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lunes, 16 de marzo de 2015

Momentos de cine (57). La historia de Hachiko y breve homenaje a mi perro Merlín.

Hay muchas personas que no entienden la especial vinculación que, en ocasiones,  puede darse entre un animal y una persona.
Es una lástima, pero como en otras muchas cosas preciadas, no a todo el mundo le está dado  experimentarlo. No estoy haciendo aquí un panegírico "buenista" ni "waltdisneano", no, solo constato que a veces se produce esa magia.
No sé por qué, solo sé que se da.
Muchos pensaran:¡ frivolidades de alma seca!; ¡transferencias equivocadas!; ¡emocionalidades "chochas"!  Me es igual.
De todo habrá en todos los bandos. No lo dudo. Como no dudo de que,cuando se da esa química de encuentro algo muy especial y casi incomunicable se produce.
Claro que, como cuando se habla de amor, solo podrá intuirlo el que ya lo ha experimentado.
Yo he tenido la suerte de disfrutar de ese enamoramiento con mi perro Merlín  (¡también con mi gata!). Quince años de buena simbiosis, de amor sin condiciones.
Tristemente los perros  -  los gatos- viven mucho menos que sus dueños y, todos los que decidimos aliarnos con alguno, sabemos que veremos -salvo accidente- su final, aun así ¡cómo olvidarse de los miles de momentos compartidos (me lo llevaba a desayunar conmigo al bar, al trabajo, en donde se quedaba formalito en una esquina de mi despacho, de excursión, de paseo.....)!
Perderlo es algo más que un trago doloroso. 
No tengo la habilidad suficiente para expresarlo con palabras y, además, siempre he percibido que con ellas se diluyen demasiadas cosas.........
Merlín, con su nobleza y su mirada inteligente me "ganó" hace muchos años cuando le vi  por primera vez tras los cristales de una tienda. Visitas furtivas al escaparate corroboraron lo que ya intuía: estaba preso de él.







3 comentarios:

  1. Es precioso lo que escribes, Javier.
    ¡Enhorabuena!
    Un abrazo.

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  2. Gracias. Quería rendir un pequeño homenaje a Merlín, para mí uno de los compañeros más fieles de los que he podido disfrutar en toda mi vida.

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  3. No puedo dejar de llorar su pérdida, sobre todo viendo estas fotos, con esa mirada de locatis que a veces ponía, con esa flema inglesa y esos ojos de bueno con alma grande.
    Cuando el otro día me aconsejaban que hiciera una meditación de luz por él yo contestaba que para qué , que él no lo necesitaba, que siempre había sido un ser de luz y una constante fuente de amor incondicional, ni siquiera le deseo que se reencarne en un humano, solo en otro perro, en nuestro hogar

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