Sobre los haikus de Bernat Vidal
No soy aficionado a la poesía.
No, desde luego, porque no reconozca su valor o su mérito, sino porque, simplificando mucho, a menudo detecto en ella ciertos enrevesamientos innecesarios o una especie de impostura engolada que me resultan muy, pero que muy difíciles de soportar.
Son demasiadas las ocasiones en las que encuentro en la poesía -especialmente si se recita en voz alta- un exceso verbal e interpretativo que, en lugar de acercarme a la médula de la vida o a las profundidades del corazón (que es lo que yo entiendo que debe procurar la poesía), me aleja de ella. Me suena demasiado a fuegos de artificio innecesarios.
Por eso, cuando mi amigo Bernat Vidal (1) tuvo la gentileza de ofrecerme su más reciente publicación poética -Cuando florece el limonero (Ed. Factor poético)- para que le diese mi opinión sobre ella, tuve, no lo voy a negar, un sentimiento ambivalente.
Por un lado, sentí agradecimiento: dejar a alguien un libro creado con tiempo, cuidado y sensibilidad para recibir una valoración es un gesto de confianza que respeto profundamente. Por otro, también sentí cierto temor: Bernat sabe muy bien que no soy devoto de los “mundos poéticos” y que tampoco tengo demasiada inclinación al halago fácil o al compromiso vacío. Existía, por tanto, el riesgo de que mi lectura terminara en un comentario severo o en una valoración incómoda para ambos. Afortunadamente, ocurrió lo contrario. El libro fue para mí una sorpresa muy agradable.
Desde las primeras páginas me dejé llevar por los escenarios que, de manera directa, escueta y sin baboseos, iban apareciendo ante mí.
No pretendo opinar con autoridad sobre los haikus -ni sobre tantos aspectos de las artes asiáticas que me fascinan- porque su mundo estético, creativo y conceptual es, aunque lo admire, bastante ajeno a mis referencias vitales y culturales. Pero sí puedo decir algo a quienes se animen a leer este libro: me encontré ante una forma de mirar el mundo que tiene mucho de destilación elegante de la experiencia.
Los haikus de Bernat Vidal poseen, al menos para mí, tres virtudes que no son menores: limpieza, precisión y capacidad evocadora.
Limpieza, porque prescinden de cualquier exceso, están libres de barroquismos innecesarios.
Precisión, porque cada imagen parece elegida con la medida justa. No hay aspavientos verbales y, sin embargo, se abren y florecen en los mundos interiores de quien los lee.
Capacidad evocadora porque, pese a su exigente brevedad, abren espacios -amplios- en la imaginación del lector.
A lo largo del libro uno viaja lentamente por las cuatro estaciones: el frío del invierno, los brotes del verano, los vientos del otoño, las pequeñas epifanías y gozos de la primavera.
No hay retórica inflada ni metáforas que quieran deslumbrar a la fuerza.
Lo que sí hay es una mirada tranquila sobre cosas muy simples: un fuego, un pájaro, la luna, el mar, una amapola, un camino.
Y, sin embargo, esa simplicidad termina produciendo algo curioso: los poemas no se agotan en sí mismos.
El título del libro -Cuando florece el limonero- resulta muy acertado en este sentido. Porque al leer estos haikus ocurre algo parecido a lo que sucede cuando un limonero empieza a florecer y que es algo que se intuye en la intención de su autor: lo que nos muestra no es sólo la flor visible, sino todo un perfume que se expande alrededor.
En la imaginación del lector empiezan a nacer muchas más imágenes, recuerdos o emociones de las que uno habría esperado encontrar en un libro tan breve.
Eso es quizás, para mí, lo más interesante del libro: su capacidad para sugerir más de lo que dice. No sé si este libro convencerá a quienes esperan de la poesía una exhibición de virtuosismo verbal, una complejidad hermética o alardes metafóricos. Pero creo sinceramente que puede interesar a quienes disfrutan de otra cosa: de la atención a lo pequeño, del silencio entre las palabras y de esa forma discreta de belleza que aparece cuando alguien observa el mundo con calma.
Les dejo aquí algunos de los haikus que se pueden encontrar en este libro para despertar -ojalá- la sana tentación de comprarlo, leerlo y dejarse acompañar por él a lo largo de las estaciones. Porque a veces, incluso para quienes no somos especialmente amantes de la poesía, un pequeño libro puede abrir un paisaje inesperado. Y este, modestamente, creo que lo consigue.
Me he permitido, con la ayuda de la IA, generar algunas imágenes de lo que a mí me han sugerido algunos de estos haikus.
El libro del que hablamos, lógicamente, prescinde de adornar con ilustraciones sus poemas ya que estos deben mantener su poder evocador, siempre, libre, abierto.










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