En las cinco entradas anteriores, aunque sea someramente, hemos tenido oportunidad de ver hasta ahora una variada iconografía femenina. Una iconografía que hunde sus raíces históricas (muy polarizadas y misóginas) en tiempos muy, muy antiguos (en ocasiones su rastreo último resulta incluso difícil de indagar).
Se forjaron, en lo que entendemos por Occidente, unas imágenes contrapuestas de la mujer que pervivieron, por motivos múltiples y muy complejos, durante siglos.
Edward John Poynter. The Vision of Endymion.
El siglo XIX, con las decisivas aportaciones estéticas de Gran Bretaña y Francia, contribuyó a cimentar de forma indiscutible la imaginería artística (y también social) que ha llegado prácticamente hasta nuestros tiempos. Eso ha sido así, sin duda, debido al impacto popular de muchas de las obras de arte que sus artistas crearon (algunas de ellas, hay que reconocerlo, realmente fascinantes).
En ese relato iconográfico decimonónico la óptica masculina tuvo un protagonismo indudable pero, desde luego, hay que reconocer también una gran connivencia femenina (al menos de una parte muy importante de las mujeres de ese época).
Muchas féminas, se dejaron seducir fascinadas, como hemos tenido ocasión de mostrar anteriormente, por determinadas propuestas que les parecieron mucho más atrayentes que otras que se ofrecían dentro el marasmo de posibilidades que existía en el ultimo tercio del siglo XIX .
Terminábamos el capítulo anterior con referencias a un caso excepcional y nada convencional: la ínclita Sarah Bernhardt. Una figura decimonónica muy destacada, admirada hasta límites insospechados, que no dudó en jugar con aquellas imágenes vigentes que le interesaban para autopromocionarse, tener más eco en la sociedad y acrecentar así su fama "divina". Claro que la dama tampoco se cortaba lo más mínimo a la hora de saltarse a la torera (afortunada ella) todas aquellas reglas que no le interesaban o que, simplemente, sentía que le constreñían. Una libertad envidiable que, en realidad, muy pocos disfrutaban.
Sarah Bernhardt, la vedette francesa que “inventó” el estatus de celebridad hace más de un siglo - BBC News Mundo
Hemos tenido oportunidad también de ver hasta ahora, sin ánimo de exhaustividad, múltiples imágenes artísticas y literarias que contribuían a mostrar (y forjar) las virtudes femeninas y a sugerir la forma correcta de relacionarse hombres y mujeres.
Esas imágenes, calaron en gran medida en el imaginario colectivo. Tanto hombres como mujeres las aceptaron como propias y consustanciales, en un grado de aceptación y permeabilidad que hoy, probablemente, nos pasma (aunque hagamos exactamente lo mismo con otro tipo de ideologias).
Desde luego, insistimos, no eran las únicas visiones, porque el último tercio del siglo XIX fue una época en la que confluyeron fuerzas y tendencias increíblemente diversas y contrapuestas: anarquistas y esteticistas, esotéricos y místicos, socialistas y aristocratizantes, radicales y puritanos...
Erika Bornay dedica un capítulo muy interesante a los estetas y decadentes ya que ellos contribuyeron en gran medida a potenciar, con su profundo deseo de huida de lo cotidiano y vulgar, a potenciar aspectos perversos de la imagen de la mujer que, finalmente, acabarían siendo asumidos casi en su totalidad por el prototipo de la femme fatale: "en su deseo de épater le bourgeois, principal artífice de aquel principio materialista y positivista que rechazan, harán incursiones al mundo de la droga y se entregarán a la Iglesia católica romana, tal vez seducidos por los fastos del ritual. Como también se dejarán seducir por ciertas sexualidades, las ciencias ocultas y la magia negra. Y cuando fijan su atención en la mujer, mas que la imagen "mariana", buscan la de Lilith" (1).
Y resalta algo nada desdeñable en esa construcción femenina: "Acabamos de señalar la atracción de los decadentes por la sexualidad ambigua, ...porque nos parece altamente paradigmática de la peculiar sensibilidad de muchos de aquellos artistas fin-de-siécle que, en más de una ocasión, desembocaría en una clara homosexualidad. Si tal vez nunca se pueda conocer la verdadera naturaleza de la sexualidad de Moreau y Swinburne, no hay dudas de que Lorrain, Laforgue, Wilde, Verlaine, Rimbaud, Solomon, Proust y el conde de Montesquie, para citar a los conocidos, aparecen como claros homosexuales" (2).
Dentro de los parámetros del decadentismo se invierten de alguna forma los papeles y el "sexo fuerte" será la mujer. Se juega a menudo a evocar las figuras andróginas, en las que los roles se entremezclan o se diluyen sin más en fronteras muy movedizas y vaporosas. Surge así, fácilmente, al menos en estos ambientes, la mujer como un ser fuerte, dominante, poderoso. Las características que siempre se habían reconocido como masculinas son ahora absorbidas y encarnadas por mujeres que en ocasiones no dudan en mostrarse con aspecto andrógino o claramente masculino (3).
En futuras entradas independientes de este blog trataremos con más detalle las muchas variantes de las representaciones artísticas del la mujer en el siglo XIX, pero ahora, para centrarnos en el tema que nos ocupa, vamos a mostrar algunas iconografías relevantes de la femme fatale/vampiresa.
Esta expresión, femme fatale, aparece ya con cierta habitualidad a finales del siglo XIX. En obras de J.K. Huysmann, Georges Darien, G.B. Shaw, Maupassant, A. Ch. Swinburne, Valle-Inclán...(4).
Se van perfilando en los distintos relatos los principales rasgos físicos y psicológicos de tan peligrosas damas: Belleza turbia, perversa; cabellera larga, en ocasiones rojiza; piel muy blanca, ojos verdes; voluptuosa y seductora con gran inclinación al vicio; sexualidad lujuriosa y felina (animal), capacidad de dominio, de incitación al mal; fría, manipuladora.
Evidentemente el estereotipo artístico se alimentó del literario y viceversa.
Personajes como La Belle Dame sans Merci (Keats),
John William Waterhouse. La Belle Dame sans Merci (1893)
la protagonista de Une Nuit de Cléopâtre (Gautier), Salambó (Flaubert), Manette Salomon (Gouncourt), las protagonistas de Las diabólicas (Barbey d´Aurevilly), la Conchita Pérez de La femme et le pantin (P. Louys) o la insólita Venus de las pieles (Sacher-Masoch) dan vida a un imaginario que no paró de crecer y tener (mucho) éxito.
Entre todo ese paisanaje destacaron especialmente el personaje de Lulú, protagonista de "El espíritu de la la tierra (1895)" y "La caja de pandora (1902)", del escritor alemán F. Wedekind y la Salomé de Oscar Wilde. Ambas, turbadoras y maléficas, han pervivido a lo largo del tiempo.
Las encarnaciones, más o menos light o más o menos atrevidas de estos estereotipos, fueron comunes en el mundo teatral y del vodevil. Ya hemos mencionado anteriormente el caso paradigmático de la Bernhardt, pero muy similares fueron el de Cléo de Mérode o la Bella Otero por poner solo dos ejemplos muy conocidos.
Retrato de Carmen Otero. La bella otero por Julio Romero de Torres.
Las BELLAS, seductoras y las bellas ATROCES (en hermosa expresión de E. Bornay).
A algunas de ellas ya nos hemos referido en entradas anteriores:
PANDORA.
Primera mujer de la mitología clásica. Al igual que la Eva bíblica traerá el infortunio a los hombres (de hecho fue creada por Zeus específicamente para castigarlos).
Entre sus pertenencias Pandora llevaba una tinaja (o caja) misteriosa que tenía prohibido abrir, pero una vez instalada como esposa de Epimeteo (el hermano de Prometeo), le pudo la curiosidad y decidió abrirla. Entonces salieron de ella poco menos que en tromba todos los males mezclándose con los bienes sin que se pudieran discernir a ciencia cierta unos de otros. Surgieron los sufrimientos y las enfermedades, la vejez y la muerte, las mentiras, los crímenes...Pandora parece que se asustó de semejante desborde e intentó cerrar la tapa pero todo lo que fuese cruel y violento había salido ya a toda prisa. Solo quedo en el fondo, casi escondida, la esperanza (que no está muy claro si es un bien o un mal). Pandora expresa en si misma todas las contradicciones de la condición humana.
No fue un tema tan recurrente en la iconografía de la época como si pudo serlo Venus o incluso Eva, pero no cabe duda de que el peso de su significado si tuvo una enorme importancia en la construcción de la imagen de la mujer fatal.
Pandora. Odilon Redon. 1910-1912.
Pandora. James Smetham. 1865.
Pandora. J. W. Waterhouse.
Pandora. Dante Gabriel Rossetti.
Pandora. Harry Bates. https://victorianweb.org/sculpture/bates/4.html
ISTHAR /ASTARTÉ SYRIACA.
Perteneciente al panteón de la mitología asirio-babilónica.
Isthar es la Estrella de la montaña, es la guerra. Es la siempre virgen, no porque se abstenga de relaciones sexuales, sino porque recobra periódicamente su virginidad bañándose en un lago. A menudo confundida o asimilada a Asterté, Isthar es la hermana y la mujer de Tamumuz, el sumerio Dumuzi que cada año muere y baja a los infiernos y, también cada año, resucita y vuelve a la tierra.
Es la diosa del amor y sus templos son lugares de prostitución.
Como bienhechora acude a socorrer la impotencia sexual. Como guerrera brava, Ishtar es cruel y determinada. De ella tomó Venus muchos de sus rasgos...incluidos la seducción y su irritabilidad violenta.
Astarte Syriaca.1877. Rossetti.
Rossetti. Astarte Syriaca -Venus Astarte. 1875
Asterté. John Singer Sargent. 1890.
El ídolo. Fernand Khnopff. 1909.
CIRCE.
Si Astarté envilece a los hombres, Circe los convierte directamente en animales. Una hechicera poderosa que ha recuperado fama debido, entre otras cosas, a la reciente película de C. Nolan y por algún que otro libro que reivindica su figura y sus artes.
Circe ofreciendo la copa a Odiseo. Waterhouse. 1891.
J. W. Waterhouse. Circe envenenando el mar. 1892.
Circe con los cerdos. Briton Riviére. 1871.
Ericka Bornay menciona cómo el crítico M.H. Spielmann al hablar de la obra de Hacker mostrada encima de estas líneas establece "el Eterno Femenino como causa de las ruina de los hombres" (Op. cit. pág.173)
Lévy Dhurmer nos la muestra de manera mucho más sutil, seductora.
Una visión más adecuada al siglo XIX y que causó gran revuelo en su momento fue la realizada por el belga Félicien Rops, conocida como el Pornócrates. El fetiche del pie cubierto mientras se lucen rotundas desnudeces fue muy comentado.
HELENA DE TROYA.
"Helena de Troya, destructora de naves, destructora de ciudades, destructora de hombres " (Esquilo). Esta cita clásica figura en un lienzo que realizó Rossetti en 1863. Sobre la conciencia de Helena siempre recaerá ser la causa (manipulada) de una guerra mítica (nunca mejor dicho). Es la más bella de las mujeres. La que atrae a todos los hombres. Lejos de la simple imagen de traidora o víctima pasiva del mito clásico, las representaciones decimonónicas (especialmente bajo el ala del Prerrafaelismo, el Academicismo y el Simbolismo) la transformaron en el arquetipo de la femme fatale, una encarnación de la belleza fatal e hipnótica que desafía el orden social y moral.
Helena de Troya. Frederick Augustus Sandys.
Helena de Troya. Evelyn de Morgan.
Helena de Troya. Dante Gabriel Rossetti.
Helena en la murallas de Troya. G. Moreau.
Helena en los muros de Troya. Frederic Leighton.
Helena de Troya. Simeón Solomon.
SALOMÉPrincesa idumea, hija de Herodes Filipo I y Herodías e hijastra de Herodes Antipas. Famosa porque con su voluptuosa y famosa danza consiguió que le sirvieran la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja.
El personaje tiene una muy larga y acrisolada historia artística aunque la lúbrica mirada de algunos de los pintores de finales del XIX la confundían o mezclaban con su madre, Herodías.
Salomé. Jean Benner. 1899.
Salomé. 1905. Georges-Olivier Desvallieres.
Salomé. Pierre Bonnaud. 1900.
Salomé con la cabeza de San Juan Bautista. Jan Adam Kruseman. 1861

Bornay se refiere a la pintura del artista francés con estas palabras: “Moreau, en su indagación sobre el tema de la belleza satánica en los mitos primitivos iba a convertir al personaje de Salomé en el eje y centro de su obra. [… Una] famosa variante de este tema es la acuarela ejecutada por Moreau en 1876 y que lleva por título «La aparición», en la que Salomé… señala con espanto la cabeza aureolada y sanguinolenta del Bautista que se ha elevado de la bandeja colocada sobre las baldosas y la mira fijamente. J. P. Reverseau afirma que Moreau se inspiró para esta versión en la escena de la danza de Salambó, la novela de Flaubert que fue una de las lecturas favoritas del pintor. Como Salambó, la hija de Herodías, aparece una vez más como princesa oriental en un exótico espacio arquitectónico, decorado con azulejos y arabescos y una divinidad hindú en el altar del fondo, […] el propio Moreau escribirá que para él Salome representa: «el eterno femenino, una ave ligera, a menudo siniestra, que atraviesa la vida, una flor en la mano, en busca de su vago ideal. A menudo terrible”.
Gustave Moreau. Salomé danzando ante Herodes. 1874.
Franz von Stuck. Salomé danzante.
Henri Regnault. Salomé.
Salomé. Odilon Redon. 1893.
Salomé. Lovis Corinth
Las versiones de Aubrey Beardsley se hicieron muy famosa al ilustrar la obra de Oscar Wilde, "Salomé".
Salomé. (El clímax). Aubrey Beardsley.
El momento supremo. Aubrey Beardsley. Ilustración para Salomé de O. Wilde.
Salomé (1896). Lucien_Lévy-Dhurmer
Toda esta imaginería y devoción por las cabezas cortadas provocó ya en su época bastantes ironías y sarcasmos porque la moda cayó -como era de esperar siempre que hay exceso- en lo kitsch y rozó el ridículo. Surgieron parodias que llevaron al mito a niveles muy bajos. Aun así, como veremos en la siguiente entrada, la fascinación por las mujeres que cortan cabezas a diestro y siniestro se mantuvo a través de otros personajes bíblicos.
NOTAS
(1). Erika de Bornay. "Las hijas de Lilith". Pág. 106.
(2).Erika de Bornay. "Las hijas de Lilith". Pág. 107.
(3). Este tipo de imágenes difícilmente aparecen en la obra de artistas que se vinculan a otros movimientos artísticos. En el impresionismo, por poner un ejemplo, Renoir nos ofrece casi siempre una imagen de la mujer como un ser más bien pasivo. Incluso, en su afán de mostrar un determinado tipo de candorosa belleza, nos muestra damas con aire algo bovino, satisfechas de su rotunda belleza, pero poco capaces de mostrar viveza intelectual o del tipo que sea.
(4). J.K. Huysmans. A rebours (1884); Georges Darien. Le voleur, 1897; G. B. Shaw. Letters, 1912; Valle-Inclán. La cara de Dios, 1899; A. Ch. Swinburne. Poèmes et Ballades, 1891; .
-Continuará-
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