martes, 16 de agosto de 2022

Opinión personal (102). La Edad Media en el cine (14). "El nombre de la rosa" (1986).

 -La lucha por el poder…también en la Iglesia. 

El nombre de la rosa”, Jean-Jacques Annaud (1986).


Hablar de la Iglesia medieval es hablar, inevitablemente, de la historia de Europa. 
Su poder fue tal, en el más amplio de los sentidos, que configuró -les guste o no a muchos hoy en día- la realidad sociopolítica del continente durante siglos y contribuyó a forjar el sistema de creencias y valores que empaparon la realidad vital de todos sus habitantes. 
 La salvación de las almas no podía desligarse en absoluto del vivir cotidiano. 
Hoy, desde la mentalidad desacralizada occidental, puede parecernos un absurdo ontológico, pero en el Medievo lo absurdo –y muy peligroso en muchos sentidos- era estar fuera del paradigma religioso y aventurarse a vivir lejos del manto protector de la Iglesia y de los creyentes. 
La relación con la misma fue variando, ciertamente, a lo largo de los siglos. 
Nunca fue algo tan monolítico como se nos ha querido presentar durante mucho tiempo. 
 De la dependencia y compenetración inicial con el poder –heredada de la institucionalización de la Iglesia como religión única del Imperio romano- se fue pasando paulatinamente a diferentes etapas de convivencia y, como en toda convivencia, surgieron problemas y conflictos que hicieron que esta no fuese siempre ni fácil ni placentera. 
Combinar la Ciudad de Dios con la Ciudad pagana resultó una tarea exigente y complicada. 
La abordaron grandes líderes…pero también figuras controvertidas y discutidas (incluso en su propia época). 
No es este el lugar, evidentemente, para hacer un repaso siquiera breve de la historia de la Iglesia y de sus aportaciones al surgimiento y desarrollo de Europa o a los conflictos sociales y políticos que se generaron en la constante lucha de cosmovisiones diferentes: Remito para ello a especialistas como de la talla de Peter Brown, Christopher Dawson o Mayke de Jong, entre otros muchos de gran saber y peso intelectual (1). 


Aquí si podemos constatar que el cine, lejos de mostrar el importante papel socio cultural de la Iglesia, ha preferido insistir en los aspectos más rígidos e intransigentes de su historia: películas sobre procesos inquisitoriales, herejes y cruzadas de todo tipo, con perversos malísimos abundan, sin duda. También, a veces -hay que reconocerlo-, las cinematografías de diferentes países se han esforzado en mostrar la santidad de Cristo y de sus discípulos (en un revival bíblico generalmente rígido) o la vida  de algunos de sus santos más admirados, especialmente cuando su biografía ha conectado con cierta imagen a "happy flower", como es el caso de San Francisco. 

El nombre de la rosa”, película basada en la famosa y exitosa novela de Umberto Eco, nos muestra, dentro de la vida de un monasterio, una inusual intriga policiaca. 
Una mezcla curiosa que tanto Eco como Annaud -su director- resolvieron, cada uno a su estilo y en su medio, con habilidad y talento.


La novela de Umberto Eco nos acerca a la realidad de un momento histórico concreto perfectamente descrito y contextualizado (a años luz, por poner un ejemplo de otros tratamientos muy diferentes de la historia o de fantasías -bastante delirantes- del tipo El código da Vinci). 
Se trata de una novela sagaz e inteligente, entretenida (si el lector disfruta con las recreaciones históricas bien fundamentadas), que mezcla historia y una sugerente trama policíaca en un particular homenaje al ínclito detective inglés, Sherlock Holmes. 


La adaptación de la novela a la gran pantalla realizada por el francés Jean-Jacques Annaud, que ya había llevado con bastante éxito a la pantalla la novela En busca del fuego (1981), también merece recibir parabienes porque el reto -siempre complejo y pocas veces exitoso- de "traducir" el lenguaje literario al cinematográfico fue superado con éxito gracias tanto a su habilidades fílmicas como a su equipo de guionistas.
La revista Fotogramas contaba en su momento cómo, para estar a la altura, Annaud se leyó toda la bibliografía que empleó Eco para documentar su historia lo que contribuyó a su fascinación por la época y por el tema: "He hecho la película por amor, por respeto, por fascinación hacia el libro...la película no es la adaptación exacta del libro...muestra lo que he visto y he amado en el libro". 

El argumento es ya popular y, por lo tanto, bastante conocido: La acción se sitúa en el norte de Italia, a finales de 1372, durante el papado de Juan XXII. 
Dos monjes pertenecientes a la orden de los franciscanos, el reconocido sabio Guillermo de Baskerville (interpretado por Sean Connery, en una actuación tan memorable como la de “Robin y Mariam”) y su joven discípulo Adso de Melk (a quien dio vida un joven Christian Slater), se dirigen hacia una abadía de la zona regida por los benedictinos. 
Ambas órdenes religiosas (franciscanos y benedictinos) están enfrentadas por diversas cuestiones teológicas y pretenden mantener allí mismo un debate sobre algunas de ellas (el culto a la pobreza del que hacían gala los franciscanos no era precisamente muy bien visto por las autoridades eclesiásticas).


Guillermo y su pupilo son sorprendidos al llegar con una alarmante confesión por parte del Abad del monasterio: uno de los monjes, Adelmo de Ontratto, un joven encargado de ilustrar libros miniados, ha fallecido misteriosamente. El abad requiere a Baskerville para que le ayude a aclarar los hechos, pero antes de que éste empiece a aclarar nada se suceden otras muertes igualmente sorprendentes y misteriosas. 
Poco a poco, Guillermo, con la ayuda del joven Adso, intuye que el centro neurálgico de la intriga se sitúa en la biblioteca, lugar que es custodiado celosamente por un monje ciego, Jorge de Burgos (Feodor Chaliapin Jr.), quien es defensor a ultranza de la línea dura de la Iglesia y que pretende –en su ceguera, física y mental- erradicar el divertimento y la risa de la vida monacal.


Entre indagación e indagación, Adso, un joven despierto que no gusta de perder el tiempo, va descubriendo no solo los rigores de la vida monástica sino los placeres que puede deparar la carne: una joven y atractiva campesina le instruye brevemente -pero con ardor- en las diversas alegrías que también pueden encontrarse en la tierra y en la carne. 


La llegada de Bernardo de Gui (F. Murray Abraham), el gran inquisidor, es preludiada por la repentina prohibición de las investigaciones criminales por parte del Abad. 
Como era de prever, la curiosidad innata de Baskerville hace caso omiso de dicha prohibición y continúa discretamente con sus indagaciones, llegando a descubrir un complicado laberinto oculto detrás de las paredes de la biblioteca: Es un lugar secreto en donde se esconden libros que se pensaba que estaban totalmente perdidos y que, como estaban en contra de la ortodoxia reinante, habían sido ocultados allí.


Mientras tanto, Gui y sus hombres detienen a la campesina y a dos monjes algo peculiares, el estúpido Salvatore (Ron Perlman) y su superior directo, el bodeguero Remigio (Helmut Quantiguer), acusándoles a todos de realizar actos satánicos y de haber participado en los asesinatos. 
Guillermo, antiguo adversario del inquisidor, no puede hacer nada por el momento. Las muertes, con todo, se van sucediendo. Aparece muerto el monje Malachia, con los mismos síntomas de envenenamiento que las anteriores víctimas. Bajo tortura, los acusados confiesan todo lo que se les pide y Bernardo de Gui, crecido ante la eficacia de sus métodos, acusa a Baskerville de herejía como quién no quiere la cosa
Accidentalmente, Guillermo y Adso consiguen volver a la biblioteca y descubren la verdad que se encierra entre sus muros (el libro II de la “Poética de Aristóteles”). El misterio se esclarece… pero el fuego acaba con la biblioteca, el monasterio y el culpable. 


Contaba Eco, no sin cierta sorna, en una de las muchas entrevistas que le hicieron sobre su best seller, que la idea de escribir una intriga criminal en un monasterio le vino de las ganas que tenía de envenenar a un monje, después de los largos años de estudio que dedicó a la Edad Media. 
Por suerte para todos, esa energía "asesina" se sublimó mediante la redacción de la novela que inspiró la película de Annaud (Eco, preguntado sobre qué le parecían los cambios introducidos por Annaud y su equipo, respondió: "Yo escribí mi novela, Annaud ha hecho su película").


Annaud contó para su película con el asesoramiento de Jacques Le Goff, uno de los más reputados especialistas en historia medieval de Francia y con Michel Lebrun, un reconocido especialista en novela policíaca. Trabajando junto con el director y el equipo de guionistas ambos consiguieron dotar al film de verosimilitud y autenticidad, tanto a la hora de desarrollar los acontecimientos de la historia como a la hora de recrear el ambiente en el que se suceden los hechos que se nos narran. 
En la película se contraponen el método deductivo que utiliza Baskerville -de origen claramente filosófico (2)- y el más visceral y primario de su oponente, De Gui, que no duda en utilizar contundentemente la amenaza y la tortura (muy eficaces) para conseguir “la verdad”. 
Dos formas opuestas de entender la realidad y de acceder al conocimiento, y que, en el caso del segundo “método”, supone también la plasmación de lo que durante mucho tiempo fue, mal que nos pese, la manera de mantener la ortodoxia por parte de la Iglesia: el miedo como (triste) motor de la fe.


Otro de los puntos clave que trata la película es el de la influencia de los libros. 

Desde que el ser humano, temeroso de su frágil memoria, optó por escribir todo aquello que la parecía relevante, la sabiduría y otras muchas cosas intentaron perpetuarse en los libros. Durante siglos ese conocimiento fue solo de acceso privilegiado para aquellos iniciados que eran capaces de leer lo escrito pero, aun así, siempre existieron avariciosos del saber que, conscientes del poder que eso suponía, controlaron lo que se podía o no leer y quién podía o no hacerlo. 
Un pulso que duró, en el ámbito europeo occidental hasta muy entrada la Edad Moderna (y en algunos aspectos hasta hace realmente cuatro días). 
En la película que nos ocupa, la biblioteca de la Abadía refleja una época en la que el saber se encontraba en manos de los monasterios. Resulta difícil imaginar qué hubiese sido de muchísimos conocimientos sin la labor de réplica y archivo llevada a cabo por los mismos, pero tampoco sabremos nunca cuánto saber se ha perdido debido a los afanes de ortodoxia de algunos monjes o a la simple necesidad de priorizar, por falta de materiales, unos textos sobre otros (los palimpsestos fueron recurso habitual durante mucho tiempo, una reutilización necesaria –o interesada- de los pergaminos sobre los que se escribía). 
Muchas autoridades eclesiásticas -y también muchas autoridades políticas- desconfiaban del saber generalizado (algo que, en realidad, era inimaginable para la inmensa mayoría).

 Se temía (como hoy en día) la posibilidad de reflexión ya que ésta generaba dudas y las dudas, ya se sabe, generaban siempre molestas discrepancias. 

En ese sentido la película dirigida por Annaud, evitando caer en maniqueísmos, refleja muy bien esa tensión y las situaciones extremas que generaba (lamentablemente, sobre todo para aquellos que acababan en la hoguera). 
En la Baja Edad Media el pensamiento único empezó a ser cuestionado desde dentro de la propia Iglesia y nuevas órdenes religiosas como la de los Franciscanos, se atrevieron a cuestionar muchos de los principios considerados hasta ese momento como absolutamente intocables. 

La figura de su fundador, Francisco de Asís, se elevó muy pronto sobre el panorama medieval gracias a una aureola de ingenua santidad –un héroe espiritual- que fascinó a muchos de sus coetáneos y que ha mantenido buena parte de su prestigio alternativo hasta nuestros días, prestigio que –naturalmente- no ha desaprovechado el cine que ha tratado su figura en muchos films, aunque de desigual fortuna, tal y como veremos en el próximo post (el 9 de septiembre del 2022)


Notas:
(1)Richard Dawson, autor de “La religión y el origen de la cultura occidental”, escribió numerosos ensayos considerando que las causas últimas de los procesos históricos son las fuerzas espirituales. Peter Brown ha investigado profundamente la Antigüedad tardía, la Alta Edad Media occidental y el Oriente medio preislámico y los fenómenos religiosos desarrollados en ellos en obras como “El mundo de la Antigüedad tardía”, “El culto a los santos”, o “Por el ojo de la aguja: la riqueza, la caída de Roma y la construcción del cristianismo en occidente”. Mayke de Jong ha estudiado también en profundidad los pormenores de la religión cristiana en el contexto medieval.
(2)El personaje de Guillermo de Baskerville es un claro homenaje al Sherlock Holmes, pero también al filósofo franciscano Guillermo de Ockam (1280-1437) que inició una verdadera revolución en el pensamiento escolástico medieval. Ockam, al igual que el Guillermo de Eco, defendía la separación entre fe y razón. La iglesia mantuvo durante siglos que la fe era demasiado compleja y profunda para que pudiese penetrar en ella la mente humana y, por lo tanto, la razón debía subordinarse a las revelaciones de la fe. Ockam inició un camino que luego siguieron y perfeccionaron los empiristas ingleses del siglo XVII y que, con la Ilustración francesa, supondría el cambio definitivo del paradigma vigente hasta ese momento. Curiosamente, el cambio que muchas veces se intentó evitar y ralentizar sin duda, surgió desde los monasterios y gracias a su afán de conservar y transmitir el legado del pasado. La copia de muchos textos griegos, a veces llegados subrepticiamente de otras copias mantenidas en archivos y monasterios del Imperio de Oriente, fue un elemento clave para que algunos pensadores empezaran a recelar de la línea oficial. Figuras eminentes como Santo Tomás de Aquino fueron capaces de conciliar la filosofía clásica griega con el pensamiento cristiano.

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Texto: Javier Nebot

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