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jueves, 30 de junio de 2016

Momentos de cine (71): Luchino Visconti, “Il Gattopardo” (The Leopard, 1963.)

El Gatopardo (1963) es, probablemente, la mejor película de Visconti y una de las mejores de la historia del cine,
Título original: "Il Gattopardo".
Producción: Goffredo Lombardo para 20th Century Films.
Autor: la novela G.T. de Lampedusa.
Guión: Suso Cecchi D´Amico, Pasquale F. Campanile, Enrico Medioli, Massimo Franciosa y Luchino Visconti.
Director: Luchino Visconti.
Fotografía: G. Rotunno.
Música: Nino Rota.
Intérpretes: Burt Lancanter.
Alain Delon y Claudia Cardinale.
Paolo Stoppa.
Romolo Valli.
Serge Regginiani.


https://www.youtube.com/watch?v=oXuUDmTmRfs
Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en la película "El gatopardo" de Visconti es la figura elegante y poderosa del príncipe de Salina, encarnado magistralmente por el actor Burt Lancaster.
También -¡cómo ser inmune a ello!- la belleza de los jóvenes Claudia Cardinale y Alain Delon, que daban vida en el film a dos prototipos de esa juventud inquieta, vigorosa y romántica que tanto contribuyó a modificar la historia en el pasado siglo XIX con sus irrefrenables ganas de cambió y de ruptura con todo lo que les atase al pasado.
Luchino Visconti mostró en El gatopardo el fin de una clase social, la aristocracia, y el auge de una burguesía que -con todos sus defectos y vulgaridades- se mostraba mucho más predispuesta a liderar el cambio del mundo en nombre del progreso (y en su propio beneficio).
La película -y por descontado el libro de Lampedusa en el que se basa- se convierte en la crónica de una decadencia (¡Y quien mejor que el aristócrata/comunista Visconti para llevarla a la pantalla!), pero es, también, un muy lúcido y profundo análisis de las excelencias y de las penurias de una determinada sociedad sometida a un estado de radical transición hacia algo nuevo y desconocido.
 Las sutilidades con que se nos muestra a sus personajes y sus respectivas historias la convierten en un excelente fresco social y no en una mera caricatura.... como suele suceder -tristemente- cuando determinados intereses ideológicos optan por sesgar -en el medio que sea- la interpretación histórica,  prefirierendo recurrir a los blancos y los negros -que refuercen su particular visión- que a los grises que conforman más certeramente la realidad.
"El gatopardo" es, en ese sentido un film-modelo de imprescindible visión y, por descontado, el libro resulta de obligada lectura.
La trama de la obra es bien conocida por todos. Se desarrolla en Sicilia, desde mayo de 1860 -fecha del desembarco de Garabaldi en Marsala- hasta noviembre de 1862 (Visconti opta por no incluir en la película los dos últimos capítulos del libro, evitándonos la muerte del príncipe y la vejez de Angélica y Concetta).
Como ya he comentado antes se trata de la historia es la de una sustitución social, algo bastante común en el siglo XIX (y en muy buena parte del XX, e incluso, en el XXI, en donde la crisis está eliminando en muchos países las clases medias). Desde luego, no es un tema nuevo ya que diversos novelistas lo trataron en su momento con acierto y profundidad, pero eso no quita originalidad y belleza al asunto.
La aristocracia casi feudal, rancia, fósil, anclada en sus privilegios y en el inmovilismo más absoluto, es desplazada, en el torbellino de los sucesos políticos que marcan el fluir de la historia, por la pequeña burguesía de corte más o menos liberal.
Lampeduda y con él Visconti, inscribe su historia en la vida del príncipe Salina y en la de su familia. Todos asisten -incapaces de evitar el cambio pero muy conscientes de lo que sucede, especialmente el príncipe- al rápido derrumbe de lo que hasta hacia muy poco eran los pilares de su mundo.
Un terremoto social, un cataclismo desde su punto de vista.
Una parte importante del relato lo conforma el noviazgo -y posterior enlace- de Tancredi (Alain Delon) y Angélica (Claudia Cardinale) pero el autor no incluye el episodio como una mera concesión romántico/amorosa para sus posibles lectores sino, más bien, con una clara intención simbólica ya que, como se irá viendo al transcurrir de la historia, tal unión hará posible una condensación sociológica que, transmutada en una frase, se ha convertido en un verdadero axioma de supervivencia: "Es menester que todo cambie para que nada cambie".
Ante tanta revolución y cambio, ante tanto terremoto social y ante el constante derrumbe de modos y valores añejos, la sabiduría felina del príncipe le lleva a buscar formas de contemporizar con seres que en el fondo desprecia -aunque admire según que cosas de ellos- pero que sabe que resultarán imprescindibles en el futuro (odioso pero inevitable) que se está escribiendo: un particular y pragmático "si no puedes con ellos, únete a ellos".
El representante de ese "ellos" tiene su encarnación  preferente en la figura de D. Calógero Sedara, síndico de Donnafugata, prototipo histriónico del arribista sin escrúpulos. Claro que si hablamos de oportunismo tampoco podemos olvidarnos del mismísimo sobrino del principie, Tancredi que, como buen aristócrata arruinado, busca también sin excesivos tapujos su supervivencia personal y social arrimándose al árbol que mejor le cobije y optando, llegado el momento, por comprometerse con la increíblemente bella  Angélica (burguesa y no un prodigio de finura precisamente), renunciando de esta forma a la mano de su principesca  prima, Concetta, que hubiese sido un compromiso más acorde a su rango social pero, por todo lo dicho, con mucho menos recorrido vital (además hay que reconocer que la naturalidad de Angélica puede resultar incómoda  y chirriante en algunos momentos pero es  bastante más soportable de llevar que el acartonamiento fantasmal de su aristocrática prima).
Parece evidente que de si  de algo habla El gatopardo es de la caducidad. 
Caducidad del hombre, caducidad de las sociedades, de las castas y de sus costumbres. Nada queda, nada permanece ante los vientos irrefrenables de la Historia
Ni siquiera la religión - a pesar de la promesa explicita de supervivencia a la que hace referencia el príncipe- puede permanecer impasible ante la inevitabilidad del panta rei.
Semejante tema podría haberse convertido un relato deprimente  y nostálgico sin más, pero nada más lejos de la realidad. La inteligencia de la película está -aparte de en la belleza escénica y en las perfectas interpretaciones- en una complejidad  expositiva que no elude ni la ironía ni el humor; también en la perfecta sincronización entre imagen y palabra  que convierten todo lo que se muestra en algo esencial y no accidental al relato. Desde mi punto de vista, Visconti sigue e ilustra la novela     con gran fidelidad pero con un su particular estilo fílmico, consiguiendo hacer necesarias a ambas       -novela y película-  y eliminando de un plumazo con su arte la dichosa disyuntiva que se produce muchas veces entre una y otra. 
Ver la película induce a leer el libro y leer el libro resulta un acicate para ver la película.
Además, no se puede negar que ésta contiene -como valor indiscutible- algunas secuencias de  verdadera antología que deberían estar en el imaginario de toda persona que aprecie mínimamente la cultura.




Después de ver de nuevo la película y vistos los tiempos que vivimos, no puedo por menos que suscribir la frase del príncipe: "Soy un representante de la vieja clase......Pertenezco a una generación desgraciada, a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos y que se encuentra a disgusto con unos y con otros"
Para finalizar incluyo del link de unos de los imprescindible programas de cine de José Luis Garci (un director algo aburrido pero un gran -y culto- amante del cine)
Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.

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