lunes, 30 de septiembre de 2019

Opinión personal (70): Los inicios de la sociedad actual. Las revoluciones americana y francesa (4º de 4).

La Revolución Francesa....y alguna que otra película.
En Francia se mezclaron, como hemos visto, buena parte de los ingredientes que hicieron estallar, antes que en ningún otro sitio, una revolución en toda regla. Ya me he referido anteriormente a la opinión de J. P. Fusi sobre la complejidad de las causas de la misma y no es este el sitio para tratarlas, pero si quiero hacer constar como a través de ella se forjaron los fundamentos del mundo actual y, por eso mismo, es considerada hoy como el acontecimiento que trazó la línea divisoria entre el Antiguo régimen y la Época contemporánea.
El tristemente famoso Luis XVI se encontró en un remolino de situaciones que ni él ni sus ministros supieron resolver atinadamente. El país se encontraba en un estado pre-revolucionario después de una serie de malas cosechas y sometido, además, a la carga de unos impuestos agobiantes de los que tanto nobles como clérigos estaban exentos.
Cuando el rey decidió convocar los Estados generales debido a lo complicado de la situación y ante la necesidad de recabar todavía más impuestos se encontró con que los miembros del tercer estado (médicos, abogados, pequeños terratenientes, etc.-burgueses en definitiva-) se negaban a que se les considerase tan sólo como un tercio debido a la gran conciencia que tenían ya de su peso e importancia y su clara determinación para ser protagonistas de las decisiones a tomar ante la crisis
Se constituyeron en Asamblea Nacional e invitaron a los nobles y al clero a que se unieran a ellos. Cuando Luis les prohibió reunirse en su lugar habitual, se trasladaron a una pista de tenis al aire libre, y allí realizaron su famoso Juramento del Juego de Pelota (1), por el que acordaron no disolverse hasta dotar al país de un constitución.
Después de que las cosechas se echaran a perder en el otoño de 1788, el precio del pan se incrementó hasta alcanzar unas cifras disparatadas y el pueblo, que se moría de hambre, estalló harto ya de tantas penurias. El 14 de julio de 1789 la multitud asaltó e incendió la famosa prisión de la Bastilla, hecho al que seguirían muchos alzamientos por todo el país. La Revolución ya estaba en marcha y los interesados en acelerarla no se durmieron en los laureles: la respuesta de la Asamblea nacional fue  suprimir la exención de impuestos de los nobles y el clero, y la publicación de una Declaración de los Derechos del Hombre, escrita en un tono tan triunfal y tan desafiante como la declaración de Independencia de los norteamericanos.
A partir de ese momento, los hechos se sucedieron a una velocidad de vértigo y despertaron de golpe a una Francia que no se acababa de creer lo que sucedía, ni de ver por dónde venían los cambios.
En Octubre de 1789 cientos de mujeres recorrieron los treinta kilómetros que separaban París de Versalles para exigir que se les diera pan, y por poco consiguen linchar a la reina. No se sabe con certeza si María Antonieta formuló la famosa frase de “si no tienen pan que coman torta”, pero desde luego la dama se granjeó de todo menos simpatías entre sus súbditos.
Viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, la pareja real huyó, pero fue capturada y devuelta a París de manera bastante ignominiosa. La Asamblea Nacional confiscó las tierras de la Iglesia, abolió la esclavitud en las colonias americanas y confeccionó la constitución que había prometido y que, como buena constitución burguesa no dio el voto a todo el pueblo (eso tardaría casi un siglo en materializarse) sino que se lo concedió a todos aquellos contribuyentes que tuvieran un determinada posición económica.
Año y medio después, la misma Asamblea juzgó y condenó al rey, que sería decapitado públicamente en la recién inventada guillotina (2).
Es evidente que los dirigentes de la nueva república tuvieron que enfrentarse a una férrea oposición por parte de aquellos sectores que veían cómo se ponía en peligro no solo su estatus o sus bienes sino, también sus vidas. Se encontraron además con que los países vecinos no veían con muy buenos ojos los acontecimientos revolucionarios que podrían contagiarse a sus poblaciones y acabar con sus propias cabezas, por lo que reaccionaron violentamente. Entre 1793 y 1794, el Comité de Seguridad pública instituyó un reinado de terror, durante el cual se produjeron una enorme cantidad de barbaridades. Se calcula que en ese breve periodo fueron más de veinte mil las personas que tuvieron que seguir los pasos de los reyes franceses y morir guillotinadas. Un verdadero baño de sangre que tiñó de rojo una revolución que prometía igualdad, fraternidad y libertad pero que, evidentemente, no supo consolidarlas de otra manera.
Un ejemplo del pobre espíritu que demostraron algunos revolucionarios lo constituye la ejecución del científico Lavoisier. Antoine-Laurent de Lavoisier es conocido como el padre de la química moderna. Cuando tenía tan solo 23 años de edad, recibió la Medalla de Oro de la Academia de Ciencias por un ensayo en el que planteaba los mejores métodos para iluminar una ciudad de pequeño tamaño. Construyó y dirigió un afamado laboratorio que se convirtió en lugar de encuentro para los científicos más destacados de la época y que recibió la visita de los más afamados viajeros del momento, personajes de la talla de Benjamín Franklin o Thomas Jefferson. Para sufragar los gastos de su laboratorio Lavoisier tuvo que conseguir un trabajo como gestor de impuestos en nombre del estado y eso mancilló su imagen ante el Tribunal revolucionario. Si a eso añadimos la enemistad con un científico claramente inferior a él -aunque con el tiempo adquirió fama por otras actividades-, llamado Jean-Paul Marat, que le denunció para ajustar cuentas pendientes, su suerte (mala) estaba echada: en la mañana del 8 de mayo de 1794 fue juzgado y condenado a muerte cuando solo contaba 53 años. Cuando solicitó que la sentencia se postergase un par de semanas para poder finalizar uno de sus experimentos, el juez que presidía la mesa le respondió: “La revolución no necesita de científicos”. ¡Toda una contradicción en una revolución que nació de un espíritu ilustrado que reclamaba la ciencia y el progreso como uno de sus valores más determinantes! (3).
Con sus luces y sombras, la Revolución francesa marcó, en cualquier caso, el inicio de una nueva manera de entender la realidad que convulsionó todo el siglo XIX, pero que permitió que las sociedades evolucionasen hacia formas sociopolíticas más democráticas y que el pensamiento se adentrase, en su afán de progreso, en territorios hasta entonces inimaginables.
Sin duda crearon y desarrollaron los pilares sobre los que se sostiene y desarrolla la sociedad actual.
El cine ha dedicado muchas y muy buenas películas a estos acontecimientos, creando ficciones que han reflejado los momentos más dramáticos o dando vida a sus personajes principales (4). Entre ellas podemos mencionar: “Historia de una revolución” (1989); “Marat-Sade” (1967); “Dialogo de Carmelitas” (1960); “La marsellesa” (1938); “Historia de dos ciudades” (1935); “Danton” (1982); “La noche de Varennes” (1982) o “Quills” (2000).
Personalmente me gustaría reseñar tres películas: “Las amistades peligrosas” en la versión de Stephen Frears (1988); “El pacto de los lobos” de Cristopher Gans (2001) y “La duquesa” de Saul Dibb (2008) (5).
Las amistades peligrosas”:
La película es una brillante versión del libro de Choderlos de Laclos del mismo título. La marquesa de Merteuil (una prodigiosa Glenn Close) y el vizconde de Valmont (un seductor John Malkovich) han sido amantes y mantienen una compleja relación de “ex” aunque la amistad que se profesan les permite “hacerse favores” que conllevan seducción y peligro.
Los enredos amorosos se desarrollan a lo largo de toda la película dando ocasión de conocer los entresijos de una sociedad basada en las apariencias. Frears es capaz de recrear a la perfección la estética y la vida del siglo XVIII y todos los actores –cosa rara- están a la altura de un guion talentoso y dinámico (de Christopher Hampton) lleno de extraordinarias réplicas y contrarréplicas.
La cuidadísima fotografía (de Philippe Rousselot) y la excelente selección de escenarios hacen de esta película un perfecto viaje a la atmósfera del siglo XVIII.
El film contiene muchas escenas memorables, pero hay una que pasará sin duda a la historia de las mejores metáforas cinematográficas: Hacia el final del film la marquesa de Merteuil, dispuesta a disfrutar de un espectáculo desde su palco se percata de las miradas de desaprobación que recibe de parte de todos, Glenn Close es capaz de transmitir con su mirada todo lo que está sucediendo y su particular toma de conciencia: es la muerte social, el fin de una época.
La trágica manera con la que poco después se va desmaquillando es un reflejo claro de cómo los nuevos tiempos exigen otros valores y otra manera de entender la vida. El romanticismo y sus aires de libertad están golpeando para arrasar todo lo viejo.
Hay otra versión del mismo libro -casi coetánea de ésta- dirigida por Milos Forman (“Valmont”,1989), también excelente y de cuidadísima producción, protagonizada en este caso por Anette Benning y Colin Firth pero desde mi punto de vista solo refleja el ambiente y no el espíritu de una época tan aparentemente sencilla como el siglo XVIII.
La misma obra, representada en otro tono, adquiere matices muy diferentes. Hay en la versión de Frears algo de soterrada crítica a un sistema desnortado que se envuelve en belleza que no se detecta tan claramente en la película de Forman. Éste es un muy buen director y no desconoce la época (“Amadeus” lo demuestra) pero, extrañamente para lo que es su estilo, no me parece que buscase en esta ocasión hacer una película “critica”.
El pacto de los lobos”:
Digamos que es una película “menor”. Odiada por algunos críticos, pero considerada película de culto por otros no es fácil posicionarse respecto a ella. Desde luego no tiene ni el rigor ni la inteligencia de la que acabamos de comentar, pero si la cito aquí es porque me parece que esa curiosa mezcla de cine de época y de artes marciales puede interesar a la gente joven lo cual no deja de ser una virtud a la hora de que vean algo de “época” (y siempre y cuando no se llegue a convertir la propuesta en un vulgar vídeo juego).
 No es que justifique la trivialización (polémica eterna entre apocalípticos e integrados), no, sino que pienso que, a según qué niveles, las “mezclas” no son siempre del todo tóxicas y pueden despertar intereses que de otra manera quedarían totalmente dormidos. El argumento cuenta como en un pequeño pueblecito francés del siglo XVIII aparece un misterioso monstruo que devora sin piedad a los lugareños. Ante la incompetencia de las autoridades locales llega con intención de aclarar los hechos un emisario de Luis XV, Grégoire de Fronsac, proveniente de América (¡otros aires!) y acompañado de un hermano de fatigas que resulta ser un nativo americano ducho en artes marciales.
Lo delirante de la trama que fusiona muchos elementos difícilmente conciliables se suaviza por lo bien que refleja los entresijos de la reacción de los nobles –que como se verá tienen arte y parte en el mantenimiento del terror y el oscurantismo- en contraste con la figura del aristócrata ilustrado que narra los hechos en forma recuerdo y que está a punto de ser ajusticiado por la ira de las masas revolucionarias a pesar de sus bondades (ya se sabe que la sutiliza y la capacidad apreciativa nunca han sido un virtud de las masas).
Lo dicho: una película de entretenimiento sin los perfeccionismos estéticos e históricos de “Las amistades peligrosas”, pero válida para captar algunos entresijos que –con la excusa de una trama cuasi policíaca- explican determinadas posturas vitales del siglo XVIII.
La duquesa”:
Ofrece muchos más atractivos como película a pesar de que –desde mi punto de vista- se tiñe en algunos momentos de una visión “feminista” impropia de la época. Claro que narra la historia de una mujer y no de una mujer cualquiera sino la de Georgiana Cavendisch, la duquesa de Devonshire, pero me parece que la novela en la que se basa el guion, escrita Amanda Foreman, aprovecha las excepcionalidades del personaje para plantear una análisis del machismo imperante en el momento con unos ojos más bien actuales. En cualquier caso la película tiene muchas virtudes empezando por la excelente recreación de época, en este caso el siglo XVIII inglés, y una buena trama esta vez sí inspirada en hechos comprobadamente históricos.
Se nos muestra las intimidades de la alta nobleza, las curiosidades de un particular sistema de partidos políticos, la cotidianidad de las clases altas y las miserias de la protagonista, atrapada en los convencionalismos de su época contra los que intentó luchar sin demasiado éxito. En este sentido el film muestra un complejo mosaico que bien merece la pena ver.
Aquí, tanto como en “Las amistades peligrosas”, se augura un cambio de tiempo, una sociedad que se transforma. Ambas películas describen las limitaciones de una época que, sin embargo, fue lo suficientemente interesante y autocrítica como para crear los cimientos sobre los que nos movemos en la actualidad, sacando luz en donde primaba el oscurantismo. Si el siglo XVIII puso en marcha los cambios, el XIX los desarrolló de manera vertiginosa llegando a convertir el progreso en una deidad incuestionable. Incuestionable hasta que las barbaridades del siglo XX hicieron necesaria una profunda revisión surgiendo así el “posmodernismo” en el que todavía nos encontramos.
¿Hacia dónde nos dirigiremos?
Complicada pregunta cuya respuesta me gustaría conocer pero que, por desgracia, yo no tengo. Tendremos que leer los libros de Historia dentro de treinta años. Eso espero, al menos.
Notas:
(2) Sobre la guillotina (que fue increíblemente amortizada en la época del terror):
Sobre la vida y muerte de María Antonieta:
Sobre la muerte de Luis XVI:
Sobre la Revolución Francesa:
(3) La anécdota la cuenta Cyril Aydon en “Historia del Hombre”. Barcelona 2009.
(4) Sobre cine y la época de la Ilustración/Revolución francesa:
(5) Sobre las películas citadas:
Las amistades peligrosas” de Stephen Frears:
El pacto de los lobos” de Christophe Gans:
-“La duquesa” de Saul Dibb:

Bibliografia:
Asimov, Isaac. (1992). Cronología del Mundo. Barcelona: Ariel-Ciencia.
Aydon, Cyril. (2009). Historia del hombre. Barcelona: Planeta.
Balló, Jordi y Pérez, Xavier. (2012). La semilla inmortal: los argumentos universales en el cine. Barcelona: Anagrama
Blom, Philip. (2007). Encyclopédie: El triunfo de la razón en tiempos irracionales. Barcelona: Anagrama.
Boorstin, Daniel J. (2008). Los creadores. Barcelona: Crítica.
Boorstin, Daniel J. (2008). Los descubridores. Barcelona: Crítica.
Duby, Georges. (2007). Atlas histórico mundial. Barcelona: Larouse.
Finkielfraut, Alain. (2004). La derrota del pensamiento. Barcelona: Crítica.
Fusi, Juan Pablo. (2013). Breve historia del mundo contemporáneo. Barcelona: Círculo de lectores.
Hobsbawn, Eric. (2012). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
Küng, Hans. (1991). Una teología para el nuevo milenio. Barcelona: Círculo de lecto-res.
López Tossas, E. (1999). Síntesis de Historia universal: la humanidad en cien fechas claves. Barcelona: Península.
Martinelli, Franco. (1973). Historia de los Estados Unidos. Barcelona: De Vecchi.
Pagden, Anthony (2015). La Ilustración y por que sigue siendo importante para nosotros. Alianza.
Sasson, Donald. (2006). Cultura: El patrimonio común de los europeos. Barcelona: Crítica.
Varios autores. (1986). Gran Historia Universal. Tomos 18, 19,20 y 21. Barcelona: Club Internacional del libro / Madrid: Ediciones Nájera.
Varios autores. (2004). Historia de España. Tomos, 9, 10 y 11. Madrid: Espasa Calpe/ Biblioteca El Mundo.
Varios autores. (2007). Historia de España, tomo 16: El siglo de las reformas, la Ilustración. Madrid: EL PAIS.
Varios autores. (2004). Historia Universal, tomo 15: Los cambios de la Edad Moderna. Madrid: Madrid/Mediasat group/EL País.
Varios autores. (1973). Historia Universal, tomo 10: Revoluciones y luchas nacionales. Barcelona: Daimon.


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Texto: Javier Nebot

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