viernes, 22 de enero de 2021

Opinión personal (75): El siglo XVIII y su cultura en el cine (4).

 El siglo XVIII en el cine. 

El interés del cine por el siglo XVIII no ha sido lo que se dice muy entusiasta. 

Hay, desde luego, películas interesantes y varias de aventuras en plan Pimpinela Escarlata o corsarios enfebrecidos, pero –sin duda- otras épocas han recibido mucha mayor atención por parte del séptimo arte, hasta el punto, incluso, de que algunas de ellas han llegado a constituir todo un subgénero, como es el caso del cine de “romanos”, los famosos péplums, que gozaron del favor del público durante mucho tiempo (aunque realmente se trataría más de cine de aventuras,  de películas ambientadas en la antigüedad grecorromana que de algo digno de ser llamado cine histórico). 

Fotograma de la película Gladiator de Ridley Scott.

En cualquier caso, no es este el lugar para establecer límites a los géneros cinematográficos o disertar sobre ellos. El objetivo primordial de estos posts es referenciar algunos films que, por su calidad o por su interés específico, se puedan considerar “herramientas” interesantes, tanto cara a un conocimiento general del siglo como a la ilustración de algunas de sus obras literarias más notables. 

Para observar esa recreación de los modos de vida del siglo XVIII y algunos de sus acontecimientos históricos más relevantes nos centraremos en algunas películas realmente imprescindibles para el objetivo que nos ocupa, como son Barry Lyndon, Las amistades peligrosas, o Revolución, pero también veremos con un poco más de detenimiento algunos films menores como Pacto de lobos, El patriota o La duquesa, porque ilustran, desde muy diferentes ópticas, aspectos interesantes de la citada centuria. Además, antes de centrarnos en las películas mencionadas quisiera hacer referencia, siquiera someramente, a otras muchas que, sin duda, hubiesen merecido también un análisis detallado, pero que los limites propios y razonables de un acercamiento de este tipo no permiten.

Fotograma de Barry Lyndon de Stanley Kubrick.

Visión impresionista: selección películas para adentrarnos en el siglo XVIII.

De forma bastante general, se podría afirmar que tanto la Revolución Francesa como la gigantesca figura de Napoleón han sido los dos temas claves y predominantes en la cinematografía sobre el siglo XVIII. La primera porque ofrecía la posibilidad de narrar los hechos con un dramatismo exagerado, de buenos muy buenos y de malos muy malos (y eso siempre ha gustado mucho a algunos guionistas y productores hollywoodenses). 
El segundo porque la cinematografía estadounidense, medio luterana, medio judía, ha demostrado históricamente una gran predilección por los personajes fuertes, hechos a sí mismos que, contra viento y marea, eran capaces de escribir la historia (y Napoleón, en ese sentido, siempre dio la talla). Biopics, por lo tanto, podemos encontrar muchos, de muy diferente interés. 

Marlon Brandon como napoleón en Desireé, la amante de Napoleón (1954).

Hemos tenido que esperar a que surgiera una sensibilidad tan perfeccionista como la de Stanley Kubrick para encontrar una película -basada en una novela de W.M. Thackeray- de la que se pueda afirmar que, en casi todos sus aspectos y facetas, se respira una atmósfera dieciochesca (Barry Lyndon, 1975). Desde entonces, afortunadamente para los amantes del cine y de la historia, los films de alta calidad ambientados en el siglo XVIII, han sido muchos. Podemos señalar como recomendables, por unos u otros motivos (de muy diferente índole), las siguientes películas (excluyendo de esta relación las que analizaremos más adelante con cierto detalle): 

-Ambiente general del siglo

-“Adiós a la reina” (2012). Película dirigida por Beniot Jacquot, director francés que, como veremos más adelante, volvería a tocar el tema del siglo XVIII. 
En este largometraje nos cuenta la particular relación de la reina María Antonieta (Diane Kruger) con una de sus lectoras (Léa Seydoux). 
Fotograma de Adiós a la reina.

La historia se narra desde la perspectiva del batallón de cortesanos y criados que bailaban al son de los monarcas, manteniendo un sistema que estaba totalmente ajeno a la realidad del país. El director describe el –posible- ambiente del Palacio de Versalles justo antes de que los acontecimientos revolucionarios irrumpiesen total y definitivamente en la historia, acabando con una casta que ya daba muestras de su absoluta incapacidad rectora y, también, de su cobardía. 
Desconozco si la historia de lesbianismo real que cuenta (entre la reina y la duquesa de Polignac) tiene visos de verosimilitud, pero parece, en cualquier caso, que es un tic habitual en las películas recientes ubicadas en el contexto dieciochesco (La favorita y Retrato de una mujer en llamas, inciden también en ello (1)). 

Fotograma de Adiós a la reina

-“Belle” (2013). Film dirigido por Amma Asante, una directora de corta, pero interesante filmografía. La película, basada en hechos reales, nos narra la vida de Dido Elizabeth Belle (Mbatha Raw), hija ilegítima de un capitán de la armada británica (Matthew Goode) y una esclava africana, que fue educada por el tío abuelo del padre, Lord Mansfield (Tom Wilkinson) y su mujer (Emily Watson), en un contexto histórico bastante complejo –la Inglaterra, todavía esclavista, de finales del siglo XVIII-  y, lamentablemente, lleno de prejuicios (2).

Fotograma de Belle.

Retrato de Dido Elizabeth Belle, realizado por Johann Zoffany (1779).

-“Casanova, su último amor” (2019). Película dirigida por Benoit Jacquot, a cuyo film anterior, “Adiós a la reina”, ya me he referido unas líneas más arriba. En esta ocasión, el director francés nos introduce en el peculiar mundo del seductor por antonomasia, Giacomo Casanova (encarnado aquí por el actor Vincent Landon). La historia nos cuenta cómo el famoso libertino llegó a Londres porque estaba obligado a exiliarse debido a sus particulares “correrías” (sus múltiples seducciones y pendencias fueron su particular santo y seña y, ciertamente, dejó con ellas, por lo que se cuenta, muchas y profundas huellas). Allí conoció a una prostituta, Marianne de Charpillon (Stacy Martin), de la que  se quedó tan prendado que, incluso, pensó en renunciar por ella a las demás mujeres. 
La dama, por lo visto astuta y sagaz, se mostrará capaz de lidiar con Casanova y, además en su misma línea de juego, utilizando un arma común (y muy valorada en todo el siglo XVIII), la seducción.
Fotograma de Casanova, su último amor.

Fotograma de Casanova, su último amor.


La figura de Casanova ha seducido también a muchos cineastas, empezando por el barroco Federico Fellini. Quizás sería más oportuno situar los films sobre este personaje en la línea de los biopics, pero como su extraordinaria vida está plagada –quiero pensar- de licencias imaginativas y detalles asombrosos, me parece más oportuno ubicarlo en el apartado presente que en el de biografías, ya que sus andanzas (como en cierto sentido, aunque con otros matices, las del Marqués de Sade) reflejan un determinado estilo de vida, más que los hechos de una personalidad concreta (aunque la suya arrebate admiración y anhelos inconfesados a más de uno y de una). 

-“Casanova” (1976). El acercamiento de Fellini a la figura de Casanova es más un acercamiento por coincidencia de excesos que una verdadera recreación del mundo o de los parámetros del siglo XVIII, aunque este fuese, en muchos aspectos, ciertamente, un siglo excesivo. 
En este sentido, el mundo desbordante del proto-macho italiano, del latin lover por excelencia, coincide en buena medida con el gusto y la imaginación del director italiano (aunque parece ser que este director no sentía especial simpatía por Casanova). 
En cualquier caso, visto hoy en día, el Casanova de Fellini es un film -al menos para el que esto escribe- solo apto para los admiradores del particular imaginario felliniano. Eso sí, Donald Sutherland, soberbio. 
Federico Fellini charla con Donald Sutherland, durante el rodaje de Casanova.

-“Casanova” (2005), dirigido por Lasse Hallström, un director notable que, en esta ocasión, no se lució particularmente. Su película es una ilustración curiosa, sin más, de un mito que en estos tiempos empieza ya a quedar bastante desfasado. 

En el mismo año, la BBC realizó una miniserie, con David Tennant como protagonista, en la que la imagen del mito era más objeto de burla y sátira, más o menos velada, que de sincera admiración. 


-Continuará-

Notas.
(1) Siglo reivindicador de los placeres y de todo tipo de frivolidades (más o menos refinadas, o más o menos vulgares). De los perritos de compañía de damas aburridas y deseosas de consuelo a las exquisiteces y excentricidades del Marqués de Sade hay un largo recorrido de “gustitos” a resolver. Es curioso el análisis de la feminización del siglo XVIII, realizado por Elizabeth Badinter en XY, la identidad masculina (1993). 

(2) El esclavismo, con su horripilante mercado de seres humanos, fue una actividad tristemente lucrativa que supuso la fortuna de muchas ciudades (Nantes y Burdeos, por poner un ejemplo) y que, como bien sabemos, costó mucho erradicar, motivando incluso, a mediados del siglo XIX la guerra civil norteamericana.

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Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
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miércoles, 20 de enero de 2021

Pintores de hoy (185): Cecil Kennedy (Gran Bretaña, 1905-1997)

 Cecil Kennedy (1905-1997)

 Cecil Kennedy, hijo del pintor paisajista Thomas Robert Kennedy, mostró interés por la pintura desde muy joven. Al inicio de su carrera se centró en el retrato y se convirtió en un miembro prominente de la Escuela Contemporánea Inglesa. Eso no le impidió seguir estudiando y perfeccionando sus habilidades artísticas ni tampoco viajar por Europa junto algunos de sus compañeros, entre ellos el artista holandés Nico Jungmann.

A mediados de los veinte años, Cecil ya había expuesto obras en la Royal Academy, la Royal Hibernian Academy, la Royal Scottish Academy. 

Posteriormente, sería galardonado con una Medalla de Plata en el Salón de París de 1956 y en el de 1970 con una Medalla de Oro.

Se casó a principios de los años treinta con Winifred Aves, quien se dedicaba profesionalmente a crear composiciones florales. 

Sus arreglos creativos fueron una gran fuente de inspiración para las pinturas de Cecil, recreando con detalle y mimo la belleza de muchas las flores y plantas inglesas. 
Durante la Segunda Guerra Mundial, Cecil Kennedy fue enviado a Bélgica y allí, concretamente en Amberes, decidió abrazar los estilos y técnicas de los antiguos pintores maestros flamencos y holandeses. 

El trabajo de Cecil Kennedy fue muy apreciado dentro de la familia real. La reina María, esposa del rey Jorge V, fue una gran admiradora de toda su obra. 

Sus pinturas siguen siendo muy populares hoy en día, especialmente entre los coleccionistas de bodegones. Se pueden encontrar dentro de las mejores colecciones de todo el mundo, tanto corporativas como privadas.
















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lunes, 18 de enero de 2021

Opinión personal (74): El siglo XVIII y su cultura en el cine (3).

 Historia y cine.

He referido hasta ahora algunas líneas, muy generales (pero fundamentales) que caracterizaron el siglo XVIII. Soy plenamente consciente, insisto, de la imposibilidad de resumir todos los elementos claves de dicha centuria dada la abundancia de los mismos a todos los niveles; remito, por lo tanto, al lector interesado en profundizar en estos temas, a consultar algunos de los numerosísimos estudios que hay sobre los tiempos modernos, en su mayoría de gran calidad y que algunos de ellos podrá encontrar referidos en la bibliografía que se publicará al final de esta serie de posts (1).

El libertino o La orgía. William Hogarth (1697-1764).

 Ya he tenido oportunidad, en otras entradas de este blog, de reflexionar sobre el cine como medio de recreación histórica.  Repito algunas de esas consideraciones porque sigo pensando que –hoy por hoy-  el cine es una herramienta muy útil y complementaria de visualización del pasado y de recreación de la historia. Quédense tranquilos: No voy a hacer aquí una apología de una unión entre historia y cine, que sé claramente que es imposible. Quede claro desde el principio que para el que esto escribe, la historia es historia, la literatura, literatura y el cine, cine. Aunque éste se ha servido en múltiples ocasiones de la historia como fuente de argumentos e ideas (2), nunca –creo- ha tenido la pretensión de dar “lecciones” de Historia (aunque manipularla, lo ha intentado, sin duda) y desde luego no seré yo quien lo pretenda. La Historia busca y escudriña, bajo toneladas de tierra y polvo, las huellas del pasado con la clara intención de sacarlo a la luz de la forma más precisa posible. Es igual que desentierre ruinas o que descifre tablillas y pergaminos: siempre tratará de ajustarse a la veracidad de las “pruebas”. Lo que no sea académica o científicamente verificable no será “Historia” (con mayúscula). Se impone una lógica de método y la historia tiene los suyos (cada vez más rigurosos y científicos, alejados de las “epopeyas” cuasi literarias de antaño). El cine pretende contar historias con un lenguaje indiscutiblemente propio, visual, que casi siempre busca en su narrativa la espectacularidad (como arte de masas que es). En este sentido nunca ha tenido reparos en modificar datos o circunstancias si, finalmente, consigue con ello atrapar el corazón o la imaginación del espectador (que es algo sin duda esencial y artístico, pero no histórico ni científico). Aquí no se trata de precisión sino de “arte” o, más modesta y habitualmente, de entretenimiento

CineHistoria – Cine e Historia en el aula

Historia y Cine (rediris.es)

Desde mi punto de vista, creo que tanto historia y cine, y sin duda también la literatura -la gran experta en amalgamar realidad y fantasía-, pueden desarrollar algo realmente extraordinario: recrear atmósferas. Revivir el pasado en su ambiente de forma que el lector o el espectador puedan hacer un viaje en el tiempo con ciertos visos de verosimilitud y con posibilidades reales y efectivas de aprender algo del pasado al que se asoma. Hay historiadores que aburren mucho pero, a Dios gracias, los hay también que son capaces de subyugar con su conocimiento y su capacidad de trasladarnos a un pasado que describen con datos, precisión y con talentosas intuiciones y especulaciones. Con amenidad y exactitud consiguen transmitirnos pasión por conocer la Historia. Hay literatos que consiguen introducirnos en la realidad factual y emocional de una época (y en eso el siglo XVIII fue pionero) con tal habilidad y arte que nos permiten sentir y comprender situaciones y vivencias que ni siquiera podríamos imaginar si no fuese porque ellos lo hicieron antes por nosotros, aunque también los haya, desde luego, autores de verdaderos “pestiños” (pero preferimos recordar a quienes estimularon nuestro afán de conocer y disfrutar). Hay cineastas que, cuando se acercan a la Historia, producen sarpullidos hasta en los espectadores más curtidos debido a las penosas puestas en escena o a sus patéticas pretensiones de historicidad, pero los hay también que consiguen arrastrarnos a unos ambientes que respiran autenticidad (aunque el espectador ilustrado pueda detectar en ocasiones “fallos” en la historia que narran o aunque la imaginación y no los hechos sean claramente el motor de esa historia concreta). Es más que probable que si el cine pretendiese hacer historia el resultado fuese un documental (3), más o menos interesante, pero seguro que sin el “alma” de espectáculo, que es precisamente, la que consigue que podamos hablar en ocasiones de arte en el cine. 

Portada del libro de Marc Ferro, El cine, una visión de la historia.

Igualmente, no podemos negar que muchas veces encontramos más “realidad” en una obra literaria que en un libro de historia y que si la historia pretendiese “enganchar” al aficionado con artes menos “científicas”, más de un docto se revolvería en su tumba o caeríamos en una trivialización que nos alejaría del rigor imprescindible. Es la increíble dinámica de las ciencias humanas: los límites no son fijos ni necesariamente férreos (aunque el cientifismo actual, heredero del que se inició en el siglo XVIII, hace a veces estragos con las exigencias acotamiento de las áreas del saber). Dejemos, pues, al cine ser cine, a la literatura, literatura y a la historia, historia. Ojos diferentes para cada uno, pero siendo capaces de disfrutar cuando encontramos en cada uno de ellos lo que muchos queremos: sentir que el pasado resucita, “revivir” lo que pudo ser y gozar de esos breves instantes en los que uno puede pasearse por mundos e historias que de otro modo serían poco más que polvo (y sin olvidar tampoco que las películas de tema “actual” serán un testimonio histórico de la manera de vivir de nuestra época en un futuro no muy lejano). Antes de referir, en las siguientes entradas, las películas más significativas sobre el siglo XVIII y sus principales obras literarias, quisiera mencionar cómo la sensibilidad hacia el detalle de muchos espectadores actuales ha propiciado, afortunadamente, un profundo cambio estético en el llamado cine “histórico” o de “época. Poco o nada tiene que ver un “péplum” de los años sesenta, en donde la falta de inteligencia iba acorde al tamaño de los músculos de los héroes protagonistas, con una película de argumento histórico de los últimos veinticinco años.

La alargada sombra del péplum histórico | El Cultural

Steve Reeves, luciendo musculitos en "La batalla de Marathon" (1959)  Péplum o cómo un trozo de tela cambió la historia del cine (fotogramas.es)

Hoy en día la exigencia de verosimilitud por parte del espectador ha obligado a productores y directores a esforzarse mucho para encontrar ese “toque” de calidad que otorgue credibilidad a lo que se nos cuenta en pantalla. El gran cine requiere hoy del consejo y asesoramiento de grandes profesionales de la historia y suele contar en ocasiones con ellos (Robin Lane Fox sería un ejemplo paradigmático (4)). Es evidente que no todos los espectadores que van a ver una película de ambientación histórica o que compran una serie de tema histórico esperan recibir una “lección de Historia”, pero de lo que se trata –creo- es intentar conseguir que, al que sí le interese la Historia, pueda encontrar algunas películas que le ilustren y le hagan disfrutar al ver encarnados ambientes, personajes y situaciones que, por un momento, den vida al pasado de manera certera. 

Y eso, afortunadamente, si se ha logrado.

Fotograma de Las amistades peligrosas. de Stephen Frears (1988).

-Continuará-
Notas.
(1) En la bibliografía se referirán las obras consultadas de forma global y especifica. Aun así, quisiera señalar aquí que el periódico EL PAIS publicó, en colaboración con la Editorial Salvat, una interesante “Historia Universal” muy accesible al lector medio. En sus tomos 16 al 20 analiza, a través de diversos especialistas, el periodo comprendido entre la Revolución francesa y el final de siglo XX. Su lectura es recomendable para quienes quieran acercarse por primera vez a los entresijos de este periodo histórico. Desde luego, como es lógico, hay infinidad de buenas enciclopedias históricas. Para estos posts también he consultado “Gran Historia Universal, publicada por el Club internacional del Libro hace ya unos cuantos años pero que, al estar escrita por especialistas solventes de diferentes universidades españolas, mantiene todavía su interés. También, manteniendo una visión muy general y pensando más en los neófitos que en los estudiosos, Isaac Asimov ofrece una amena y de muy fácil lectura visión histórica global en su Cronología del mundo (quizá demasiado fácil, pero puede valer para una primera toma de contacto con el mundo de la Historia). Por descontado, la bibliografía específica es inmensa y el lector interesado podrá encontrar en ella libros de prácticamente cualquier aspecto que se le ocurra relacionados con los avatares del periodo histórico que abordamos.

(2) Jordi Balló y Xavier Pérez efectúan un buen análisis de los argumentos universales en el cine en su obra La semilla inmortal (Anagrama 2011). Mitos, leyendas, y todo tipo de ficciones han alimentado la insaciable sed de historias del cine. También allí se pueden rastrear retazos de Historia. La revista virtual METAKINEMA ofrece interesantes aportaciones al maridaje cine e historia. 

(3) Hay documentales realmente excelentes. La BBC, principalmente, parece producirlos con especial encanto y talento. Civilización de Kenneth Clark o En busca de Troya de Michael Wood son solo dos ejemplos de otros muchos que avalan una tradición de reconocido prestigio. También en USA los documentales de Canal Historia realizan una tarea de divulgación digna de ser tenida en cuenta. No parece que en España brille todavía por una labor similar salvo algunas contadas y puntuales excepciones. Algunas referencias en internet: 

(4) Robin Lane Fox (1946) es un historiador y académico inglés, que ejerce de profesor titular en la Universidad de Oxford, enseñando Historia Antigua. Ha escrito numerosos libros y artículos referidos al mundo clásico, incluyendo: Alexander the Great (Alejandro Magno, biografía más vendida del macedonio) Pagans and Christians (Paganos y cristianos) The Unauthorized Version: Truth and Fiction in the Bible (La versión no autorizada: verdad y ficción en la Biblia) The Classical World: An Epic History from Homer to Hadrian (El mundo clásico: una historia épica desde Homero hasta Adriano). Fue el asesor histórico de la película Alejandro Magno, de Oliver Stone, en donde además trabajó como extra haciendo de un hetairoi en la Batalla de Gaugamela. Para ello tuvo que renunciar a que se le citara como extra en los créditos del film con las palabras Introducing Robin Lane Fox (presentando a Robin Lane Fox). 
Referencia obtenida en Wikipedía: http://es.wikipedia.org/wiki/Robin_Lane_Fox

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viernes, 15 de enero de 2021

Opinión personal (73): El siglo XVIII y su cultura en el cine (2).

 El siglo XVIII, un siglo de luces y sombras.

El alcázar de Madrid, a mediados del siglo XVIII.

 Si el Renacimiento derribó las pautas sociales y culturales propias de la Edad Media (al menos dentro del contexto europeo), la Ilustración y los movimientos derivados de la misma supusieron el ocaso de las estructuras y modos de hacer propios del Antiguo Régimen. El siglo XVIII (conocido por todos, comúnmente, como el Siglo de las luces) vivió la germinación y el desarrollo de una serie de ideales y planteamientos que, aun siendo puramente europeos, implicaron el definitivo derrumbe del mundo antiguo (o estamental) y el inicio de una modernidad que afectaría radicalmente a todo el planeta. 

Boucher. La pesca.

Se puso en marcha, por muchos y muy complejos motivos, una nueva cosmovisión

Una cosmovisión que modificó la manera de entender la vida y la realidad, no solo en la civilización occidental, sino también en todos los países del mundo (aunque gradualmente y a diferentes niveles). Resulta evidente, por poco que se explore (1), que tales cambios no fueron el esfuerzo heroico de una única persona (aunque las hubo brillantes y destacadas) ni tampoco el logro colectivo de un único pueblo (aunque Francia sobresaliese especialmente). 

En el incendio cultural que se inició en occidente en el siglo XVIII fueron muchos los que prendieron las llamas y muchos más los que avivaron el fuego

Delacroix, La libertad guiando al pueblo.

Con todo, si somos justos (y aunque se nos acuse por ello de euro centristas (2)) tenemos que reconocer que la inmensa mayoría de los “pirómanos” procedieron del entorno europeo, incluyendo también en él, a los efectos que nos ocupa, a los estadounidenses, “hijos” sin duda de la cultura europea. De ahí la importancia y la necesidad de centrarnos en los hechos históricos que acaecieron en nuestro contexto socio-geográfico ya que tuvieron una trascendencia global insospechada e inesperada y sus repercusiones supusieron un nuevo e inusitado peso de las potencias europeas a nivel mundial (sin negar por ello la importancia de otros hechos históricos coincidentes en el tiempo y que fueron social y culturalmente relevantes en otros ámbitos geográficos (3)). 

Fueron las ideas de los pensadores dieciochescos, pero también las realidades –incontrovertibles- que acaecieron en Europa en esa época, las que marcarían indeleblemente la sociedad actual, tanto porque dichos cambios y avances contribuyeron a la transformación de los parámetros sociopolíticos e intelectuales vigentes (adiós al Ancien Regimen) como porque de su evolución y de su paulatino desarrollo (a veces traumático y revolucionario) surgiría el mundo en el que nos movemos hoy y al que tiende (sin duda con traspiés y algunos rechazos explícitos) casi todo el planeta. 

Cesare Auguste Detti.

Desde luego, resumir un siglo –sea el que sea- es tarea ímproba, sino imposible

 Cualquier esbozo histórico resulta siempre tendencioso (4) porque implica decidir previamente las líneas maestras a remarcar y obliga a dejar fuera otras muchas líneas posibles y reales, que tuvieron también un peso efectivo en la construcción y desarrollo de la historia. Ese proceso elimina del relato, necesaria y tristemente, elementos, hechos y personas, que, casi con toda seguridad, serían igual de esenciales que los que se destacan como de primera línea. En cualquier caso, tenemos que reconocer que en el imaginario común (equivocado o no, amplio o escueto) priman aspectos generales, imágenes e ideas, que nos permiten visualizar cada época con unos rasgos más o menos reconocibles para la inmensa mayoría; una particular iconografía que nos ayuda a situar y a situarnos. 

En este sentido, el siglo XVIII se reconoce fácilmente como el siglo de las pelucas empolvadas, el de los miriñaques enormes y los corsés estranguladores; es el de la frivolidad permanente, con sus dandis y petimetres feminizados, pero también –¡a Dios gracias!- se le puede reconocer como el siglo de la razón y la filosofía, el de la música barroca, el de la Ilustración y el ansia de saber (“¡sapere aude!”), el de las revoluciones y la luchas constantes por los nuevos derechos. 

Es evidente que muchas de las ideas que triunfaron en el siglo XVIII ya estaban formadas en el siglo anterior (rara vez se producen adanismos en el historia). 

Federico el Grande tocando la flauta en Sanssouci. 1850.
Cuadro de Adolf  F. Von Menzel.

Seguramente, uno de los méritos del siglo XVIII fue el haber transmitido y actualizado algunos de los logros anteriores, desarrollándolos en su máxima potencialidad, hasta el punto de que el rostro actual del mundo contemporáneo puede reconocerse ya, aunque sea en boceto, en los anhelos y luchas del XVIII. La nueva mentalidad que surgió en este siglo supuso un completo cambio de paradigma. 

Las ciencias y la forma científica de enfocar la realidad redujeron la importancia que tuvieron hasta ese momento la religión y la superstición a la hora de interpretar el mundo y todo lo que en él sucedía (5). Esa sensación de que el ser humano podía aprender y comprender constantemente y casi sin límite llenó de satisfacción al hombre (y también a las mujeres, no lo duden) del siglo XVIII. Percibían que, gracias a sus capacidades, cada vez que miraban en una dirección, eran capaces de hacer desaparecer la oscuridad y dar luz a todo lo que antes eran tinieblas, de ahí el lugar común de “siglo de las luces, ya antes mencionado. 

Jean-François De Troy. Lectura de Moliere

Empezó a surgir una inusitada fe en el continuo progreso de la humanidad, en su capacidad de avanzar hacia “estados superiores” de civilización (que -lado oscuro innegable- llevarían al siglo XIX a una prepotencia civilizatoria cuyas penosas consecuencias todavía se sufren hoy) (6). Esta nueva fe en el progreso hizo que muchos individuos viesen el pasado, con desprecio; más como un lastre que como un trampolín hacia el futuro. Se rechazaron indiscriminadamente muchos de los saberes y de las creencias de antaño, en un afán desconocido hasta entonces de hacer tabla rasa. Cambió el lenguaje y la retórica (7). Al hablar con desdén de la antigüedad se habló con algo más que hostilidad en contra de la religión (especialmente contra el catolicismo) porque se consideraba que ésta se basaba y justificaba en supersticiones que debían erradicarse. Los elementos que hasta entonces habían limitado y castrado el pensamiento (autoridad y religión) se vieron como enemigos a abatir. Se divinizó a la razón hasta límites que llegaron a producir, hacia finales del siglo, hartazgo y reacción (8). 

Grabado decimonónico de una procesión con la Diosa de la Razón.

Desde luego, con todo, hay motivos para el orgullo en el settechento. La ciencia avanzó extraordinariamente y la técnica le siguió fielmente los pasos. Se produjeron grandes avances en la tecnología militar y naval. En Inglaterra (que se convertiría Gran Bretaña también en este siglo) se inició lo que sería una revolución económica y social determinante y global, la industrial. Tal y como he mencionado antes, muchos de los descubrimientos y adelantos que se produjeron en el siglo XVIII tuvieron una localización precisa: Francia (aunque, ciertamente, Inglaterra no le iba a la zaga). Fue en este siglo cuando Europa se puso al frente del mundo (hasta entonces existió un relativo equilibrio “civilizatorio”) (9). 

Los europeos, con su afán exploratorio y conquistador, e imbuidos de superioridad moral y técnica, salieron vencedores en el “ajedrez” mundial.

A nivel interno fueron perfeccionando la mecánica y administración de su organización social y política (a veces a trompicones). El auge de una nueva clase social, la burguesía, tuvo un peso específico enorme, convirtiéndose muchas veces en el motor de los cambios. En cualquier caso, no se puede hablar para nada de Europa como un ente único (eso, como sabemos, costaría un par de siglos más), pero sí se observan rasgos comunes (religión cristiana, creciente racionalismo, planteamientos jurídicos similares, una estética común etc.) que hacen de los europeos una entidad particular y reconocible. Además, imbuidos de una fe mesiánica (y proselitista) en sus capacidades y logros, superaron rápidamente a las antaño avanzadas civilizaciones asiáticas (10)

Ese espíritu de avance y superioridad se plasmó también en un afán de expansión y conquista por todo el planeta. La potencias europeas se disputaron el mundo sin ningún pudor (aunque los excesos y aberraciones del colonialismo se desarrollarían todavía más, si cabe en el s. XIX) y se pelearon por él y entre sí en todos los continentes. Es en este siglo cuando se puede empezar a hablar con propiedad de “política mundial”. 

Evidentemente, no todo fueron guerras. 

Hubo comunidades europeas que se desarrollaron –muy bien- fuera de Europa. Tanto que, incluso, una de ellas, tomó conciencia de su individualidad y decidió soltar amarras de su metrópoli. Surgieron los Estados Unidos de América que no tardarían demasiado en demostrar su pujanza y poderío y en rivalizar con los estados y reinos de la vieja Europa. Su nacimiento como estado independiente supuso un verdadero shock en la época y una inesperada revolución social y geo-estratégica de amplias repercusiones (como veremos más adelante con un poco más de detalle).

Libro divulgativo de Isacc Asimov.

Con todo, un siglo tan resplandeciente y “ligero(11) en tantos aspectos no quiso despedirse de la manera amable y frívola con la que vivió durante muchas décadas. De la porcelana de Sevrés y las cajitas de rapé se pasó, en virtud del hartazgo y por la sed acumulada de justicia, a la guillotina y al corte de cabezas, con o sin pelucas. 
La revolución francesa puso el broche final y sangriento –aunque, probablemente, necesario-, a todos los movimientos de cambio que hemos descrito hasta ahora. Su triunfo –con altibajos- cambió el mundo y posibilitó la Era Contemporánea.

Jean Pierre Houël. El asalto a la bastilla.

-Continuará-

Notas.
(1) La batalla por el sentido y la narrativa de la historia ha sido larga y compleja y se ha desarrollado, históricamente, durante mucho tiempo, aunque sobre todo en los últimos tres siglos. Durante el siglo XIX proliferaron las perspectivas providencialistas en las que se ensalzaban las figuras de determinados prohombres o las virtudes y “destinos” de ciertos pueblos y naciones (especialmente los de aquellos que se atribuyeron la misión de re-civilizar el mundo en función de sus criterios, valores y derechos “universales”). El revisionismo intelectual del pasado siglo XX supuso asumir perspectivas más amplias y dinamitar, en nombre de ellas, todo lo anterior. En la actualidad, superados algunos extremismos ideológicos, tanto de la derecha como de la izquierda, los historiadores optan por visiones más holísticas que dan voz a todo tipo de actores de la historia, antes injustamente olvidados, y evitan –mayoritariamente- colocarse en ópticas reduccionistas. 

(2) Uno de los tics que han permanecido, debido a la ola posmoderna imperante, es cuestionar y denigrar al historiador que no comparta criterios con epítetos que lo identifiquen como retrógrado o reduccionista. Uno de los que más éxito ha tenido es descalificar con el término de euro-centrista. Si bien es verdad que se han producido visiones históricas excesivamente marcadas por la soberbia nacionalista y “civilizatoria” (hasta extremos patéticos y ridículos vistos con los ojos de hoy), también es cierto que hace ya más de cuarenta años que la mayoría de los historiadores abogan por perspectivas mucho más amplias e integradoras, realmente multifacéticas que, con todo, NO impiden reconocer la realidad ni la importancia objetiva de determinados hechos. 

(3) Autores actuales como Peter Frankopan, David Abulafia, Peter Watson, Norman Davies, Ian Kershaw y muchos otros son un ejemplo de como la historia puede abarcar infinidad de matices y ámbitos de gran magnitud sin renunciar por ello a un relato significativo, inclusivo y contrastado desde ópticas diferentes, pero complementarias. En cualquier caso, esa nueva actitud holística no debería quitar la posibilidad de contar las historias locales, nacionales o continentales, incluso. La tendencia a una visión global debería ser una parte más del deseo de entender y conocer el pasado, no una excusa para criminalizar visiones más concretas o cercanas. 

(4) Como he referido en las notas anteriores, hoy, de forma todavía más intensa que antaño, se multiplican y desarrollan numerosos puntos de vista. Hay “historias” de la intimidad, de las mujeres, de los pueblos oprimidos, de las naciones que no llegaron a serlo, de todas y cada una de las ciencias y artes, de los ortodoxos y de los heterodoxos, de la inteligencia y de la estupidez y, prácticamente, de casi todo lo que usted pueda imaginar. Para ello, en todas y cada una de ellas, sus autores han tenido que cribar y, necesariamente, seleccionar, aquello que desde su punto de vista y desde las pretensiones de sus enfoques han considerado relevante y digno de reseñar. Los lectores, en última instancia, construyen también su particular visión seleccionando y aceptando todo aquello que, en justicia y en función de sus particulares sesgos cognitivos, consideran relevante y prioritario. La historia es objetiva en muchos aspectos, desde luego, pero parte de ella se elabora en la mente de quienes la escriben y en la de quienes la estudian o leen, reactualizándose constantemente con nuevos datos y diferentes matices. 

(5) Desde el nacimiento de la psicología arquetípica y desde el interés antropológico por conocer y profundizar en las formas de entender la vida de las civilizaciones del pasado, se han realizado estudios diversos de gran profundidad y relevancia. Jung y sus seguidores de la Escuela de Eranos dieron pasos en ese deseo de entendimiento y descubrieron que tras los mitos de antaño y las religiones se ocultaban formas profundas y simbólicas de entender la realidad y no meras supersticiones. Joseph Campbell, Maríja Gimbutas o Walter Burkert investigaron desde líneas antropológicas en el camino abierto por Sir James Frazer. Más recientemente pensadores como Patrick Harpur, Richard Tarnas o Juan Arnau, en cierta forma desarrolladores del pensamiento de James Hillmann, aunque vinculándolo a la filosofía y a la literatura, insisten en la tesis de que, a pesar del rechazo ilustrado hacia un pasado que consideraban oscuro y lleno de errores, había en éste altas dosis de inteligencia, de sabiduría y formas muy diferentes de entender y expresar la realidad. 

(6) La palabra “civilización” se desarrolló extraordinariamente en el contexto intelectual del siglo XVIII e hizo eclosión en el siglo XIX. Por desgracia y lamentablemente, este término se asoció en el ámbito occidental con cierto darwinismo social y adquirió una insolencia y unos aires de superioridad que tuvieron consecuencias nefastas para demasiados países al imponer un imperialismo económico e ideológico atroz en casi todo el planeta. Buena parte de los odios y resentimientos que se viven en la actualidad provienen de esa errónea pretensión de superioridad de la civilización occidental sobre las demás, una superioridad basada –sobre todo y aunque hoy se olvide muchas veces- en el deslumbramiento de su ciencia y de su técnica, mucho más que en la calidad de sus propuestas morales (aunque ciertamente las hubo y de peso). 

(7) La fe dieciochesca en el progreso constante y en las virtudes de la razón fue, vista con ojos actuales, sorprendente y de intensidad casi religiosa. Tal auto-percepción cambio, desde luego, el discurso filosófico y con él, el político y social. Son muchos los historiadores que han resaltado el cambio de lenguaje y de retórica. Arnold Hauser incide en su Historia social de la literatura y el arte (t.II) en cómo la cultura experimentó cambios expresivos que dejaron atrás los modos barrocos, pasando a expresiones más “ligeras” en lo visual y decorativo (rococó) y más intimistas y “populares” en los ámbitos literarios. Además el surgimiento de un nuevo tipo de público, eminentemente pequeño-burgués, supuso una alteración de los intereses y necesidades culturales. Philip Blom, tanto en Enciclopedie como en Gente peligrosa, nos cuenta el tipo de ambiente y de personas que, con nuevas aspiraciones y nuevas retóricas, se tomaron muy a pecho cambiar su época y también la historia. 

(8) Los excesos del racionalismo tuvieron como reacción los excesos de la emoción, ejemplificada por los románticos (particularmente alemanes, pero también ingleses). Los “monstruos” de la razón, crearon otros de índole opuesta. Al igualitarismo se le opuso la identidad; al estatalismo frio y legalista, el nacionalismo y el arraigo visceral a la tierra; a la moderación y frialdad “clásicas”, la pasión y efervescencia románticos. El pulso mentalidad francesa versus mentalidad alemana, iniciado en el siglo XVIII, sigue todavía vigente. 

(9) El historiador francés Marc Fumaroli, tristemente fallecido en 2020, ha analizado en profundidad el impacto francés en la cultura europea del XVIII, especialmente en sus libros La diplomacia del ingenio (2011), La República de las letras (2013) y Cuando Europa hablaba francés (2015).
La cultura francesa y su afán de entender y mejorar el mundo, unida al espíritu industrial y mercantil inglés, fueron las dos fuerzas motrices (España, lamentablemente, hacía tiempo que estaba en declive y la monarquía borbónica no supo –o no pudo- cambiar ese ocaso) que iniciaron la transformación del mundo, uniendo afanes y urgencias económicas a una convicción irreductible de superioridad que justificaba en su destino histórico como líderes el mundo. 

(10) La visión marxista (y negativa) sobre las civilizaciones asiáticas no existía todavía, lógicamente (se formularia a mediados del XIX), pero los exploradores del siglo XVIII ya intuían que Oriente daba signos de agotamiento. Las diferentes Compañías que se establecieron en la India no tardaron demasiado en apropiarse del subcontinente y, desde allí, abordaron a los reinos del sudeste asiático. Poco después, China sería objetivo europeo y la antes poderosa potencia fue también víctima de las ansias expansionista europeas. Solo Japón resistió el embate hasta casi finales del siglo XIX. En cualquier caso, historiadores como Peter Frankopan y Michael Scott o Felipe Fernández-Armesto, han señalado en diversas obras como el diálogo oriente/occidente no siempre giró a favor de occidente. Solo bien entrado el siglo XVIII fue cuando éste se materializó en la supremacía occidental que se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días. 

(11) El filósofo francés Gilles Lipovetsky ha remarcado la “ligereza” de la modernidad. En su obra De la ligereza (Anagrama, 2015) señala cómo “este programa empieza su aventura filosófica en los siglos XVII y XVIII. Cabalga a lomos de la fe en la Razón científica, moral y política. Se ponen las máximas esperanzas en la acción revolucionaria, pero también en los progresos tecno científicos que permitirán alcanzar una vida mejor, mitigar el apremio de las necesidades, eliminar el peso asfixiante de la pobreza y el sufrimiento” (p.25). 

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martes, 12 de enero de 2021

Opinión personal (72): El siglo XVIII y su cultura en el cine (1).

 La iconografía del siglo XVIII y su imagen cultural y social han quedado reflejadas en las mentes actuales a través de sus innumerables obras artísticas y arquitectónicas, de su literatura y de su música, pero, también -y quizás incluso mayoritariamente- a través del cine. El poder configurador de ideas del séptimo arte es realmente digno de tenerse en cuenta porque muy buena parte de nuestra memoria actual y de nuestra forma de asimilar conocimientos es visual y porque pocas artes como las cinematográficas han demostrado tener tan extraordinaria capacidad para moldear mentes y desarrollar tendencias, para crear opiniones y forjar sentimientos.

La familia de Felipe V. Louis Michel Van Loo. Museo del Prado.

 Muchos de nuestros usos y costumbres proceden del cine. 

Nos gustaría enamorarnos como vemos en las pantallas y vivir de forma tan intensa y aguerrida como se vive en muchas películas. Sin duda, y aunque necesitamos historias, la realidad es otra cosa. Pero muchas realidades del pasado, que dejaron de existir hace mucho, mucho tiempo, nos resultan accesibles y cercanas, tanto por las “huellas” que han dejado -tal y como he mencionado al principio de estas líneas- como por su tratamiento en el celuloide. El mundo romano o el medieval, el siglo de las luces o el turbulento y apasionante siglo XIX han atraído –con mayor o menor fortuna- a cineastas de todo tipo y constituido, por méritos propios, todo un género, el del cine histórico. 

Un género que, si bien en sus inicios se acercaba mucho más al cine de aventuras que a lo que podríamos considerar verdadero cine histórico, ha producido también obras maravillosas que transmiten ambientes e historias con un grado de credibilidad admirable y que nos trasladan cómodamente a un pasado que, quizás, de otra manera, la inmensa mayoría de la gente no conocería. 

Reconozcámoslo: Son muchos los que conocen la Revolución Francesa o la Americana, la historia de María Antonieta o la de Luis XVI, más por los films que han visto en el cine o la televisión que porque hayan cogido un libro de historia (con todas las excepciones que se quiera). 

En este sentido con este y con los siguientes post que le seguirán pretendo repasar, siquiera se de una forma breve -aunque confío en que efectiva y a ser posible amena- la imagen que nos ha transmitido el cine del siglo XVIII y de algunas de sus obras literarias más emblemáticas, esbozando algunas líneas maestras que permitan al interesado, más adelante quizás, profundizar en el tema.

Fotograma de la película María Antonieta, de la directora Sofia Coppola.

Fotograma de la serie "Harlots"

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