irrita profundamente.
Sentir desencanto es, además, triste porque implica que eso que esperábamos no ha sido posible.
Es el terreno también doloroso de la decepción.
Todo esto viene a colación porque unos curiosos e  inesperados desencuentros personales entre los miembros de uno de los círculos en los que me muevo, me han hecho reflexionar.
Interpretaciones equívocas, sentimientos encontrados, honores ofendidos, desaires, todo ello culminado con la intervención -desde mi punto de vista desafortunada- de uno de sus miembros posicionándose "in extremis" por uno de los teóricos "bandos", han producido en el grupo el conocido efecto del "plato roto": el estropicio ha sido de tal magnitud que aunque todo se enmiende nunca volverá  a ser igual.


La desilusión, teñida de algunos grises de irritación contenida, ha surgido entre todos los integrantes cuando hemos adquirido constancia de que lo que creíamos que era de una manera ha resultado ser de la contraria o, al menos, bastante diferente a lo que pensábamos.
Tengo que reconocer que soy una persona que digiere muy mal la decepción y que, una vez saboreada esta, me resulta muy difícil no experimentarla como un ataque.
Confío, sin embargo, en no volverme un amargado o  un insoportable y prefiero pensar que el  resentimiento será transitorio a pesar de que quede, sin duda, un cierto "poso" (¡el imborrable "pegamento" del plato! y, tristemente algún que otro "trozo" perdido).
Todo esto me ha traído a la memoria  un artículo de prensa que leí  hace mucho tiempo -cuyo autor, por desgracia, soy incapaz de identificar ahora- que venia a decir  que no es una casualidad que los desengañados, los resentidos y los paranoides se encontrasen entre los más inteligentes ya que decidieron en su día abandonar la ingenuidad para siempre y poner en su lugar el escudo de la desconfianza.
No sé si esa postura es inteligente o no, pero si es verdad que la tendencia a guarecerse bajo la protección de un escudo la tenemos muchos aunque los "ataques" sean en varias -probablemente demasiadas- ocasiones, más fruto de un desenfoque que de una realidad objetiva.
Como bien diría J.A. Marina, se trata de un fracaso de gestión de las emociones enfrentadas.
La inteligencia es posible que se halle más en la correcta re-interpretación de los hechos que en el uso de escudos "protectores";  más en el esclarecimiento de lo sucedido y en la re-situación de las relaciones  acorde con ello que en la "congelación" afectiva o en la petrificación del agravio.
Claro que cuando hablamos de emociones y sobre todo de emociones "tocadas" el drenaje requerirá mucho, mucho esfuerzo y, en mi caso, aunque procuro cultivar la desesperanza (en el sentido kantiano) todo lo que puedo, sería conveniente  que me aplicase la recomendación de Chamfort que, en su famosa sentencia, postulaba la conveniencia de tragarse todos los días un sapo nada más levantarse para tener la certeza de que la jornada no nos depararía nada más repugnante.


2 comentarios:

  1. "La mayoría de mis reflexiones las he obtenido pensando en lo maravillosa que es la vida, pero las más profundas, de los golpes y desilusiones que la misma me ha puesto".
    No recuerdo de que autor es, pero las cosas son así.

    ResponderEliminar
  2. Creo que de todo se puede aprender y sobre todo se puede reflexionar. En eso confío al menos.

    ResponderEliminar