Samuel Hill fue una de esas figuras norteamericanas sorprendentes, potentes...y difíciles de encasillar: empresario,
visionario cívico, excéntrico ilustrado y constructor de monumentos improbables (como la preproducción en los Estados Unidos de Stonehenge, que es lo que me llamó la atención sobre él).
Nació el 13 de mayo de 1857 y falleció el 26 de febrero de 1931.
Su vida se desarrolló pues en ese vertiginoso tránsito de Estados Unidos desde el capitalismo expansivo del Gilded Age hasta una
modernidad que empezaba a preguntarse por la memoria, la historia y el sentido
simbólico del progreso.
Hill, hombre sumamente rico y poderoso, no fue simplemente el típico millonario americano con aficiones extravagantes. Fue, más bien, un
ejemplo temprano de algo que luego se volvería frecuente entre las clases altas: Hizo todo lo que pudo por dotar al éxito económico de una dimensión cultural, casi
moral, a través de la arquitectura, el paisaje y el monumento.
Sam Hill nació en Minneapolis, en el seno de una familia acomodada.
Su padre, James
J. Hill, fue uno de los grandes magnates ferroviarios de Estados Unidos, conocido como
The Empire Builder. Personajes como él inspiraron series como "La edad dorada"
Desde joven, Sam creció en un entorno donde infraestructura,
poder económico y visión territorial eran conceptos cotidianos.
Se formó como abogado en la Universidad de Harvard, aunque pronto quedó claro que
el ejercicio jurídico convencional no iba a contener su temperamento. Más que el
derecho en sí, le interesaba la organización del espacio, la circulación —de personas,
mercancías, ideas— y la transformación del territorio.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Hill se convirtió en un activo promotor de
infraestructuras en el noroeste de Estados Unidos, especialmente en el estado de
Washington. Fue uno de los grandes defensores de las “good roads”, convencido de
que las carreteras modernas eran tan decisivas para la democracia y el comercio como lo
habían sido los ferrocarriles.
Financió carreteras experimentales, organizó congresos internacionales de vialidad y
promovió el uso de nuevos materiales.
Su proyecto más ambicioso fue Maryhill, una ciudad planificada a orillas del río
Columbia, en el estado de Washington.
Imaginada como un enclave cultural, agrícola e
industrial, Maryhill debía ser una utopía moderna: ordenada, ilustrada, abierta al
mundo.
El proyecto urbano nunca se realizó plenamente, pero dejó dos herencias duraderas:
El Maryhill Museum of Art, instalado en lo que iba a ser su mansión.
Y, sobre todo, un monumento tan desconcertante como inolvidable:
Stonehenge.
Entre 1918 y 1929, Sam Hill impulsó la construcción de una recreación a escala real
de Stonehenge, situada sobre un promontorio que domina el desfiladero del río
Columbia.
No se trata de una réplica arqueológica exacta, sino de una reinterpretación
en hormigón, deliberadamente moderna y duradera.
El monumento tenía un propósito claro y profundamente simbólico:
servir como memorial a los soldados del condado de Klickitat muertos en la
Primera Guerra Mundial.
Hill NO erige una estatua heroica.
No recurre a símbolos nacionales explícitos. Elige, en cambio, un monumento prehistórico europeo, anterior a las
naciones, a los estados y a la guerra moderna.
Stonehenge funciona así como anti-monumento moderno:
arcaico,
silencioso,
ajeno al relato del progreso,
y, precisamente por eso, cargado de gravedad moral.
Hill veía en Stonehenge un símbolo de continuidad humana, de memoria colectiva más
allá de fronteras e ideologías. Hay que reconocerle que, en plena era de industrialización, supo ir más allá y eligió el anacronismo
como gesto ético.
La elección del hormigón no es casual.
Stonehenge en Maryhill no es una fantasía
romántica, sino una traducción moderna de una forma arcaica. Hill no intenta
regresar al pasado, sino injertarlo en el presente, obligando al espectador a enfrentarse
a una pregunta incómoda:
¿Qué queda de la civilización cuando la técnica ha superado a la memoria?
En este sentido, su Stonehenge encaja con una modernidad crítica, no triunfalista. Es
progreso material sin ilusión espiritual, compensado por el gesto monumental.
Sam Hill murió en 1931, sin ver cumplida su visión completa de Maryhill.
Sin embargo,
su legado persiste:
-Como promotor de infraestructuras modernas.
-Como mecenas cultural.
-Y como constructor de sentido en una América que rara vez se detenía a mirar
hacia atrás.
Hoy, su Stonehenge sigue desconcertando:
no pertenece del todo a Estados Unidos,
no pertenece a Europa,
no pertenece al pasado ni al presente.
Y precisamente por eso sigue funcionando.
Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario